Cap. 47 Al filo de lo extremo

Entrando en el cuerpo de Wendt, decidí quedarme y prestar atención, tal vez, en cualquier momento haga acto de presencia el secuestrador o quien sea que haya dado la orden. Era exasperante no poder sentir o hacer algo al respecto. A veces Wendt, probaba constantemente sus ataduras, afinaba sus oídos por alguna señal. La tenían esposada. Humedeciendo la boca con su lengua se percata que tenía una parte de los labios hinchada, fruto de los golpes recibidos. Ella también se preguntaba que había pasado. Haciendo recuento del día… su mente vagó hasta el instante en que todo se volvió negro. Fue en la hora del almuerzo, había bajado al estacionamiento y precisamente a pocos pasos de llegar a su auto, un vigilante la llama, parecía querer informarle de algo. Un fuego nubló su visión y un dolor punzante detrás de su cabeza la dejó sin conciencia, los venezolanos le decimos a un golpe de ese calibre: “le sacaron el chispero”, como en las caricaturas ¿saben?, en el momento que reciben un fuerte golpe y los ponen a ver estrellas. Movió ligeramente su cabeza para relajarse y sintió una punzada de dolor en la nuca seguida de un mareo, así que le habían golpeado y seguramente tenía una fuerte contusión. Una parte de mi respiró de alivio, no había sido otro Errante quien la secuestró, sin embargo, el latente peligro aun persistía, ¿Y si eran personas que trabajan con Errantes?, porque si ellos ya sabían de mi, sería lógico que supieran que ella era mi vinculada, por lo tanto, la idea de llegar a mi sin mojar sus manos, sería a través de ella, pero Silvana, ¿Dónde está Silvana?, ya ella debería haber percibido la esencia de Wendt, su rastro. Otro nombre golpeó mi mente, Steineer, si le decía a Steineer, ese voltearía media Caracas por encontrarla ─ Meyer. Dame el teléfono ─ exigí volviendo a mi cuerpo. ─ ¿A quién llamará? ─ A Steineer ─ ¿Está segura? ─ Completamente ─ Sabe que Steineer podría declarar otra guerra mundial más por encontrar a su vinculada ─ Y no me importa ─ repliqué arrebatando el teléfono de sus manos. ─ Mi Führer ─ ¿Qué, Wagner? ─ Entiendo su desesperación, de verdad que si, y no solo yo, todos la entendemos, pero aun falta para el anochecer en Venezuela ─ Mierda ─ mascullé con los dientes apretados, era cierto, Steineer aun seguía en letargo.

Lo bueno de haber robado un avión es… que cuando llegáramos a Venezuela, allá sería de noche y yo aun seguiría despierta, ¿no es eso genial?, así que… el que haya secuestrado a mi vinculada, que se agarre bien esas nalgas porque se las voy a partir a punta de patadas.

Mis cálculos son una vaina arrecha, tal y como esperaba, llegamos en la noche a Venezuela, con lo que no conté fue, que el avión no se encontraba lo suficientemente abastecido para llegar a un aeropuerto, eso quería decir que nos estrellaríamos apenas entráramos en mares territoriales venezolanos, ¡mierda!, un buen trecho tendríamos que nadar si el avión se estrellase en ese punto, pero si queríamos llegar, aunque sea a la playa… ─ ¡Elevaré el avión! ¡Sujétense! ─ anunció Oliver y todos nos aferramos a nuestros asientos en espera del punto de altura máximo, ese mismo punto, los motores colapsarían y solo planearíamos un par de kilómetros antes de saltar, ¿Por qué saltar? Porque Meyer encontró tres paracaídas cerca de la cabina del piloto.

