El escritor de gore
Alberto odiaba su vida.
Todos los días se dedicaba a trabajar en aquella oficina a la que detestaba, rodeado de personas que no soportaba. Las extensas y agotadoras horas de su tedioso y repetitivo trabajo no le dejaban mucho tiempo libre y su personalidad ensimismada y retraída le impedía socializar. Pasaba de ocho a doce horas diarias, seis días a la semana bajo la enfermiza luz nacarada de los fluorescentes del sótano catalogando y digitando interminables datos aburridos bajo la supervisión de un fanfarrón idiota insoportable.
Ese era su jefe, Jonathan.
Jonathan era el típico deportista descerebrado y musculoso que sólo pensaba en ligarse mujeres y que presumía con su automóvil último modelo y sus hazañas sexuales y deportivas. Jonathan era terriblemente estúpido pero aún así había logrado ascender a supervisor y se encaprichó en hacerle la vida imposible a Alberto. Le asignaba extenuantes cantidades de trabajo con fechas límites escasas y le humillaba constantemente. Sin embargo, Alberto dependía de aquel trabajo para sobrevivir desde que sus padres lo expulsaron de la casa y no tenía más remedio que soportar todos esos abusos para pagar sus cuentas.
Su compañera de trabajo se llamaba Jessica y era la típica bimbo. Su belleza espléndida y su anatomía escultural de suntuosas medidas y curvas sólo era igualada por su inteligencia exigua y su ignorancia casi analfabeta. Alberto sentía una profunda atracción por ella y una pulsión sexual irrefrenable pero ésta siempre lo trató como si fuera la porquería más asquerosa del universo. Por supuesto, era la amante de Jonathan y consecuentemente éste no le asignaba casi ninguna tarea, por lo que su trabajo se recargaba en él. Esa mañana Jonathan estaba particularmente odioso y le proporcionó varios regaños a Alberto de forma gratuita, gritándole y recordándole lo tonto que era. Sus bramidos fueron sólo acompañados por la risa de deleite de Jessica y, en realidad, la única motivación que tenía Jonathan para el denigrante regaño fue demostrar su hombría ante ella.
Alberto se tragó la ira que lo embargaba y prosiguió con sus asignaciones conforme el sonriente y complacido Jonathan se introducía a su oficina con la entusiasmada Jessica.
Así terminó la faena. No muy diferente a la gran mayoría de los días. Alberto salió del edificio donde laboraba cuando era ya entrada la noche y sólo el conserje y los guardias de seguridad quedaban. Subió al destartalado autobús que lo transportaba al miserable cuarto dentro de la pobretona pensión que alquilaba.
La pensión estaba ubicada en una edificación de cuatro pisos con paredes resquebrajadas y casi sin pintura. La lastimera puerta de hierro que separaba su interior del medio estaba casi oxidada y conectaba con unas escaleras hacia los pisos superiores. El techo estaba plagado de goteras por las que se filtraba el agua produciendo una humedad pútrida y una capa de moho en la mayor parte de la derruida mampostería y un problema grave en las tuberías nunca reparado provocaba un pestilente hedor a aguas negras.
La dueña del alojamiento, doña Edith, era una regordeta mujer de edad madura, alcohólica y fumadora compulsiva, de aspecto grotesco y desagradable quien constantemente le gritaba recordándole sus frecuentes retrasos en la renta. Alberto, como siempre, se tragaba todo y se disculpaba con ella.
Finalmente, Alberto se introdujo en la diminuta habitación que rentaba, atestada de libros y ropa, y que carecía de muebles, salvo un rechinante y viejo catre, un viejo televisor con mala imagen, una mesa y una silla donde estaba colocada su más preciada pertenencia: su computadora.
Alberto siempre había aspirado en ser escritor profesional. Debido a que no tenía amigos ni se llevaba bien con ningún familiar, todo su tiempo libre lo pasaba leyendo y escribiendo. Sin embargo, todas las editoriales a las que había enviado sus trabajos se lo rechazaron categórica y metódicamente, inflamando aún más la ira en su corazón frustrado y envenenado por el odio.
Se puso a escribir. Pero doña Edith —cuya habitación estaba justo al lado de la suya— puso su radio a todo volumen escuchando unas escandalosas rancheras. Alberto golpeó la pared diciendo:
—¡Doña Edith! ¡Doña Edith! ¡Por favor! Estoy cansado de trabajar y necesito descansar. ¿Puede bajar el volumen?
