Delicioso

Un mes después...

Claudia y Matt habían avanzado mucho con las terapias y ella ya no tenía ataques de ansiedad cuando él la tocaba y así mismo, ella lo tocaba sin sentirse incómoda. Durante las terapias buscó información sobre la sexualidad y las relaciones de pareja y se sorprendió al descubrir lo errada que estaba. Ya no tenía pesadillas y los recuerdos de aquel incidente eran cada vez más vagos y menos dolorosos. Ella y Matt se habían vuelto más cercanos compartiendo ese tipo de intimidad, aún no habían consumado el matrimonio completamente; pero aprendieron a conocerse y a entregarse sin egoísmo, al mismo tiempo en que se preocupaban por su propia satisfacción; era una mezcla de dar y recibir.

«Claudia, ¿nunca has pensado en buscar a tu madre?», el recuerdo de sus palabras retumbaba en su mente todos los días. Matt le había preguntado eso una semana atrás y ella no fue capaz de responder. En realidad, le daba mucho miedo volver a verla. Ya habían pasado veintiún años de su abandono.

—Reinita... —Matt se acercó a ella nervioso—. Te diré la razón de mi ausencia en estos últimos días, pero por favor, debes entender que lo hice por tu propio bien —informó con pesar—. Una de las cosas que te atan al pasado es el no saber qué pasó con tu madre. Yo conseguí esa información y solo te la daré si en verdad quieres saberla o estás lista para recibirla.

Claudia lo miró atónita y sin dar crédito a sus palabras, lágrimas cubrieron su rostro.

Dos días después Claudia se acercó a él con expresión arrepentida. Matt estaba sumido en sus pensamientos mientras se mecía en el columpio y ella se sentó a su lado.

—Matt, ¿me perdonas? —inquirió con timidez.

—Está bien, amor. Entiendo tu reacción, no te preocupes.

—Sí, quiero —dijo con voz apagada y ocultando la mirada—. Pero creo que debemos decirles a mis hermanas, ellas también deben saber.

—Está bien.

Matt, Claudia y las chicas se reunieron en una extraña ciudad y se dirigieron a una institución que trabajaba con personas con problemas de drogas. Allá se enteraron que su madre había muerto quince años atrás. Todas lloraron la muerte de su progenitora y, una vez recuperaron la compostura, la trabajadora social les contó su historia.

—Ella vino aquí porque quería recuperarse para ir a buscar a sus hijas a quienes tenía varios años sin ver. Siempre llevaba esa mochila vieja y la cuidaba como si fuera su tesoro. Debido a que nos dio un nombre falso, nunca pudimos encontrar a un familiar. Al parecer, ella se acostaba con hombres por droga y se contagió de una enfermedad por transmisión sexual y murió. Ella me pidió que les devolviera el contenido de la mochila a sus hijas, pero simplemente lo guardamos porque no sabíamos a quién acudir.

Claudia abrió la mochila y sus hermanas y ella sacaron el contenido. Todas empezaron a llorar al descubrir objetos personales y juguetes que pertenecían a ellas cuando eran niñas. En la mochila había una carta donde su madre les pedía perdón por dejarlas y les prometía que buscaría ayuda para superar su vicio e ir por ellas. Decía que tuvo que esconderse e irse lejos porque le temía a su esposo. Claudia vio algo en la mochila que le provocó una crisis nerviosa.

Al finalizar el día, Jimena y Cecilia regresaron a la ciudad; por otro lado, Claudia y Matt se dirigieron a la finca. Claudia se negaba a ver lo que le causó la crisis, así que Matt lo guardó.

Tres días después...

Claudia se levantó mucho mejor que los días anteriores. Después de un reconfortante baño, salió al patio donde su esposo estaba frente a un caballete con un lienzo que había empezado a ser pintado, pero la obra no estaba terminada. Al lado de él, había pinturas, pinceles y una paleta para combinar los colores. Claudia se acercó con timidez y él sostuvo su mano. Él la sentó en sus piernas, quedando ella frente al lienzo.

—Hablé con tu padre porque quedé intrigado y preocupado con tu reacción ante este lienzo. Él me explicó que eso fue un regalo de tu madre cuando cumpliste tus seis años. Me dijo que ustedes lo pintaban cada vez que regresabas del colegio y que un día llegaste y no la encontraste. Según él, te quedaste sentada frente a la puerta hasta que anocheció y él tuvo que regañarte para que te fueras a dormir.