Los motores comenzaron a fallar, las radios a hacer llamados de identificación y Oliver sin responder. ¡Muchacho!, a buena locura íbamos a cometer. Oliver, Meyer y Becker, fueron los que se pusieron los paracaídas, dejando a Schulz a Wagner y a mi, totalmente libres, los seis portábamos lentes, unos de seguridad, otros de esos que se usan para estos tipos de casos y uno de sol, y adivinen quien tenía los lentes de sol, pues Meyer, quería lanzarse al vacío con estilo. ─ Malvado loco de mierda ─ musité para mis adentros. ¿Cuál era la idea? Saltar aferrándonos a ellos mientras caíamos. Durante el descenso, planearíamos hasta cierta altura, luego nos sujetaríamos con fuerza para que a la hora de abrir el paracaídas, no fuéramos a ser un intento fallido de Peter Pan. ─ ¡¿Están seguros de hacer esto?!, ¡porque yo realmente lo estoy pensando! ─ dije en voz alta frotando mis manos de los nervios al ver delante de mi semejante caída. Nos encontrábamos a más de 42 mil metros de altura y… aunque la vista prometía una cosa maravillosa, la caída no aseguraba lo mismo, causando un vacío en mis intestinos a causa del vértigo, que juro que si fuera humana, ya me estaría haciendo encima. ─ ¡Mi Führer…! ¡¿Está completamente segura de querer hacerlo?! ─ gritó Wagner sobre el ruido del viento colándose por la puerta de abordaje, él, también se veía un poco dudoso. ─ ¡Debemos saltar! ¡No tenemos mucho tiempo antes del que avión comience a desplomarse! ─ advirtió Oliver sobre mi hombro, y yo sin despegar la vista de lo que prometía ser un viaje sin retorno. Tuve que tomar varias respiraciones profundas antes de tomar la decisión, y sin embargo, no me sentía tan segura, ahora que veía lo que me esperaba. ─ ¡¿No hay otra forma?! ─ le pregunté a Oliver con ojitos suplicantes, pero él, simplemente, se limitó a negar con la cabeza.

Wagner, Becker, Meyer y Schulz, si saltaron después de habérselo pensado mil veces, desde luego, no sin antes de gritar palabrotas al momento de lanzarse a la emocionante aventura. Solo quedaba yo, aun abordo, aferrándome en el umbral del avión, con mis piernas tiritando como dos palitos a punto de romperse, viéndolos caer como puntos negros en el vacío. ─ ¡Elisa…! ─ ¡No! ─ ¡Elisa, el avión…! ─ ¡Dije que no, Oliver! ─ protestaba sin siquiera verle a la cara, siempre fija hacia la enorme y larga caída, que de paso, era de noche. ─ ¡Elisa, no hay tiempo! ─ ¡Oliver no. Está muy…! ¡HAAAAAAAA! ─ el muy cara de culo me empujó, ¿pueden creer semejante… semejante…? (gruñido de frustración).

Durante la caída, no sé si me escuchó, pero las groserías que le solté, fueron dignas de armar un buen diccionario mientras pataleaba como una loca en busca de aferrarme a algo. Creo que le recordé hasta el día en que nació. Como pudo, él se acercó a mí, con la gracia de todo un paracaidista, como si no fuera la primera vez que lo hacía, me sujetó y me gritó en el oído que hiciera lo mismo que él. Fulminándolo con la mirada, lo hice, tenía que ponerme boca abajo con mis brazos y piernas extendidos, él se posicionó detrás de mi, y con unos arneses y correas de emergencia del paracaídas, me sujetó a su firme cuerpo, sus manos las deslizaron sobre mis brazos hasta entrelazar sus dedos con los míos. ─ ¡Obsérvalos! ─ me gritó al oído, de verdad es que esta caída dejaba a uno sordo, pero era por los fuertes vientos que nos golpeaban al caer. Y lo que me señalaba Oliver, era que viera a los muchachos, ellos, también, hicieron lo mismo. ─ ¡Vamos a alcanzarlos! ─ indicó y yo asentí. Él tomó el control de la situación y ahora en mi bullía la emoción, la… adrenalina de saltar en paracaídas. Guiándome, pusimos nuestros cuerpos en línea recta y nos inclinamos hasta quedar a unos 45 grados, logrando ganar más velocidad. Yo simplemente me dejé llevar por Oliver, ni siquiera pensaba, solo… no tenía palabras para esto.

