El Inicio Capitulo 4

Samuel

Luego de tres meses que Carlos había salido del psiquiátrico Inés me dio la maravillosa noticia de que esperábamos a nuestro primer hijo. No puedo negar que la belleza y la felicidad la hacían lucir mucho más hermosa, por lo menos para mí. Llamé a Carlos para cambiar el horario de las consultas para las primeras horas de la tarde, garantizando que no se encontraran aquí.

Inés había cambiado su horario, salía del hospital después del mediodía para ir a casa a descansar y dejó de cubrir las guardias nocturnas para cuidar de su embarazo. Todo parecía ir muy bien, aunque reconozco que su vientre casi no crecía, apenas un poco cuando cumplió su tercer mes.

Habíamos decidido en el apartamento que el cuarto de estudio, el que estaba cerca de nuestra habitación, sería para el bebé y comenzamos a hacer los arreglos. Compramos varias cosas para esa habitación incluyendo una silla mecedora, algunos adornos y su cuna. Escogimos el color de su habitación, un azul pastel, muy claro, para que le diera paz y sosiego. Estaba feliz, con su vientre creciendo me aseguraba que no regresaría, que definitivamente se quedaría conmigo y seríamos felices, ahora sin ninguna duda, pues todo parecía que permanecerá alejado por siempre de nosotros.

Nuestras madres estaban felices también pues pronto tendrían de quien ocuparse y debíamos hacer un horario para que ambas lo cuidaran. Por supuesto que Martha pedía un trato especial, aunque Marines esperaba lo mismo, eso sería un tema muy delicado que requería acuerdos estratégicos para mantener a ambas partes felices. Inés no había tenido náuseas o vómitos típicos de las mujeres embarazadas y a pesar de que me causó extrañeza mi madre me aseguró que era más que normal.

Planeamos celebrar su tercer mes fuera de la ciudad en un pequeño pueblo lleno de flores rodeado de montañas, era un fin de semana largo, solo nosotros dos. Salimos el jueves de la ciudad y ya el sábado estábamos de regreso. Inés quería comer fresas y duraznos frescos, fuimos por ellos al pueblo de la montaña llamado Laredo.

Llegamos cercano al anochecer del día sábado a casa y todo estaba tranquilo, fue un fin de semana muy bueno, aunque después que supimos que estaba en estado procuraba no tocarla, no la buscaba para que estuviéramos juntos, y creo que ella esperaba lo mismo. Acostumbrábamos a dormir hasta pasada las diez de la mañana los domingos, pero ese día, no pude dormir, me desperté muy temprano pues el teléfono comenzó a repicar y salí de la habitación para no despertarla, era alrededor de las siete de la mañana. El abogado de los Villalobos llamaba para acordar la fecha de la reunión, estaba por tomar un avión para la capital, por eso la hora, porque regresaría casi a final de mes para que nos viéramos y se leyera el testamento.

Inés comenzó a gritar desesperada desde la habitación, corrí por el pasillo y cuando llegué ella había levantado la sábana blanca, tenía las piernas descubiertas, pero alrededor de ella había un charco de sangre. Me miró con asombro, solo gritaba mi nombre con desespero

─ Samuel ¡Ayúdame! ─ las lágrimas corrían por su rostro y sus ojos estaban completamente abiertos

─ Tranquila, voy a llamar a una ambulancia ─ me acerqué a la mesa de noche para tomar su celular y llamar a su médico. Me pidió que la llevara a su clínica que quedaba cerca del apartamento.

Inés seguía llorando sin moverse mientras la sangre seguía extendiéndose debajo de ella y manchando su ropa de seda blanca de dormir. Sus manos estaban llenas de sangre cuando trató de limpiarse el rostro surcado de lágrimas.

─ Tranquila, amor, vamos a llevarte a la clínica. Debemos vestirnos ─ dejé su celular de su lado y busqué cerca de mi lado mi bata colocándomela encima además de las llaves del auto en el bolsillo. Acercándome de su lado tomé la suya para que pudiera colocarla y la levanté despacio notando que estaba completamente mojada llena de sangre.

