EL REGRESO DE LOS DIOSES I
Primera parte
Año 2037.
El escritor L. Randall Howard se encontraba refunfuñando en el estudio del diminuto departamento que alquilaba. Aferró la botella de ron y se tomó un nuevo trago maldiciendo a su esposa, la infortunada mujer que lloraba en la cocina después de la paliza que le propinó. “¡Se lo merecía!” pensó “por reclamar todo el día que nos estamos muriendo de hambre y que soy un fracasado. ¡Ya le demostraré a esa estúpida!”. Howard se sentó frente a la vieja computadora que usó para escribir un interminable repertorio de cuentos y novelas que habían sido publicados en ediciones baratas y que era lo único que le daba algunos pocos ingresos para sobrevivir miserablemente. Suspiró, tragó más alcohol, y luego escuchó a su hijo lactante empezar a llorar.
—¡Calla a esa maldita criatura! ¡Intento escribir! —vociferó enfurecido y su esposa, con un hematoma en la cara, atendió al niño.
Howard estaba tratando de escribir un best—seller. Algo que le permitiera salir de la pobreza y vivir como un rey por el resto de su vida. Pero ¿Qué…?
Dejó de ver la pantalla blanca por algunos segundos. En la pared de la habitación colgaba un crucifijo y a su mente llegaron imágenes de acaudalados cardenales con anillos de oro y cruces enjoyadas y a su mente vino la idea más brillante de su vida:
—¡Una religión! —se dijo— para ser millonario basta con crear una religión.
Entonces tipeó sobre la pantalla blanca el siguiente título:
“Manual práctico para la sanación espiritual”
Año 2047
Bordeando la órbita de la Estación Espacial Internacional se encontraba un transbordador estelar, de pequeñas dimensiones y estructura estilizada, casi indiferenciable de un espléndido avión Ala Delta. Lo que si era gigantesco era su vecino, un aro mecánico con una circunferencia de dos kilómetros flotando en el espacio cuyo nombre científico era Generador Hiperespacial de Alta Densidad Subatómica aunque era sencillamente apodado “la Puerta”.
La noticia de que la Agencia Espacial Internacional iba a probar el primer transporte interestelar tripulado resultó, como era lógico, una noticia mundial. Gente de todo el mundo miraba por televisión a la expectativa el resultado del histórico evento. Si bien es cierto, la Agencia ya había probado exitosamente la creación de agujeros de gusano artificiales por los cuales enviaron partículas subatómicas, luego transmisiones radiofónicas y finalmente vehículos teledirigidos por robots (hubieran enviado animales pero las leyes de aquella época lo prohibían) los cuales habían regresado sin problemas, esta sería la primera vez que una misión tripulada por seres humanos atravesaba el pasadizo. El transbordador, llamado el Marco Polo, era conducido por sólo dos astronautas: el chino—estadounidense Jason Chen y la rusa Irina Petrovka. Ambos vestían reglamentarios trajes azules de una sola pieza.
—Atención control de la misión —anunció Chen— nos encontramos listos para iniciar el salto.
—Recibido Marco Polo, adelante.
En cuestión de minutos el transporte espacial inició el proceso de salto interestelar. La Puerta comenzó a calentarse y a girar y, haciendo uso de cantidades enormes de energía, produjo un campo electromagnético concentrado que dobló el espacio—tiempo generando un agujero de gusano artificial que se veía como un cegador círculo de luz blanca. Era una tecnología muy rústica y elemental, pero un gran avance científico para el nivel técnico de la humanidad. Según algunos rumores los gringos habían sacado dicha tecnología de la nave extraterrestre que chocó en Roswell, claro que esto era un rumor que nunca fue oficialmente confirmado. Irina se persignó, puso en funcionamiento los impulsores y el cohete atravesó el vórtice.
—¡Es asombroso! —dijo Irina maravillada mientras por la ventana frontal del transbordador se veían unas luces multicolores como una aurora boreal que envolvían al vehículo espacial como si estuviera dentro de un túnel de luz. La belleza de la imagen era sólo comparable con las violentas sacudidas del cohete al punto que Chen pensó que la estructura colapsaría en cualquier momento.