Oliver soltó mi mano por un momento, para indicarles a los muchachos que ya era hora de abrir los paracaídas, todos asintieron y tiraron de sus arneses. La apertura se hizo en secuencia, el primero fue Becker, seguido de Meyer, pero cuando Oliver estuvo a punto de tirar su arnés, vio que las correas de seguridad que sujetaban a Schulz de Meyer, fallaron, abriéndose completamente, pero los reflejos de Meyer no fueron suficientes para evitar que Schulz siguiera de largo en una caída libre. ─ ¡Tenemos que hacer algo! ─ grité y Oliver tomó otra vez el control y volvimos a inclinarnos para tomar velocidad mientras planeábamos en el aire. Los gritos de Schulz eran desesperantes, era como verlo querer nadar con desespero en el aire.

Oliver planeaba con gracia hacia Schulz, en mi gritaba una y otra vez prometiéndome que no perdería a otro buen soldado. ─ ¡Schulz! ─ grité ofreciendo mis manos, prácticamente nos encontrábamos un par de buenos metros de él. ─ ¡Que tome tus manos y con sus piernas las enrede con las mías! ─ indicó Oliver manteniendo el control de su planear. ─ ¡¿Crees que las correas aguanten?! ─ él asintió. Di gracias a Dios que nuestros sentidos del oído eran una cosa única ─ ¡Atenta, Elisa! ─ asentí preparándome para el momento. Tendríamos solamente una oportunidad, si fallaba en atajar a Schulz, sería el final para él. Humedecí mis labios, no sabía cuantos metros nos faltaba para el impacto contra la tierra, no debía ser mucha porque ya podía ver las luces de todas esas casas y carreteras. Oliver se mantuvo estable por un par de segundos y… ─ ¡Ahora! ─ Schulz buscó de aferrarse mis manos, y se podría decir que el tiempo se había ralentizado, porque lo vi con prístina claridad durante el momento de la caída. Vi sus manos buscar las mías, pero el viento, la fuerza de la caída… no la teníamos fácil. Apreté mis dientes al instante de sujetarlo con fuerza por los antebrazos, me valía mierda si se los fracturaba, total, se curaría antes de pisar tierra. En ese mismo latido, lo balaceé hacia mí, y él enredó sus piernas con las de Oliver. Él tiró de su arnés para abrir el paracaídas, yo me había quedado sin aire por el impacto de la frenada al abrirse y rogué para que Schulz no se desprendiera de nuevo por el impacto de la apertura, aferrándolo con fuerza a mí. Cuando vi que era seguro… ─ Encarámate en su espalda ─ ¿Qué? ─ Que te montes en su espalda, coño ─ como pudo, casi como una araña, se fue moviendo hacia la espalda de Oliver.

El resto del descenso fue sin problemas, solo que oraba por dentro para que la tela del paracaídas no se rompiera, y fue la suerte que tuvimos, caímos en plena orilla de playa. Bueno… orilla de lo que se dice orilla, orilla, no. Caímos en el agua, pero no era tan profunda, podíamos salir caminando, pero debíamos quitarnos todo el equipo antes de que las olas nos arrastrasen con todo y paracaídas. En la distancia pudimos apreciar como barcos y botes de rescatistas se lanzaban donde había impactado el avión, supongo que no debía quedar mucho después de la estrellada. Preocupada, revisé los bolsillos del abrigo, buscaba el diario del padre Mitchell. Cuando lo encontré, suspiré de alivio, no se había mojado, se encontraba en uno de los bolsillos internos. Meyer y Becker gritaban entusiasmados por la proeza lograda, alzaban sus manos en triunfo, chocaban palmas y se abrazaban. Por una parte los entendí, la experiencia fue de lo más excitante, pero… ─ ¿Cuándo volveremos hacerlo? ─ preguntó Meyer esperanzado por un “si” de mi parte, pero en vez de eso, se ganó par de miradas planas de parte de Schulz y mía, como dije, la experiencia fue de lo mejor, pero no querría volverla a repetir, sobre todo con el madre susto que pasé de casi haber perdido a otro buen soldado. ─ Si quieres volver a saltar. Salta con la mamá tuya. No cuenten conmigo ─ repliqué iniciando la marcha. ─ ¿Qué? ─ preguntó Meyer totalmente asombrado, sin tener la menor idea que fue lo que había dicho mal, ganándose una buena palmada en la nuca de parte de Wagner.