—Si no te gusta lárgate a otro lado, hijo de puta —respondió la vieja y Alberto apagó la computadora y se recostó sobre la cama, aunque no pudo dormir pues el ruido se extendió casi toda la noche.
Concilió el sueño como a las tres y media, pero debía despertarse a las cinco de la mañana para salir, aún antes de que saliera el sol, camino a su trabajo que quedaba muy lejos. Esa mañana era fría y lluviosa y el agua de su ducha estaba fría —porque doña Edith no había reparado el calentador. Mientras su cuerpo era atormentado por el agua helada sintió ganas de llorar pensando en lo infernal que era su vida.
Llegó hasta la oficina a las siete. Jonathan y Jessica entraban dos horas después, aunque con frecuencia llegaban tarde. Mientras se ponía al día con las tareas asignadas pensó en la razón de su infelicidad; sus padres.
Desde niño lo habían maltratado física y psicológicamente. Como se orinaba en la cama su madre, a propósito, colgaba las sábanas en el jardín para que otros niños lo vieran y se burlaran de él. Debido a que desde niño desarrolló gusto por la poesía y la literatura su padre pensaba que era homosexual y lo vistió de mujer para luego pasearlo por todo el barrio y llevarlo así a la escuela “en aras de quitarle lo maricón”. Las frecuentes palizas de sus padres así como sus insultos y humillaciones eran sólo homologables al acoso violento de sus compañeros de escuela que lo apaleaban cada día y le insultaban sin cesar.
Cuando decidió que quería ser escritor y no abogado como su padre, este lo echó de la casa siendo aún adolescente y desde entonces se vio forzado a trabajar duramente y realizar arduas labores mal pagadas para sobrevivir. Cada noche pensaba en lo feliz que sería si hubiera podido vengarse de sus padres asesinándolos lentamente con un hacha o cortándoles la carne con un cuchillo de carnicero.
Y sonriendo en estas fantasías tan plácidas apretó por error un comando que borró los archivos en que trabajaba perdiendo el trabajo de varias semanas.
Jonathan, tras el esperado regaño que fue acompañado por comentarios que se burlaban de su masculinidad e inteligencia, lo envío a la oficina del gerente general de la empresa, don Gerardo.
Alberto subió por el ascensor hacia el despacho del jefe. Sabía que Jonathan, quien era buen amigo de don Gerardo, ya le había comentado lo sucedido y le esperaba el despido.
Frente a la puerta de la oficina de la Gerencia estaba el escritorio de Rosita, la secretaria de don Gerardo. Una guapa pero sencilla y austera joven que siempre le sonreía a Alberto y que era quizás la única persona que lo trataba bien. Rosita siempre fue cálida y cariñosa con él y Alberto fantaseaba con invitarla a salir pero jamás se atrevía.
—Hola, Alberto —le dijo— ¿Cómo estás?
—Bueno… —respondió él dando a entender que nada bien…
—¡No te preocupes por don Gerardo! Hablé con él para que no te despidiera. Ahorita se le pasará el enojo. Pero mucha suerte…
—Gra… gracias.
—Pasa, te está esperando.
Don Gerardo estaba furioso. Le gritaba violentamente mientras gesticulaba diciéndole:
—¡Imbécil! ¡Idiota! ¡Pedazo de estúpido! ¡Nunca había conocido a un empleado tan incompetente!
Tras la retahíla de improperios y el que Alberto se deshiciera en disculpas, declaró:
—OK. Quiero que digites de nuevo los archivos perdidos en dos días. Más te vale trabajar hasta terminarlo sin que esperes pago por las horas extras. Y ten por seguro que te rebajaré del salario lo que perdamos en producción por la falta de archivos actualizados. ¿Comprendido?
—Sí, don Gerardo…
—¿No vas a agradecer que no te despida?
—Sí, gracias, don Gerardo.
Alberto no podía dormir, aunque estaba agotado por las interminables horas de trabajo. Pensaba en todo el odio que sentía hacia el cosmos pero, principalmente, hacia sus padres. Se levantó —aprovechando que doña Edith no tenía la música puesta— y se sentó frente a su computadora a escribir un relato de terror donde un asesino se introducía a la casa de sus progenitores y los descuartizaba vivos; lenta y tortuosamente.