─ ¡He perdido a nuestro hijo! ¿No te das cuenta de eso?

─ Cálmate amor, vamos con el médico.

La tomé en mis brazos y como pude la rodeé con su bata y ella me pidió una de las toallas del baño para colocarla para no seguir manchando todo de sangre.

Fue difícil para los dos, salimos del apartamento como locos conduciendo para llegar a la clínica y ya nos esperaba una silla de ruedas en la entrada de la emergencia. La enfermera y dos camilleros la sacaron del auto para poder estacionar el auto cerca de la entrada. Cubierto de sangre las manos y parte del asiento del copiloto, solo pensaba que habíamos perdido a nuestro hijo.

Cuando entré la enfermera que nos recibió me llevó con ella a una habitación para que esperara al doctor mientras estaban en la sala de operaciones. Fueron los minutos más largos de toda mi vida. Hora y media después el doctor entraba a la habitación para corroborar que habíamos perdido al bebé, que no entendía que había pasado pues todo indicaba que estaba bien y que era un embarazo normal. Tal vez su cuerpo rechazó la criatura, en algunos casos pasaba y que no había forma de prevenirlo.

Habíamos perdido al bebé, evidentemente ansiaba tenerlo, pero nunca le dije a Inés la verdadera razón, en aquél entonces un hijo de ambos garantiza que no regresaría con él puesto que la moralidad se lo impediría además no dejaría a su hijo sin su padre. Estaba realmente inquieto y ansioso, esa pérdida había ocurrido antes de la lectura del testamento y había algo que me tenía muy nervioso, en ese entonces no sabía qué era, pero no estuve con ella como lo merecía, estaba molesto e inconforme con lo que había ocurrido.

Carlos aún continuaba con el tratamiento, pero todo indicaba que lograría recuperarse definitivamente, y de nuevo el miedo se apoderó de mi pues se abría la posibilidad de que pudieran encontrarse; no podía permitirlo y debo reconocer que me porte muy mal. Recuerdo que le dije que teníamos que intentar un nuevo embarazo y ella se negó, por lo que me molesté con su respuesta tan infantil, pensé en ese momento, dejándola en la habitación por unas horas y al regresar la encontré dormida.

Cuando despertó lloré con ella y le expliqué que me había dolido mucho la pérdida de nuestro hijo pero que entendiera que era necesario que lo intentáramos de nuevo, que no temiera que no volvería a pasar, esperaríamos que se recuperara y lo haríamos con otro médico.

Cuando regresamos a casa recogimos todas sus cosas y las regalamos. Cerca del edificio había una iglesia y comenzó a frecuentar, con la muerte del bebé sus visitas se hicieron más seguidas. De esta manera pasaron cuatro meses después del aborto espontaneo y comenzamos a tratarnos con otro médico orientándonos y cuidando de nosotros hasta que por fin quedamos de nuevo embarazados.

Cuando se recuperó poco a poco, traté de ser aquel hombre de antes, la amaba mucho, pero descubrí que, sin la sombra de Carlos entre los dos, aquella necesidad de probarlo todo el tiempo fue desapareciendo poco a poco; ya no temía que apareciera pues había logrado que él aceptara que ella no regresaría a su vida y a su vez, había logrado que ella aceptara, que no podía buscarlo.

La culpa en ambos era un remedio mucho más barato que los medicamentos y cada vez que podía le daba la medicina a Inés diciéndole que aún le faltaban sesiones para terminar, pensó que seguía en tratamiento, cualquier encuentro sería fatal en su recuperación. Me había convertido en un monstruo, verdaderamente, pero debía cuidar lo mío a toda costa.