Claudia empezó a llorar y él la abrazó por detrás, recostando su cabeza sobre su espalda que se agitaba con el llanto.

—Ella me prometió que haríamos una hermosa pintura y la colgaríamos en la casa. Ella me mintió —se lamentó entre lágrimas—. Le di la oportunidad de que regresara y cumpliera su promesa. Yo la vi marcharse la noche anterior. Estaba asustada y golpeada. Ella notó que la descubrí y me dijo que volvería pronto y que terminaríamos la pintura. Yo le creí y por eso la esperé cuando regresé del colegio, pero ella nunca llegó. Nunca llegó, Matt. —Lloraba desconsolada. Matt la volteó hacia él y la cubrió con sus brazos. Ella secó sus lágrimas y él le sonrió.

—Termina la pintura por las dos —propuso mientras acariciaba su cabello—. Ella no pudo regresar, pero deseaba hacerlo. No tomó la mejor decisión, sin embargo, creo que ella quería enmendar su error. Amor, debes perdonar a tu madre y superar su abandono.

Claudia tomó el pincel y la paleta de pintura. Mientras pintaba, las lágrimas cubrían su rostro. Cuando terminó, se tiró sobre su esposo y dejó salir ese llanto que se tragó cuando era una niña. Lloró por todas esas veces que se hizo la fuerte y fingió que nada le afectaba.

***

Había un festival en el pueblo donde los dueños de las fincas y sembradíos ponían caseta y vendían sus productos. Claudia estaba emocionada con la idea y decidió participar en la caseta de la finca Rosales, ya que pronto ella sería la dueña.

La actividad fue un éxito y Claudia estaba muy feliz. Por lo otro lado, Matt se había separado de ella para compartir un rato con sus amigos.

—¡Hoy es el día! —Claudia escuchó la voz de Patricia mientras regresaba de uno de los baños ambulantes. Se escondió detrás de uno y notó con quien hablaba la pelirroja. Era Gigi, la prima de Matt.

—Ya yo le di la nota a Matt. Con lo loquito que anda por ti, de seguro se encuentra contigo.

—Eso ni lo dudes. Hoy le voy a recordar lo que es una verdadera mujer.

Claudia se quedó helada al escucharlas. ¿Qué tipo de prima era aquella? Pero no debía preocuparse, Matt nunca la traicionaría.

Claudia buscó a Matt por todo el lugar y no lo encontró. Preguntó a sus amigos y ellos le dijeron que él se había marchado con Patricia. Sintió como su corazón se arrugó del dolor. Debía pensar con cordura y esperar, tal vez solo era un mal entendido.

Claudia preguntó a dónde lo vieron irse y ella siguió las indicaciones. Uno de ellos palmó el hombro del hablador con desaprobación por haber delatado a su amigo.

Ella entró por unos matorrales y escuchó unos gemidos. Lágrimas cubrieron sus ojos al entender lo que sucedía allí. No sabía si irse y dejarlos disfrutar su traición o dañarles el momento. Se acercó para enfrentarlo y la vergüenza la abordó. Esa era Patricia, pero ese no era Matt.

—¡¿Qué crees que haces, pervertida?! —La chica que todavía seguía pegada a aquel hombre, le reclamó molesta. Claudia se alejó corriendo de allí con la cara más roja que un tomate.

—Señora Páez, su esposo le dejó esta nota. —Uno de los sirvientes le pasó un papel. Ella regresó con los agricultores, ya que no encontró a Matt. Estaba molesta porque él se desapareció sin decirle nada. Leyó la nota y la arrugó. Se dirigió a la finca y tomó un caballo. Matt la había enseñado a montar los primeros días que llegaron a la casa. Ella se dirigió a una gran laguna que estaba al final de la finca, amarró el caballo cuando llegó y se quedó deslumbrada al ver aquella hermosa choza rodeada de luces. Matt estaba en un gran sofá cubierto con una sábana frente a la laguna. Había una pequeña mesa con un vino y chocolates. Claudia se acercó con timidez y él le brindó una hermosa sonrisa que, para ella, brillaba más que aquella hermosa luna y esas estrellas que adornaban el oscuro cielo.