Encontró aquella experiencia liberadora.
Las gráficas y detalladas descripciones de cómo el asesino torturaba a sus padres, los despellejaba y los desentrañaba vivos para luego decapitarlos lentamente le llenaron de morboso placer. Sonriente, aliviado, de buen humor, se levantó al día siguiente para ir a trabajar.
Encontró más llevadero aquel día. Pudo terminar antes de lo esperado la recuperación de los datos y salió relativamente temprano. Regresó a su casa a releer aquel trabajo escalofriante emponzoñado por el rencor y lo degustó ávidamente.
Mientras repasaba aquella espantosa descripción recibió una inesperada llamada.
Como no tenía amigos ni familiares casi nunca lo llamaban, pero aún así tenía un celular para emergencias.
—¿Alberto Sequeira? —preguntó una voz ronca.
—Sí.
—Soy el sargento Bustamante, oficial de policía. ¿Podría venir a nuestra comandancia cuanto antes? Tenemos una noticia que darle.
Alberto se apersonó a las instancias policiales donde el inspector que lo había llamado le indicó, muy preocupado y temeroso de que Alberto tuviera una reacción emocional intensa, que sus padres estaban muertos.
Pero los temores del policía eran infundados. Alberto no sintió dolor por la muerte de ellos sino regocijo y algo de curiosidad.
—¿Cómo murieron?
Bustamante le explicó que habían sido salvajemente torturados y destazados antes de morir. La descripción del oficial, aunque escueta y carente de detalles, dejaba entrever que la fantasía de Alberto se había materializado en la realidad.
¿Qué estaba pasando? Se preguntó. ¿Habría, de alguna manera, canalizado las imágenes de sus padres poco antes de morir? ¿O de alguna forma se había hecho realidad lo que él escribió?
Tenía que hacer una prueba.
Escribió dos relatos fantásticos. Uno en donde él era convertido en un dios omnipotente y sobrevolaba los cielos de la ciudad cumpliendo todos sus deseos y convirtiéndose en el rey de la Humanidad. Y otra en donde diez hermosas y voluptuosas ninfas tocaban su puerta y cumplían todas sus fantasías.
Pasaron tres días y ninguno de los dos relatos se hizo realidad.
Así que decidió escribir algo que fuera factible en la vida real. Se sentó frente a la computadora, pensativo, pero no sabía que escribir.
En ese preciso momento el estruendoso ruido provocado por el radio a todo volumen de doña Edith le ensordeció los oídos abrumándolo.
—¡Doña Edith! —clamó— ¡Baje el volumen, por favor! ¡Se lo suplico!
—¡Coma mierda, hijo de la gran puta!
Alberto cerró los puños embravecido. Era la inspiración que necesitaba. Comenzó a escribir un cuento en el que tres asaltantes se introducían al apartamento de doña Edith. Esta, al percatarse, intentó pedir auxilio pero el alto volumen de la música hizo que sus vecinos fueran inmunes a sus ruegos. Los asaltantes la acuchillaron 17 veces, pero aún así no murió, así que comenzaron a aplastarle la cabeza con una plancha metálica hasta matarla y luego se robaron las pocas cosas de valor que tenían.
Tras escribir esto intentó dormir a pesar del ruidoso escándalo musical a su lado que no cesó en toda la madrugada ni siquiera cuando él se levantó. Al salir de su aposento se topó con un cordón policial y un grupo de uniformados y médicos forenses recopilando evidencias para esclarecer el violento asesinato de doña Edith.
Observó cuando sacaban el cadáver en una camilla con el rostro cubierto, pero la sábana ensangrentada que lo cubría se atoró en la manija de una puerta descubriendo la cara aplastada y el cráneo quebrado a punta de planchazos. Los curiosos murmuraron y algunas de las mujeres que miraban la escena emitieron gritos ahogados ante la lúgubre visión; pero Alberto sonrió.
Alberto había supuesto que tenía el poder de hacer realidad todo cuanto escribiera, mientras fuera razonablemente posible en el mundo real. Así que decidió no ir a trabajar ese día. Simplemente se sentó a escribir una nueva narración...
En esta, su jefe don Gerardo decidió no rebajarle el salario y más bien darle un aumento. Nombrarlo supervisor y despedir a Jonathan. Jessica, para no perder su empleo, se acostaba con él y, además, él invitaba a salir a Rosita quien aceptaba de inmediato y se convertía en su novia formal.
