Cap. 46 Entendimientos y saberes.
Entramos a mi despacho. Uy, eso suena grandote ¿no? Mi despacho, ¿Quién se lo iba a imaginar? Yo, Elisa Carvajal, atendiendo en mi propio despacho. Tenía que morirme para que esta vaina sucediera. Es que la vida es una verga arrecha. Bueno, como venía contando. Entramos a mi despacho, una habitación bastante grande, ventanales de suelo a techo en la que colgaban pesadas cortinas blancas aterciopeladas con bordados dorados y borlas igual de doradas, un atlas cerca de uno de los libreros, no contaba con chimenea, pero si de buena iluminación, mi escritorio era de pino labrado, me encantaba ese escritorio, no por lo labrado, el aroma me relajaba. Le ofrecí asiento y algo de beber. Obviamente no quiso nada, pero nada se me quitaba con ser cortés. Me recosté del escritorio y la contemplé seriamente. ─ ¿Qué? ─ preguntó tras haber transcurrido varios latidos en silencio. ─ (suspiro) Nada, es solo que… no me decido que hacer contigo ─ ¿Hacer con…migo? ─ sus latidos se volvieron a acelerar. ─ Descuida, no es nada malo. Además, sangre de puta no me apetece ─ pensé, pero no lo dije, ustedes saben, por decencia y esas cosas.
Después de sopesar las ideas, decidí por ser franca y hablar desde el principio. ─ Molly, hay una cosa en la que no te has equivocado y es que… soy quien manda aquí. ─ rodeé el escritorio, tomé mi lugar y le conté todo. Bueno… todo, todo, lo que se dice todo… no, eso no, solo lo que necesitaba saber, ¿Qué pensaban? ¿Que obligaría a uno de mis muchachos a vincularse con ella? ¿Qué la consideraría como candidata a volverla una Errante?, ¡Qué asco!, ¡No! Ni soñando. Simplemente le ofrecí las posibilidades de trabajar y estudiar. De… crecer, que todo lo demás dependería de ella en el futuro. ─ Lo que te estoy ofreciendo, Molly, es una vida mejor de la que tenías antes ─ ¿No tengo que venderte mi alma? ─ rodé la mirada en frustración, le di una mirada plana y dije: ─ Por enésima vez. No. No tienes que venderme nada ─ Pero… ─ Molly… lo que tienes que entender es: que estoy aquí para joderles la paciencia a los otros seres como yo. Que mientras más personas ayudo, ellos se… molestarán muchísimo ─ ¿Qué gana usted con eso? ─ Simple. Que se descuiden y yo los mato. Esos seres, Molly, son personas horribles, capaces de hacer daño por placer, por diversión. Los humanos… son sus juguetes, les ofrecen paraísos a medias para que sigan sus juegos ─ Y usted está en contra ─ Exacto. Ahora… ¿Qué dices? ─ sus ojos brillaban, brillaban de emoción de… euforia, estaba más que entusiasmada, lo que no me esperaba fue su respuesta. ─ Quiero unirme a ustedes. Ser como ustedes ─ si hubiera estado bebiendo o sirviendo algo de sangre, me hubiera ahogado o derramado todo, pero gracias a Dios que no, en cambio mi respuesta fue un: ─ ¿Qué? ─.
Como Errante, mis sentidos están al doble de afinados, pero ciertamente creí haber escuchado mal la respuesta de esta plasta de mierda. Pensé que con lo explicado, meditaría bien las cosas y desearía tener una vida normal, si Silvana fingía ser una idiota de primera mano, esta lo era sin fingir en nada, ¿Cómo se le ocurre semejante estupidez? ─ Perdón, ¿Qué dijiste? ─ pregunté sin creérmelo todavía, hace un par de horas nos quería lejos, nos temía, éramos unos monstruos del infierno, ¿ahora nos admiraba? Debí haber dejado que siguiera creyendo que éramos los malos. ─ Quiero ser parte de ustedes ─ dijo con firmeza, segura de lo que quería, froté mi rostro con mis manos tratando de controlar mi temperamento. ─ ¿No has escuchado nada de lo que te dije? ─ Si ─ afirmó enérgicamente con sus ojos muy abiertos, muy segura en su respuesta. Suspiré frotando mi rostro en frustración nuevamente, tenía que contar o cometería una tragedia con ella. Perdónala señor que no sabe lo que dice, ni lo que pide. ─ Molly. Nos jugamos todo en esta guerra, la vida incluida ─ Pero si ustedes… ─ ¡Estamos muertos! Molly. Para ser como nosotros, tienes que morir ─ ahora si como que le cogió el hilo al tema, porque se quedó callada. ─ Si mueres, no hay luz de sol, no hay playas, no hay días de campo, no hay comida sabrosa. Nada de nada ─ Pero seré bella por siempre ─ Virgen santa, el día que Dios dijo: ¡háganse las brutas!, esta ya estaba de primera en la fila, ¡no joda!