—Ya es hora de salir —dijo con la voz entrecortada por la agitación dentro de la cabina e ingresó los comandos al computador para que terminara el salto interdimensional. El túnel de luz multicolor desapareció súbitamente y lo que vieron por la ventana era la negrura del espacio y las estrellas lejanas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Irina pues, aunque podían calcular un destino cercano, no había forma de establecer con seguridad que llegarían allí.
—Nos encontramos cerca de la estrella Tau Ceti, pero esta a nuestras espaldas. Trataré de girar el transbordador…
Pero no tuvo necesidad de hacerlo pues un sorpresivo objeto gigantesco pasó a unos cuantos cientos de metros de ellos surcando el espacio a gran velocidad. El OVNI era indudablemente una nave espacial tan grande como un estadio de fútbol pero con un aspecto alargado y picudo. La gravedad de la nave extraterrestre hizo girar el transbordador espacial caóticamente.
—¿Es eso lo que creo que es? —preguntó Irina.
—Sin duda. Nos encontramos en una situación de primer contacto con una civilización extraterrestre… —dijo Chen.
Cuando el vehículo terrícola se detuvo quedó de frente a Tau Ceti. La estrella era visible de lejos como un pequeño sol pero, para sorpresa de los astronautas, cerca de la órbita de uno de los gigantes gaseosos de la estrella había lo que parecía ser un hongo metálico gigantesco, tan grande como una ciudad y asediado por incontables naves espaciales de todas las formas que iban y venían.
—¿Serán hostiles? —se preguntó Irina.
—Lo averiguaremos pronto —vaticinó Chen descubriendo que el transbordador estaba siendo engullido por la enorme nave de forma piramidal que acababa de sobrepasarlos.
Dora Vega había tenido una atormentada existencia a lo largo de toda su vida. Desde muy joven sufrió las llamadas abducciones, es decir, secuestros por parte de seres extraterrestres que la aterraban. Comenzó cuando niña y se perpetuó por casi toda su vida adulta. La pesadilla empezaba siempre igual: no podía moverse en medio de las tinieblas de su habitación, despertaba presa del pánico y era transportada flotando fuera de su cuarto hasta una nave espacial donde unos seres alienígenas de color gris y enormes ojos negros y rasgados le clavaban agujas, le sacaban sangre y le realizaban extraños experimentos, para luego retornarla a su cama. Sus padres no le creyeron y siempre pensaron que era una combinación del terror nocturno infantil con la influencia de películas de ciencia ficción, pero la experiencia prosiguió y se extendió muchos años. Estuvo en diversos tratamientos psiquiátricos, sin éxito. Cuando alcanzó la adolescencia y hasta entrada su edad adulta, a los experimentos se le sumaron humillantes pruebas ginecológicas que nunca comprendió bien, pero que aumentaban su repugnancia por las abducciones. Los medicamentos que le suministraban los psiquiatras fueron inocuos para calmar sus constantes ataques de pánico, cuadros paranoicos y depresiones profundas y terminó sumiéndose en las drogas y el alcohol. Sus padres no la aguantaron más y fue a vivir a las calles donde ejerció la prostitución por un tiempo y, ahora, con cuarenta años, subsistía como indigente en las calles de España tratando como podía de sobrevivir y perpetuar su infeliz existencia. Los secuestros habían cesado hacía cinco años al perder su edad reproductiva pero los traumas permanecían.
Cuando escuchó las noticias que eran transmitidas por el televisor público colocado en una estación de subterráneo se llenó de pavor. ¿La humanidad iba a enviar por primera vez una cápsula tripulada a otro sistema solar? ¡Se toparían con los monstruos del espacio!
La Estación Espacial Internacional percibió que la Puerta estaba iniciando el proceso de recepción, es decir, que alguien estaba por cruzar por ella y los astronautas se prepararon para recibir a sus colegas que regresaban. Tras iluminarse, girar y producir de nuevo grandes cantidades de energía el círculo blanco resplandeciente se repitió y por él emergió la Marco Polo sana y salva.
—Aquí la Marco Polo —dijo Chen— ¿Me escuchan?
—Fuerte y claro, Marco Polo, ¿Cómo estuvo el viaje…?
—Trajimos compañía… —declaró Chen justo cuando un nuevo agujero de gusano se producía, pero no dentro de la Puerta sino a varios kilómetros de distancia un poco más lejos que la distancia de la luna respecto a la Tierra, para sorpresa del personal en la Estación. Por él emergía una nave extraterrestre gigantesca y con forma de pirámide.