Complacido, Alberto se dirigió al día siguiente a su trabajo a recibir todas estas bendiciones y golpes de buena suerte de los que había escrito, para encontrarse con la desagradable sorpresa de que nada de eso sucedió. Jonathan le gritó por haber faltado y lo envió de nuevo a hablar con don Gerardo quien también estuvo a punto de despedirlo. Tuvo que decir que sus padres habían sido asesinados para apaciguar al gerente y este se conformó con rebajarle el día y amonestarlo por escrito.
“¡Maldita sea!” pensó Alberto mientras don Gerardo lo regañaba airadamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué aquello no había funcionado? ¿Sería que sólo las fantasías alimentadas por el odio, la ira, la frustración y el resentimiento se hacían realidad? ¿Sería que el combustible para que sus escritos se materializaran provenía exclusivamente de la venenosa y amarga fuente de la desesperanza?
Era probable.
Si no podía mejorar su vida, haría un infierno la de los demás.
—¿Estás escuchando lo que te estoy diciendo, gusano infeliz? —le preguntó el Gerente. Alberto levantó la mirada y la fijó en él. Se había ganado el siguiente lugar en la fila…
Alberto terminó sus labores y regresó a su hogar a escribir. En su nuevo relato describió como el lujoso automóvil en que viajaba don Gerardo era chocado por un enorme furgón que lo hacía estrellarse contra la pared de un edificio e incendiarse. Imaginó a don Gerardo con su cuerpo de la cintura para abajo despedazado y aplastado entre los fierros del vehículo, su cabeza sangrando por los golpes durante el choque y luego muriendo carbonizado, rostizándose lentamente mientras clamaba por un auxilio que no llegaría.
La noticia de la muerte de don Gerardo se propagó al día siguiente. La familia realizó el funeral a casquete cerrado debido a que el cadáver estaba desfigurado por el fuego y la mayor parte del personal de la empresa asistió. Un nuevo gerente lo reemplazó y pronto todo volvió a la normalidad enviando a don Gerardo al olvido.
Alberto estaba cada día más contento y envalentonado. Ya no sufría el martirio auditivo que producía su odiosa casera, los maltratos de Jonathan se habían disminuido gracias a que el nuevo gerente no era tan amigo de él como don Gerardo y tras la muerte de sus padres heredó algo del patrimonio de estos, que depositó en el banco y que le permitirían vivir más holgadamente.
Por primera vez se le veía a Alberto con rostro alegre e iluminado silbando mientras caminaba por los pasillos. Mostrando una seguridad tremendamente inusual en él se aproximó al escritorio de Rosita y la invitó a salir.
—Gracias, Alberto, me honras —le dijo— pero sinceramente… bueno… no puedo. Es que no estoy preparada para tener novio. Pero me honra que pensaras en mí.
La sonrisa se le borró del rostro. Pasó el resto del día apesadumbrado casi tan lóbregamente como antes, y cuando regresó a su casa se encontró con otra desagradable sorpresa; una carta de la editorial rechazando, por enésima vez, sus trabajos. Alberto arrugó el papel en sus manos y se introdujo frustrado a la paupérrima recámara en que vivía. Pero poco después de entrar, tocaron a su puerta.
—Buenas, noches, don Alberto —le dijo el detective Bustamante.
—Sí, que sucede.
—Quiero hablar con usted.
La vista de Bustamante pronto se reveló como parte de una indagatoria judicial. Como era lógico, la policía sospechaba de Alberto respecto a los asesinatos de sus padres y casera. Como no tenía coartada —pues nadie sabía que él había estado solo en su casa las noches de los homicidios— Bustamante le recomendó que buscara un abogado y le aseguró que pronto volvería a saber de él.
Alberto estaba ahora en la cúspide de la irritación. Pero, si lo iban a meter a prisión, prefería antes deshacerse del último enemigo que le quedaba; Jonathan.
Pensó largo rato en la forma de darle muerte. ¿Cuál sería la manera más horrible?