─ ¿Dónde estamos, mi Führer? ─ preguntó Becker estudiando su entorno, se pasaba una mano por su cabello mientras lo hacía, y era irónico porque… yo tampoco sabía. Habíamos caminado unos buenos quince a veinte minutos, sorteando monte y más monte, buscando la forma de salir de allí, tal vez hacia una carretera o… un caserío para poder pedir orientación o algo. ─ Ni ide… ─ y la respuesta cayó como una piedra en mi cara. ─ Bienvenidos a la perla de Cariaco ─ decía el anuncio a orillas de la carretera. Se trataba del cartel de un hotel turístico de la zona. Mi única respuesta a ello fue reírme amargamente peinándome con los dedos, Dios, esto no podría estar pasándome, habíamos aterrizado en el estado Sucre.

Sin siquiera pedir permiso, entramos al estacionamiento del hotel, buscábamos alguna forma de traslado y que fuera rápido, ya estaba arrecha de que todo me saliera a medias. ─ ¡Mi Führer! ─ llamó Wagner. Ho si. Por eso digo, amo a mis muchachos. Wagner señalaba un Fayland 500, muy bien cuidado del año, color plateado con franjas rojas que surcaban la carrocería por los costados, unos tribales bien elaborados, neumáticos nuevos, anchos y su motor contaba con respiradores, eso quería decir que esa preciosura debía tener aditivos que la hacían pedir a gritos correr. Me acerqué en una ligera carrerilla entusiasmada, lo abracé y le di un beso bien sonoro en la mejilla, eso le sorprendió muchísimo. ─ Eres el mejor, Wagner ─ por su expresión, el muchacho se había sonrojado, pero no había tiempo para ello. De un solo puñetazo partí el cristal y la alarma se disparó. ─ No se preocupe, mi Führer ─ dijo Becker abriendo el auto y se arrastraba donde se encontraba el acelerador y el freno, tiró de un panel y… ─ Amo esta parte ─ dijo mientras unía cables y callaba la alarma, se levantó y… ─ Todos a bordo ─ llamó haciendo ronronear el motor de esa belleza. Si, esa hermosa máquina pedía a gritos correr con todo. ─ Ya sabes lo que voy a decir ─ anuncié dándole unas palmaditas en el hombro antes de abordar el auto, él simplemente se limitó a sonreír con travesura diciendo: ─ No se diga más, mi Führer ─.

Salimos a todo lo que daba el auto, rompimos bardas de seguridad y tomamos la carretera nacional, le di unas indicaciones a Becker para que tomáramos carretera por vía los llanos, que de todos modos, había anuncios que indicaba por donde tomar hacía Guarico. Una vez allí… ─ Mi Führer ─ llamó Becker interrumpiendo mis pensamientos para señalarme una señal que indicaba diciendo: Guiria, Carúpano, Cumana. ─ Sigue esa vía ─ ordené y me dispuse a centrarme en Wendt. Por lo menos no le había pasado nada, y no saben como eso me angustiaba, pero me alentaba, porque aun podía sentirla. Bien, entrando una vez más en su cuerpo, pude oír a varios hombres hablar dentro de aquella habitación o presumía yo que era una habitación, porque no había eco en ella y si no había eco en ella era porque se encontraba amoblada, y mi querida vinculada llegó a las mismas conclusiones que yo. Amo a mi hermana.

