Capítulo 9
Lían y Diana se sentaron bajo un gran árbol en un parque cercano a la tienda, las flores que él le compró yacían al lado de ella, junto a la cajita donde estaban las muestras.
—Ni siquiera las probaron —dijo cabizbaja y con ojos cristalizados—. Me dijeron que solo soy una empleada que está allí para asistir a los clientes y limpiar mesas, que no me crea tanto. —Las lágrimas mojaron sus mejillas. Lían puso su mano sobre la de ella y la miró con ternura.
—¡Son unos idiotas! ¿Que se creen ellos? Tus postres son mucho mejor, eres profesional y te preparaste para ello. Solo son unos inflados que no aprecian algo diferente ni que están dispuestos a renovar, además de ser unos clasistas superficiales.
—Son muy buenos y por algo tienen su fama. —Diana hipó—. Yo... fui muy presuntuosa al creer que podía estar a su nivel... Solo debo darme mi lugar...
—¡No, Diana! —Lían la interrumpió—. No digas esas barbaridades. Que ellos ni siquiera te hayan dado la oportunidad de demostrar cuan buena eres, no significa que no debas intentarlo o seguir con tus sueños. Deja de menospreciar tu trabajo y de permitir que otros maten por lo que tanto has luchado. Has sacrificado mucho y te has esforzado y trabajado duro para que dejes que personas insignificantes vengan a tirar por el suelo lo que tanto te ha costado. No sé los permitas, Diana. Además, ellos no son los únicos, puedes intentarlo de otra manera...
—No, Lían —lo interrumpió—. No hay forma de que alguien como yo lo logre, nadie me conoce y no sé si esté preparada.
Lían la abrazó y no insistió más, entendía que hablaba por la decepción del momento, pero una idea surgió en su cabeza y pronto la pondría en acción.
Lían estuvo con Diana toda la tarde y en la noche fueron a cenar a un restaurante, luego él la acompañó a su casa.
—Descansa, preciosa. —Besó su mejilla.
—Tú, también. Gracias por estar conmigo hoy, tu compañía me hizo bien. —Sus ojos se cristalizaron.
—Preciosa… —La abrazó—. Te prometo que todo va estar bien, verás que serás la repostera más demandada en esta ciudad, te lo prometo, Diana. —Besó la coronilla de su cabeza.
—¿Cómo puedes prometer eso? —Rio con desdén.
—Porque confío en ti y estoy consciente de lo buena que eres.
—¡Quédate un poco más! —Ella hundió su cara en el pecho de él después de pedirle aquello. Lían sonrió y acarició su cabello.
—Está bien.
Ambos entraron y Lían se sentó en el sofá. Diana lo imitó y recostó su cabeza sobre las piernas del rizado quien empezó a acariciarle el cabello. Estuvieron así por un largo rato donde Diana lloró en silencio, pues nunca se había sentido tan humillada como aquel día, recordaba sus rostros despectivos y la burla ante su osadía. Diana se quedó dormida y Lían la llevó a su habitación y la recostó en la cama, se acostó a su lado y la observó por un largo rato.
—Tú y yo nos conocemos desde antes, amor. Te conocí en Lucero Verde, no en Zafiro. Lo que no entiendo es qué sucedió y por qué no recordamos. —Acarició su mejilla.
—Lían... —La chica balbuceó y él la miró sonriente—. Me gustas, ¿por qué te vas a casar con esa princesa si no la quieres?
—¿Qué? —Lían la miró confundido, pero ella aún dormía—. Diana, eres la única en mi vida, te amo.
Un brillo sutil emanaba de las joyas, pero él no se había percatado, Diana abrió los ojos y lo miró con confusión.
—¿Lían? —preguntó desorbitada y se incorporó, luego terminó de despertar y olvidó lo que estaba soñando.
—¿Estás bien? —Él inquirió mientras acariciaba su mejilla.
—Sí, gracias por quedarte, no quiero estar sola. ¿Dormirás conmigo hoy? —Lo miró con ruego y él suspiró.
—Debo avisar a mis padres, no quiero que se preocupen creyendo que me perdí en una dimensión o algo así. —Sonrió. Después de avisar, Lían se acostó al lado de Diana, quien lo utilizó de almohada.
—Si te confieso algo raro, ¿me creerás loca? —Ella preguntó con nerviosismo.
—No lo sé, depende de lo que digas. —Rio.
—Tarado. —Sonrió divertida—. Yo... sueño contigo. En mis sueños somos pareja y hacemos... cosas. —Ocultó su rostro en el torso del rizado.
—Interesante… —Él mordió su labio inferior y sonrió—. Yo he soñado contigo últimamente, pero esos sueños parecen recuerdos. Encontré un artefacto extraño que al encenderlo hizo brillar mi joya, desde ese día empezaron los sueños. Solo que no he tenido la dicha de soñar 'cosas' —dijo divertido y no pudo evitar reír. Diana le manoteó el pecho y él la apretó juguetón.
