Capítulo 53 (parte 2)

Ellos recibieron la señal de Odiel como al medio día. Jing apenas podía caminar. Llegaron al centro de las montañas y Odiel los esperaba sentado sobre una roca.

—¡Qué bueno que llegaron! —El mestizo los recibió emocionado—. ¿Saben dónde estaríamos ahora si estuviéramos en Destello? —preguntó con entusiasmo, pero nadie contestó—. Estaríamos en el patio de su casa. —Apuntó a Leela y a Jing—. Estamos en dirección a la fuente de energía.

—¡Tenemos problemas! —El maestro Chan anunció de repente—. Odiel, ¿te llevará mucho hacer la conexión?

—No sé... —Dudó sobre su respuesta—. Una o dos horas. ¿Por qué?

—Están cerca, puedo sentirlos. —El maestro miró hacia el oscuro cielo—. Abriré la brecha para los guerreros de Destello, creo que ya puedo traerlos.

—¿Los guerreros de Destello? —Jeff preguntó sorprendido.

—Sí, tengo semanas preparándolos para esto. No quería llegar a estos extremos, pero Deon se está acercando con un ejército.

Todos miraron a su alrededor, aunque no había nadie aún.

—Trataré de no tardar, pero no podré transportar a un ejército, solo algunos guerreros —el maestro Chan avisó y desapareció de sus vistas.

—Creo que debemos idear un plan. —Odiel sugirió mientras hacía algo con su anillo.

—Dimitri y yo estaremos vigilando. —Leela intervino—. Evitaremos que se acerquen. Jing y tú se quedan aquí y Jeff, tú vigílalos, cualquier cosa nos haces saber.

Leela y Dimitri se adelantaron y se ocultaron. Un ejército de hombres armados con todo tipo de armas venía a su encuentro. Con ellos se encontraban Deon y Petra, quienes se estaban acercando cuando Dimitri y Leela los enfrentaron. Ambos estaban armados con las armas que Jing les había dado más una espada. La pelea empezó. Leela y Dimitri saltaron sobre ellos y sus enemigos caían heridos cuando eran lamidos por las afiladas armas. Muchos de ellos empezaron a disparar y la pareja usaba las espadas para protegerse de las balas.

—¡No le disparen a ella, idiotas! —Deon advirtió a sus hombres—. ¡La necesito viva!

Sus oponentes trataban de no dispararle a Leela, pero sí la atacaban con espadas y dagas, mientras que con Dimitri usaban todas sus armas. Leela flotaba por encima de ellos y estos iban cayendo en filas heridos, aun así, eran demasiados guerreros para ellos dos solos.

—Eso se oye mal, no me puedo quedar de brazos cruzados. —Jing dijo decidido a unirse a la pelea.

—No debes. —Odiel le advirtió—. Estás muy débil.

—No me quedaré de brazos cruzados —insistió.

Jing se unió a la batalla. Él y Leela peleaban en conjunto y sus movimientos y técnicas se combinaban muy bien. Dimitri los miraba con rabia, no soportaba que ellos dos se complementaran tan bien en la batalla. Le carcomía que Jing siempre lo obtenía todo, quería quitarle algo significativo, quería quitarle el amor de Leela.

Mientras más enemigos vencían, más hombres venían al ataque, parecían interminables y Jing ya no soportaba más.

Jeff regresaba de husmear cerca de la batalla para percatarse de que todo estuviera bien con Odiel. Una gran luz los alumbró y un hueco se abrió en el aire. El maestro Chan salió de en medio de éste, seguido por un grupo de guerreros; incluidos Eli, Ileana, Lars, el maestro Lee y los tres amigos de Jing.

—¡Vaya! —Jeff miró por encima de él al gran y musculoso rubio—. ¿Quién eres tú? ¿Thor? —preguntó mientras miraba a Lars anonadado de su gran tamaño.

—¿Quién es este insecto? —Lars lo recorrió con la mirada.