Decidió que lo mejor sería que su muerte no pudiera ser asociada con él, como sucedió en el caso de don Gerardo cuyo accidente de tránsito no generaba sospechas. En su relato Jonathan se encontraba durmiendo en su cuarto cuando del excusado de su hogar emergía una rata… ¡No! decenas de ratas negras, pestilentes, roñosas y hambrientas de ojos rojos y afilados dientes. Sin que el infortunado se despertara, los roedores cercarían su lecho, se subirían al colchón y cubrirían su cuerpo. Una vez despierto, sería demasiado tarde, y las ratas comenzarían a clavarle la dentadura y devorarlo. Jonathan trataría de liberarse de aquellos monstruos pero sería imposible y sus gemidos espeluznantes inundarían su lujoso apartamento. Finalmente, las ratas empezarían a devorar sus órganos vitales como el corazón, el estómago y el cerebro hasta proporcionarle la muerte.
La desconcertada policía encontraría sólo un montón de huesos roídos en la cama ensangrentada cinco días después y tras la denuncia por desaparición que los alertó. Al día siguiente Alberto fue a trabajar normalmente y la ausencia de Jonathan fue simplemente desdeñada como alguna escapada intrépida, pero Alberto sabía la realidad.
Durante el almuerzo decidió probar una última vez más con Rosita entregándole un poema romántico que le había escrito. Pero antes de dar la vuelta en la esquina hacia el lugar donde esta tenía su escritorio escuchó la voz inconfundible de Jessica conversando con ella.
—…pues hiciste bien en rechazar a ese imbécil. ¿Quién quiere salir con un fracasado así? No sólo es el pelele más pusilánime que conozco sino que es la cosa más fea que he visto.
—¡Ay Jess! ¡No seas tan grosera!
—¡Es verdad! Además es un fenómeno. Realmente me da escalofríos. Debe estar loco. ¿Y te imaginas lo que sería tener sexo con él? ¡Que asco! ¡Se me eriza la piel de pensar en tener a alguien tan horroroso encima!
—No hables tan mal de él. Pobrecito. A mi me da lástima. Pero sí, te agradezco que me advirtieras que tenía intenciones de invitarme a salir.
—Era notable. Pasa escribiendo sobre ti en un papel. ¡Puras ridiculeces!
—Y gracias por convencerme. Por poco y le hubiera dicho que sí.
Jessica había dictado su propia sentencia.
—Con que te da asco pensar en tener sexo con alguien horroroso como yo —se decía Alberto mientras escribía en su computadora. —Con que soy la cosa más fea que has visto… ya veremos…
En su nuevo y espantoso cuento, Alberto imaginó que Jessica salía del edificio donde trabajaba para dirigirse a su casa. En el trayecto a través del estacionamiento era secuestrada por una banda de sucios indigentes que la llevarían a un lote abandonado y la violarían por horas para luego matarla a punta de golpes y patadas. Y describió todo con lujo de detalles.
Alberto había asesinado a todos sus enemigos de una forma u otra, pero esto no había satisfecho aún sus anhelos de sangre y venganza. Seguía sediento de compensación y era fustigado constantemente por el odio. A pesar del placer espeluznante que le provocó la muerte de sus víctimas seguía careciendo de poder en el mundo. ¡Ahora entendía porqué los asesinos seriales no podían parar!
Lo primero que hizo al día siguiente —tras deleitarse de la noticia amarillista presentado en televisión tras el hallazgo del cadáver de Jessica— fue escribir un relato en que le daba muerte a aquel policía de apellido Bustamante que estaba tras de él. Confiaba en que el caos provocado por esto hiciera perder su estatus de sospechoso en las pilas burocráticas y, si no era así, siempre podría matar al nuevo detective a cargo, o al fiscal, o al juez, etc.
En su relato, Bustamante era asesinado con un hacha por un antiguo reo recién liberado que él había enviado a prisión.
Una vez hecho esto, Alberto fue a trabajar y en la entrada principal observó a Rosita y al nuevo gerente besándose discretamente dentro del costoso vehículo del segundo. Enfurecido, decidió darle muerte a los dos. Pensó que lo mejor sería escribir una historia en donde unos asaltantes interceptaran el automóvil con la intención de robarlo, los mataran a ambos. O mejor aún, que los torturaran antes de acribillarlos. ¡O aún mejor! Que sean secuestrados por un dúo de asesinos seriales que maten al tipo y se lleven a Rosita para torturarla por días antes de matarla…
¡Sí! Esa era la mejor historia.