—Conque lo hiciste a propósito... —lo abordó enarcando una ceja. Matt la atrajo hacia él y la acurrucó entre sus brazos.

—¿Dónde te metiste? —le reclamó—. Quería darte la nota personalmente, pero me dijeron que fuiste a buscar a alguien.

—Sí, tarado, a ti. No te imaginas la vergüenza que pasé. Fui testigo de un revolcón porque me dijeron que te citaste con la arpía roja esa. Creí que eras tú quien se la estaba... ya sabes, eso —dijo sonrojada y él estalló de la risa.

—Eso nunca va a pasar. ¿Sabes por qué? Porque a la única que me quiero... —la miró burlón— eso que ya tú sabes —bromeó— es a ti. Ella me dijo que quería hablar algo importante y le di el beneficio de la duda, claro, luego me arrepentí porque empezó a insinuarse. Puesto que la rechacé me dijo que yo me lo pierdo y se marchó enojada. Mira qué lindo, encontró a otro que le apagara el fuego. —Rio divertido.

—Entonces… ¿No te importa que haya estado con otro?

—Tu pregunta me ofende, amor. Me importa un pepino lo que esa mujer haga con su vida. Solo me importas tú y quiero que pasemos una noche agradable hoy. Sin rutinas médicas sin presiones y sin esperar nada. Solo disfrutar el momento. ¿Qué dices?

—¿Cómo negarme a eso? —Claudia besó sus labios y luego se sentó al lado de él y se arropó con la sábana. Ambos tenían los pies sobre el sofá y reían de sus chistes malos y los recuerdos de su niñez mientras degustaban el vino y los chocolates.

—Te amo, reinita.

—Yo también te amo, Matt.

Ambos se besaron lentamente. Disfrutaban las diferentes sensaciones que ese beso les brindaba.

—Delicioso... —Claudia suspiró al degustar sus dulces labios que sabían a vino y chocolate. Estaba extasiada y fascinada ante aquel goce. Sus lenguas jugaban a la par y sus manos buscaban piel que acariciar. Poco a poco se fueron deshaciendo de sus ropas hasta quedar completamente desnudos.

«Deliciosos tus frutos que se endurecen al contacto, tu néctar y tu perfume me enloquecen, amor».

«Delicioso... cómo te aferras a mí y me haces viajar lejos de aquí... Tus caricias me enloquecen y estremecen... ¡Qué delicioso... qué delicioso deleite!»

Claudia gemía ante sus besos, su corazón se descontroló y su respiración se volvió un caos.

—Eres deliciosa... —Matt susurró en su oído y Claudia sentía que perdía las fuerzas. Entonces, ella le dio acceso y esperaba ansiosa sentirlo dentro.

—Estoy lista, amor —expresó llena de deseo. Él sonrió y sus ojos emanaban gran felicidad. Entonces, un quejido de dolor salió de los labios de ella, pero él no se detuvo porque sabía que era normal. Poco a poco se fueron compenetrando hasta que se movían a la par. Sus corazones acelerados y sus respiraciones agitadas, su piel enrojecida y olas de placer los hacía aferrarse más, como si fuera posible estar más unidos. Entonces, con movimientos más rápidos, Claudia conoció lo que era llegar al clímax, pegada a su esposo como si fueran piezas que se incrustan a la perfección. Ambos se miraban a los ojos maravillados de aquella deliciosa y relajante sensación. Los sudores recorrían sus cuerpos y aún se les dificultaba respirar. Él besó sus labios con amor. Ella se abrazó más a él, sintiendo que por fin eran una sola carne. Por fin habían consumado su matrimonio y nunca se habían sentido tan unidos y enamorados como en ese momento.

—Grandulón, eso fue... ¡Delicioso!

23 dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.

24 por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

25 Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.

—Fragmento sacado del libro de Genesis, Biblia—

🔥Fin🔥

Autora: Muchas gracias por leer la serie, espero que haya sido de su agrado.

Agradezco mucho que hayan llegado hasta aquí. Les invito a visitar mis redes para más contenidos y si quieren ponerse en contacto conmigo: Facebook: Angie Pichardo Escritora, Angie Pérez. IG: goldendreamer7 Whatsapp: +1 809-319-5802

Por favor ayúndeme a llegar a otros lectores compartiendo mis historias; gracias de antemano por todo el apoyo.

¡Besos chocolatosos!