¡Mierda!, nunca había visto una mente tan tapada como la de Molly, sobre el punto en el que aclaré que estábamos muertos… no se veía muy convencida, esa era otra gota que se añadía a mi estrés. Suspiré, no me había quedado de otra forma que mostrarle. Tamborileando sobre el escritorio busqué en mi mente, así que… ─ Cierra los ojos, Molly ─ como que no había entendido el mensaje, porque se quedó como una idiota viéndome. Transformé mi rostro en algo demoníaco, extendiendo mis colmillos y oscureciendo mis ojos, eso disparó su miedo. ─ Dije que cierres los ojos ─ y ella los cerró con fuerza.
Sondeando su mente, me levanté hasta estar delante de ella otra vez. Entré; no fue difícil, era como entrar en una casa sin cerraduras, en otras personas me ha costado más, incluyendo en los religiosos; los escépticos y los ateos es igual de fácil, pero con Molly… le mostré las cosas a las que nos habíamos enfrentado, las personas que murieron durante esos dichos enfrentamientos, las torturas, la desesperación, el dolor por aquellas pérdidas. Cuando terminé de hacerle entender, ella lloraba. ─ No te mostré todo, porque enloquecerías ─ dije tomando asiento. ─ No… (sorbe por la nariz) no sabía que… (sollozo), yo… ─ No hace falta que digas nada. Me basta con que lo hayas entendido ─ ella guardó silencio una vez más, me dio cierta pena con ella, pero no me había dejado alternativa. ─ Lo que espero de ti, Molly, es que tengas una vida normal, la vida que yo no tendré jamás. ¿Lo entiendes verdad? ─ ella asintió sorbiendo por la nariz, esa cara de borrego rumbo al matadero daba cierta pena, la pobre yacía encogida en la silla, mal por todo lo que había visto. Lastimosamente no tenía un pañuelo para que se soplase los mocos, simplemente me levanté y le di una palmada en el hombro. ─ Será mejor que te vayas a tu habitación y descanses un poco, le diré a uno de mis muchachos que te lleve. Tal vez un baño con agua caliente te levante un poco el ánimo ─ ella asintió nuevamente y salimos del despacho.
Esa misma noche no volví a escucharla, supongo que debe de estar… llorando o qué sé yo, lo único que me importaba era sentarme en mi mesa en el salón de reuniones y leer el dichoso diario del padre Mitchell, si no lo hacía hoy… tomando asiento saqué el diario, volví acariciar la cubierta y… ─ ¿Por qué lo mataron, padre? ─ me pregunté en el silencio de lo que quedaba de madrugada, suspiré y abrí el diario, ¡tok, tok, tok! ─ ¡El coño de la madre! ─ grité para mis adentros, ser interrumpida varias veces suele llegar a irritar… y mucho. ─ ¡No estoy para nadie! ─ ¿Mi Führer? ─ era Madeleine desde el otro lado de la puerta. Lastimosamente ya era una Errante, así que debo estar más pendiente, su esencia ya no era humana, por lo tanto, era algo que tomar en consideración. ─ Adelante ─ invité frotando mi frente. Si fuera humana, ya un dolor de cabeza me estaría azotando durísimo. ─ Mi Führer, los preparativos para el funeral ya están listos ─ informó algo nerviosa, temía que la fuera a tomar con ella y descargara mi frustración. Suspiré profundamente cerrando el diario, otra vez. Me levanté guardando el diario en mi abrigo y seguí a Madeleine hasta el cementerio.
En efecto, todos los preparativos estaban listos, las personas yacían congregadas alrededor para despedir a un buen amigo y un gran guerrero, entre ellos, el escuadrón. Los demás solo fueron por cortesía y curiosidad, no olvidemos que muchos años pasaron y los que se quedaron, hicieron sus vidas aquí, y muchos no sabían quien era yo. Los más viejos o los que siendo jóvenes me conocieron, tuvieron la oportunidad de volverme a ver, pero en estas circunstancias. Oliver yacía parado de mi lado mientras yo ofrecía unas palabras en honor a Bauer y su valentía. Madeleine había apartado una sección del cementerio para nosotros. Si en un futuro alguien partía, sería sepultado con dignidad, y Bauer, aunque no fue el primero en ser sepultado, eran pocas las cruces que se asomaban, la mayoría eran de los Errantes recién nacidos que no sobrevivieron a los ataques de los vándalos. Vinculados que pagaron el precio por nosotros. En la sección para humanos… había muchas cruces y… por un momento les tuve envidia, ellos si podían morir. Yo no. Ver tantas tumbas era una bofetada para mí, que me restregaba con descaro la realidad de lo que era, de lo que se me había negado y de lo que tenía cargando sobre mis hombros. ─ ¿Mi Führer? ─ nombró Madeleine, no sabía que me había quedado callada observando la urna donde ya descansaba el cuerpo de Edward Bauer. ─ Se uno con la naturaleza, amigo mío. Que Dios te tenga en la gloria. Él sabe lo que has luchado por proteger al inocente ─ fueron mis palabras finales y la tierra comenzó a caer sobre su ataúd.