—Un amigo que ya no sé qué busca aquí. —El maestro Chan contestó.

—¿Tú eres la mujer maravilla versión rubia? —Jeff se dirigió a Ileana—. Y tú... —Miró Eli con flirteo—. ¿Eres la Batichica en miniatura? ¡Vaya! Creo que mezclé a los Avengers con la Liga de la Justicia. —Sonrió nervioso.

—No entiendo nada de lo que dices. —Eli dijo confundida.

—Yo te puedo explicar todo lo que quieras, preciosa —le respondió seductor. Eli lo miró con repulsión y se alejó de él con disimulo.

—Es hora de ayudar a Jing y a Leela. —Bruno anunció y un grupo de guerreros saltó por los aires, mientras que otro, se dirigió corriendo a gran velocidad en dirección al campo de batalla.

—¡No me puedo perder esto! —Jeff espetó y corrió tras ellos.

Leela se sorprendió al ver a todos sus amigos y compañeros guerreros venir a su auxilio. No pudo evitar abrazar a su maestro, quien ya se veía muy bien. La pelea se puso reñida para los hombres de Deon, Pues muchos de ellos, más que guerreros, eran buenos tiradores; sin embargo, los guerreros de Zafiro llevaban unos trajes negros especiales que rebotaban las balas.

—¡Jing! —Ileana se acercó a él con toda su coquetería de siempre. Lo besó en la comisura de los labios y Leela por poco la golpea.

—¿Tú quién eres? —Él la recorrió con la mirada.

—¿No me recuerdas? Soy tu amiga con derechos, ya sabes, esas amigas con las que te besas y pones manos.

—¡Eso no es cierto! —Leela gritó molesta.

—¡Vaya que te queda bien el cabello corto! —Ileana lo miró con picardía ignorando a Leela.

—Deja de mirar a mi esposo como si quisieras tragártelo, atrevida. Nunca cambias. —Leela refunfuñó.

Los guerreros de Zafiro estaban tomando ventaja y Deon decidió abrirse paso. Él usaba el diamante para luchar, pero Leela lo enfrentó. De su cadena salían rayos de luces que cortaban la piel de Deon, quien la atacaba con los rayos que salían del diamante.

Un rayo tocó a Leela y ésta quedó paralizada. Jing fue a ayudarla, pero Deon lo paralizó también.

—No me importa si Deon te necesita o no, no voy a dejar pasar esta oportunidad. —Petra dijo para sí y decidió atacar a Leela al verla inmóvil. Quería vengarse con sus propias manos porque Dimitri la prefería a ella. Se acercó y levantó su espada. Jing gritó desesperado al no poder detenerla. El aliento volvió a él, al ver a Petra vomitar sangre, ella miró su estómago y descubrió que Dimitri la había traspasado con su espada. Él sacó el arma que le había enterrado desde atrás y ella cayó sobre sus brazos. Él se sentó en el polvoriento suelo y acarició las mejillas de ella.

—Entiendo lo que sientes, a mí me pasa igual. Lo siento mucho, Petra —dijo mirándola con pesar. Ella acarició su mejilla ensuciándolo de sangre. Él besó su frente y Petra sonrió. Nunca hubiera esperado una muestra de cariño proveniente de él. Petra cerró sus ojos para siempre y él la recostó sobre el suelo con delicadeza, la observó por última vez y continuó luchando.

—¡¡Petra!! —Ileana gritó con gran dolor. Corrió hacia ella y sostuvo su cabeza, entonces empezó a llorar desconsolada. A pesar de toda su maldad, ella era su hermana y le dolía su muerte.

La lucha continuó por media hora más y casi todos los hombres de Deon habían caído. Jing y Leela recobraron la movilidad gracias al maestro Chan, quien se había unido a la batalla. Del anillo del anciano y las joyas de Jing y Leela salió una gran luz que rodeó a Deon. El trató de usar el diamante, pero la luz era muy fuerte.

