XXVI
La última firma en los documentos y al fin podía dar ese caso por concluido. Era una disputa por la custodia de los hijos entre un hombre de cincuenta y cinco años, y su mujer de tan solo veintiséis. Ramiro defendía la causa de ella. Todo estaba cuesta arriba. La joven madre no contaba con trabajo fijo, ni profesión, ni el apoyo de sus padres, ni siquiera un lugar permanente donde vivir. A Ramiro se le enrojecieron las orejas al recordar que lo primero que pensó, cuando la muchacha le explico su caso, fue ¿Cómo piensa pagarme? Aun así, tomo el caso y por suerte, el hombre resulto más razonable de lo que pensaba. Llegaron a un acuerdo mutuo que contemplaba el bienestar de los hijos como prioridad. Unos días después de haber llegado a ese acuerdo, para su mala suerte solo verbal, se dio cuenta que no debió haber bajado la guardia tan pronto. El hombre llego a la corte con un sin número de demandas hacia su ex esposa, que iban desde negligencia en el hogar, hasta maltrato físico y emocional a los pequeños. Eran dos niños de tres y siete años. Se parecían mucho a su madre. El mismo color de cabello y la nariz achatada. En realidad, no tenían un solo rasgo de parecido con el hombre. A Ramiro se le ilumino la mente cuando vio a su propio hijo vistiendo la camisa que le había regalado. Cuanto se parecía a él cuando tenía la misma edad.
–Señora usted no me ha dicho toda la verdad –le dijo a la joven madre en una de sus reuniones en su oficina.
–¿Y qué espera que haga? –respondió la mujer con los ojos llenos de lágrimas– No tengo nada y a nadie. Solo quiero que me deje en paz con mis hijos, pero…
–Se equivoca –Ramiro se le acercó tanto que podía ver claramente el exceso de maquillaje que traía encima. De seguro para cubrir el cansancio y la angustia–. Usted tiene mucho. Para empezar, tiene a sus hijos. Y pues según veo, son solo suyos.
La mujer se secó las lágrimas y le sonrió a Ramiro con sincera confianza. Ramiro pensó en Silvia. La vio sentada en frente a él, con el mismo atuendo que su clienta y los ojos ensombrecidos. Tuvo que sacudirse la cabeza para volver a la realidad. En la última audiencia se supo toda la verdad. El hombre se retiró según sus palabras indignado, y se llevó todas sus demandas con él. Lo último que hizo antes de salir fue dedicarle unas palabras a su ex esposa ``No quiero volver a verte en mi vida´´. Ramiro sabía que eso no sería nada difícil para ella. Lo que hacemos por orgullo pensó a su vez.
–Siempre he dicho que todo se puede resolver hablando con la verdad –le dijo a Ernesto cuando le preguntó cómo se había librado de ese hombretón de enormes brazos que amenazaba con hundir a su ex pareja.
–Y ahora que te veo tan honesto –aprovechó Ernesto con tono burlesco– ¿Recuerdas que me debes ya bastante dinero?
Acordaron irse a almorzar juntos. Ramiro debía pagar como abono a su deuda, que ascendía cada vez que su equipo de futbol perdía, lo que para su mala suerte sucedía cada vez con más frecuencia. Ernesto podía notar claramente que su colega luchaba contra un dolor de cabeza, acidez en el estómago y la constante molestia que producían los ojos sin dormir.
–¿Cuánto bebiste anoche? –le preguntó al salir de sus oficinas.
–Solo lo suficiente –respondió Ramiro mientras sacaba unas nuevas gafas oscuras de estilo deportivo que se había comprado en la mañana y se las ponía.
Ernesto observo con curiosidad lo que pasaba, pero no hizo ninguna pregunta. Cuando llegaron al parqueo y Ramiro subió al automóvil deportivo negro y con el techo descubierto, Ernesto no pudo evitar las palabras, además de quedarse asombrado e inmóvil.
–Esto sí que se está poniendo extraño.
Ramiro tomo su chaqueta de cuero sintético del respaldo de su asiento y se la puso. Se quitó la corbata y arrojo su portafolio al asiento trasero. Subió a su regalo de cumpleaños y encendió el motor que pedía ponerse en marcha lo más pronto posible.
–¿Tienes hambre o no? –le preguntó a su colega para sacarlo de su estado de incredulidad.
–La anterior semana la moto, ahora esto –comentó Ernesto acomodándose el cabello que se le despeinaba con el viento– ¿Algo de lo que quieras hablar?
–Abre la guantera –le ordenó Ramiro ignorando la pregunta.
Un par de botellas de tequila sin destapar envueltas en una bolsa plástica negra, tintineaban entre ellas con el movimiento del automóvil.
–Si las quieres son tuyas –le dijo Ramiro deteniéndose en un semáforo en rojo–. Esta noche quiero dormir.
–Las guardare –dijo Ernesto con voz fingida–, conocí a una mujer que según pinta el asunto me va a dejar dentro de poco.
Se rieron a carcajadas como cuando eran solo unos estudiantes. Un policía de tránsito los observaba curioso. Desde una esquina junto a un semáforo. Ramiro le saludo con un ademan y Ernesto se apresuró a cerrar la guantera. El auto partió derrapando ruedas apenas la luz cambio a verde.
–Ya estamos algo viejos para esto ¿No crees? –dijo Ernesto tratando de acomodarse el cabello que el viento le despeinaba sin contemplación, y viendo temeroso por el espejito por si el policía se había dignado en seguirlos.
