Chapter 52: La noche más oscura III
La chatarrería del viejo Paul se hallaba carente de las luces de la noche, desde media tarde había sacado, por primera vez en su vieja vida, un cartel que dictaba la frase.
“Cerrado, hasta nuevo aviso”
Colocado a una milla de la casa, el anciano se encargó de subir las plataformas al muelle con sus redes de pesca, parecía que se preparaba para la tormenta, siendo que la época de lluvias estaba lejos de iniciar; aun así, todas las plataformas se arreglaron con el fin de estar funcionales en cualquier momento.
El anciano era caprichoso, por lo que sacudió el polvo de su destartalada entrada, apiñando las montañas de cachivaches en los rincones y viendo, por primera vez en mucho tiempo, el piso de su cabaña.
Ante tal logro, llego a animarse lo suficiente como para sacar la carne curada que había estado guardando. Junto a los vegetales encurtidos que compro hace no mucho; en una mejor situación habría desenterrado el vino de su patio, pero deseaba tener sus ideas lucidas, así como un momento a solas para pensar mejor las cosas. Llegando a cerrar sus ventanas y cubrirlas con las sabanas, siendo la luz del sol y sus reflejos, la única que iluminase su cabañita.
Paul era demasiado viejo para vivir de manera tan precaria en el bosque, así de solo, se las había arreglado año tras año; pero desde hace días la duda se instaló en lo profundo de su mente. Si fuese unos años más joven, el sentimiento se habría convertido en miedo, sin la experiencia del paso tiempo, sentiría agallas… pero ahora no había nada ¿resolución? ¿Indiferencia? ¿Aceptación?
El viejo Paul no lo tomo en serio, terminando su último frasco de escabeche, saco un par de galletas para acompañar el jugo que se había preparado.
De esa manera termino recibiendo la noche, quedándose a oscuras, la única luz que iluminaba su casita era proveniente de la jarra de bebida, de color rojiza, se acabó hasta la última gota.
Después de despachar al grupo de Kiara y con las moras en mano, un cúmulo de contradicciones se atravesó por su mente. Las moras Zardan eran un tesoro y las corono como tal, pero conforme pasaba los días, un aire frío empezó a soplar en su nuca; su imaginación era poderosa y se mostraba en la ilusión de sus clientes, seres amenazantes que parecían dispuestos a atacarle en el primer momento. Todos, preguntando por las moras.
¿Por qué algo que debía ser una bendición empezó a torturarlo?
Si Paul era honesto cuando sus ojos la vieron por primera vez, las codicio con desespero, difícil de disimular, lucubrando las miles de oportunidades que podrían otorgarle… Solo que las preguntas vinieron después. Si uno sacara un elemento caliente a la venta, como era las moras Zardan, era obvio que sería vendido por mucho, lo necesario para darle una vida de lujos hasta sus últimos días. El problema estaba en el después; si un objeto precioso se agotase, ¿la gente lo creería? Muchos buscarían el origen del producto para pedir más, otros lo hurtarían y había quienes estarían dispuestos a destruir al resto para que nadie poseyera nada.
Las moras Zardan que auguraban una pequeña salvación, una posible segunda oportunidad de vida, estaban por volver loco al anciano. Tanta fue su preocupación, que días antes pensó en esperar el regreso de las hermanas Jade para tantear sus respuestas sobre ¿Qué hacer con este artículo? Pero no volvió a verlas.
— Soy un viejo solitario— se dijo antes de tomar la decisión.
La mañana que despertó de su preocupación la sintió como una letanía, mirando el firmamento, sus años de vida le susurraron que aquella noche el cielo se ennegrecería y habría que guardar refugio junto a un fuego reconfortante.
Ya ceno, ya bebió, pero no encendió ninguna vela y la luminosidad de su bebida se perdió en su estómago. En la oscuridad sintió una paz reveladora como reconfortante, lo que suceda después, ya no le importaba.
A las orillas del lago seco, un grupo numeroso de viajeros se detuvo frente al cartel, siendo uno de ellos el que patearía el mismo antes de seguir su camino.
— ¿ese anciano es tan confiable?
— Mi señora, si hay alguien que estafa a nativos como a extranjeros, es el viejo de esta choza, por favor crea en las palabras de este lobo.
Quienes visitaban en la noche, imitando a una pesadilla, era el Demonio rojo, junto a Zan y el resto de seguidores que obedecían; envueltos en capuchas, solo el sirviente más cercano era capaz de andar sin máscaras o tapaderas.
