XXVII
Durante la cena Fátima estaba radiante. Se vistió y maquillo como solo hacia cuando recibía invitados. Traía puesto un vestido color crema, un suéter de lana delgada tejido a mano, un juego de collar, pendientes y pulsera plateados combinaban con un agarra pelo en forma de flor que le sostenía el cabello en un bonito moño alto. El descanso hizo mejor trabajo en su rostro que el maquillaje. Ella dirigió la conversación y de rato en rato hizo una que otra broma. Henry y Leticia, que al principio estaban algo sorprendidos, se habituaron de inmediato al nuevo estado de ánimo de su madre, que al fin y al cabo era mucho más agradable. Leticia tenía pensado aprovechar el buen humor de Fátima para pedirle algo. Sobre su falda, oculto bajo los pliegues de su blusa, tenía su celular. Esperaba ansiosa un mensaje o llamada de Diego para decirle que la esperaba a las afueras de su casa.
–¿Leti tu qué opinas? –le preguntó Fátima.
Ella estaba perdida en su ansiedad. No sabía siquiera de que hablaba su madre. Se quedó callada con la boca semiabierta. Henry, que al parecer también esperaba su opinión la puso al corriente con malicia.
–¿Quieres o no ir al parque acuático este sábado, tonta?
Con que de eso se trataba todo.
–Claro, no hay problema –respondió aliviada Leticia, pero al instante le vino a la mente que ese mismo sábado debía ir al concierto con Diego–, pero no olvides mamá que me diste permiso para salir esa noche.
Fátima bajo un poco la mirada. Ese momento era algo que no quería recordar.
–Si hija lo sé, no me voy a retractar –dijo con voz tan tranquila que Leticia creyó por un instante de que se había equivocado de casa.
En ese momento cayo en cuenta del error que había cometido al recordarle a su madre el permiso que le había concedido. Ahora no podía tener la cara tan dura como para pedirle otro para poder salir esa noche. Su madre estaba diferente, sí, pero eso no significaba que era otra persona del todo. Comenzó a planear una de sus tantas fugas. Diría que se iba a acostar temprano, no, mejor diría que tenía muchos deberes del colegio, no, mejor que se iba a costar temprano, así no la molestarían pensando que seguía despierta. Esperaría a que Henry se encierre en su habitación, eso sería fácil ya que se había ganado tener un pequeño televisor en su cuarto luego de su buen desempeño en su nuevo equipo de futbol. Según las palabras del entrenador el chico era una verdadera promesa. A Leti le dio lástima que no haya sido por las notas de la escuela, en las que ella tenía mucho que ver, ya que así podía manipularlo pidiendo silencio a cambio de silencio. Solo faltaba su madre.
–Me dijeron que esta serie es muy interesante –comentó Fátima dejando la mesa sin levantar y dirigiéndose a la sala para ver el televisor.
Leticia estuvo a punto de desmayarse. Por lo general su madre se recluía en su cuarto después de las nueve. Eso hacia hasta la noche anterior. ¡Y ahora le daba por ver la televisión!
–¿Quieres verla conmigo Leti? –le preguntó cuándo ya estaba sentada en frente al televisor buscando le canal que le habían recomendado.
El teléfono, que Leticia tenía en las manos, comenzó a vibrar. Era un mensaje. Leticia le dio un vistazo rápido. ``Te espero afuera. ¿O prefieres que pase? ´´. Leticia se armó de valor. Tomo aire, se acercó a su madre y dejo que las palabras salieran de ella sin pasar por control de calidad. Unos minutos más tarde estaban los tres reunidos en la sala. Diego iba vestido con unos jeans, una camisa casual color guindo y un saco negro sin hombreras. Se veía elegante para alivio de Leticia. Después de una rápida presentación e inspección con la mirada Fátima estaba algo confundida.
–Te hable de Diego anoche ¿Recuerdas? –dijo Leticia para hacer conversación.
Pero se equivocó. Recordarle ese momento a su madre era como meter el dedo en la llaga.
–Ah si, iras con él al concierto –Fátima lo dijo con toda naturalidad.
–Así es señora será un gran concierto –se apresuró a responder Diego–, usted también debería venir con nosotros.
