El Inicio Capitulo 2
Inés
Mantenerme alejada de Carlos fue la promesa que le hice a Samuel, dejarlo ir a esa cabaña de la playa, que había heredado, para que iniciara su nueva etapa. Me alegraba saber que estaba bien, así que cada sesión a la que asistió procuraba no encontrarlo en el pasillo, o verlo llegar o cuando se retiraba; el no verlo garantiza su recuperación y eso no podía ponerlo en riesgo después de todo lo que ha pasado. Trabajarlo me costó un mundo, dejarlo ir como decía Samuel fue bastante difícil, pero creo que lo logré.
Tres meses después que salió descubrí que estaba embarazada y de verdad que me sentía llena de amor y complacida con esa criatura creciendo dentro de mi. Mi matrimonio estaba bien, tranquilos y ya no sentía que dudaba de mis sentimientos. Mi vientre no creció mucho y un domingo al despertarme estaba mojada, descubriendo que había perdido a mi bebé. Eso destrozó a Samuel y por supuesto a cada una de nuestras madres, Martha y Marines, estaban tan felices pues tener un nieto las llenaría de la compañía que necesitaban.
Habíamos empezado a comprar las cosas para su cuarto, su cunita, unos adornos para las paredes y una silla mecedora. Todas las cosas se quedaron en las cajas, sin armar, sobre una mesa en el estudio mientras se arreglaba el cuarto, al lado de nuestra habitación, para prepararlo para el bebé. No dio tiempo para completarlo.
Dios todos los días hablaba de su bebé, de lo feliz que se sentía, de lo hermosa que me estaba poniendo cuando mi vientre empezó a marcarse levemente. Fue muy difícil para ambos recuperarnos, no solo lo encontraba llorando desconsolado en el cuarto de estudio todas las noches, también lloraba con él. Estar sola en casa mientras tenía que descansar y no asistir al hospital, para mí era peor, así que dejé de entrar a esa habitación y la ropa que había comprado para los cambios que daría mi cuerpo la recogí y la doné a la iglesia.
Empecé a asistir a una capilla cerca del apartamento donde vivíamos. Me hicieron mucho bien las palabras de la homilía, parecían hechas para mí, decidí asistir todos los domingos y poco a poco hice que me acompañara. Nos haría bien a ambos, al principio fuimos juntos y después me dejó sola.
Cuando me recuperé y volví a mis labores habituales me encontré con Daniel, en el psiquiátrico, esperando en el pasillo cerca de la oficina de Samuel. Me agradó verlo, parecía otro, lucía no solo otro tipo de ropa es que se veía más maduro y había ganado peso, además de cuerpo, había dejado de ser un muchacho para ser un hombre.
Estaba dormido, sus piernas estaban estiradas y tenía los brazos cruzados en su pecho mientras su cabeza reclinada hacia atrás tocaba la pared de fondo. Me acerqué con mis historias en la mano y sentándome a su lado sonreí, estaba profundamente dormido, su respiración era profunda y acompasada. Al sentirme se despertó y nos saludamos amablemente.
─ Hola Daniel, ¿cómo estás? ─ le sonreí al descubrirme mirándolo
─ Bien, disculpe es que tuve una guardia muy extenuante. ─ se enderezó en el asiento y se acomodó el cuello de su camisa de cuadros azules.
─ Sí supe que hubo mucho movimiento con eso de las fiestas nocturnas por las graduaciones. Siempre hay eventos y accidentes. ─ Afirme sonriendo observando que estaba nervioso.
─ Sí, sobre todo por el alcohol. Y usted, ¿cómo está? ─ sonriéndome
─ Bien, bien. Dime y Carlos, ¿cómo lo ves? ─ me comía la ansiedad por saber de él, coloqué mis historias sobre las piernas para apoyar los brazos mirándole ansiosa.