—Sigamos así y lo llevaremos preso a Destello —animó el maestro Chan. Odiel casi estaba terminando y necesitaba las joyas y a los guardianes. Jing empezó temblar y a debilitarse, entonces cayó sobre sus rodillas vomitando un chorro de sangre.

—¡Jing! —Leela gritó desesperada y saltó hacia él—. Jing, mi amor, aguanta. —Lo abrazó con fervor.

—Leela, ayuda al maestro Chan —pidió con dificultad, pues casi no podía hablar.

—No voy a dejarte solo, amor —negó entre lágrimas.

—Leela, no repitamos la historia. Debes ser fuerte y controlar tus sentimientos. Amor, confío en ti.

Leela acarició su cabello y besó su frente entre lágrimas. Saltó por los aires para ayudar al maestro Chan, quien estaba siendo debilitado por Deon. Bruno y Esteban llevaron a Jing adonde se encontraba Odiel, fuera del peligro de la batalla.

Deon lanzó un rayo que iba directo a Leela, pero Dimitri se puso frente a ella y fue impactado en su lugar, cayendo inconsciente sobre la espada de un guerrero que la tenía extendida. Todos miraron pasmados lo que acababa de suceder.

—¡Dimitri! —Leela gritó conmocionada. Deon vino a su ataque y ella cerró los ojos. Tanto la joya de Jing, como la de su esposa empezaron a brillar y una luz en forma de cuerda emanó de aquel brillo, apresando a Deon. Este se removía, pero el amarre era fuerte y lo estaba debilitando. Leela aprovechó, levantó su espada y le cortó la cabeza. El cuerpo mutilado de su enemigo cayó de golpe al suelo. El diamante rodó de la mano del cadáver, entonces ella lo tomó. Todos empezaron a celebrar y Leela se dirigió a dónde estaban Jing y Odiel. Le devolvió el diamante y sostuvo a su esposo de la mano. Ellos tres cerraron los ojos y las joyas empezaron a brillar. Una gran luz los cubrió y todos los presentes quedaron suspendidos en el aire. Jeff miraba atónito lo que sucedía y Leela se acercó a él flotando y envuelta en gran luz.

—Gracias por tu ayuda. —Lo abrazó—. En Destello se hablará de tu gran sabiduría y valentía. Cuídate y aléjate de ese trabajo peligroso.

—Está bien, Supergirl —asintió entre lágrimas—. Te voy a extrañar mucho.

—Yo también. —Ella sonrió y él movió sus manos en forma de despedida.

—Oye... ¿Puedo decirles a mis amigos que eras mi novia? —Jeff preguntó mientras Leela desaparecía de su campo de visión meneando la cabeza con desaprobación.

Un gran viento cubrió el lugar y Jeff fue rodeado por un remolino hasta que perdió el conocimiento.

El chico de los antojos y cabello rizado despertó sobre su cama con agitación. La mañana era hermosa y el ruido de la ciudad se colaba por su ventana.

—¡Qué extraño sueño tuve! —Rascó su cabeza y se dirigió al refrigerador. Tomó un cartón de leche que derramó sobre un pequeño envase y agregó una buena cantidad de cereal. Se sentó frente a su computador y empezó a escribir—. Creo que, si escribo sobre mi sueño, podría ser contratado por Hollywood para grabar una película. Deja ver..., una super chica de otro mundo... ¿Cómo le llamaría? Ummm... La chica del mundo paralelo... Ummm... creo que debo pensar en un buen nombre. —Sonrió mientras escribía en el teclado de su laptop.

***

Destello

Todos aparecieron en el gran patio de la mansión. Jing fue llevado a su habitación y recostado. Estaba muy mal y le quedaba poco tiempo de vida.

Los cadáveres de Dimitri, Petra y Deon fueron enterrados en el reino del Norte. Con los reyes en el palacio otra vez, hubo orden en Zafiro. Pasaron los días y Jing estaba cada vez peor. Leela sufría en silencio, tratando de sonreír delante de él.