El secretario general de las Naciones Unidas, José Antonio Córdoba, recibió la noticia de su línea directa en su despacho en Nueva York, pero prácticamente todos los gobernantes del mundo escuchaban atónitos sobre la llegada por primera vez oficialmente de una nave extraterrestre a nuestro sistema solar. Las fuerzas armadas de casi todos los países estaban alerta, sin embargo, Córdoba usó toda la presión que pudo para impedir que algún general gatillo alegre atacara a los visitantes hasta que, al menos, se conocieran sus intenciones.
Córdoba convocó a los principales líderes mundiales y se reunieron en una sesión a puertas cerradas a discutir aquel asunto.
—Nos hemos comunicado con los aliens, se hacen llamar los Anaki, provienen de la constelación de Orión y aseguran no tener intenciones hostiles… —anunció el secretario general.
—¿Cómo pudieron comunicarse? —preguntó el primer ministro británico de turno.
—Nuestros científicos descubrieron que hablan un lenguaje emparentado con el sumerio antiguo.
—¿Cómo es eso posible? —murmuraron algunos dignatarios.
—Por qué estos seres visitaron nuestro planeta hace miles de años y le enseñaron su lengua a los sumerios, por supuesto.
—No confío en que sean realmente pacíficos en sus intenciones —adujo el jefe del estado mayor de Estados Unidos— creo que deberíamos estar preparados para una invasión y tener nuestras fuerzas en alerta…
—General, creo que es obvio que todos nuestros países y las propias Naciones Unidas tienen sus fuerzas militares preparadas —adujo Córdoba— pero, seamos realistas, no tenemos posibilidades de vencer a una civilización tan adelantada a nosotros tecnológicamente. Nos superan por miles de años en avance y no tenemos posibilidades de vencerlos como no la tendrían un grupo de chimpancés en la jungla de vencer al ejército de Estados Unidos.
—Tenemos que hacer algo… —comenzaron a murmurar de nuevo…
—Lamento informarles, caballeros, que no pueden hacer nada contra nosotros —dijo una voz desconocida. Todos los dignatarios se miraron mutuamente alarmados, los agentes de seguridad y del servicio secreto tomaron sus armas y se pusieron atentos. Pronto una imagen se materializó al lado de donde se sentaba el secretario general. Era un sujeto antropoide similar a un humano pero un poco más alto, con ojos de felino y un traje militar rojo brillante y sintético. Era notorio que sus palabras eran traducidas simultáneamente de su lengua natal al inglés pues no había sincronía en sus labios y se escuchaba de fondo su propio lenguaje.
—¿Quién es usted?
—Soy el coronel Urak Tanith del Imperio Anaki, representante de Su Majestad el Emperador Shurath V.
—¿Nos está amenazando? —preguntó el militar gringo— porque he de advertirle que tenemos armas nucleares…
Urak Tanith se rió desdeñosamente.
—¿Armas nucleares? Para nosotros es un armamento obsoleto. ¿En verdad cree que puede hacerle algo a nuestras naves cuyos escudos están diseñados para soportar la radicación de supernovas y púlsares? Quizás todo su armamento atómico podría causarle algo de daño a nuestra nave… pero tenemos cientos de donde vino esa.
—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó el primer ministro japonés— ¿Esclavizarnos? ¿Explotar nuestros recursos?
Urak Tanith sonrió de nuevo.
—Caballeros, me sorprende su ingenuidad. ¿No creen que una civilización capaz del viaje interestelar no tiene ya recursos ilimitados? No existe nada en su planeta que nos sea útil, no usamos combustibles fósiles ni hidrocarburos y tenemos suficientes fuentes de alimento. Y, en cuanto a esclavos, bueno creo que se habrán dado cuenta que nuestra tecnología nos permite contar con máquinas que hacen todo el trabajo duro y que lo hacen de manera mucho más eficiente de lo que ustedes podrían.
—Bueno…entonces ¿que quieren de nosotros? —preguntó el secretario Córdoba.