─ Muy bien doctora, se ha recuperado bien. Pero, ¿no lo ha visto?, ha venido varias veces, una vez cada mes, y llevamos casi cinco meses desde que salió. ─ incrédulo me observaba esperando que le respondiera, giró hacia mí para quedar viéndome a los ojos directamente.
─ Sí sé que lleva ese tiempo, pero no hemos coincidido, por eso te pregunto por él. ─ le respondí bajando la mirada al suelo cuando buscó mis ojos
─ Muchas gracias de nuevo por regresar a mi hermano. ¿Tiene prohibido verle, acaso? ─ inclinó un poco su rostro tratando de ver mis ojos, así que los levanté para mirarlo.
─ Bueno no quiero causarle problemas. Es todo.
─ No creo que los cause doctora. Disculpe, sé que no debo meterme en estos asuntos, pero ¿usted está segura de su matrimonio? No se ofenda, pero sé lo mucho que ustedes se quieren aún. ─ dejó escapar sus ideas con libertad y frotó sus manos sobre sus piernas denotando seguridad en su planteamiento.
─ Bueno a veces las cosas se nos escapan de las manos y aprendemos a vivir con ellas, así, lejos de nosotros ─ me sorprendí notando la tristeza en mis palabras. ¿Qué estaba haciendo?, le miré de nuevo al rostro fresco y sonriente
─ Tal vez a lo que salga de la consulta la visitamos en su oficina ¿Le parece? Puedo decirle a Carlos ─ sonreía por el planteamiento y de verdad que me hubiera encantado verlo de nuevo, pero algo dentro de mí me alertó, simplemente cambié mi expresión tratando de desaparecer mi tristeza.
─ No es buena idea. Debo dejarte, me alegra verte y saber que está bien. ─ respondí apresurada para levantarme de la silla y seguir mi camino alejándome de él.
No quedaba embarazada a pesar de los esfuerzos y los intentos, por lo que Samuel insistía que fuéramos a ver a un especialista. Tres meses después del aborto asistimos a consulta, para ponernos en tratamiento ambos. Iniciamos el tratamiento hasta que logré embarazarme de nuevo.
En la iglesia el sacerdote me recomendó un grupo de mujeres que se reunían en las tardes, los jueves, para ayudarse y necesitaban una terapeuta. Eso no solo me permitiría ayudarles, me permitiría recuperarme pues dejaría de pensar solo en mis problemas.
Todo marchaba bien, o al menos eso pensé, estaba ocupada con el hospital y los viernes en la tarde acompañaba a las mujeres con la terapia en la iglesia. Me sentía bien, de verdad, con sus consejos y hablar de sus familias, sus problemas, sus hijos aprendí muchas cosas. Escucharlas me hizo entender que los míos eran tan pequeños que daba pena comentarlos, me limite a escucharlas, a cada una con atención.
Un domingo mientras descansaba en casa después de almorzar, me levanté despacio al notar que Samuel no estaba a mi lado viendo la televisión su programa de deportes. El televisor seguía encendido, pero él no estaba en la habitación, salí a buscarlo aún en pijama.
Su madre, Martha, estaba de visita con nosotros y ellos acostumbraban beber café a las tres de la tarde. Escuché las voces venir de la cocina y me aproximé sigilosa. No estaba segura si estaba solo con ella o había otra persona. Cuando llegué a la puerta, me asomé sin entrar y vi que Martha, de pie, acariciaba la espalda de su hijo y Samuel tenía su rostro entre sus manos como si estuviera llorando.
─ ¿Por qué sigues torturándote con esa idea? ─ afirmó acariciándole despacio la espalda apoyada su cuerpo en el lado izquierdo de Samuel.
─ Carlos está muy bien madre, demasiado bien. Estoy asombrado de su mejoría, por eso no quiero que se vean, debo mantenerlos alejados hasta que logré tener a mi hijo.
─ No digas esas cosas, Inés te ama amor. Te lo ha demostrado tantas veces.