Estaba en la oficina esperando por Carlos, sería la última sesión después de haber salido. Cumplí mi promesa y le entregué la propiedad además de los documentos legales donde constaba que disponía de un fideicomiso a su nombre además de una cuenta en un banco de Inglaterra con los suficientes fondos para cubrir hasta su tercera generación sin problema alguno. Con relación a Daniel también le hice entrega de su fideicomiso y con la apertura de una cuenta en un banco local, se le asignaría una mensualidad para sus gastos. En ese entonces me confesó que usaría ese dinero para la matrícula en la escuela de medicina y de verdad que me pareció una buena idea, así estarían ocupados en su mundo alejados de nosotros.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando llegó a la oficina, Daniel entró con él ya que debía conversar con ambos, para la última sesión y dejarlo libre al fin. Había mejorado notablemente, su mejoría física era obvia no sólo había recuperado el peso que había perdido, tenía un cuerpo musculoso ahora su piel había cambiado de aspecto y lucía como un hombre sano en sus treinta y un años. Me alegré al verle, pero no lo demostré mucho, solo hice una leve sonrisa cuando entraron a la oficina.

─ Buenas tardes. ─ abrió la puerta después de tocarla levemente Daniel para dejar pasar a Carlos que le acompañaba.

─ Adelante, esperaba por ustedes ─ cerré la agenda y me levanté para saludarles. ─ ¿Qué tal les va? ─ estreché las manos de ambos mientras les señalaba para que tomaran asiento frente a mi escritorio.

─ Bien. Tengo las copias de los documentos que les indiqué la semana pasada para que entregárselos por cualquier problema ─ abrí la gaveta del escritorio y saqué dos sobres con la identificación de cada uno.

─ Gracias ─ respondió Carlos y Daniel al recibirlos

─ Esta sesión es más para establecer algunos aspectos que me interesa aclarar que por la parte médica. Evidentemente según el resultado de los exámenes de la semana anterior vas en plena mejoría, tus valores han mejorado sustancialmente y lo que está a la vista pues es que eres un hombre renovado.

─ Gracias ─ respondió ─ ¿Esta es entonces la última sesión?

─ Si, así es. Voy a entregarte las prescripciones para tus medicamentos para los próximos meses y a partir de diciembre quedarás libres de ellos, al menos que los necesites para dormir. ¿Has tenido dificultad para dormir con la disminución progresiva del medicamento?

─ No para nada, la actividad física ayuda más que los medicamentos.

─ Me alegra ─ sobre el escritorio estaba su historia, busqué las recetas que estaban listos y se los entregué en sus manos. Carlos sonrío satisfecho.

─ Daniel si necesitas alguna ayuda para la prueba me avisas. ─ le sonreí

─ No creo, pero gracias, se lo agradezco de igual forma.

─ Necesito conversar algunas cosas privadas con Carlos, por favor puedes dejarnos solos unos instantes.

─ Claro. Espero afuera ─ Daniel se levantó y luego de tocarle el hombro a Carlos nos dejó solos.

Visiblemente incómodo se acomodó en la silla y colocando ambas manos juntas, después que descansó sus brazos en el reposabrazos de la silla, esperó que empezara con la conversación.

─ ¿Has cumplido con tu promesa de no llamarla? ─ le pregunté sin rodeos.

─ Así es ─ respondió mirándome al rostro sin titubear, era verdad.

─ Bien, eso me alegra. Ha contribuido tu actitud y la de ella en la mejoría evidente de tu salud. ¿Has tenido pesadillas?

─ No, para nada.

─ ¿Has probado alcohol?, ¿cómo lo manejas?

─ No lo he necesitado, si esa es tu pregunta. ─ respondió fríamente observando

─ Bien. Eso está muy bien.

─ ¿Cómo está Inés? ─ se apresuró a preguntar, sorprendiéndome un poco.

─ Bien, muy bien. Estamos intentando quedar en estado y eso es maravilloso. ¿No te parece?

─ Claro, claro. ¿Están bien?

─ Muy bien. Dentro de unos días el nuevo abogado leerá el testamento que dejó Carlos. ¿Quieres estar presente para mandar por ti?

─ ¿El nuevo abogado? ¿Qué pasó con Miguel?

─ Aparentemente murió, supe que se había ido a un chequeo en el extranjero y luego recibí la llamada del nuevo abogado. Es todo lo que sé.

─ Qué lamentable, era parte de mi familia. ─ bajó la vista al suelo, la noticia lo descompuso por unos minutos, por lo que volví a preguntarle.