—¿Crees que nos conocemos desde antes o son premoniciones? —Diana preguntó sonrojada.
—A veces me da la impresión de que tú y yo tuvimos una historia, pero algo debió suceder y nuestros recuerdos se borraron, creo que ese aparato tiene algo que ver con nosotros. Es mi teoría hasta el momento, esas cosas suelen suceder, no sé si caímos en una realidad paralela o ya estuvimos en una antes. Estoy investigando, quiero recuperar esa parte que siento perdida. Además, no es normal que tenga este sentimiento tan profundo hacia ti.
—Entonces, sientes lo mismo que yo. —Diana lo miró a los ojos y Lían acarició su mentón.
—Creo que... estoy enamorado de ti, Diana.
—Yo también. —Ella sonrió sonrojada antes de que Lían atrapara sus labios. La besaba con ansias y deseo mientras acariciaba su brazo; él se posicionó sobre ella, quien empezó a besarle el cuello provocando que Lían se excitara. Sus dedos juguetones viajaban por los muslos de Diana que estaban cubiertos por la fina tela del pantalón lycra, ante la sensación placentera que sus caricias le causaban, ella se pegó más a él y metió sus manos por debajo de su camiseta tipo túnica y sus ojos brillaron al sentir la firmeza de sus músculos. Reconocía esa piel, cada centímetro de ese cuerpo que la enloquecía. Lían ardía y sus ojos se oscurecieron, sus manos subieron la blusa de Diana y su boca se hizo agua al descubrir su busto en el sostén negro. Tocó por encima de la tela mientras invadía su boca, entonces un brillo dorado emanó de la joya y Lían se separó de golpe.
—¡No puedo hacer esto! —dijo con la voz entrecortada y la respiración agitada—. Lo siento, Diana, debo regresar a la mansión, si me quedo aquí... —Tragó saliva—. Si me quedo no podré resistirme y romperé ciertas reglas, todo está claro ahora, tú debes ser mi complemento o no hubiera recibido esa advertencia. Amor, te quiero mucho. —Besó sus labios y ella lo abrazó. No quería que se fuera, pero era lo mejor. Ni siquiera habían definido su relación, por lo tanto, era mejor no acostarse aún.
—Está bien, Lían. Cuando llegues me envías un mensaje. Lían, te amo.
—Yo también te amo.
Un resplandor emanó de las joyas y ellos observaban la luz estupefactos. Las joyas se dividieron y Lían tomó el cordón que se separó y lo puso sobre el cuello de Diana.
—¡Eres mi complemento! —Una lágrima emanó de su orbe miel acompañada de una sonrisa. Diana no entendía qué sucedía y estaba un poco asustada; por tal razón, Lían decidió quedarse a explicarle el asunto de los guardianes y la joya. Ya calmados, ambos se quedaron dormidos.
Diana se despertó estirando sus brazos y bostezando. Miró a Lían que dormía a su lado y sonrió como tonta enamorada, se sonrojó al percatarse que ninguno se volvió a vestir, después de su pequeño desliz y tenían el torso desnudo.
—¡Buenos días, preciosa! —Lían se sentó y se quedó mirando a Diana embobado, ella se cubrió con la sábana llena de vergüenza, buscó su blusa y se la puso.
—Lindos pectorales. —Diana se mofó y Lían rio entre dientes.
—Lindos senos. —Él contraatacó y Diana casi tira un grito de la vergüenza—. Me gustaría verlos sin el sostén, aunque me da la impresión que ya los he visto antes y hasta los he degustado.
Diana empezó a golpearlo con la almohada y él estalló en carcajadas. Lían se le tiró encima y le hizo cosquillas, luego besó sus mejillas varias veces con besos estruendosos.
—Debo irme, pero no quiero. —La miró con tanta intensidad que Diana sintió un punzón en el estómago.
—No te vayas entonces. —Ella acarició el cabello que caía sobre el rostro del rizado.
—Bueno..., me quedaré hasta que tengas que ir al trabajo.
El semblante de Diana cambió y él besó su frente. Sería difícil ir a trabajar después del bochorno que pasó el día anterior, pero no tenía opción.
Diana y Lían se pasaron la mañana juntos, Diana cocinó y Lían lavó los platos. Ambos conversaron sobre su situación como pareja y se pusieron de acuerdo para hablar con sus padres.
—Por cierto, Diana. —Lían la abrazó desde atrás—. Me debes algo y quiero que me pagues todo junto.
—¿Qué te debo? —Ella preguntó confundida.
—Postres. Pero necesito que me hagas diferentes porciones, variados en sabor y texturas. Hazme de todo lo que sabes un poco y prepárame unas diez canastas con una decoración elegante y bonita. Es que tengo una reunión y quiero darle un obsequio a mis invitados que esté a su altura. Haz tus cálculos y dime la cantidad que necesitas para comprar los ingredientes, te hago la transferencia de una vez.