─ Los Villalobos de nuevo salen a recordarme quién soy, que ella a quien ama es a Carlos, esa es una verdad que ni yo puedo negar. Si sigue mejorando puede quedarse con todo, se convertiría en el albacea de los bienes, si no logro tener un hijo porque ya él tiene uno. Lo único que me permitiría seguir siéndolo es que tenga un hijo, un hijo que lleve la sangre de los Villalobos, no uno adoptado.
─ ¿Estás seguro?
─ Si. El abogado que dejó a cargo Miguel me leyó el testamento de Villalobos, en el que hace referencia a que necesito un hijo para quedarme como albacea. Resulta que tenía las esperanzas de que en algún momento se recuperara y entonces se encargaría de todo, es simplemente para ganar tiempo. Sus últimos días contigo solo sirvieron para que vieras de él y nos usara como siempre.
─ No puedo creerlo. Debió haber influenciado Miguel a tu padre para que hiciera esos cambios.
─ Madre, por Dios. ¿Hasta muerto lo defiendes?
─ No cariño, no es eso. Nosotros hablamos hijo, sé que quería lo mejor para ti, que serías el adecuado para proteger el patrimonio de la familia.
─ Pero cambió las condiciones, tal vez a raíz del viaje de Miguel y de su posible muerte antes que la suya. No manejo los detalles, ese abogado no está en la ciudad, pero en cuanto llegue nos reuniremos y veré qué puedo hacer para impedir que a Carlos se le asigne ese puesto de albacea de la herencia.
─ Tal vez ocurrió eso, estoy segura que te dejaba lo tuyo garantizado hasta mi parte también.
─ Debo tener un hijo con Inés a como dé lugar y si no se puede buscaré con quien.
─ Por Dios Samuel, ¿qué dices?
─ No voy a perder todo, no después de lo que me ha costado. No voy a volver al inicio, madre.
─ Pero ¿Cuál inicio? Hijo tienes una carrera, una bella familia, una reputación como médico, eso te lo has ganado tú mucho antes de que tu padre regresara. ¿No es suficiente?
─ No. No lo es. Tengo todo el derecho sobre esos bienes más que Carlos y ese muchacho que adoptó. Consultaré con otro abogado para ver qué puedo hacer, le daré parte de la herencia a Carlos y a su hijo además de lo que ya tiene, pero me quedaré con la mayor parte. Soy mayor que él, nací primero, siempre estuve escondido de todos porque nunca fue suficiente para él y ahora no voy a dejárselo. Lo siento.
─ Hijo mío, pero si Carlos ha sufrido mucho más que tú. ¿No lo ves acaso? Siempre has tenido salud, tienes una hermosa familia y él solo tiene una sombra que lo persigue y está solo sin una mujer que lo ame.
─ No vas hacer que cambie de opinión. Debo tener un hijo con Inés, o con otra, pero no voy a perder lo que he logrado hasta ahora. Te lo juro madre, tendrás lo que es tuyo por derecho ─ Samuel se volteó a mirarla abrazándose a ella por su cintura
─ No necesito nada, lo más importante siempre has sido tú. ─ Martha solo lo besó acariciándole la cabeza y la espalda despacio, mientras él se mantenía abrazado a ella.
En ese momento descubrí que Samuel quería tener hijos para asegurarse que seguiría casada con él y así mantendría el control sobre los bienes de la familia. Dios de nuevo las dudas lo invadían y a mí.
¿Es que acaso me casé con un monstruo después de todo? ¿No era tan bueno como lo creía? ¿Por qué tanta obsesión por el dinero de los Villalobos? Teníamos lo suficiente para mantenernos, teníamos una buena posición, holgada, además. El fantasma de los Villalobos, como los llamó, se había apoderado de él. Tener el poder y manejar la herencia lo hacía sentir el dueño de todo y de todos, el nuevo patriarca en lugar de Carlos, que era tal vez a quien le correspondía.