Fátima soltó una sonora carcajada. Leticia se tranquilizó. El ambiente que hasta unos segundos se podía cortar con tijera, se había suavizado lo suficiente que pensó que era el mejor momento para pedirle su autorización para salir. En el canal veintiuno comenzó la serie que Fátima esperaba. Diego al parecer reconoció la música introductoria, ya que puso toda su atención en la pantalla.
–Esta serie esta buenísima señora Fátima –le dijo adelantándose un poco en el sofá–. Leti deberíamos quedarnos a verla, podemos salir otra noche.
–¿Salir? –Fátima clavó sus ojos en Leticia.
Era la oportunidad que esperaba, pero no como la esperaba. Leticia se quedó tan quieta como una estatua. Abrió la boca tratando de articular algunas palabras en su defensa, pero su madre la interrumpió en el acto.
–No es necesario que se queden acompañarme –dijo con voz solemne y acomodándose en su lugar. Aumentó el volumen del televisor un par de puntos–. Vuelve antes de la once ¿De acuerdo?
Leticia se deshizo en agradecimientos y besos a su madre. Tantos que prácticamente Fátima tuvo que echarla de la casa. Subió rápidamente para ponerse algo más cómodo. En menos de tres minutos volvió vestida con unos pantalones oscuros de licra, una blusa color pastel con estampa de flores y una chaquetilla añil de tela holgada. Diego la vio bajar y se apresuró a despedirse de Fátima con cortesía de antaño.
–Que pesado –dijo Fátima con una enorme sonrisa apenas los muchachos cerraron la puerta.
La noche estaba algo nublada, aunque no había indicio alguno de que pueda llegar a llover. Leticia estaba que daba saltos a cada paso.
–Es simplemente increíble –dijo con voz chillona y llena de alegría–, le has caído bien.
–¿Eso es lo increíble? –Diego estaba ofendido.
–No te lo tomes personal, no eres tú es ella. A mi madre no le cae bien ni el Papa.
Inútiles fueron los intentos de Diego por tomarle la mano a Leticia. La chica estaba extasiada. Como si fuera un preso recién liberado corría por todos lados viendo los lugares donde podían entrar a tomarse algo. Le llamaba la atención cualquier comerciante que vendía algo sobre la acera. Un hippie alto, de ojos verdes, con tatuajes en los brazos y rastas en el cabello, ofrecía unas bonitas manillas tendidas sobre una manta tejida a mano. Había unos collares de correa de cuero con letras iniciales en mayúscula. Leticia busco la G y no se quiso desprender de ella. A unos metros un joven mochilero colombiano ofrecía grabar cualquier palabra en un grano de arroz con una máquina de punta fina y una lupa. Leticia hizo que escribiera el nombre de Diego y se lo regalo cubierto en una gota de resina transparente en una bonita manilla de hilo tejido y multicolor.
Por fin, luego de considerar bastantes opciones, entraron en un pequeño Café bar cerca de la plaza principal de la ciudad. La música de Coldplay a moderado volumen inundaba el ambiente y relajaba a los clientes. Diego la condujo hasta la mesa más alejada y oscura en una de las esquinas. A lado de ellos había un cuadro de varias caras de Cristo que lo hicieron sentirse observado, aunque una maceta con un helecho de hojas moteadas los separaba del resto de los clientes y les daba privacidad. Pidieron un café expreso pequeño para él y para ella una taza de té de manzanilla. Para acompañar, una bandejita de galletitas de sésamo. Diego estaba nervioso, o eso parecía. Leticia noto que sus dedos estaban inquietos y se rio para sí misma. Hablaban de lo último que habían visto en la calle. Un artista de la aerografía pintaba un bello cuadro nocturno usando solo unas latas de pintura en aerosol. Tenía planeado rifar su obra entre los presentes. Leticia y Diego compraron cuatro boletos entre los dos, y aun así no acertaron.
–¿Tienes algo que decirme? –preguntó Leticia para animar al muchacho que tenía en frente y que, por primera vez, desde que lo conocía, parecía estar contra las cuerdas.
–Sí, algo muy importante –respondió acercando su mano al de ella.
En ese momento llego el mesero con el pedido rompiendo la naciente magia.
–¿Algo más que deseen ordenar? –preguntó.
–No gracias eso es todo –le respondió Diego–, ya te puedes ir.
–¿Quiere la clave para la señal de internet?
