Promesas rotas
Jack
Tengo que concentrarme o cometeré otro error. ¡Yo no cometo errores! Se supone que soy el mejor, el mejor en lo que me propongo hacer y en lo que no. Puedo hacer cualquier cosa. Excepto estar sin ella.
Sonreír a las personas es aún más difícil ahora que cuando Brenda me dejó, de hecho ya no lo hago. Me he ganado el odio de mis alumnos y otros profesores porque me convertí en un malhumorado. Para cuando la segunda semana comenzó, yo ya no podía soportarlo. Fue a mitad de la segunda semana que califiqué mal un ensayo sobre Ambrose Bierce y su diccionario del diablo. El chico había hecho un gran trabajo y había puesto en contexto la época en que el escritor público en diferentes periódicos todas las definiciones. Nadie iba más allá de lo que les pedía pero al chico realmente le interesó la obra de Bierce.
Ahora a mitad de la tercera semana me estaba costando seguir el paso. Era difícil enfocarme y apenas dormía o comía. Al parecer los amigos más cercanos y leales de Carly venían muy seguido a ayudar a Marshall a cuidar de mí. Yo solo la quería de vuelta. Había roto tantas de mis promesas. Había roto sus esperanzas no solo una, sino dos veces. Aún recuerdo la promesa más importante que le hice antes de que Charlie muriera.
— ¿A dónde vamos?
No contesté. Tenía hambre y Carly había comido emparedados de mantequilla de maní durante cuatro días, ya ni siquiera había mermelada. Su madre se fue hace una semana y lo único bueno de eso es que dormía en su casa mientras que Courtney no estaba. De esa forma me evitaba las golpizas nocturnas de Charlie, aunque no las peleas clandestinas. Tenía varios moretones de la última que aún no desaparecían.
— ¡Jack! — me haló. Le costaba seguirme el paso, pero teníamos que apresurarnos. — No ahora, pequeña. Tenemos que darnos prisa. — No la miré, sabía que debía estar hambrienta y cansada.
Llegué al restaurante que buscaba, un viejo edificio en Hell’s Kitchen, recuerdo de los años de la guerra entre mafias. El legado de los Westies. El lugar tenía un restaurante bar en los dos primeros pisos y una oficina en el tercero. Había estado aquí un par de veces, atado a una silla y siendo golpeado debido a las deudas de Charlie.
— Quédate aquí afuera y no hables ni te vayas con nadie.
— No puedes dejar sola a una menor, es Nueva York.
— Sé que podrás defenderte sola por unos minutos. — Hizo mala cara pero esto era por su bien, trataría de no tardarme.
Entré al restaurante, aquí era normal ver a chicos llenos de moretones, era donde traían a los ganadores de las peleas cuando la apuesta era muy grande. Nunca vine en ese plan porque Charlie siempre debía dinero y por más chicos que venciera yo no sería tratado como un héroe irlandés del cuadrilátero por ser el hijo de Mahoney.
— ¿Mahoney? No pensé que tendrías tantos moretones, chico.
— ¿Está tu jefe?
— Está ocupado.
— Es una emergencia.
— No va a prestarle más dinero a tu padre, niño. No esta vez.
— No vengo en su nombre.
— ¿Qué sucede, Alby? — preguntó el jefe.
— Es el chico Mahoney.
El hombre se acercó a mí tan imponente como siempre, pero menos peligroso que McNeall y el monstruo al que llama hijo. Si tenía que venderle mi alma a un mafioso prefería a O’ Carroll antes que a McNeall. Ninguno era un buen hombre, pero O’ Carroll no tiene un hijo demente.
— ¿Qué te trae por aquí, chico? No envié a que te golpearan.
— No vengo por mi padre.
— ¿A qué vienes? — me miró confundido.
— Necesito… Necesito dinero y pensé que usted podría…. — traté de contener las lágrimas pero era difícil, el hambre nublaba mis sentidos y pensamientos y estaba débil.