No sabía que Carlos estaba tan bien, no me lo dijo, siempre decía que tenía que esperar un poco más para darle de alta definitivamente. Ahora entiendo las razones, una, para mantenernos alejados y la segunda para evitar que Carlos tomara el control de todo. Estoy segura que él no lo buscaría y si había que decidir se lo dejaría en sus manos. Por eso le entregó la propiedad de la cabaña de la playa y le aseguró la manutención, sencillamente para que no pidiera más o alguna explicación sobre los ingresos o el resto de los bienes.
Mi equivocación no fue solo el haberme enamorado de Carlos, mi equivocación fue casarme con Samuel aun amándolo. ¿Qué clase de padre iba a darle a mi hijo? Triste regresé a la habitación, cerré la puerta con cuidado evitando hacer ruido, caminé hasta el lado opuesto de la cama que daba a la entrada y me acosté. Coloqué las manos debajo de la almohada y comencé a llorar ahogando mi dolor hasta quedarme dormida.
El embarazo avanzaba normal, mi vientre empezó a crecer de nuevo pero una pena me invadía, ya no me sentía como la primera vez, estaba triste y a pesar de que luchaba contra ella me visitaba todas las noches. Empecé a verlo con otros ojos, dudaba hasta amarlo y no era por Carlos esta vez, había descubierto que mi esposo no era quien yo creía que era, se había convertido en un monstruo.
Una de las tardes en el hospital fui a la capilla a rezar un rato, me sentía muy triste ese día. Con sus nuevas ocupaciones Samuel casi no estaba en el hospital, de manera que se convirtió de nuevo en mi lugar favorito. Al principio huía del recuerdo de Carlos y ahora de la presencia asfixiante de Samuel, al principio, ahora sus ausencias continuas, y lo peor era que no podía cambiar la situación, no ahora que esperaba un hijo suyo.
Mi hijo tenía derecho a una familia estable, a su padre a su lado, además no estaba lista para ser una madre divorciada. La idea me daba vueltas en la cabeza sobre todo cuando la tristeza me invadía, las ausencias de Samuel se hicieron frecuentes y de hecho pensé que tenía una amante muchas veces. Acordamos que mientras estuviera en estado no estaríamos juntos, así que cualquier cosa pudiera hacer para saciar sus apetitos que sabía que eran muchos. Lo notaba tenso, preocupado y ansioso, esas actitudes se convirtieron en rutina hasta llegar a no hablarnos sino lo necesario durante muchos días. Cuando regresaba del hospital solo me provocaba dormir, generalmente no estaba en casa, y en las noches cuando despertaba ya estaba dormido a mi lado. Antes me hubiera despertado con un beso, ahora solo lo sentía a mi lado cuando estiraba mi brazo para acomodarme con mi vientre crecido tropezando con su espalda.
Mi madre había empezado a notar que algo pasaba, la hermosura que ocurrió con el primer embarazo no ocurría con este, casi no dormía, me afectaban las náuseas, los mareos, vomitaba casi a diario luego de las comidas no importaba lo que comiese. Mi cuerpo definitivamente no estaba de acuerdo con esa criatura creciendo dentro. ¿Ahora quién era yo, en quién me había convertido? Estaba realmente rechazando a mi hijo. ¡Qué horror!
Rezaba en la capilla cada tarde pidiéndole que me diera las fuerzas necesarias para seguir con mi embarazo y aceptar que mi hijo me necesitaba y que debía aprender a quererlo. Era inocente de lo que ocurría, era inocente de lo que su padre quería lograr cuando naciera y era inocente de la madre triste que había decidido tenerlo. Cuando salí de la capilla me senté en los bancos pues el mareo me invadió de nuevo, la briza de la tarde mecía las ramas de los árboles con su melodía de otoño y las hojas se movían en el suelo juntas como en fila.