— Será problemático— farfullo Cyra, los cielos poseían una apariencia extraña que identificaba como molesta— esta noche debemos resguardarnos bajo techo.
— Señora— se adelantó uno del montón— la cabaña de Paul es buena opción, es huraño, pero no tonto, no nos rechazará.
Cyra le otorgo una mirada prolongada, el resto dio con disimulo un paso hacia atrás, por lo que su tranquilidad fue en conjunto cuando el demonio rojo volteo el rostro para ignorarlo. Al menos hasta que su voz plana heló la sangre de los demás.
— No comes donde defecas, inútil— fue veloz, estampo su puño en la mandíbula del infeliz, tirando al suelo con la intención de aplastar su cabeza con la bota; solo que el hombre reacciono a tiempo para quitarse.
Cyra no continuo, mirándolo con desprecio desde arriba, tampoco nadie se acercó a ayudar al tipo, es más, algunos lo veían con ojos celosos.
— ¿Estos son los mejores que encontraste, Zan? — el mencionado agacho todo su cuerpo
— ¡disculpe, mi señora, este lobo no sabe ver lo mejor!
— No es tan decepcionante— dándoles la espalda, siguió en camino a la cabaña— el primer golpe puede ser mortal, pero al menos esquivo el segundo por reflejo, mucha espada y poco entrenamiento. Corrígelo.
Conocimiento.
No se trataba de una trampa de miel, la belleza era superflua e incluso la fuerza podía escapar de sus ojos ¿Por qué seguirían a alguien como Cyra? De no ser masoquistas, uno tendría que pensárselo bien al perseguir la sombra del demonio Rojo, fuera de la sumisión de Zan, la del resto se explicaba por la búsqueda de conocimiento.
Cyra no era un erudito de la vida, pero nadie desmeritaba sus logros y mucho menos harían mofa del manejo de su alabarda u otras armas.
— Gra--gracias mi señora— balbuceo el sujeto, deteniéndose al sentir un aire frío en su nuca. Mirando por encima, se encontraría con el rostro arrugado de Zan.
— No se moleste con alguien como esta sanguijuela, mi señora, Zan se encargara.
Cyra asintió, siguiendo su camino, de un salto, subiría al muelle, su peso más la armadura generó un estruendo en la madera, agitándose a los lados, uno esperaría que colapsaría, pero de forma sorprendente, resistió.
— Caminen.
El grupo la siguió, desviando su mirada a los cielos; no eran tan descuidados como para ignorar el comportamiento anómalo de los mimos, que parecían teñirse a una velocidad impresionante de un profundo negro, cubriendo el candor de las estrellas como de la luna. Sus instintos gritaron que debían huir.
— Aquellos que quieran guardar la retaguardia, hablen ahora o callen para siempre— la oferta de Zan provoco que un par levantase la mano con prisa, ignorando la mirada burlesca del lobo que parecía susurrarles “cobardes”.
De esa forma, dos personas se quedaron junto al letrero, mientras que el resto siguió los pasos de Cyra, tratando de ignorar el mal augurio que les traía el firmamento.
Por otro lado, Paul retiró la mesa, habiendo oído el estruendoso crujir del muelle, supo de presencia de un visitante, uno que ha de ser tan testarudo o necio como para obviar el letrero. Situándose detrás del mostrar, limpio las arrugas del delantal y espero en silencio muerto la entrada del visitante.
Solo eso le quedaba por hacer.
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Lejos de la cabaña de Paul o de los bosques austeros del grupo de ladronas; un carruaje era tirado por el frenético trote de los caballos, llevando a cuestas una carreta atada con cuerdas; el movimiento era tal, que sea lo que sea que estuviese en su interior, debía estar roto en cientos de pedazos. Pero ni el cochero o los viajeros les importaría poco, es más, cada tanto, sacarían su cabeza para apresurar al conductor, que nervioso, solo podía agitar el fuete con más ímpetu.
Dentro del carruaje, Arth arrugaba entre sus patas la carta de su hermano mayor, sosteniendo lo que debía ser como una noticia agradable al nivel de una profecía tenebrosa. La sombra del castillo de Rushiel se veía cada vez más cercana a la par que los llamados del jinete se elevaban en la solitaria noche.
“Papá, ya va en camino”