Alberto decidió no ir a trabajar, se dio media vuelta, y se dirigió a su casa a escribir ese relato. Le tomó como veinte minutos. Luego escribió otro, y otro y otro vengándose de cada persona que lo había lastimado en su vida…
Conforme redactaba aquellas feroces pesadillas cada una más violenta y repugnante que la anterior, se poseyó de él una locura frenética y febril. Con la frente sudorosa y el pulso tembloroso finalizó toda una serie de extensos volúmenes de historias cada una más horripilante que la anterior. Quizás una simple pila de escenas monstruosas, literatura gore… simple basura…
Para cuando finalizó estaba exhausto. Imprimió todos aquellos trabajos, los empacó y los envió a la editorial por alguna razón mecánica y autómata. Se tiró sobre el viejo y crujiente catre y meditó sobre aquello.
Era como si él fuera Dios. No un simple escritor sino el mismísimo Dios…
Luego meditó respecto a las guerras, las masacres, los genocidios terribles, los crímenes violentos y todas las atrocidades y pesadillas del mundo real que ni el mejor escritor de terror hubiera podido concebir. Era como si la Tierra fuera un gran relato de gore, y se preguntó si quizás Dios era simplemente un escritor rencoroso y amargado que desquitaba sus frustraciones en los demás…
Alberto se separó del ordenador dirigiéndose a su catre. Allí encontró unas llamadas perdidas del celular de Rosita y un mensaje en su contestadora que escuchó de inmediato.
—Alberto —dijo una voz susurrando— soy Rosita. Acabo de ser secuestrada e introducida a la maletera de un auto. Fue un milagro que no encontraran mi celular. No se que me espere. Aunque llamé a la policía no sé si me encuentren a tiempo y no tengo idea de a donde me llevan ni que pretenden hacerme. En caso de que no te vuelva a ver quería decirte que hice mal en no salir contigo. Me disculpo. Por favor perdóname. Siempre me gustaste mucho. Te quiero…
Justo entonces se escuchó el ruido de unos sujetos que descubrieron que ella tenía el celular, abrieron la portezuela y se lo arrebataron.
Alberto quedó horrorizado.
Aunque hubiera querido no podía cambiar el final de la historia porque ya la había impreso y enviado por correo.
Entonces lo poseyó una profunda culpa. El odio que sentía por si mismo era peor que aquel que sintió tantas décadas por todos sus enemigos. Sintiendo como lo consumía el remordimiento decidió poner fin a aquella locura. Tomó su computadora y la bajó hasta el lote baldío aledaño a la pensión. Consiguió algo de gasolina y unos fósforos y le prendió fuego a aquel aparato. Esa caja de maldad que había servido para plasmar sus pesadillas y que las hacía realidad. ¡Maldita cosa del infierno!
Las llamaradas comenzaron a devorar la totalidad del equipo; CPU, monitor, impresora, teclado… ¡todo! Al verlo siendo destruido por el fuego respiró un poco más tranquilo.
Pero súbitamente, y aunque estaba a varios metros de distancia, él mismo sintió como las flamas comenzaban a carcomer su cuerpo. Gritó ensordecedoramente conforme una combustión espontánea tuvo lugar y cada centímetro de su ser era calcinado por flamígeros lengüetazos de fuego proporcionándole una muerte dolorosa y lenta.
Su destino estaba intrínsecamente relacionado con aquella computadora que se había convertido en una entidad viviente que vomitaba las blasfemias pensadas por Alberto. Su vida sobrenatural era producto de una energía abyecta y siniestra engendrada por la oscuridad del alma de su dueño. Como una extensión de él mismo, un desdoble de su identidad, la manifestación más recóndita de su Id. Y el destino de ambos estaba entrelazado invariablemente.
Como ironía final, dos días después llegó una carta para el ahora finado Alberto Sequeira. Provenía de la editorial y decía:
Estimado Alberto,
Hemos leído sus más recientes trabajos y notamos que son de gran calidad. Casualmente estamos por publicar una colección de relatos de gore y buscamos historias lo más sangrientas y violentas posibles por lo que su antología será publicada. Por cierto que nos pareció muy gracioso como escribió un relato en donde describía horribles muertes para nosotros los editores. Estaremos girándole el cheque por concepto de derechos de autor a final del mes. Vaticinamos que pronto será usted una persona muy adinerada. Lo felicitamos por su nueva carrera como escritor profesional.