—¡No moriré así! —Jing balbuceó; se levantó de la cama, tomó su caballete, sus pinturas y pinceles, y salió al patio, luego se sentó sobre su banquito a trazar sobre su lienzo. Pintaba sobre su vida. A su memoria solo venían los buenos momentos, esos momentos felices que lo llenaban de satisfacción.

—¿Qué pintas? —Leela se sentó a su lado. Recordó la primera vez que lo vio hacerlo y dos lágrimas recorrieron su mejilla. Las limpió con rapidez para que él no las notara. Lo menos que necesitaba era verla sufrir.

—Nuestra vida juntos. —La miró con una sonrisa. Su largo cabello estaba suelto y su torso descubierto, como la primera vez que ella visitó la que ahora era su casa. Su príncipe se veía bien, incluso envenenado y débil.

—Nuestra hermosa vida juntos… —Ella susurró y besó sus labios con ternura—. Amor, el maestro Lee nos invitó a comer. ¿Crees que podamos ir?

—Sí. No quiero morirme solo —dijo con tristeza. Leela lo abrazó con todas sus fuerzas tratando de no llorar frente a él.

***

Leela aprovechó la ocasión para ir a visitar al tío de Ulises.

—Nunca me dijeron el nombre del veneno. —Ella preguntó aguardando un poco de esperanza, no podía aceptar que Jing en cualquier momento se moría.

—Es una hierba, se llama Mopei. Es un veneno peligroso que mata lentamente y no tiene cura.

—Normalmente, los venenos no tienen cura. —Ella dijo con ironía.

—En especial éste. Mopei es...

—Espere… —Leela lo interrumpió creyendo haber escuchado o visto ese nombre antes. Sus ojos se agrandaron y salió corriendo como loca. Su corazón palpitaba con fuerza y sudores fríos recorrían su piel.

Tomó su caballo y cabalgó hacia su casa. Saltó de él con gran prisa, entró a la habitación y empezó a rebuscar con ansiedad y nerviosismo.

—¿Busca algo, princesa? —Una de las criadas preguntó. Ella la había seguido hasta la habitación preocupad al verla entrar tan alterada.

—B-busco el papel... —tartamudeó nerviosa—. ¿Recuerdas aquel papel que me diste? No recuerdo donde lo puse —dijo entre lágrimas mientras sus manos temblorosas rebuscaban por todos lados.

—Creo que lo puso en una de sus gavetas.

—¡Pero ya busqué en todas! —espetó con frustración y lágrimas en los ojos.

—La voy a ayudar, está muy nerviosa. —La chica se ofreció y empezó a buscar.

La joven criada encontró el papel en una de las gavetas.

—¿Será esto? —Leela abrió el papel y sus ojos se iluminaron.

"La hierba Mopei y su veneno. Neutralizador y cura".

—¡Gracias, Ulises! ¡Eres el mejor! ¡Gracias! —Leela celebraba entre lágrimas de felicidad.

***

—Esto es un mapa. Al parecer él ocultó su investigación. —El señor Harrison hizo saber a los presentes. Todos estaban en un salón del palacio, en cambio Jing yacía en una habitación moribundo.

—Debemos viajar a Ming. Este es el mapa de la casa donde nos hospedamos cuando nos enfrentamos a Dimitri. —Bruno dijo y Leela recordó el incidente.

—Pero ¿cómo Ulises supo de aquel lugar? —Leela preguntó con curiosidad.

—Pues él estuvo unos días allí hasta que Jing lo envío a su nueva vivienda. Ulises tenía acceso a la casa de Ming, en caso de que algo sucediera. Al parecer, él descubrió el plan de Deon y preparó una cura. Creo que era lo que le iba a decir a Jing cuando le mandó la carta y lo citó.