–¿Que no es señal abierta? –Diego se interrumpió a si mismo sacudiendo su cabeza–. O que diga, no es necesario gracias.
Al fin el mesero se retiró luego de decirles que estaba a su disposición, o mejor dicho luego de decírselo a Leticia. Diego le puso demasiada azúcar a su café, su cara luego del primer sorbo lo confirmaba. Pero de ninguna manera llamaría al mesero para pedirle algo de agua. Cogió una de las galletitas y le dio un mordisco.
–Ah que buenas galletas dijo terminándose la que tenía en la mano y tomando otra.
Leticia lo miraba con ojos divertidos, pero a la vez algo confundidos. Hasta hace un par de minutos estaba a punto de decirle algo ``importante´´ según él, pero una galleta le había robado toda la atención. La arrojó de nuevo a la bandejita. Y se apoyó en la mesa para estar lo más cerca posible de Leticia. De su bolsillo saco un par de anillos dorados con bonitas figuras de hojas entrelazadas a lo largo. Leticia poso su mirada sobre ellos.
–Se los compre al hombre de los collares mientras tú estabas distraída –le contó emocionado.
–¿Piensas usar ambos? –le dijo Leticia como quien no quiere la cosa.
–Quiero que tú tengas uno.
–Bien dámelo.
–No, espera no es tan fácil. Viene con un compromiso. O mejor dicho con una promesa.
Ambos se quedaron en silencio. Sus ojos se miraban unos a otros atravesando la profundidad de sus propios reflejos.
–Si te hago la promesa que tú quieres –dijo Leticia con voz tan baja que solo Diego podía oírla– ¿Tu harás lo mismo?
Diego le puso el anillo en el dedo anular sin apartar la mirada de la de ella y le aprisiono ambas manos entre sus dedos.
–Acabo de hacerlo –le contestó.
Como por instinto se acomodaron mejor en sus sillas. Una fuerza invisible los atrajo el uno al otro lentamente. Por suerte la mesita circular era pequeña. Sus labios se encontraron en un beso delicado cubierto por la oscuridad de sus ojos cerrados. Al separarse ligeramente dejando aun las puntas de sus narices y sus frentes unidas, abrieron los ojos y no pudieron evitar reírse.
–¿Prometido? –preguntó él.
–Prometido –respondió ella.
El beso de despedida en la puerta de su casa duro desde las diez con cincuenta minutos hasta la diez con cincuenta y nueve, con breves pausas para tomar aire y revisar los alrededores. Diego se fue bailando y charlando con los árboles. Leticia caminaba como si flotara. Ninguno de los escalones rechino mientras subía. Antes de entrar en su habitación se fue hasta la puerta del cuarto de su madre.
–Ya llegué mamá –le dijo sin tocar la puerta. Si la escucho o no, no le importaba mucho en ese momento.
Entró como si no tocara el suelo a su cuarto y se desplomo sobre su cama. Se llevó ambas manos a su estómago acariciándose con la punta de los dedos. Disfruto de ese hormigueo tan agradable que comenzaba en su vientre y le recorría el cuerpo entero, bajando por las piernas hasta la punta de los dedos y subiendo por el pecho hasta el extremo de la coronilla. Sonreía solo para si en la oscuridad de su cuarto. No podía notar que Reina dormía al pie de su cama y parecía totalmente ajena a lo que ocurría con su benefactora. Leticia se dio la vuelta sobre la cama y se arrastró hasta la mesita de noche, donde su celular la esperaba. Como si el techo se le desplomara sobre ella, lo que vio en la pantalla, la regresó a ese mundo que luchaba por olvidar. Toda su felicidad se apagó de repente como una vela en el viento. Tenía una cuenta pendiente. Algo que ella misma se había prometido, y la llamada perdida de Fabián le recordó que debía cumplir con su palabra. Dejó el teléfono en la mesa y se incorporó quedando de rodillas sobre la cama.
–¿Y ahora qué quieres maldito? –le gritó al celular como si el aparato tuviese la culpa– Ya no me busques mas ¿Entiendes? Me he enamorado de otra persona. Ves esto –le enseño el anillo–, esto lo prueba. Ya no queda nada entre nosotros así que déjame en paz.
El celular apago la luz de su pantalla. Leticia dio un largo suspiro de alivio y se dejó caer de espaldas sobre las sabanas.