Se detuvieron en un restaurante familiar y comieron viendo el noticiero meridiano en uno de los tantos televisores que había en el local. Ernesto terminaba su sopa de calabacín cuando Ramiro, que cortaba un pedacito de filete y se lo llevaba a la boca, vio a Silvia en una mesa al otro extremo del restaurante. Estaba junto a un grupo mixto de personas que acompañaban su almuerzo con algo de cerveza.
–¿Pasa algo? –le preguntó Ernesto, que ya había comenzado con su ensalada, al notar a su amigo petrificado por ya casi un minuto.
Sin responder, Ramiro se levantó de la silla y con paso decidido se dirigió a la mesa de Silvia con la vista fija en su objetivo. Tropezó con un mesero que llevaba una enorme bandeja llena de platos. Falto poco para que la mayoría de ellos se cayera. Ayudó al muchacho a recuperar el equilibrio y se disculpó sin mucho interés. El mesero no dijo nada, se limitó a mirarlo con rabia. Volvió a concentrarse en Silvia, quien para su sorpresa había desaparecido. En su lugar estaba una mujer charlando con las demás personas de su mesa. Era muy parecida a ella, tal y como la recordaba. Con sus enormes ojos cafés y su pelo rizado y esponjado. Se obligó a convencerse de que era esa la razón por la cual se había confundido.
Cuando volvió a su sitio, Ernesto lo fulminaba con la mirada pidiéndole explicaciones a su pequeño espectáculo con el mesero.
–Creo que me estoy volviendo loco, es todo –se excusó Ramiro.
–No es eso amigo mío, es solo que estas sobrio –Ernesto se terminó su ensalada y atacó un cuenco de frutas picadas con yogurt.
Ya le habían advertido que la realidad de uno mismo es más cruel que cualquier relato que haya escuchado sobre la desgracia ajena. Aunque si le contara a Ernesto lo que le estaba sucediendo no lo consideraría cruel sino más bien patético.
El resto del día transcurrió normal. Ramiro se sumergió de lleno en el trabajo entre montañas de papeles. Al final de la jornada se dio cuenta de que no se había vuelto a poner la corbata. La noche prometía una lluvia torrencial con un cielo encapotado y de color rojo grisáceo. Subió el techo de su auto, aunque por un instante le tentó la idea de dejarlo abajo. Condujo lento aun después de salir del tráfico de las calles centrales. Tomo la avenida principal, cambio la velocidad y mientras aceleraba poco a poco volvió a ver a Silvia, esta vez sentada en la banca de una parada de autobús. La noche caía oscura y los faros de las aceras no eran suficientes para hacer ver bien los rostros a distancia, pero estaba seguro de que era ella. Freno el auto haciendo bastante ruido. Algunos conductores que iban detrás de él le gritaron groserías que se perdían entre el sonido de las bocinas. Cambio a reversa y cuando estuvo a punto de dar marcha atrás, se detuvo del todo. ¿Cuánto tiempo iba seguir así? ¿Por qué le estaba sucediendo eso? ¿Dónde iba allegar si seguía haciendo caso a cada aparición en la calle que resulta ser falsa? Se arrimó más a la acera y puso luz de parqueo. Sus ojos se posaron en la guantera, hasta que recordó que las botellas estaban a kilómetros dentro de la Ford Ranger de Ernesto. Una licorería anunciaba que estaba abierta con un letrero de neón que se encendía y apagaba haciendo un ruidito como ronroneo. Estaba a tan solo unos pasos. Ramiro bajó del auto. Ya estaba goteando un poco y aumentaba gradualmente. Dio unos pasos hacia la licorería, pero se detuvo para ver hacia atrás. Silvia subía a un enorme colectivo con faros poderosos que lo dejaron ciego por unos segundos. La lluvia, que aumentaba a cada segundo, lo había mojado casi del todo. Al pasar junto a él, noto a la mujer que ocupaba un asiento junto a la ventana. No era Silvia. Ni siquiera se parecía. La siguió con la mirada hasta que se perdió en la carretera.
Al llegar a su casa y entrando por la puerta principal, notó que Martina había puesto un grueso felpudo en la entrada para que nadie le ensucie el piso. Fabián se encontraba viendo una película sentado en el sofá. La luz de la pantalla del televisor era lo único que alumbraba el ambiente. Giro un poquito la cabeza y vio a su padre totalmente empapado.
–Sabias que el techo del auto puede subirse de nuevo ¿Verdad? –le comentó Fabián con sarcasmo.
Ramiro puso los ojos en blanco. Ya estaba a punto de irse a su recamara, cuando se dio cuenta de que había delgada joven que estaba acostada en el sofá usando las piernas de Fabián como almohada.
–Buenas noches señor –le dijo ofreciéndole la mano derecha y con la izquierda se acomodaba el pelo lo mejor que podía–, soy Karen.
Fabián puso la película en pausa y se situó junto a Karen. Rebosaba orgullo solo con el brillo de sus ojos. Ramiro la recibió con una sonrisa y le apretó la mano con delicadeza. Quiso darle un beso en la mano como la había hecho en su juventud, pero que diría su hijo si pareciera que está intentando ganarle la conquista. Un par de comentarios graciosos le quitaron la seriedad y la formalidad a esa presentación. No fue para nada un momento incomodo, excepto por Ramiro que ya comenzaba a temblar por el frio. Se despidió de los muchachos diciéndoles que estaba cansado y que no tenía hambre. Martina que, observaba la escena, lo acribillo con la mirada. Según el aroma que salía de la cocina había preparado su especialidad.