La noche más oscura V

Por el resquicio de las rocas, la poca luz de la luna se hacía paso hasta llegar al filo de la hoja, mostrándose dorada e inmaculada, antes de que esta se ensartase con fuerza en el músculo, cubriéndose de la pastosa sangre, retorciéndose y produciendo el chirrido tan propio de la carne magullada.

— Maldita sea— farfulló en la noche al distinguir el agrio olor de la orina, cubriéndose la nariz, dejaría la alabarda en el pecho del hombre, que incrédulo farfullaba un intento de disculpa.

— No…no sé nada… Demonio rojo

Cyra vio por instantes el cuerpo agónico del hombre, entregándole una sonrisa lisonjera, se pavonearía por la pequeña tienda de chucherías, llegando a una de las paredes de madera, la rozaría con la punta de sus dedos con infinita calma.

— Si no me dices lo que quiero— siseo— ahí sí verás a un demonio.

Colocando su palma sobre la pared, sacaría una risilla entre dientes, encogiéndose de hombros, levantaría el puño y de un solo golpe crearía un agujero en la pared, las astillas rozarían su rostro y muchas dejarían marca en su puño. Claro estaba que de fondo, sus secuaces mantenían su respiración con temor de ser el siguiente objetivo.

— ¡No sé nada que un… Que alguien como tú necesite! — farfulló Paul, tratando de sacar la punta de la alabarda de su hombro.

A la tenue luz de la noche sus ojos desprendían desdén al ver a Cyra, más que temor, aún se podía apreciar el rencor arraigado en su alma hacia los jugadores, mismo que se reflejaba en sus manos que intentaban cobrar cierta bestialidad propia de su raza, siendo refrenada por el arma en su cuerpo. Pero el hombre anciano, solo pudo escupir de lado el nudo de saliva que se le estaba formando.

Cyra lo hallo entretenido, embozando una sonrisa amplia mientras se quitaba las astillas de su rostro. Aquella noche, todos los presentes eran conscientes de lo difícil que sería limpiar el sitio por la mañana.

— ¿Alguien como yo? — tomando el mango de la alabarda, lo retorcería en el hombro de Paul con cizaña— Dime Pa-ul ¿Cómo soy yo?

La mujer torció su sonrisa, atravesando su rostro de lado a lado, se estaba divirtiendo. Solo que, notó algo extraño al acercar su cara a la herida del anciano, por lo que Cyra parpadeo en confusión.

— No estás mojado Paul— girándose hacia sus hombres pronunciaría— hay otra rata en este sitio ¡Zan!

“¡Sí, señora!”; fue la respuesta unánime. Zan no era el único que mantenía la guardia alta; empezando a patear los montones de chatarra, así como a desmantelar los escaparates con un solo golpe de sus espadas, la tienda del viejo hombre se derrumbaría frente a sus ojos.

—No…no, mi hogar… Mi hogar— estirando su mano en dirección del caos, repetiría con pesar una y otra vez— mí…hogar.

Cyra mantuvo la cuenta en su mente, dejando la burla atrás y ante el jadeante Paul, sabía que no viviría por mucho tiempo. Apresurándose en sacar el filo de su arma de la carne del anciano, golpeo con su puño la boca de su estómago, empujando su cuerpo hacia el piso.

— Se me agota la paciencia, y a ti el tiempo, así que contesta, ¿de dónde sacaste las moras Zardan?

A falta de respuesta, voltearía su cuerpo con la punta del pie, Cyra se apoyó en una rodilla, al nivel de la cara del hombre anciano, aproximando su rostro en confidencia le susurraría.

— Vamos Paul, si deseas que esta sea una bonita tumba, me dirás lo que quiero saber— ante el silencio del hombre, la poca paciencia de Cyra termino agotándose, tomándolo de la oreja, volvería a pronunciar su rabia— escucha bien bolsa de huesos, esta va a ser tu tumba o puede convertirse en un mausoleo.

— ¡mi señora, lo encontramos!

Seguido de un grito agudo y un escándalo por fuera de la tienda, los hombres de Cyra arrastraron a un lloroso gran guerrero calvo. Carlos

— Así que el olor a mierda venía de ti— Cyra se burló.

— ¡Por favor! ¡Por favor no me mates, yo no soy de por aquí! No le conozco de nada a este viejo, yo solo iba de pasada, por favor, que no diré nada.