—Muy sabio, Ulises. —Nico comentó—. Sabía que Kara lo había descubierto y decidió no ser tan obvio y dejar esa información en la casa donde vivía. Debemos apresurarnos, no sabemos si tenemos que preparar el antídoto y Ming está a días de Zafiro.

—No, si vamos en naves. Y creo que debemos llevarnos a Jing —dijo Leela.

—Sí, así es. Oremos para que Jing soporte hasta que lleguemos.

***

El viaje a Ming se percibió más largo de lo que realmente era. Leela sentía que le daría un infarto en cualquier momento. Estaba desesperada por llegar, pues temía que Jing muriera en sus brazos. Si hubiera sabido antes el nombre del veneno ya estaría curado. Llegaron a la gran casa y Leela revisó el pulso de Jing otra vez, puesto que él estaba inconsciente y su respiración era muy débil, esa era la forma de saber si aún estaba vivo.

Ellos recostaron a Jing en una habitación. Siguieron las indicaciones del mapa y se dirigieron al sótano, allí había una especie de laboratorio. El Dr. Harrison estaba impresionado con aquel lugar. Buscaron donde estaban todos los medicamentos, pero no encontraron nada.

—Tenemos que prepararlo entonces, pero no veo las instrucciones en ningún lugar. —La desesperación inundó a los presentes. Leela estaba al lado de Jing esperando la cura mientras revisaba su pulso cada minuto. La ansiedad y el suspenso la estaban volviendo loca. Daba vueltas en la habitación temblorosa y los segundos le parecían horas.

***

—¡Aquí hay algo! —Nico avisó abriendo una gaveta. Todos lo rodearon y miraron asombrados, mientras él sacaba una cápsula roja y otra azul que estaban allí ocultas junto a unos papeles.

—¡Vaya! —el Dr. Harrison tomó los papeles. Eran las instrucciones de la cura y el neutralizador—. Este chico era un genio. Profesionales en el área nunca encontraron una cura —las lágrimas cubrían su rostro—, y él en unos meses lo descubrió.

—Al parecer, el ingrediente faltante era el polvo de esta flor —Nico tomó una planta seca que estaba entre los ingredientes que dejó Ulises—. Es una flor que solo nace en Jeng. Vaya... Ulises hizo un gran descubrimiento —exclamó sorprendido.

—No canten victoria aún. Hay que ver que funcione —dijo Bruno—. Así que démonos prisa no vaya a ser que lleguemos tarde.

***

Leela se espantó cuando ellos abrieron la puerta de la habitación y corrió en dirección a ellos.

—Dale esto. —El doctor Harrison sacó la cápsula con el líquido azul. Leela lo tomó nerviosa y la frustración la embargó al no poder abrirlo.

—Yo se lo doy. —Bruno arrebató la cápsula de su mano—. Estás demasiado nerviosa, podrías votarlo y no creo que Jing espere a que hagamos más.

El moreno vertió el antídoto en la boca de Jing y todos lo observaban con intriga y suspenso.

Una hora después...

—Al parecer, no funcionó. Deberíamos seguir investigando. —Harrison dijo con desánimo. Leela empezó a llorar. Bruno la abrazó y la sacó a tomar un poco de aire. Todos dejaron la habitación en busca de otro ingrediente que faltara.

Leela y Bruno estaban en el patio observando los robustos árboles.

—No estoy lista, Bruno; no lo estoy.

—Lo sé. —La apretó entre sus brazos—. Yo tampoco estoy listo para ver partir a mi mejor amigo, pero debemos ser fuertes.

—He tratado de serlo. —Su voz salió chillona y las lágrimas mojaron su rostro—. Pero no creo que pueda soportar más. No te imaginas lo difícil que es verlo consumirse lentamente. Presenciar cómo el amor de mi vida se muere frente a mis ojos sin poder hacer nada. ¡Es tan frustrante! Si Jing... —Su corazón empezó a latir con agitación. Su cadena brilló y Leela empezó a temblar.

