Capítulo 5

Diana lo miraba incrédula, en cambio él estaba fascinado frente a ella.

—¿Q-Qué haces aquí? —Ella tartamudeó.

—Creo que soy yo quien debe preguntarlo. —La miró con tal intensidad que su escrutinio le provocó temblores.

—Me dirijo a mi pieza...

—¿Te mudaste en esta ciudad? —Lían la interrumpió impresionado.

—Sí... Tengo un par de semanas aquí...

—Eres la hija de Pavlosky, ¿cierto? —Jinag la abordó.

—Sí...

—Me imagino que debes ser muy buena en la batalla. Esos tipos son asaltadores espaciales, viajaron con una piedra que robaron. Se equivocaron de mundo y cayeron aquí. —Jinag dejó salir una risita—. Los vamos a llevar de regreso para que sean encarcelados. Gracias por atraparlos, son muy escurridizos.

Jinag le guiñó un ojo y miró a su hermano, quien no le quitaba la mirada de encima a Diana.

—Lían, es el momento —avisó.

Lían sacó un dispositivo y de este emanaron varias corrientes de energía que rodearon a los tipos.

—Te acompaño. —El rizado se ofreció y Diana se sonrojó—. Vuelvo en seguida, Jinag. —Lían avisó que su hermana que le dirigió una mirada divertida.

Lían tomó los paquetes de Diana y ellos empezaron a caminar en un cómodo silencio. Llegaron al nuevo hogar de ella y Diana lo miró con timidez.

—Gracias. —Extendió su mano para recibir los paquetes.

—No ha sido nada. —Sonrió—. Me gustaría saber cómo terminaste aquí y qué sucedió con tu sueño, pero debo regresar con mi hermana. Es por esto... —Rascó su nuca y miró hacia el suelo—. Me gustaría saber... si tú... —Diana abrió más los ojos esperando que terminara la frase—. ¿Te gustaría salir conmigo, mañana? Es para que conversemos un poco... —Temblaba de los nervios y su voz se entrecortaba.

—¡Me parece bien! —le respondió con una gran sonrisa.

—¡Excelente! —espetó con entusiasmo.

—Pero tiene que ser en la mañana, puesto que tengo turno en la tarde. Mi horario es rotativo.

—Está bien, preciosa. —Sonrió ante su logro. Luego de que se estuviesen mirando en silencio por unos segundos; Lían se acercó y besó su mejilla, y al apartarse, ondeó su mano como forma de despedida, imitando Diana su acción—. Nos vemos en el parque del centro que está cerca de la repostería Dellis.

—Hasta mañana, entonces —confirmó con una sonrisa que derritió al rizado.

***

—¿Qué haces aquí? —Nico resopló fastidiado.

—Necesito, dinero. —La mujer de cabello color zanahoria extendió su mano demandante.

—Ponte a trabajar —respondió con sorna.

—¿Te estás burlando de mí?

—No, te doy una opción honesta de conseguir tu propio dinero. Me tienes hasta la coronilla, no tengo por qué mantenerte, Nikaus vive conmigo y tú no te encargas de él.

—Soy la madre de tu hijo, Nico. —La mujer le apuntó con el dedo—. Debes ayudarme económicamente, no tengo de qué vivir.

—Créeme que podrías encontrar un trabajo si te lo propusieras, es más, puedo ayudarte. Pero no cuentes con una moneda más, no soy un pendejo para estar votando mi dinero contigo. ¡Qué irónica es la vida! En el pasado, los hombres pagaban por tus favores, y hoy en día, tú gastas tu dinero en jovencitos, alcohol y lujos que no puedes llevar. No, me equivoqué, gastas mi dinero.

—Eres un guerrero real, tienes mucho dinero y comodidades, no es justo que no lo compartas conmigo. ¡Claro! Ya me cogiste y me embarazaste, ahora no te haces cargo de mí. —La mujer replicó con indignación.

Nico la miró pasmado ante su cinismo.

—¿Yo te utilicé y te embaracé? —Él rio divertido—. Te recuerdo, cariño que, solo fuiste un polvo. Tú te me insinuaste en la cantina y me llevaste a tu "cuarto especial", después de que estuvimos juntos me cobraste por el servicio. Que el preservativo se haya roto, es otro asunto.

—No importa como sucedió, me embarazaste y arruinaste todo un año de trabajo. ¿Sabes lo difícil que fue volver a ponerme en forma después de parir a ese mocoso?