Los sujetos hablaban de haber llamado para pedir un rescate, exigiendo una alta cantidad de dinero, pero por la forma en que decían sus planes, era más que evidente que no dejarían con vida, ni al secuestrado, ni la persona que haría entrega del dinero, por lo tanto, debía encontrar un teléfono cuanto antes, necesitaba comunicarme con Olga o Ruth, ya esta ausencia de Silvana me tenía hasta el borde. Todo eso se lo informé a Oliver, que no hizo más que asentir contemplativamente. En fin. Wendt aun portaba aquella estresante venda en los ojos, expectante de lo que sería el próximo paso de los secuestradores, no obstante, en mi mente se entretejían posibles idiotas que se les pasara por la mente de antojarse de nosotras, pero la lista era larga. Les habíamos jodido la vida a más de un traficante, pandillas o proxenetas de Caracas, pero no me importaba ¿saben? Porque… así como ellos le joden la vida al humilde y al trabajador con sus basuras, yo igual podía hacer lo mismo.

Una fuerte mano la sujeta por la muñeca. Wendt gruñe luchando para quitárselo de encima, pero era inútil, se encontraba esposada. ─ Quieta, quieta ─ repetía el hombre como si Wendt fuera una clase de yegua, y no saben como odié eso. Un leve pinchazo se sintió en su brazo… no… no, no, no, no ¡coño no! la estaban sedando. No podía permitirlo, pero… ¿Qué podía hacer?, me encontraba a kilómetros de ella. Las voces de los secuestradores comenzaron a oírse lejanamente distorsionadas. Wendt luchaba por mantenerse consciente, pero era en vano, sacudió su cabeza y… algo pasó. Inesperadamente todo se volvió un revuelo de gritos, disparos y corredera. Destrozos de toda clase reverberaron durante todo aquel caos, lo bueno es que Wendt no fue alcanzada por nada de ello, al contrario, una mano le sujetó con firmeza y la levantó con gentileza. Quien la había tomado, le hablaba, pero ella lo escuchaba lejano. Sus pies no respondían, y quien la había sacado, se encargó de llevarla con cuidado. Wendt cae al suelo golpeándose la cabeza, y por ello, casi pierdo la conexión. Más disparos sonaron, un par de ráfagas de semiautomáticas respondieron. Sea quien sea que la rescató, era diestro con las armas, porque volvió a sujetar a Wendt con cuidado y la siguió llevando después de haber intercambiado un par de disparos. La voz le seguía hablando, supuse que trataba de alentarla en no quedarse dormida, pero cada vez se le hacía más imposible mantenerse. Sus pasos sucumbían, sus piernas cedían hasta que no pudo más y se perdió en la inconsciencia.

Abrí mis ojos totalmente angustiada, buscaba con la mirada posibles formas de que el auto corriera más rápido, pero no podía hacer nada, pude notar que en el tacómetro, Becker le estaba sacando hasta lo último al motor, su rostro era una máscara de concentración tras el volante, Wagner y Meyer igual, Oliver era el único que me miraba desde el asiento del copiloto. ─ ¿Algo pasó? ─ preguntó. ─ Alguien… alguien entró y la sacó, pero… ─ ¿Qué? ─ No lo sé, perdió el conocimiento debido a que la sedaron ─ todos me dieron una mirada insondable, pero algo me decía que todos pensaban lo mismo, desatarían toda una guerra solo por encontrar a los causantes y les harían torturas muy creativas, y si no eran ellos, todo aquel que quisiera ocurrírseles una idea similar, les harían sufrir terrores peores que en el infierno.