— Oh, chico, pensé que tenías cerebro. No arruines tu vida como tu padre, por lo que sé eres un buen estudiante y el vodka no va a hacer nada por tu vida.
— No es para bebida. — musité. Me miró de arriba abajo, mis manos apretadas en puños a mis costados temblaban sin control.
— ¿Hace cuánto no comes? — ¿Tan evidente era? Maldito Charlie. — Hace tres días. Tengo… Tengo a alguien a quien cuidar.
— Dudo que sea tu padre. He visto tus moretones antes de las peleas, nadie te toca tantas veces y tan salvajemente en el rin. Debe ser alguien importante para que te quites el pan de la boca. — Una lágrima logró escapar y calló por mi mejilla. Me enfoqué en el suelo. — Mírame chico. — Apreté más mis puños. — Obedece o tendré que enseñarte modales. — Levanté la mirada y me encontré con sus ojos severos. — ¿Cómo me pagaras? No tienes en qué caerte muerto.
La gente a nuestro alrededor escuchaba atentamente, no me llevaron fuera de la vista porque era una forma de humillarme. — Trabajaré. Le pagaré con el dinero de las peleas, puede reclamarlo antes de que Charlie se lo beba. Robaré bancos si eso es lo que quiere, no me importa.
Ya había robado antes. Aprendí el antiguo arte de robar desde niño. Mi familia está plagada de delincuentes y todos aprendemos diferentes artes criminales desde que aprendemos a caminar. Siempre me destaqué en todo, pero soy la oveja blanca por mi cerebro, mis principios, porque me enfrento a la abuela y porque ella le prohibió a mi padre meterse con esa mujer y aun así él lo hizo solo para que ella me pariera y se fuera unos años después porque no podía costearse lujos debido a los vicios de Charlie.
— Si no es por la bebida, entonces creo que tal vez podríamos llegar a un acuerdo. Tráele un par de emparedados de roast beef y un par de sodas. — le dijo a Alby. — ¿Qué sabor prefiere la pequeña? — me preguntó. — Él sabía de Carly… ¡Mierda! Esto fue un error, pero ya era tarde para retractarme. — Uva. — respondí con simpleza. — Alby se fue y él saco su billetera de piel de cocodrilo. — Creo que con trescientos dólares tendrás para comer por un buen tiempo, úsalos bien y no lo derroches. — dijo extendiendo el dinero hacia mí. Mi mano tembló antes de tomarlo. Lo puse en mi bolsillo rápidamente. — Ahora, chico, ya sabes que mis intereses son un poco caros, pero si ganas la próxima pelea y me das un buen margen de ganancias todo estará saldado. Podrás venir cuando desees, pero harás lo que te pida sin cuestionarme.
Asentí frenéticamente. Ya no lo miraba a los ojos, era difícil mantenerte firme y en pie de guerra cuando tenías hambre y te humillaban frente a una docena de personas.
— Aquí tienes. — dijo Alby extendiendo el pedido. Intenté tomar la bolsa de papel con rapidez, pero Alby la apartó con más velocidad, burlándose de mí. El jefe también se burló pero intercedió. — Vamos Alby, deja al muchacho en paz. — Me entregó la bolsa renuente, yo la tome rápidamente y volví a mirar al señor O’Carroll mientras asentía en agradecimiento. — Ve a comer y no desperdicies tus oportunidades como tu padre. — dijo como despedida.
Me di la vuelta y traté de caminar lo más calmado posible. En cuanto salí del lugar vi que Carly miraba a un hombre que tocaba el saxofón al otro lado de la calle. Sabía en qué estaba pensando, pero ella no tendría que llegar a esos extremos mientras yo viviera.