—¡Eres increíble! ¡Ese mocoso, como lo llamas, es tu hijo! —Meneó la cabeza, maravillado—. Además, yo cubrí todos tus gastos, e incluso te seguí dando dinero después de que me dejaras al niño frente al palacio, maldita loca.

—¡No me hagas perder más tiempo! —La mujer gritó ansiosa—. ¡Dame dinero, Nico!

La señora se puso histérica por lo que el rubio bufó hastiado, entonces la puso a dormir, la cargó como un saco de papas y la tiró fuera del palacio.

—¡Queda prohibida la visita de esta señora en el palacio! —advirtió a los guardias y entró echando pestes.

La brisa fresca de la noche acariciaba su rostro y ella se quedó prendida ante la hermosa luna amarilla y las estrellas que la acompañaban. Caminó entre los jardines reales, cerca de la vivienda de los reyes donde había un muro alto que daba una hermosa vista de Zafiro. Ella se percató de una figura sentada sobre el muro con la mirada perdida, razón por la que subió las escaleras que la dirigieron hacia el joven que le daba la espalda.

—¿Nikaus? —preguntó sorprendida de verlo allí sentado con apariencia triste.

—¿Qué quieres, rarita? —espetó sin darle el frente.

—¿Estás bien? —inquirió ignorando el tono tosco del chico.

—No es de tu incumbencia —respondió reacio y su voz estaba ronca y rasposa. No sabía si había visto bien, pero le pareció que él se secaba el rostro. ¿Será que estaba llorando?

Nancy se sentó a su lado y sintió un leve mareo al verse tan alta; se sostuvo apretando sus manos contra el límite cementado, como si temiera caerse.

—¿Para qué te subes si tienes miedo? —cuestionó con sorna y ella pudo ver cómo se le dibujaba una sonrisa.

—Quiero hacerte compañía... —Jugó con su cabello y posó su mirada al vacío—. Si no quieres hablar, está bien, por lo menos no estarás solo con lo que te atormenta.

El rio entre dientes y la observó por unos segundos. Siempre la había evitado como la peste y le molestaba lo rara y tímida que era. Pero no podía negar que era linda y que su delicadeza y pulcritud, así también, su aroma a fresas y cerezas era muy atrayente. Sacudió su cabeza para deshacerse de esos pensamientos, nunca se atrevería a mirarla de otra forma, eso sería un problema. Esa niña santita de seguro ni besar sabía, no, él estaba acostumbrado a sus ligues de una noche y ya.

—¿Qué se siente tener una familia estable? —Nikaus preguntó mirando al cielo con marcada tristeza. Ella duró para responder, sabía que él tenía una mala relación con su madre y que eso le afectaba.

—Pues... No todo es perfecto ni color de rosa. —Suspiró—. Mi padre tiene muy mal genio y mi madre es muy insegura, en especial, porque se rumora que mi padre nunca dejó de amar a la princesa Elena. Sabes que ella siempre fue una mujer muy hermosa y mi madre tiene muchos complejos. Mis padres pelean mucho y muchas veces duermen en habitaciones separadas. —Ella limpió una lágrima que se le escapó.

—¡Vaya! Al parecer todos estamos jodidos en la vida.

—Sí, todos tenemos una maldita espina que nos hace sangrar. —Nancy comentó sonriente y Nikaus agrandó los ojos y abrió la boca sorprendido.

—La santita maldiciendo, esto sí es digno de escuchar —espetó fascinado—. ¿Qué otra grosería te atreverías a decir? —Enarcó una ceja y ella se cubrió el rostro sonrojada.

—No más de ahí... perdón, no sé qué me pasó. Si mi madre me oye, estoy frita.

—¡Ningún perdón, santita! Es más, hoy te liberará; vamos, repite después de mí: “Maldita vida de mierda”. —El chico espetó como si nada y ella se alarmó—. Vamos, santita. Sé que quieres decirlo.

Pasaron unos minutos y Nikaus seguía insistiendo, Nancy suspiró y en un susurro repitió la frase. Él negó divertido y ella entendió a lo que se refería.

—¡Maldita vida de mierda! —Ella gritó a todo pulmón y él le aplaudió con entusiasmo. La chica volvió a gritar y él la acompañó. Entonces, ambos gritaban todas las groserías que se les ocurría para luego estallar de la risa.