—Este planeta fue descubierto por mi pueblo hace miles de sus años y fue una colonia del glorioso Imperio Anaki cuando ustedes eran seres primitivos poco más que animales. Lo dejamos hace doce mil entre otras cosas debido a su lejanía respecto a las principales rutas y porque el mantenimiento de la colonia era demasiado costoso y no nos traía beneficio. Por algún error burocrático su mundo quedó fuera de la administración oficial y ustedes se desarrollaron de forma independiente. Pero la Tierra sigue estando en el territorio del Imperio Anaki, un basto imperio interplanetario que se ha anexado docenas de planetas y civilizaciones.
—Estos seres deben haber sido los que inspiraron los mitos de dioses en las culturas antiguas como Egipto y Sumeria —comentó uno de los dignatarios.
—¿Ustedes nos crearon? ¿Somos clones o descendientes de ustedes? —preguntó un guardia.
—¡Por supuesto que no! El parecido entre nuestras especies es meramente coincidental, un caso de evolución convergente.
—¿Van a reanexarnos a su Imperio? —preguntó el secretario general.
—No —respondió Urak Tanith— representaría un fastidio burocrático. Solo deseamos que juren lealtad a Su Majestad el Emperador y fidelidad al Imperio, y por lo demás los dejaremos en paz. No nos interesa mucho lo que hagan.
Los dignatarios deliberaron mucho tiempo, pero en el fondo no tenían opción, así que aceptaron y prestaron juramento.
La Tierra continuó la exploración espacial mediante su rústica y rudimentaria Puerta estelar y sus primitivas naves espaciales. Los astronautas de la Tierra descubrieron que muchas de las formas de vida inteligente encontradas no eran nada humanoides. Encontraron un mundo ubicado en un satélite de un gigante gaseoso cubierto mayormente por mares y con algunos islotes coralinos y pedregosos que sobresalían. La especie dominante era una raza de seres similares a cangrejos pero muy grandes y con muchas patas y extremidades superiores más similares a las garras de la mantis religiosa. Luego llegaron a un gigante gaseoso donde una especie de seres parecidos a enormes ballenas grandes como montañas había evolucionado en las capas superiores de la atmósfera y se alimentaban de materia orgánica semejante al plancton. En otro mundo descubrieron que la especie inteligente era parecida a los osos perezosos de la Tierra aunque casi del tamaño de un humano pero con caparazón similar al de un armadillo y con un cuerno en la frente. Hasta ahora la mayoría de especies parecían pacíficas.
Pero la noticia de la existencia de la civilización humana y algunos detalles sobre su cultura así como su idioma, fueron agregados por los Anaki a sus bases de datos y pronto se extendió viralmente por las bases de distintos mundos de la Galaxia. Una especie en particular, ávida de encontrar civilizaciones jóvenes e ingenuas, apuntó el dato con gran curiosidad.
Así, algunos meses después del primer contacto con los Anaki, llegó al sistema solar otra nave de diseño muy diferente más parecido a una gran aeronave.
—Planeta Tierra —dijo el capitán de la nave a su jefe, el empresario. La información detallada de la historia de la Humanidad había sido ingresada a la Enciclopedia Galáctica y traducida a los idiomas conocidos, algo de suma importancia para la exploración espacial en el caso de llegar al planeta en cuestión, pues era fundamental conocer bien a los nativos—. Está habitado por dos especies inteligentes, una de primates llamados humanos y otra de cetáceos llamados delfines. Ambas especies conviven en relativa paz y armonía, pero sus contactos culturales son mínimos.
—¡Caray! Eso dice mucho de sus capacidades de cooperación. No es común que dos especies inteligentes que comparten un mismo planeta se lleven bien.
—No realmente. Ambas especies no comparten ecosistema porque una es terrestre y la otra marina. Los humanos, además, se han estado matando entre sí por milenios a raíz de diferencias que no logro entender.
—¿Cómo cuales?
—Como el lugar donde nacieron o el color que tienen. En realidad no comprendo bien. También han sido bastante crueles con otras especies animales y casi destruyeron su medio ambiente. No fue hasta hace unas pocas décadas que se unificaron en un gobierno mundial y mejoraron notablemente su trato a los demás animales y su ecosistema.
—¿Cuál de las dos especies es la apropiada para negociar?
—Los humanos, para todos los efectos políticos tienen la administración del planeta. Además los delfines no utilizan productos artificiales ni tecnología… no son consumidores.