─ ¿Quieres estar presente para mandar por ti?

─ No. No quiero saber nada de eso. Quédate tú con lo que necesitas, lo que tengo me es suficiente. Siempre tuve de más, ahora no me hace falta. ¿A ti te hace falta? Creo que Miguel se encargaba de cubrir tus gastos, ¿cierto?

─ Si, así es.

─ Bien, ya que el viejo Carlos no está y Miguel tampoco, hazte cargo tú de los bienes. Me imagino que serán muchos. Mi padre hizo crecer la herencia del abuelo hasta más no poder.

─ Si, así parece. ¿Vas a reclamar tus derechos como heredero?

─ No, ya te dije que con lo que me entregaste es más que suficiente. Si me toca algo más, ponlo a nombre de Daniel y de María. No quiero que a ella le falte nunca más, aunque estoy más que seguro que seguirá trabajando hasta que no pueda moverse.

─ Si es muy probable. De todas formas, solicitaré al abogado que disponga de un seguro médico y de vida para ustedes. Cualquier cosa estarán protegidos y cada quien vivirá su vida sin interferir en la del otro.

─ Si, tal cual acordamos. No te inquietes, no voy a buscarla, eso sé que no le hace bien a ella y ya yo aprendí a vivir de esa manera.

─ Me alegra. Además, pronto su vientre crecerá y bueno tendremos a nuestro hijo. Serás tío muy pronto.

─ Me muero de ganas ─ respondió con ironía ─ Bien sabes que esta es la última vez que vengo como tu paciente, dame el alta por favor y nos veremos por ahí, si coincidimos en alguna parte. Ya ni siquiera Miguel está vivo que es la última conexión entre tú y yo.

─ Ok, solo quería que supieras que si Carlos decidió otra cosa es tu derecho conocerlo al igual que Daniel, porque es tu hijo.

─ Bien, lo llamarás y le explicaras. Si necesitamos estar presentes dile a tu abogado que se ponga creativo y que nos lo haga saber, pero que llame a Daniel, no quiero saber nada más. No te inquietes tu seguirás administrándolo todo como hasta ahora.

─ ¿Estás seguro?

─ Claro que lo estoy. Samuel a quien le hace falta el dinero, el lujo, las propiedades es a ti. Siempre las tuve y te juro que no la cambiaría por nada, pero esa es tu decisión. Solo te recomiendo una cosa.

─ ¿Qué cosa?

─ Que el dinero no se te suba a la cabeza, porque lo perderás todo. Dicen que quien nunca ha tenido y de repente tiene, llega a perder lo que más ama. ─ sonrió irónicamente frente a mí para dar por terminada la conversación ─ Dame el alta para marcharme de aquí.

─ Claro, claro ─ lo saqué del bolsillo de la carpeta y se lo entregué ─ Si piensas buscar empleo esta constancia te servirá.

─ Gracias, pero no creo que lo haga. Viviré de mis escritos, eso me dará lo que necesito estoy seguro.

─ Bueno envíalos por correo para que pueda entregarlos a mi amigo el editor y te ayude con eso.

─ Lo pensaré. ─ estiró su mano para pedir la mía parado enfrente, bastante frío y parco

─ Adiós

─ Adiós ─ le respondí al despedirme observando cómo salía de la habitación y cerraba la puerta.

Cuando estuve seguro que la puerta la había cerrado, me senté de nuevo y sonreí para mí mismo, lo tendría todo, sería el albacea sin ningún reclamo de su parte y eso es maravilloso.

Por fin sería el dueño de la herencia, de los bienes, de las propiedades de los Villalobos, todo aquello que se me había negado era ahora mío y sin cambiar mí apellido. Sonreí feliz pues había logrado lo que tanto había añorado disfrutaría del dinero y lo que esa posición holgada me daría de ahora en adelante. Era la venganza perfecta a mi destino, sería el heredero de aquel hombre que fue mi padre, el que me engendró y del cual no recibí el reconocimiento por ser su hijo ilegítimo.