Tomamos una desviación, íbamos directo a una gasolinera, eso me consternó muchísimo. Aunque ya habíamos corrido un buen trecho de carretera, yo quería seguir de igual manera, vi en el salpicadero del auto la hora, cuatro y media de la madrugada y la estación aun seguía en funcionamiento, varios buses y expresos llenaban sus tanques mientras que los pasajeros y algunos chóferes, se tomaban un momento para estirar las piernas, era una estación de gasolina en las afueras de Guiria. ─ ¿Por qué nos detenemos? ─ Necesitamos llenar el tanque, mi Führer ─ contestó Becker señalando la aguja del tanque de la gasolina. Nos quedaba cuarto de tanque. ─ ¿Y como coño piensan…? ─ y la respuesta me llegó sola al ver aquella media sonrisa de Becker. No tenía pensado hacer tal cosa, por lo menos pagar el llenado ─ ¿Por qué no hace su llamada, mi Führer? ─ propuso Wagner tendiendo su mano para ayudarme a salir, y al escuchar tal propuesta, pensé en Steineer. Busqué por los alrededores de un teléfono público y… bingo. Corrí hasta él y como no tenía monedas… ¡Bam!, le di madre tanganazo al teléfono y comenzaron a llover monedas de ella. Tomé una y la inserté, marqué y esperé a que me cayera la llamada, si Steineer no contestaba, era más que seguro que ya iría de camino a destrozar lo que se encontrara a su paso para rescatar a mí hermana. ─ ¿Buenas noches? ─ ¿Steineer? ─ ¿Mi Führer? ─ Wendt… ─ Estoy al tanto de la situación, en este momento, me estoy moviendo con mis muchachos ─ Dios mío no saben como me sentí de aliviada, un gran peso se me había quitado de encima al saber semejante noticia, ¿pero porqué se tardaban tanto? ─ Steineer… tienes que saber algo: Alguien está intentando rescatar a Wendt, no me preguntes como lo sé, simplemente lo sé y punto ─ Entiendo, mi Führer ─ ¿Con quién estás? ─ Parte del escuadrón ─ ¿Y Olga y Ruth? ¿No has visto a Silvana? ─ No mi Führer. Ruth nos acompaña, en cambio la señorita Olga se quedó con los niños ─ Bien. Cualquier cosa o cambio de situación, mantengan a Olga informada. Yo ya estoy en camino para Caracas ─ Si, mi Führer ─.

Colgué y por un momento tuve una ligera inquietud. Si no era Steineer, ¿Quién coño fue a salvar a Wendt?, ¿En realidad la fueron a rescatar? Di un par de pasos con toda la intención de seguir nuestro camino, pero… ¿Por qué no?, recogí un par de puñados de las monedas que se habían caído y… ahora era una maraca andante. Un joven comienza a llamarme con la disposición de reclamarme por lo que había hecho, pero en realidad no estaba de humor para tonterías, tenía cosas más importantes que atender. Con una simple mirada sobre mi hombro, uno de mis muchachos se interpuso como un guardaespaldas, en realidad intimidábamos, todos vestidos con uniformes de combate negro y armas adornando bajo nuestros abrigos. ─ ¿Está todo listo? ─ Si, mi Führer ─ Andando entonces ─ ordené lanzándole una moneda a Becker para que pagara la gasolina. ─ Creo que esto le interesará verlo, mi Führer ─ anunció atajando la moneda. Tenía abierto el maletero y la tapa del motor del auto. Y vaya sorpresa que me llevé, nuestro amigo era todo un aventurero, un fanático de las armas. ─ Mi Führer ─ era Meyer haciendo entrega de un carnet, un militar de alto rango retirado. ─ ¿En qué peo nos metimos? ─ pensé con una mueca negando en silencio. En fin, ya el daño estaba hecho, no podíamos hacer nada. ─ Que no recuerde nuestros rostros, ni que estuvimos aquí ─ ordené a Wagner abordando el auto, él aun se encontraba siendo una muralla entre el pequeño idiota y yo. ─ Si, mi Führer ─ en cuestión de un minuto, volvimos a la carretera.

─ ¿Puedo conservar el auto, mi Führer? ─ le di una mirada a Becker, se veía encantado con la potencia que desarrollaba y la fuerza con la que rugía el motor, es que correr en un Fayland y que este pueda alcanzar una velocidad de casi los 300Km por hora… ─ Primero enfoquémonos en rescatar a mi vinculada. Si el dueño no reclama el auto… por mi está bien ─ la media sonrisa de Becker estuvo llena de esperanzas, se podía apreciar en su mente, la avalancha de ideas que le agregaría a esa maravillosa máquina para que alcanzara más velocidad.