María, la enfermera de Carlos, se acercó sentándose a mi lado mientras sostenía mi rostro entre las manos para evitar caerme y esperar que las cosas se detuvieran frente a mí.
─ ¿Doctora, está bien? ─ se acercó a mí colocando su mano en mi espalda
─ Si, solo dame un segundo ─ respondí mientras enderezaba mi espalda y separando las manos de mi rostro las coloqué en el respaldo del banco para estirar los brazos y permitir que mi cuerpo al exhalar el aire relajara la espalda.
─ ¿Quiere que le traiga algo de tomar? ─ respondió angustiada.
─ No, estoy bien.
─ No sé cómo puede seguir aquí, debería ir a casa a descansar. Ese embarazo le ha pegado mucho.
─ Pues sí ─ le respondí con tristeza.
─ Doctora usted está muy demacrada, delgada, pareciera que el bebé se la come desde adentro. ¿Está segura que todo va bien? ─ me observaba con dudas en su semblante y colocando su mano arrugada sobre mi pierna me dijo acercándose lo más que pudo ─ Debe ir a verse de nuevo. ¿No ha pensado que algo anda mal?
─ No lo creo. María no me asustes. ─ le dije mirándola a los ojos esperando que leyera en mis palabras la angustia que me invadía esa tarde.
─ Doctora perdí a mi único hijo cuando llevaba cinco meses de embarazo y usted me recuerda cómo me veía entonces. Debe revisar qué ocurre, ha bajado de peso, su cabello ha perdido brillo y se ve tan triste que parece enferma.
─ María, yo...─ no pude continuar pues las lágrimas llegaron desesperadas a cubrir mi rostro, entonces ella abrió sus brazos para recibirme.
─ Llore doctora, conmigo puede hacerlo. ─ me recibió en sus brazos y comencé a llorar liberando el dolor que me invadía.
Sentía una pesada carga sobre los hombros, el dolor permanecía día y noche dentro de mí apretando mi estómago cada vez que estaba lleno, el mundo giraba a tal velocidad a mi alrededor que era como si quisiera salir volando como un tornado para arrojarlo todo afuera. Cumplía seis meses de embarazo en esa semana y debía ir al doctor la siguiente, pero dentro de mí presentía que algo andaba mal, pero el problema era que no quería enfrentarlo. Tenía mucho miedo.
─ Mi querida doctora llore, llore con desenfreno, saque todo ese dolor de su corazón. Ya verá que las cosas mejorarán después de dejarlo salir.
─ Tengo…miedo…María…mucho miedo. ─ le respondí llorando con mucho dolor.
─ ¿Miedo de qué?
─ De perderle, de que algo malo pase, de que sea yo quien no quiera tenerlo ─ me aparté de ella para mirarla, mientras las lágrimas seguían saliendo de mis ojos y secándolas con las manos.
─ No pasa nada malo, no diga que usted no lo quiere. Es su hijo, ¿Quién más puede amarlo sino usted? Ni siquiera el Doctor Samuel va a amarlo como usted lo hará, ese amor es solo de una madre.
Me abracé de nuevo mientras acariciaba mi espalda despacio, una y otra vez mientras seguí llorando por unos minutos más. Cuando logré calmarme me aparté de ella y con las manos traté de borrar el rastro de las lágrimas que habían recorrido mi rostro. María sonreía y acariciando mi vientre crecido comenzó a rezar un Ave María y un Padre Nuestro de un extremo a otro, una y otra vez. La criatura comenzó a moverse y sonreír con ella mientras con sus tibias manos recorría el vientre de un lado a otro con suavidad.
─ No temas cariño, tu mamá solo está algo triste, pero todo estará bien. Dígale, habla con él cada vez que pueda, converse con él o con ella ─ sonrió al verme a los ojos, su rostro irradiaba esa tarde tanta paz que me contagió.
─ Claro bebé tu mamá te ama mucho ─ le respondí acariciándolo también.