—¿Estás bien? —Él la miró preocupado.

—Necesito verlo... yo... —Las palabras se le dificultaban. Corrió hacia la casa y subió las escaleras a toda prisa. Su corazón dio mil vuelcos cuando abrió la puerta. Las lágrimas caían como torrentes y sus manos temblaban.

—¡Jing! —Se lanzó sobre él. Jing la atrapó entre sus brazos y ambos se sumieron en un fuerte abrazo—. ¡Mi amor! —gritó mientras acunaba su rostro entre sus dos manos—. ¡Estás bien! —Se aferró a su cuello y él la apretó por la cintura.

***

El antídoto llevó por nombre "El milagro de Ulises" en homenaje a su creador. Y no solo lo fue la cura para aquel terrible veneno, se descubrió que podía sanar muchas enfermedades graves que se creían incurables. El reino del Norte fue dado a Ileana, y Bruno decidió dejar su vida de casanovas y espera con ansias su boda con la hermosa rubia, reina del Norte. Eli se entregó a la batalla y se mantenía haciendo guardias en las aldeas más vulnerables, como manera de mantener su mente ocupada y no pensar en Ulises.

Leela y Jing establecieron centros policiales, robándose ese término de la tierra, para establecer lugares donde los aldeanos podían contar con guerreros que lo defiendan. El hermano de Jing y su esposa tomaron el reinado y los antiguos reyes decidieron vivir en Jeng para reavivar su relación.

Lars y la princesa llevaban una relación tóxica porque ella no se quería casar con él, así que se mantenían, dejándose y reconciliándose. En cuanto a Jing y Leela; ellos reformaron los entrenamientos de los próximos guardianes y, cómo deberían ser educados para su próxima misión. Vigilaban con entrega que los mundos mantuvieran su balance y no fueran alterados.

—¿Sabes de qué tengo ganas? —Ella dijo con gran anhelo.

—¿Otro antojo? —le susurró en el oído mientras acariciaba la gran barriga que tenía su esposa embarazada de mellizos. Ambos estaban sentados en un mueble que quedaba pegado a una ventana de Cristal. Leela estaba sobre las piernas de Jing y él la estaba envolviendo con sus brazos desde atrás.

—¿Tal vez? —Sonrió maliciosa.

—Tus antojos son medio pervertidos, tigresa.

—Y a ti te encantan mis antojos. —Ella replicó y el besó su cuello con ternura, disfrutando de su delicioso olor—. Me gustaría llamar al varón como a mi padre. Sería: John.

—Bien. —Jing asintió—. Entonces me toca ponerle nombre a la princesita. Será... Jinag.

Leela rio a carcajadas.

—¿Le pondrás así por tu nombre?

—Sí... ¿No te gusta?

—Suena bien.

—Entonces serán: John y Jinag.

—Guerreros reales. —Leela añadió.

—Serán lo que ellos quieran ser, claro que deberán aprender artes marciales para que sepan defenderse.

—Tienes razón. —Se puso frente a él y lo miró a los ojos—. Gracias.

—¿Por qué? —La miró con ternura.

—Por ser el mejor esposo del mundo.

—Pues entonces debería agradecerte también. —Ambos sonrieron—. Leela, te amo como jamás imaginé se podría amar a alguien. Eres la persona que más amo en el mundo y no me cansaré de decírtelo. Gracias por hacerme creer en el amor y por ayudarme a superar mis miedos.

—Jing, gracias por creer en mí, amarme como me amas y darme un hogar. Tú también eres la persona que más amo, eres ese refugio lleno de felicidad y calor, eres mi familia, Jing. Te amo, amor, mi príncipe creído.

—Te amo, mi insolente contestona. —Ambos rieron y se sumieron en un delicioso y lento beso.

❤️ Fin ❤️

Y dónde termina una historia empieza otra. Lean el epílogo para que sepan de que se trata.