—¡Los humanos serán entonces!
Los aliens contactaron a los humanos en inglés y se identificaron como la Corporación Sáuxer.
El Secretario General pudo ver como desde el cielo se veía una luz brillante que gradualmente tomaba forma hasta verse como un vehículo espacial y que transportaba al embajador de los Sáuxer hasta la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York y acompañado de estrictas medidas de seguridad. Sólo el personal más indispensable lo escoltaba y las bardas policiales separaban a las multitudes de personas que rodeaban el lugar del encuentro, de las cuales un tercio pertenecían al llamado movimiento aislacionista, condenado por algunos como xenófobo. Se trataba de personas que estaban en contra de cualquier tipo de contacto con formas de vida o civilizaciones extraterrestres y que abogaban por aislar la Tierra, no contactar con otras especies inteligentes y sólo usar la tecnología aeroespacial para protección y no para viaje interestelar. Una activa y entusiasta participante de este movimiento era Dora Vega…
Cuando la nave aterrizó y abrió una de las compuertas Córdoba tragó saliva, nervioso, y vio emerger al inusual embajador.
“Es un felino” pensó al ver sus rasgos gatunos. Además de las orejas puntiagudas, los afilados incisivos, las manos con uñas agudas y retráctiles, la piel multicolor atigrada y los ojos amarillos de pupila oblicua, el embajador vestía una especie de traje anaranjado con rayas blancas muy excéntrico.
El diplomático interplanetario recorrió solitario la alfombra roja hasta encontrarse con Córdoba y su escolta.
—A nombre del pueblo de la Tierra y su gobierno, las Naciones Unidas, le doy la bienvenida a nuestro planeta esperando que haya hermandad, paz y armonía entre nuestras especies —dijo y le extendió la mano. El embajador miró la mano del sujeto como intrigado, pero después dilucidó lo que quería hacer y la estrechó.
Luego comenzó a hablar en una lengua repleta de siseos, gruñidos y arqueos guturales pero lo que decía era automáticamente traducido al inglés por medio de un computador pequeño que pendía de su cuello:
—Gracias, que sus negocios sean prósperos a nombre de mi gobierno y de mí.
—Mi nombre es José Antonio Córdoba, Secretario General de las Naciones Unidas de la Tierra.
—Yo soy Válax, mercader. Ahora, si me permite, quisiera que habláramos de negocios.
Instantes después Córdoba y Válax se reunían en una oficina con una mesa rectangular negra decorada con las banderas de los diferentes países del mundo.
—¿A que debemos el placer de su visita?
—Los Sáuxer somos los mejores comerciantes de toda la Galaxia y hemos construido un verdadero imperio mercantil —dijo levantándose de su silla y caminando por el salón— por eso no nos interesa invadir a nadie porque los esclavos no compran cosas y nosotros queremos clientes, no esclavos. Sabemos reconocer un buen negocio cuando lo vemos y nos gusta aprovechar las oportunidades. ¿Y que mejor oportunidad que un mercado virgen? Su mundo está tremendamente retrasado en tecnología y nosotros podemos proveerles de todo.
—¿To… todo?
—¡Claro! Vi el juguete que ustedes llaman amablemente nave interestelar y da lástima. No tienen escudos de energía para protegerse, no tienen gravedad artificial, no tienen armas láser, no tienen propulsores espaciales… es muy rudimentaria.
—¿Y ustedes pueden darnos esa tecnología?
—Eso y más. Tenemos millones de productos que podemos introducir a sus mercados con gusto.
—Pero… ¿a cambio de qué?
—Pues, para empezar, la luna.
—No pueden llevarse la luna, sin ella se provocaría una catástrofe ecológica…
—¡No sea ridículo! No hay forma de mover una luna. Me refiero a que nos permitan administrarla. La llenaremos con centros comerciales, bares, restaurantes, etc.
—¡Espere, espere! ¿Se quedarán con la luna para siempre?
—No para siempre, digamos… por cien traslaciones orbitales de su planeta…
—¿Por cien años?
—¿Cuánto viven ustedes?
—Unos 80 años.