─ Sé que no debo decirle nada y que le prometí al Doctor Samuel que no le comentaría, pero si usted supiera cómo está, eso le haría mucho bien.
─ ¿Carlos? ─ le pregunté
─ Si. Doctora está muy bien, es un hombre nuevo. Ha recuperado su peso, la piel ha mejorado en su color y textura, sus ojos dejaron de estar con brillo y tristes. Hace ejercicios todos los días, come sano y escribe poemas hermosos. Ha iniciado una nueva vida, se lo aseguro.
─ Me alegra saberlo. ¿Samuel te pidió que no me dijeras nada?
─ Me pidió que no lo hiciera porque eso le haría daño, que usted trataba de olvidarle y si le comentaba iba a afectar la recuperación de Carlos y su promesa de mantenerse alejada de él. ─ me miraba esperando ver la reacción ante sus palabras, pero solo la observaba atenta.
─ Tiene razón solo en una cosa. ─ respondí
─ ¿Cuál?
─ Que lo mejor que puedo hacer es mantenerme alejada de él.
─ Bueno no para Carlos sino para el Doctor, para Samuel. Entiendo que no debo meterme en sus decisiones y en lo que han planeado para que ese chico se recupere, pero una sola cosa le dijo, es un error que ustedes amándose como lo hacen sigan separados. Eso es lo único que voy a decirle.
─ Gracias María, me alegra saber que está mejor y recuperándose. ─ le sonreí y me levanté del banco esperando por ella de pie. No tenía sentido seguir hablando sobre él, lo importante es que se recuperaba y bien, lo demás no tenía que ser aclarado y con ella menos.
─ Regresemos deben estar esperando por nosotras ─ estiré mi mano para que la agarrara y ella se levantó para tomarme del brazo mientras caminábamos despacio por el jardín de regreso.
Pero la semana no llegó, el lunes de la siguiente semana a media mañana mientras caminaba desde el estacionamiento a la entrada del hospital un líquido mojó mis piernas, un intenso dolor me hizo doblarme llevando mis manos a mi crecido vientre y comencé a pedir ayuda. Estaba cerca de la entrada y varias personas que estaban en información me vieron, pidieron ayuda y a los pocos minutos salió uno de los camilleros con una silla de ruedas para llevarme adentro.
Con escasos seis meses perdí a mi segundo hijo. No pudieron hacer nada por él, era un varón, sus pulmones no habían madurado y sencillamente falleció.
Cuando desperté en la habitación del hospital Samuel estaba tomándome de la mano, con el rostro enrojecido por llorar y sus ojos hinchados, esperaba que despertara. Cuando lo vi solo le acaricié el rostro y comencé a llorar también.
─ Lo siento mucho Samuel, lo siento mucho.
─ Tranquila, ya te recuperarás y lo intentaremos de nuevo ─ respondió mirándome a los ojos en espera que le acompañara en la afirmación, pero no lo hice, lo miré extrañada y solamente le dije
─ No voy a intentarlo de nuevo. No voy a hacerlo. Lo siento, no puedo con otra pérdida, no quiero, no quiero.
─ Por Dios Inés, esto les pasa a muchas mujeres…─ dijo mirándome extrañado ante mi reacción
─ Pero no quiero que me vuelva a pasar a mí. No quiero intentarlo de nuevo, por lo menos no ahora.
─ Esperaremos entonces ─ afirmó y de repente su semblante cambió, su mirada se endureció ─ pero quiero que sepas que quiero un hijo y espero tenerlo contigo, pero no puedo esperar mucho ─ Samuel se levantó de la silla y acercándose a la puerta mientras lo miraba con asombro salir sin ni siquiera voltear a verme y cerró la puerta a sus espaldas.