— Vamos. — dije acercándome a ella. Tomó mi mano de nuevo y la llevé hasta unas escaleras de un edificio que sobresalían. La base de éstas se elevaba y dejaba una pequeña esquina donde podíamos escondernos por un momento. La puse entre la esquina y yo abrí la bolsa de papel. Le entregué el emparedado, abrí su soda y la mía y luego busqué mi emparedado y con desesperación le di el primer bocado. Sabía a gloria.
Comí demasiado rápido. Era el primer bocado en días y tenía miedo de perderlo. Ella ya había pasado hambre antes, pero no lo volvería a permitir. Le di lo poco que había en mi refrigerador y despensa y lo volvería a hacer cuantas veces fuera necesario. La última vez que tuvo hambre no pude hacer mucho y me sentí fatal por verla de esa forma. Terminó su emparedado y soda y se quedó mirándome a la espera de que le dijera qué hacer.
— Escúchame bien, Carly. Te prometo que sin importar cómo, encontraré la manera de hacer dinero y darte todo lo que necesites y desees, no te faltará nada. — Mi pequeña solo me abrazó y sé que de ser otra niña seguramente estaría llorando, pero ella era fuerte y nuestro abrazo expresaba más que las lágrimas.
— ¡Llevo media hora hablando solo! Regresa al mundo de los vivos. — La cara de Marshall estaba frente a mí y se veía muy enojado. — Déjalo, no necesita que lo mortifiques más. — lo regañó Carter. — ¿No deberías estar en casa con tu padre?
— Él sabe que cuido de Jack
— Señor Mahoney para ti.
— Solo en la escuela.
— Esta escena es tan linda, como una jodida familia disfuncional… Exactamente como la mía.
— Entiendo que quieras estar aquí, eres el mejor amigo de Polly. Lo que no entiendo es qué hace este fenómeno aquí.
— Marshall, ¿alguna vez te han dicho que eres el estereotipo del tipo blanco?
— ¿Guapo y perfecto? Sí.
— Racista, machista, homofóbico y estúpido.
— Por favor, ¿qué persona normal tiene el cabello verde?
— Yo lo tuve azul en la universidad. — Le recordé a Marshall. — ¡Está vivo! — Celebró el novio falso de mi Carly. Se levantó de su silla con los cubiertos en alto. — Que te calles, fenómeno. Solo yo puedo burlarme de él, soy su amigo hetero con el que tiene una relación no romántica.
— ¿Un bromance? — preguntó Carter seguro de que se refería a eso. — Los gays siempre tienen nombre para estas cosas. — murmuró Marshall. Carter puso los ojos en blanco con el comentario.
— Yo logré que recapacitaras y dejaras de teñirlo. Ahora, ¿por qué no comes? Fue difícil quemar todo mientras esperaba que llegara Carter para salvar la cena. — habló Marshall. — No tengo hambre. — Aparté el plato y el novio falso se lo llevó. — Oye, regresa eso. Ven a comer, no querrás que ella encuentre un saco de huesos cuando regrese… Si es que regresa. — Carter lo golpeó. — Hay que ser sincero. — Se excusó Marshall. — yo soy su mejor abogado, los otros son ineptos. El ruso tiene abogados de mafioso, es posible que él se quede con la custodia, especialmente por ese argumento secreto que no quieren descubrir y que el juez ordenó que se mantendría en secreto hasta el juicio. Paga mejores sobornos o acepta que ya la perdimos.
Me levanté y fui a mi cuarto, no podía parar de pensar en todas las promesas que rompí. Tardé casi diez años en volver y cuando regresé deje que se la llevaran a un agujero peor del que la saqué. No me sentía cómodo aquí, esa cama ya no era la mía, no sin ella.
Tomé mi chaqueta y salí del cuarto. Alguien toco la puerta y yo fui a abrirla, después de todo iba de salida. Un hombre en traje y gabardina me mostro una placa. — Detective Jordan, homicidios. ¿Puedo hacerle algunas preguntas? — Miré a Marshall, todos seguían en la mesa. — Jack, hay un policía de homicidios que reabrió el caso de la madre de Scarlett. — informó. — Buen momento para decírmelo, hombre. ¡Gracias! — dije sarcástico. — De nada, hermano. — sonrió.