—No lo sé, Lían —respondió dudosa—. Si esos invitados son tan importantes, deberías contratar a un profesional.
—Lo estoy haciendo. —Sonrió—. Te pagaré por tu trabajo, Diana.
—No tienes que pagarme, es solo que...
—Nada, amor. —Besó sus labios—. Esperaré a que me envíes el presupuesto, lo necesito para la próxima semana.
—Está bien, Lían. —Ella sonrió y él la cargó.
—Preciosa, mañana hablaremos con mis padres y Odiel. Quiero que todos sepan que eres mi novia.
—Yo no soy tu novia. ¿Cuándo sucedió eso que no me enteré? —Diana enarcó una ceja divertida.
—Desde ahora… —Él atacó su boca.
***
—¡Vaya, hermanito! Te lo tenías bien calladito, pero como todo buen Patrick, tienes buen gusto para las mujeres. —John sonrió y Diana se sonrojó.
—¿Es normal que brille tan rápido? —Leela preguntó extrañada.
—Pues si ellos están enamorados y la chica y Lían se complementan, no veo el inconveniente. —Odiel respondió un poco evasivo, cosa que llamó la atención de Jing.
—Por alguna extraña razón siento todo esto muy familiar. —Jing comentó pensativo—. Me alegro por ustedes, me imagino que van a viajar a Lucero Verde para hablar con Dimitri.
—Sí… —Lían asintió y apretó las manos de Diana, el simple hecho de imaginar hablar con Dimitri sobre aquello le helaba la sangre.
—¿Y cuándo se van a comprometer? —Leela inquirió sonriente, estaba feliz porque le gustaba la chica.
—No sabemos aún. Queremos empezar con un noviazgo largo y luego veremos cuando.
—Bueno, Lían. —Odiel palpó su hombro—. Solo recuerda hacer las cosas bien esta vez, está de más decirte que hay un orden para hacer las cosas y que debes mantener la dignidad de los guardianes. Tienen que trabajar en equipo y cuidarse uno al otro, son dos, tomen juntos las decisiones que le afecten a ambos, sean fieles y respétense.
—Odiel, ¿por qué dijiste hacer las cosas bien esta vez? ¿Acaso hubo otra? —Jing preguntó intrigado por lo que el mestizo tragó pesado.
—¿Dije así? —Fingió una sonrisa—. Creo que estoy hablando incoherencias. Me despido, debo irme. —Odiel despareció dejando a todos confundidos con su raro comportamiento.
***
—Entonces son las joyas. —La sirvienta sonrió ante su descubrimiento—. Lían, eres mío, esa chiquilla no es tu mujer, soy yo.
La joven tomó su comunicador y llamó a su primo.
—Antuán, creo saber el secreto de los Patrick, pero necesito recibir el antídoto, primero.
—¿Me crees idiota? —respondió desde la otra línea.
—No y tampoco me tomes tú por una. Si no me das el antídoto, no te diré lo que descubrí —amenazó con firmeza.
—Bien, pero será un intercambio, primita. Nos vemos en una hora, ya sabes dónde.
Él cerró la llamada y la chica chilló emocionada.
***
Una semana después...
Diana terminó con el pedido de Lían y él envió a sus hombres a buscarlo, entonces les dio indicaciones para que lo llevaran a personas influyentes con las que él y su familia solían compartir; junto al regalo les envió una nota con el nombre de cada familia de encabezado:
"Después de saludarles con el cariño y respeto que tanto la realeza y nuestra familia les tienen; quiero que reciban las muestras que les he enviado y me den su opinión. Mi novia y futura esposa, Diana Pavlosky, es una experta en postres y como notarán, ella crea delicias que no existen en Destello, siendo pionera de los más exquisitos manjares. Pronto abriremos nuestra propia tienda y queremos que sean los primeros en probar nuestros productos, estamos dispuestos a recibir sus pedidos de forma personal, antes de abrir el negocio; de esta manera, daremos crédito a su confianza, dando a conocer que ustedes consumían los productos de la realeza, antes de que fueran vendidos de manera general. Sin más se despide:
El tercer Infante, hijo del Príncipe Jing Patrick Chen; Lían Patrick Brown”.
El sello de la familia Patrick yacía debajo de las letras, confirmando la información.
***
—¿Por qué lo niegas, Nikaus? Acéptalo, te gusta Nancy y te mueres de los celos. —Lían lo miró divertido.
—No me gusta la santita, es solo que ese chico es todo un misterio. Sabes lo ingenua que ella es, no quiero que le hagan daño, es todo. —Bufó.
—Sí, claro. —Lían negó divertido.
—¡Chicos! —Otelo entró al jardín del palacio agitado—. ¡Mi hermana! Ella... fue secuestrada —espetó con lágrimas en los ojos y voz temblorosa.