Volví a intentar entrar en la mente de Wendt, pero fue imposible, aun seguía sedada. ─ Mierda ─ farfullé en mi mente, aun tenía aquella intriga palpitando en mi cabeza de saber quien se había adelantado en sacar a Wendt de allí. Volví a mi cuerpo, necesitaba hacer algo o me volvería loca. ─ ¡La carta! ─ la carta de Zimmerman. Hurgué en el bolsillo y la saqué, releí las indicaciones, ya sea que… para la hora de un combate, no cometiera una burrada y terminase lastimándome a mi misma o alguien de mi equipo. Lo del cuchillo me encantó, ese dispensador y canales agregados a lo largo de la hoja… eso quería decir que… donde cortara o apuñalara, el golpe administraría una cantidad letal de veneno o ácido, todo depende de lo que le suministre al cuchillo, el ácido sería genial porque evitaría que algún enemigo Errante sanara rápidamente, eso me daría una mayor ventaja en la batalla. El brazal era otra cosa, buscaba de entenderlo, pero… era un poco complicado, esperaba no usarlo hasta estar bien segura de cómo funcionaba y lo practicara para no cometer errores, ¿Para qué carajo eran esos cuatro anillos?, cada uno para un dedo, eso era obvio. Ya después vería eso.

Dieciocho jodidas horas de carretera, no se imaginan la frustración de cinco locos en letargo en la parte trasera de un auto, y Oliver manejando más abrigado que momia en invierno para que no le pegara el sol de lleno. Debía recompensarlo cuando llegáramos a la capital, tal vez con unas vacaciones o un día libre, ¿Qué sé yo? ya vería después de encontrar a Wendt.

Llegando a la gran Caracas, ya era un paso menos a nuestro destino, sin embargo, el pobre carrito ya no daba para más, se le había sacado hasta lo último sin parar, ya que el motor llegó echando humo, quedándonos varados en Petare. ─ ¿Qué hacemos? ─ preguntó Wagner recostándose del auto, en cambio Becker lloraba como un niño sobre el volante por el auto. Revisando mis bolsillos, saqué más monedas y corrí a un teléfono público. ─ ¿Hola? ─ ¿Olga? ─ ¿Mi Führer? ─ ¿Qué ha pasado? ─ Ya todos están aquí. La estamos esperando ─ ¿Todos? ¿Quiénes todos? ─ Todos ─ ¿Wendt está allí? ─ ella guardó silencio, eso me frustró, ─ Olga… ─ Si mi Führer, ella está aquí ─ mis piernas estuvieron cerca, muy cerca de flaquear del alivio. ─ ¿Mi Führer? ─ Si… he… si, Olga, aquí estoy… estamos accidentados. Llegamos a Caracas… bueno parte ─ ¿Dónde están? ─ En Petare ─ Enviaré a alguien para que los recoja ─ Aquí estaremos ─.

Corté la llamada y casi me eché a llorar apoyándome de la pared, Dios, habían encontrado a Wendt y estaba bien, por tal notición no dudé en informarle a Oliver y a los muchachos, y por ello no pudieron evitar celebrarlo chocando palmas y abrazos de machos alfas (risilla) en cambio Oliver… él solo asintió, se acercó a mi y… me abrazó, ¡Ay María Purísima!, si con la noticia del rescate de Wendt casi me da una vaina de la alegría y el alivio, en los brazos de Oliver me sentí derretir. Todo se mezcló, el alivio, la felicidad del rescate. Bueno… la felicidad de disfrutar ese abrazo, abrazo que me devolvía parte del aliento y las fuerzas. Pero… ¿Quién rescató a Wendt?, esa pregunta aun me intrigaba, esa pregunta cortó todo el momento, ¿Habría sido Silvana?, y si no fue ella… ¿Quién pudo haber sido?