Annabelle.
Siento que las lagrimas surcan todo mi rostro, pero me limpio rápido y vuelvo al convento, ahora tengo que enfrentarme a mi otro problema, la madre superiora, no sé si el tal Daniel le mostro el video, la verdad es que después de haber entrado en mi habitación me olvidé de todo hasta que Bastián vino aquí a hacerme este escándalo, pero sea lo que sea, la madre superiora ya escuchó todo, no hay forma en que yo pueda escapar de mi castigo.
Camino por los pasillos sintiendo las miradas de todas puestas en mí, y sinceramente ya no me interesa, estoy completamente humillada, siento que mi dignidad está en el segundo circulo del infierno y nada va a cambiar o empeorar eso.
Toco a la puerta de la madre superiora.
–¡Siga! – me grita desde el otro lado.
Abro la puerta y me encuentro a la madre superiora caminando de un lado para el otro en el medio de su oficina, ella pone sus ojos en mi y frunce el ceño, ¡Estoy jodida! Definitivamente jodida, pienso mientras vuelvo a cerrar la puerta tras mi espalda.
Ella no me dice que tome asiento, la madre solo suelta un suspiro y empieza con el interrogatorio – tendría la amabilidad de explicarme que fue eso que tuve que presenciar allá fuera, hermana Maxwell.
– Eso fue un error – juego con mis uñas y bajo la mirada – todo esto es una confusión.
–¿Confusión? ¿Y el video que usted y Jones grabaron tambien se trata de una confusión?
Yo siento que mis mejillas comienzan a arder y seguramente estoy roja como un tomate, saber que la hermana superiora me vio mientras tenia sexo con Bastián hace que sienta ganas de vomitar.
– Eso… eso, yo puedo explicarlo – le digo, pero la que está hablando no es Annabelle, si no mi orgullo.
– Yo tambien puedo explicarlo – hace un gesto – usted rompió sus votos de castidad, me mintió, le mintió a esta institución y tuvo relaciones con un presidiario con quien hasta donde tengo entendido, no tiene una relación – ella está decepcionada, puedo verlo en su cara – ¿Estoy equivocada?
– No.
– Y no conforme con eso Jones viene aquí y pasa por encima de todo el mundo y hace lo que se le da la gana nada más por verla a usted – sisea.
– Lo lamento por eso.
–¿Qué clase de ejemplo le estamos dando a las novicias más jóvenes? ¿Asi es como usted quiere que la recuerden, hermana Maxwell? ¿Cómo la novicia rebelde?
– No, por supuesto que no – respondo con la voz rota.
– Este es el escándalo más grande que hemos tenido en mucho tiempo, y quiero que sepa que tendrá consecuencias.
– Yo haré lo que usted me diga, limpiaré la capilla todos los días durante un año, rezare todos los padres nuestros que sean necesarios para que me perdone – propongo completamente avergonzada.
– Me temo que en su caso eso no es suficiente castigo para lo que usted ha hecho – ella se sienta en su silla, pone sus manos juntas sobre el escritorio y niega con la cabeza – se le revocará su estado de novicia – suelta.
Yo levanto el rostro confundida – ¿Usted me está echando del convento?
– No tengo otra opción, usted rompió todo lo que esta institución considera sagrado, y debe marcharse, encontrar un sitio en el que de verdad pueda encajar.
– Pero yo encajo aquí, madre superiora, este lugar es todo lo que tengo, no puede echarme – le suplico, acercándome al escritorio.
– Es una lástima que una novicia como usted haya cometido un error como este.
– Tenga piedad, por favor, yo no tengo a donde ir.
– Si tiene y usted y yo lo sabemos – ella levanta el mentón, la mujer es fría, y muy en el fondo sé que no importa cuanto le ruegue porque ella no va a dar su brazo a torcer.
–¿Entonces eso es todo? – le pregunto.
– Si, Annabelle, recoge tus cosas y sal de aquí inmediatamente, me encargaré de que llamar a tu tío Macon, para informarle lo sucedido.
Salgo de la oficina a sabiendas de que no hay nada que yo haga que vaya a cambiar la situación, voy a mi habitación mientras escucho los cuchicheos a mi espalda y empiezo a recoger mis cosas, meto mis pocas pertenencias dentro de una maleta y me pongo la única ropa normal que tengo, la que Bastián me compró en la tienda departamental, recordar todas las mentiras hace que quiera quemar la ropa, pero no puedo hacerlo, es lo único que tengo en este momento.
Me cambio y dejo mis uniformes sobre la cama, no hay nadie de quien quiera despedirme, asi que simplemente me voy del convento.
– Pensé que nunca ibas a salir – Bastián está recostado contra la fachada del convento.
– Enserio que eres alguien persistente – digo con la mandíbula apretada.
– Espera, ¿Por qué tienes esa maleta y porque estas vestida asi?
–¿Tú porque crees?
–¿Te echaron? – lo pregunta con incredulidad.
– No es tu problema.
– Annabelle, ¿Dónde vas a quedarte esta noche?
– No es tú problema – insisto.
– Puedo conseguir un lugar para ti, puedo llevarte si quieres.
–¿Enserio crees que yo quiero ir a alguna parte contigo? Bastián, quiero que desaparezcas de mi vida, ¡Ya hiciste el suficiente daño! – le grito.
– Ya no estoy hablando de lo que te hice, estoy hablando de tu bienestar, no puedo creer que te hayan sacado de aquí a estas horas, ¿No se supone que las monjas son caritativas y que perdonan tus pecados?
– No te atrevas a juzgarlas – le pido con rabia – tú eres el menos indicado para juzgar a nadie.
Él me sigue mientras yo camino en dirección a la parada de autobuses.
– Annabelle, no puedes irte asi sin más, debes dejarme ayudarte, conozco un sitio en el que puedes quedarte todo el tiempo que necesites, puedes quedarte ahí hasta que yo salga del reclusorio.
Me detengo en seco – ¿Y en cuanto tiempo se supone que es eso?
– Un mes – responde.
Otra mentira.
– Puedes meterte tu ofrecimiento por donde mejor te quepa, no te necesito, me las he arreglado muy bien sola.
– Annabelle…
– No, ¡Bastián detente! ¿Es que no lo entiendes? Quiero que te desparezcas de mi vida, quiero que te borres del mapa y que te esfumes de mi camino.
–¿Pero por qué?
–¡Porque me haces daño! – le grito – me hace daño estar cerca de ti sabiendo todo lo que me hiciste, y no es justo.
Él me mira fijamente y a pesar de que se ve derrotado, no me dice nada.
– Destruiste mi vida, ¿Ya estás feliz? – sorbo por la nariz – ve a buscar tus diez mil dólares y déjame en paz.
Bastián no me sigue más, él solo se queda tras mi espalda mientras yo me subo en el primer bus con destino a la ciudad, yo lo miro a través de la ventana mientras el bus se aleja y pienso en lo mucho que quisiera odiarlo.
Pero no concibo la idea, Bastián se metió debajo de mi piel y no sé cómo voy a hacer para sacarlo de ahí.