En ese momento comprendí que había dejado de amarme, estaba claro, no le importaba más estaba obsesionado con la idea de tener un hijo solo para sus propósitos. Debía decidir entonces qué hacer con mi vida, levanté mis manos para acariciar mi vientre y al sentirlo vacío comencé a llorar y empecé a rezar por el alma de mi pequeño que había partido lejos de mí.
Al regresar a la casa ya Samuel había recogido las cosas del bebé dejando de nuevo la habitación con sus muebles originales, había pintado la habitación de azul claro y todas las cosas en cajas esperaban que le dijera a dónde iba a llevarlas. Cuando entré a la habitación le dije que las llevara a la Iglesia junto con la ropa que le había pedido a mi madre que arreglara, no quería ver nada que me recordara mi maternidad.
Ese mismo día Samuel se llevó las cosas y se fue por unos días a casa de su madre, Martha. Prefería estar sola, mi madre se quedó conmigo por dos semanas y ya a la cuarta semana, cuando pude mantenerme en pie, regresé al hospital a trabajar.
Iniciando el mes de diciembre cumplíamos dos meses de estar separados, era domingo y estaba con mi madre desayunando en la cocina. Samuel llegó al apartamento y pasó sin saludarnos frente a la puerta de la cocina. Mi madre asombrada solo tomó mi mano entre las suyas mientras esperaba a que apareciera para saludarnos, por lo menos. Seguí tomando mi taza de café y unos minutos después Samuel, con una maleta en la mano, se detuvo frente a la puerta de la cocina.
─ Buenos días. Solo viene por unos papeles. Debo viajar por unos días, no regresaré hasta después de año nuevo. Voy a un curso en el exterior. Es mejor que estés sola y tranquila. Le agradezco suegra que la acompañe. Descuida dejé a alguien a cargo de mis pacientes, todo está arreglado ─ acariciaba nervioso el asa de la maleta negra una y otra vez con sus dedos.
─ Espero que te vaya bien, cariño. Gracias por avisar que vas a estar fuera.
─ Lo siento, de verdad todo esto. ─ hablaba como si estuviéramos solos los dos.
─ También lo siento ─ le respondí
Samuel sonrió y se alejó de la puerta de la cocina. Mi madre estaba como petrificada ante la escena y minutos después, que se escuchó que cerraba la puerta, empezó a preguntar.
─ ¿Qué es esto Inés? ─ dijo asombrada de la tranquilidad y la serenidad que veía en mí.
─ Samuel y yo no estamos bien madre, antes de la muerte del bebé las cosas fueron empeorando así que preferí pedirle que se fuera por un tiempo.
─ Hija, una pérdida debe unirlos no alejarlos. No perdieron un objeto, perdieron un hijo. ─ respondió mi madre observándome incrédula ante la frialdad de mi actitud.
─ Tú lo has dicho: perdí un hijo y él el derecho a ser el albacea de los Villalobos.
─ ¿Qué dices?
─ Samuel quería un hijo que le garantizara el control de los bienes y la fortuna de los Villalobos. Solo eso.
─ Dios, hija, ¿cómo es posible?, ¿Desde cuándo lo sabes? ─ de nuevo posó sus manos sobre las mías y le sonreí
─ Para el segundo embarazo, lo escuché hablando con Martha justo aquí en la cocina. Tranquila. Estoy bien, hace tiempo que lo estoy.
─ Mi amor, de verdad que me sorprende tu serenidad.
─ Lo peor que puede pasar es que me divorcié y eso es una idea que ha estado rondándome desde hace algunos meses. Aún no lo he decidido, pero el día que lo haga te lo haré saber con anticipación para que no te sorprendas. ─ le respondí sonriendo.
Después de la muerte de mi padre, la recuperación por la salida de Carlos de mi vida, la boda con Samuel además de las pérdidas de mis embarazos, ella se había encargado de ser mi compañera silente en cada ocasión. Eso es lo mejor, sin opinar, sin criticar, sin emitir opinión alguna solo con su compañía para lo que necesité y en ese momento se lo agradecí enormemente.