***

Diana se levantó más temprano de la cuenta y con una gran sonrisa en la cara. Se bañó entre cantos y tarareos, preparó un delicioso desayuno y decidió sorprender a Lían con un postre sencillo y rápido que aprendió a preparar en Lucero Verde. Tomó frutas, galletas y crema de leche. Terminó el postre y le agregó jarabe de chocolate.

Ella se sentó en un banco que estaba en el parque, debajo de un frondoso árbol. Miró su comunicador y era temprano aún, sus ojos se posaron sobre la cajita azul con un lazo blanco que yacía a su lado y se sonrojó.

—¡Pero si eres la chica de Dellis! —La rubia de ojos verdes la sorprendió y ella sonrió al recordarla.

—Hola —saludó con cortesía.

—Fui ayer con mi chico y no estabas. Él había quedado encantado con tu recomendación. —La rubia espetó emocionada.

—¿Fuiste en la tarde? —preguntó con su dedo índice sobre sus labios—. Porque ayer me tocó en la mañana, mi turno es rotativo.

—Entiendo… —La rubia sonrió—. Esa fue la razón, entonces. Mi cita fue en la tarde. —Miró a Diana con una sonrisa—. ¿Estás esperando a que empiece tu turno en el parque?

—No, mi turno es en la tarde, hoy. Espero a alguien. —Se sonrojó al recordar a Lían.

—Oh... —Beka la miró con picardía—. Pues me voy antes de que llegue tu cita.

—No es una cita… —Diana estaba más roja que un tomate.

—Bueno, no te importuno más. —Ella se despidió ondeando su mano.

Diana miraba la hora con ansiedad y le pareció extraño que Lían no se apareciera.

—¡Disculpa la tardanza! —Lían se sentó a su lado agitado.

—¿Estás bien? —Ella preguntó preocupada al verlo respirar con dificultad.

—Sí, es solo que tuve una emergencia y no sabía cómo informarte, fui un tonto en no tomar tu código.

—Sí, debimos intercambiar números. —Ella sonrió. Normalmente en Destello decían códigos, pero por alguna razón extraña, ella prefería decir número.

—Bueno, Diana. —Extendió su mano—. Vamos a recorrer esta ciudad.

Diana se sostuvo de él aferrándose a su cálida y fuerte palma; acto seguido, Lían la atrajo hacia su cuerpo y ambos quedaron tan cerca que podían perderse en sus miradas.

—Te traje algo. —Ella apuntó hacia la cajita.

—¿En serio? Yo también te traje algo —Rascó su nuca sonrojado. Lían sacó una pulsera negra con detalles dorados de sus bolsillos.

—¡Es hermosa! —A Diana le brillaron los ojos.

—Yo mismo la hice, no es una pulsera común y corriente, es un dispositivo que se conecta con tu comunicador y puedes escuchar cientos de músicas; también te da ubicaciones y direcciones de los mejores lugares de Zafiro, en caso de que desees conocer esta ciudad. Aunque, te daré un mini tour. —Sonrió.

—¡Guau! —Observó la pulsera y luego la cajita. Se sintió avergonzada con su regalo y extendió la pulsera hacia Lían—. No puedo aceptarla, es demasiado; mi regalo es muy simple...

—¡No la rechaces! —dijo casi rogando—. La hice con mucho cariño... —Omitió la parte de la pérdida de sueño por durar toda la noche preparando su regalo—. No es una competencia de regalos, ni siquiera quedamos en eso, si no aceptas la pulsera, yo no acepto tu obsequio.

Diana miró la cajita y resopló rendida. Lían se sentó en el banco y tomó su regalo.

—¿Puedo? —preguntó buscando aprobación para abrir su obsequio. Diana asintió avergonzada y el brillo de sus ojos fue notorio al abrir la cajita.

—Es algo sencillo oriundo de Lucero Verde...

—¡Es genial! Se ve muy bien, Diana. ¿Puedo comerlo antes de que nos vayamos? —preguntó con entusiasmo y ella sonrió. Se sentó a su lado fascinada con la expresión del rizado al probar el crujiente postre.

—¿Te gusta? —inquirió un poco asustada con su respuesta.

—¡Me encanta! ¿Lo hiciste tú?

—Sí.

—¡Eres muy buena! —elogió mientras devoraba la dulce comida—. ¿Quieres un poco? Partió un pedazo y lo dirigió a su boca, Diana le dio acceso al trozo que él acercó a sus labios y ambos degustaban el dulce, sonrientes.