—Ya veo por qué le parece mucho tiempo, pero es el tiempo estándar. Tomen en cuenta que hay muy pocos bienes que ustedes puedan comerciar. Por cierto, nuestra nave detectó que sus océanos son salados ¿es verdad?
—Sí.
—¡Excelente! Eso no se ve en todos los planetas. Podrían convertirse en exportadores de sal. A nosotros los Sáuxer nos encanta la sal ¿sabe? Hay quien dice que la comida Sáuxer es demasiado salada. Claro, para exportar sal necesitarán un distribuidor que tenga contactos en toda la Galaxia y esa es la Corporación…
—¡Un momento! ¿No vaciaría eso nuestros océanos?
—¡No sea absurdo! Sabemos como extraer la sal y dejar el agua. ¿Ustedes no? bueno, en fin, también podemos darles un mineral que no existe en su planeta y que se llama oricalcum, es muy valioso y bien cotizado en toda la Galaxia. El oricalcum es tremendamente volátil pero puede producir grandes cantidades de energía y por eso sirve como combustible de naves espaciales…
—¿No usan vórtices interdimensionales para viajar por el espacio como nosotros?
—¡Evidentemente! Pero se necesita algo que impulse la nave en el espacio normal una vez que se sale del vórtice ¿o no?
—Bien, bien… pero ¿Qué tenemos que hacer entonces?
—No sé en su cultura pero en la Corporación lo llamamos Tratado de Libre Comercio.
—¿Un…? Bueno, la verdad no lo sé…
—No quisiera asustarlo, Sr. Secretario, pero la Galaxia es un lugar muy peligroso. Hay toda clase de especies agresivas que los atacarían sin miramientos. Están los Shakaren que son lagartos gigantescos muy hostiles, o los Retículi unos insectoides grises que se alimentan de sangre y que ven a otras especies solo como fuentes de alimento, o los mismos Anaki con quienes creo ya contactaron, que sostienen un vasto imperio interestelar y han sometido por la violencia a varios mundos. Créame, necesitan de nuestra tecnología para, al menos, protegerse un poco.
Año 2050
Jessica Córdoba, la hija del famoso político José Antonio Córdoba, que se había convertido en una de las figuras más admiradas de la Tierra, se encontraba en la luna. El satélite había sido acondicionado por los Sáuxer gracias a una avanzada tecnología de colonización que creaba atmósferas artificiales y zonas de cultivo vegetal. Construyeron sobre la superficie lunar una especie de ciudad gigantesca con numerosas tiendas departamentales, restaurantes, bares, centros nocturnos, casinos y cines. Viajar de la Tierra a la Luna tomaba aproximadamente veinte minutos en cualquier transporte espacial y, aunque de momento sólo los ricos tenían acceso a uno privado, transportes públicos —manejados por una compañía Sáuxer, naturalmente— partían hacia la luna a precios módicos a cada momento.
Jessica y sus amigas, todas vestidas con trajes impresionantemente provocativos —que para los estándares de la época eran virtualmente bikinis con algunos revuelos— hacían fila para entrar a la discoteca Selene’s, la más grande del Sistema Solar y una de las más populares. Todos los comercios de la Luna tenían los mismos nombres alusivos: Cineplex Mirada de Luna, Restaurante La Lunada, Casino Cuarto Creciente, y así, ad nauseam.
—Sé que todo mundo idealiza a mi padre —le decía a sus amigas, quienes no podían mostrar más desinterés— pero él no es la clase de héroe que todo mundo piensa…
—Pero está muy guapo aún —dijo una de sus amigas— si no te molesta que te lo diga. ¡Y político! ¿Está soltero?
—¡Basta Felicity! —reaccionó Jessica— ¡Es mi padre! Además, escucha lo que te estoy diciendo. Todo mundo espera que yo sea la superchica sólo porque él es un personaje histórico…
—Bueno —dijo la otra amiga— si promovió la colonización de Marte. Y en esa época Marte era un cochino desierto pedregoso y no tenía ninguna de las ciudades que tiene ahora…
—¡Eso es obvio, Arlene! —exclamó Jessica molesta— ¡Eran los primeros humanos allí! ¡Uy! El asunto es que mi padre siempre fue distante y negligente. Nunca se interesó en mí…
—Porque estaba ocupado gobernando el planeta Tierra —dijo Felicity.