Me alejé de la puerta y le hice señas al hombre para que entrara. Lo llevé a mi despacho, sabía que estarían detrás de la puerta. — ¿Le gustaría beber algo? — ofrecí. — Pensó por un momento. — ¿Tiene leche? — Asentí y me senté en mi escritorio. — ¿Tendré la leche? — preguntó. — La puerta no es tan gruesa, he pensado en cambiarla. Su leche llegara en un momento. — Sonreí. Se sentó frente a mí.
— No quiero quitarle mucho tiempo, pero descubrí ciertos asuntos algo sospechosos sobre la madre de la señorita Davis.
— No creo que tuviera algo peor de lo que yo ya tenía, fue mi vecina durante cinco años, pero si vino hasta aquí fue por algo.
— ¿Por qué lo puso a usted como tutor poco tiempo antes de morir? — Como si no fuera suficiente con todos mis problemas, ahora era sospechoso de asesinato, del asesinato de Courtney. — No lo sé. Acababa de volver a mi antiguo apartamento y un día me dijo que necesitaba hablar conmigo sobre Carly, me pidió que fuera su tutor, hicimos los papeles y los firmó.
No podía darle una respuesta más complicada o parecería sospechoso. — ¿Solo así? No entiendo porque le daría la custodia de su hija a un desconocido. — Tocaron la puerta y luego Carter entró con una jarra de leche y dos vasos. Los sirvió mientras yo respondía y luego salió sin decir nada. — Crecí en ese edificio. Ella llego cuando tenía algunos meses de embarazo, a esa mujer nunca le importó Carly, intentó prostituirla desde que era niña. Era una adicta. Yo cuidaba a Carly y evitaba que ella o uno de sus novios o clientes le hiciera daño. Quedé huérfano y servicios sociales se hizo cargo de mí.
— Fue adoptado por una familia millonaria y luego volvió al lugar de donde salió, es muy extraño que regresara a esa pocilga. — dijo con un tono lleno de sospecha. — Yo hice mi propio dinero y recuperé mi apellido. No tengo nada que ver con los Goldstein. Sé de dónde vengo y no quiero recordarlo, estaba ahí porque necesitaba estar a solas. Pasé por un mal año y me encontré con que ellas aun vivían en el mismo edificio. — No parecía convencido. — Aun así es muy extraño que ella lo hiciera el tutor de la hija y poco tiempo después muriera de una sobredosis, junto a su hija dormida.
Hice una mueca, no me gustaba recordar la escena que encontré cuando fui a ver porqué gritaba Carly. — Era una adicta, por lo que se ya había tenido sobredosis antes. — Pareció más convencido. — ¿Sabía usted que la señora Patterson tuvo conexiones con la mafia rusa? — Mi alma dio un vuelco dentro de mí. — Creo que es por eso que el señor Nóvikov quiere tan desesperadamente obtener la custodia de la chica, ella podría ser la hija perdida de una ficha importante de la Bratvá, la heredera de una gran fortuna fraudulenta y ese hombre podría querer poner sus manos sobre esa fortuna.
— No tiene sentido, Courtney nunca…
—…Reveló el nombre del padre, lo sé. Le puso un apellido cualquiera a la niña, quería que pensara que alguna vez tuvo un padre, uno que no era ruso. Sin embargo por lo que sé, frecuentaba los círculos en los que los rusos se movían y ejercía como prostituta durante su adolescencia, hasta que un día simplemente desapareció y nadie pudo encontrarla. De hecho causó gran revuelo, un Pakhan ruso la buscó por cielo y tierra, pero nadie sabe quién era ese Pakhan.
— ¿Cómo sabe que se trataba de ella?