En los ojos de Paul se podía leer la palabra traición y Cyra había disfrutado de tal hipocresía si no fuera por las erráticas respiraciones del anciano.

— ¡Póstrenlo! — ordenó.

La cabeza de Carlos fue presionada con furia sobre el piso, mientras este extraía lastimeros lloriqueos y moqueos que solo acrecentarían cuando la bota metálica de Cyra presionó la cabeza del hombre con notorio asco.

— ¡voy a preguntar una vez más! ¡¿Sabes, sí o no, sobre las moras Zardan que aparecieron en la Plaza de los tres reinos?!

— ¡Paul, viejo amigo, te lo ruego! ¡Por favor!

Zan escupió hacia un lado con desprecio, “pequeña rata sin honor” pensó, mirando que el mismo sentimiento se mostraba en el rostro de su señora, saco a relucir sus garras con diversión.

— ¿ahora lo recuerdas? Déjame revisar esos ojos tuyos para no equivocarnos.

— ¡Yo no he hecho nada, no sé de qué hablan! ¡Paul, PAUL!

Gozándolo, Zan hizo el primer corte de forma superficial alrededor de la cuenca del ojo. Carlos sería el que aullaría despavorido.

— Si así gritas por un rasguño, quiero oír como chillaras cuando se me resbale los dedos. Espera ¡oye!

Zan creyó que el grandullón se había paralizado de miedo… Pero en su lugar, el hombre se desmayó.

— Tch, cobarde. — levantando su cabeza, se arrodillaría a los pies de Cyra a preguntar con dulzura— ¿mi señora? Creo que su mente será un impedimento para convertirlo en un buen soldado, ¿no lo piensa así?

—…Es suficiente— liberando la cabeza del sujeto, volvió a encarar a Paul. — Morirás— sentencio, recibiendo una confirmación del anciano, este ya lo había aceptado— pero puedes morir tu solo o llevarte a cada uno de tus clientes a la tumba contigo

— ¿…Qué?

— El letrero de la entrada ¿Qué pasaría si lo quito? Puedo esperar día y noche hasta que lleguen ¿Quiénes son? Viajeros enclenques que no soportarían el golpe de una espada, ¿Quiénes más podrían ser?

— ¡Demente!

— ¡Zan! — disfrutando su epifanía, sonrió en medio de su oración— respóndeme.

— Mi señora, Paul es un chatarrero, vende lo que trae la corriente

— Oh, sí. Vi algunos juguetes en la basura, así como viejos libros y muebles, ¿no es así?

— Sí, mi señora.

— ¿y que más hemos visto Zan? Cuéntale al chatarrero

Una risilla dulce se escapó de su garganta, Cyra se paseaba entre los anaqueles, rozando con la punta de su arma los objetos; algunos subordinados preferían girarse con ella, mientras que otros la observaban con un escalofrío recorriendo su espalda.

— Z-a-n— canturreó

El lobo se enderezó, uniendo sus manos, empezó a hablar con serenidad propia de un disertador de la Plaza.

— Hace unos meses, las aldeas que rodeaban Vertsand han sido liberadas, por la amenaza de las bestias del bosque. La gente ha huido en dirección de la Plaza de los Tres Reinos, varándose en pueblos cercanos a falta de recursos para su viaje o subsistencia; entre ellos tenemos a madres solitarias con sus hijos, aldeanos heridos y muchos ancianos. — Tomando una respiración, Zan inflo los cachetes, resentido. — Mi señora no me ha permitido hacer nuevos juguetes, por lo que puedo recordarles a todos y cada uno de ellos.

— ¿y a mí qué? — cuestiono Paul

— Son tu gente— respondió Cyra con alevosía, aunque entre dientes parecía suprimir una carcajada.

Algunos del grupo de Cyra miraron confusos entre Zan y la mencionada, incapaces de entender, mientras que otros pocos se libraran de la capucha de sus cabezas listos a inquirir. Siendo uno de ellos el más dispuesto a hablar, se paró enfrente de la mujer.

— Como que tu gente, ¡es nuestra gente! — Zan retrocedió varios pasos, poniéndose detrás de una repisa, algunos de los encapuchados le imitaron confundidos y aquellos que se quedaron en su sitio. Vieron con incertidumbre (alimentada en su interior), como el rostro de Cyra perdía su sonrisa.