—Pues pasaba más tiempo pensando en las estrellas que en sus hijos —reclamó Jessica agriamente— y ahora todos esperan que yo imite sus hazañas. Que esté a la “altura” de su legado. Fue el primer hombre en contactar a la Tierra con otros planetas. ¿Qué debo hacer yo? ¿Contactarla con otras dimensiones? Lo peor es que estoy segura que él se avergüenza de mí.
—No te ofendas, Jessica —dijo Arlene— pero vinimos a divertirnos no ha escuchar tus problemas psicológicos.
Jessica se calló, nostálgica, pensando en el par de bimbos que tenía por amigas y en lo tediosas que estaban resultando estas salidas sociales insípidas y superficiales. Contempló la Tierra que brillaba en el firmamento por encima de las capas de plástico transparentes que cubrían las avenidas lunares y pensó en lo sola que estaba.
Cuando finalmente entraron al local pudieron contemplar sus psicodélicas instalaciones más grandes que muchas mansiones. El lugar era oscuro pero lleno de luces estrambóticas. Como la gravedad era artificial diferentes ambientes tenían distintas gravedades y había una sala especial con la gravedad mínima en donde los clientes bailaban lenta y livianamente en un extraño rave. El área VIP se ubicaba en la parte más alta del centro nocturno y ese día estaba reservada ya que la hija del emperador de algún planeta extraño y sus acompañantes habían llegado al lugar y se habían adueñado de un tercio del bar, pero en realidad no importaba. Jessica y sus amigas se sentaron en una mesa cualquiera. Los meseros (todos humanos) les llevaron bebidas alcohólicas y píldoras de ambrosía, una droga muy adictiva pero vigorizante que era ilegal en la Tierra sin embargo, ya que la luna era territorio Sáuxer, estaba más que disponible. Los Sáuxer la consumían todos los días y tenía un efecto similar al de la cafeína, la nicotina y —guardando ciertas proporciones— la heroína juntos.
Ni el alcohol ni la ambrosía hicieron la situación más soportable para Jessica que se preguntaba por qué sus amigas no podían expulsar de sus bocas ni media palabra inteligente y se aburrió rápidamente. Ellas no lo notaron o no les importó. Eventualmente se les aproximaron tres tipos y fueron a bailar con uno cada uno y Jessica sabía que terminarían acostándose con ellos. Harta y hastiada, se separó del tipo con el que bailaba —para sorpresa de él— y fue a sentarse a la barra sintiéndose muy deprimida.
—La vida a veces es un asco ¿Verdad? —le dijo un sujeto vestido de traje y perfectamente bien peinado que estaba a la par. —Mi nombre es Jake Pierson.
—Si quiere ligarme me escogió en mal momento —respondió ella— hoy no estoy tan zorra como de costumbre.
—Eso no me interesa.
—A todo hombre le interesa eso…
—No a todos. Yo ya pasé por el Despertar.
—¿El qué?
—El Despertar es un proceso de terapia espiritual mediante el cual logré dejar de lado la vida mundana y valorar las cosas que realmente importan, como el amor, la sabiduría y la inteligencia.
—¿En verdad?
—Sí. Gracias al Despertar supe por primera vez en la vida que yo era alguien valioso e importante.
—¿A sí?
—Sí. Ahora mucha gente me quiere.
—¿Y que es ese tal despertar?
—Fue fundado por un genio, un gran maestro, llamado L. Randall Howard. Él nos advirtió sobre estos invasores…
—¿Los Sáuxer?
—Él los llama los banqueros galácticos y eso es lo que son. Una sociedad completamente abocada a la acumulación de riqueza y al capitalismo más brutal. ¿Qué nos ha dejado su Tratado?
—Bueno… la Tierra es uno de los mayores productores y exportadores de sal de la Galaxia ¿no?
—Sí, pero las compañías que se enriquecen con nuestra sal son Sáuxer y ellos nos han hecho dependientes a sus productos. ¿No te han dado drogas?
—¿Las píldoras de ambrosía?
—Sí. Los Sáuxer consumen todo el día esas píldoras y las distribuyen entre los humanos porque necesitan tenernos drogados para que no pensemos.
—Tienes toda la razón.
—¿Por qué no bajamos a la Tierra y te llevó a una reunión de la Iglesia Howardiana?