Lían la llevó a varios lugares, pero no pudieron andar mucho porque Diana tenía trabajo después del almuerzo.

Ambos estaban sentados en un restaurante al aire libre, donde se apreciaba un hermoso paisaje y las montañas que se erguían majestuosas en las afueras de Zafiro, que se podían ver desde el centro de la ciudad.

—Entonces, viviste en Estrella verde casi un año —Lían confirmó mientras cortaba un trozo de carne.

—Sí. Luego regresé a Arcoíris porque sentía que algo me faltaba. —Se encogió de hombros—. Era una sensación extraña y que ni yo entiendo, llámame loca, pero siento que encontré mi lugar.

—No te llamaría loca por eso. —Él sonrió provocando un punzón en el estómago de la chica—. Me alegra que te sientas bien en Zafiro y espero que ese sentimiento sea permanente. —La miró con tanta intensidad que Diana tuvo que evadirle la mirada para no descomponerse. No entendía por qué le atraía tanto ese chico. El tiempo se fue volando entre conversaciones y risas; ambos caminaban en dirección a la repostería mientras degustaban un helado.

—Es increíble que trabajes allí, me encanta el lugar y sus postres son muy buenos. —Lían resaltó.

—Es un lugar maravilloso y me gusta mucho trabajar allá y poder aprender a preparar sus delicias. Estoy trabajando duro y poniendo en práctica todo lo que veo, espero poder llegar a ser una repostera de Dellis, es un gran privilegio —dijo con los ojitos brillosos.

—Estoy seguro que lograrás eso y más. Eres muy buena, pero Diana, tu meta debe ser poner tu propia marca, aunque aprendas del lugar. Tus creaciones son exóticas y llamarían mucho la atención, cualquier cosa cuentas conmigo, tengo mis influencias y conozco personas que pagarían muy bien por tus postres.

—Muchas gracias —ella se sonrojó—, lo tendré en cuenta. Bueno, es aquí donde nos despedimos. —Ella detuvo el paso al verse frente a su trabajo.

—Ha sido un día increíble, Diana. —Le regaló esa mirada profunda que la estremecía y tomó sus manos, besó a ambas con delicadeza y las acarició con su dedo pulgar.

—L-Lo he disfrutado también —tartamudeó del nerviosismo.

—Entonces no será problema repetirlo. —Él sonrió con picardía y Diana no podía estar más roja.

—Sería genial. —Ella bajó la mirada avergonzada y él tuvo que esforzarse para no besarla, aunque era lo que más deseaba en ese momento. Se acortó tanto la distancia que Diana empezó a respirar con dificultad. El rizado acercó sus labios y ella cerró los ojos, suspiró con un poco de decepción cuando Lían besó su mejilla y se apartó en seguida. Ellos se despidieron ondeando sus manos y con una sonrisa tonta en la cara.

Cerca de allí, Beka los observaba entre sorprendida y dolida.

***

Lían entró a la mansión tarareando y de muy buen humor.

—¡Espera! —Beka lo detuvo cuando él iba a entrar a su habitación.

—¿Qué sucede? —Él inquirió intrigado al notar que ella se cruzó de brazos.

—¿Dónde estabas? —cuestionó con tono de reclamo.

—Dando un paseo —respondió extrañado.

—¿Con quién?

—¿Perdón? —preguntó sorprendido.

—¿Con quién estabas, Lían?

—Con una amiga.

—¿Seguro que solo son amigos? —Ella lo confrontó.

—Por ahora sí... —Sonrió como tonto.

—¿Te gusta?

Lían se puso nervioso ante aquella pregunta.

—Pues... no me es indiferente, digamos que me atrae —confesó. Beka inhaló y exhaló para no perder la compostura.

—Ya veo... —Bajó el rostro con tristeza y luego lo miró con enojo—. Eres un tonto, recuerda que eres un guardián y no debes estar perdiendo tu tiempo con cosas triviales. —Beka no le dio chance de contestar porque se fue con pasos acelerados y pesados.

—¿Y a esta que bicho le picó? —Lían se quedó observando el pasillo por unos segundos con confusión.

Beka entró a su habitación y cerró la puerta con violencia. Se recostó de esta y dejó salir las lágrimas que había retenido.

—No me quedaré de brazos cruzados. No permitiré que una aparecida me robe a mi chico.