— En ese entonces trabajaba en narcóticos, logré fotografiarla muchas veces en Brighton Beach.
— El barrio ruso. — dije para mí.
— Esa mujer dio a luz a una niña luego de huir de los rusos y supo esconderse muy bien. De hecho su apellido ni siquiera es Patterson. No sé cómo los evadió por tanto tiempo y ni siquiera huyó de la ciudad, pero estoy seguro de que esa niña es hija de un ruso. — Yo también. Ahora todo tenía sentido. No solo tenía facciones eslavas, no era cosa del azar, ella era rusa. Tenía que evitar que ese hombre se quedara con su custodia.
— Tal vez usted pueda ayudar con algunos casos sin resolver…
— Courtney no fue asesinada, estoy seguro. No habrían dejado a la niña viva junto al cadáver de su madre. Aunque viviera, la habrían secuestrado. No puedo ayudarlo, tengo que hacerme cargo de algunos asuntos importantes. Si no le molesta, voy de salida.
— No hay problema, pero piénselo. — me dio su tarjeta.
Cuando abrí la puerta todos estaban al final del pasillo. El detective se fue y yo los mire a todos. — Sé que tienen comunicación con ella, así que les pido que pase lo que pase no se lo digan. — Tengo que hacer algo al respecto. Aún no sé exactamente qué pero debo hacerlo.
Scarlett
Me atraparon en el subterráneo, no pude hacer nada. La mafia italiana me tenía en sus manos y por lo visto estaban cabreados. Nunca hice algo mal, no los delaté o traicioné y sin embargo iba en camino a mi ejecución. Apenas y conseguía mantenerme a salvo y conseguir dinero porque la mafia ya no era una opción. Cuando intenté acercarme a uno de los lugares donde se reunían, fui perseguida por un par de matones.
Era obvio que ya no era la camarera confiable, la mensajera cuidadosa o la chica que les decía tíos. Estaba sola y solo me quedaba tocar el violín y pedir limosna, cosa que era difícil durante el invierno. Marshall no me había llamado en días y yo ya no tenía salida. En el hogar de paso todos me miraban extraño y un par de chicas trataron de apuñalarme en el baño. Estaba en un verdadero infierno.
Ellos no hablaron mucho, escuché a uno hablar en italiano por teléfono, estaban avisando que me atraparon y me llevaban en camino. Si iba a morir prefería hacerlo tranquilamente, sin alterarme, por eso no peleé. Estaba cansada y el frío me entumeció día atrás. Vería pronto a Courtney y esperaba que estuviera sufriendo por todo lo que me hizo.
Cuando llegamos al edificio donde estaba ubicada la casa de un jefe italiano noté que había una fiesta. Era extraño que me llevaran en medio de una de sus reuniones sociales, tal vez querían que les sirviera los tragos por última vez antes de asesinarme.
Me llevaron por un ascensor y luego por un pasillo que llevaba a un enorme salón donde se realizaba la fiesta. Cruzamos el lugar y muchos de los que me conocían se sorprendieron. Las hijas de las fichas importantes me miraron asustadas, yo les agradaba, sus padres me encargaban cuidarlas en fiestas como estas. Entramos en una oficina.
— Tengo a los jefes de la mafia italiana y americana en videoconferencia, bambina, será mejor que nos convenzas de que no estas revolcándote con ese irlandés porque te negaste a trabajar para nosotros como una dama de compañía o bailarina, cuando tú y nosotros pudimos sacarle dinero a tus encantos. — Tragué duro.
Comencé con la historia. Les conté de dónde veníamos y porqué él obtuvo mi custodia. Quería ver a Jack otra vez, estar con él, y tal vez ésta era mi única oportunidad de lograrlo. Convencer a la mafia y pedir ayuda para que sobornaran jueces y todo lo que fuera necesario para regresar con él. Deberle a la mafia no era lo mejor, pero estaba desesperada.