Esa noche no llovió, nadie lloró, pero el dolor era palpable, ninguno de los que lo conocían, tenían ya lágrimas para derramar, entre esas personas, me encontraba yo. Oliver tenía razón, en el futuro olvidaría ciertas cosas a las cuales me aferraba por ser humana. Poco a poco, uno a uno, se fueron dispersando cuando la urna por fin fue dejada bajo tierra. Solo nos habíamos quedado las personas, que en realidad, compartimos con él. Suspiré por la nariz y me fui para la mansión, ya faltaba poco para el amanecer y debía resguardarme para mi letargo, ya leería el diario después.
Preparándome para caer en mi letargo, me dejé llevar por la esencia de Wendt, necesitaba pensar en otra cosa, respirar nuevos aires y eso lo haría desde su cuerpo, además, necesitaba saber que tal iban las cosas allá con los niños y Silvana, aunque supongo que bien… porque no he sentido nada fuera de lo común.
¿Qué era esta sensación?, ¿Por qué no puedo entrar?, ¿Acaso Wendt aun dormía?, sin embargo, eso no era ningún problema, así ella soñara o no, de igual forma, yo podía entrar. En todos mis intentos, solo obtenía un vacío. Las palabras de Eloísa no dudaron en venir a mi mente cuando habían asesinado a su vinculada, es decir, a mi madre. Aquel exceso de ausencia y vacío me pegaba en la mente y en el pecho, por ende, me entró la desesperación. Solo me quedaban minutos. Abrí mis ojos envuelta por el pánico. A toda velocidad bajé las escaleras en busca de un teléfono. No me importó dejar la puerta de mi habitación abierta de par en par, patiné varias veces entre los corredores tratando de cruzar en una esquina. Para tomar las escaleras del vestíbulo, no fue necesario, simplemente salté. Muchos se asustaron por la forma de hacer mi entrada. Miré a la derecha y allí se encontraba lo que tanto buscaba, corrí, cogí el auricular y con dedos temblorosos marqué. Realicé varios intentos para poder marcar el número de la casa a tiempo, vi el reloj de péndulo que colgaba cerca de la puerta. Solo me quedaban ocho minutos, pero para la hora en Venezuela ya serían alrededor de las once de la mañana, ya que son de ocho a diez horas de diferencia. Se podría decir que tenía mi corazón en mi boca y mis nervios pendiendo de un hilo. ─ (dientes apretados) Contesta, Wendt, contesta, contesta, ¡Contesta, coño! ─ fueron varios repiques, no los conté, solo quería saber que Wendt estaba bien. ─ ¿Hola? ─ se oyó al otro lado de la línea, era Olga. ─ ¿Olga?, ¿Dónde está Wendt? ─ Ella está… ─ Ponla al teléfono ─ ¿Sucede algo, mi…? ─ ¡Ponla al teléfono, no joda! ─ No se encuentra, mi… ─ ¿Dónde está? ─ En su oficina. ¿La llamo? ─ ¿Dónde está Silvana? ─ ¿Hola? ─ Silvana… (suspiro de alivio) Gracias a Dios ─ ¿Qué pasa? ─ Wendt está en peligro. Esta en su oficina. ¡Corre! ─ y sin más ni más, caí en letargo, prácticamente, en medio del salón dejando el teléfono descolgado. Durante el resto del día, no supe que fue lo que pasó, no sé que hizo Silvana, no supe si logró salvarla, y por ello, maldije mi letargo.
Nunca pude entrar en el cuerpo de Wendt, y cuando apenas pude sentir un atisbo de mi fuerza volver, me levanté, no me importó en que cama desperté, simplemente me levanté y dando tumbos salí de la habitación. ─ Oliver… ─ llamé. ─ Oliver… ─ volví a intentar, pero dentro de mi cabeza solo existía el nombre de Wendt repitiéndose una y otra vez. La angustia calaba en mis huesos quemando profundamente en mi pecho y en mi estómago. Por cada intento de llamar a Oliver sonaba tan lastimero… como si fuera una borracha a punto de vomitar y con somnolencia. Cruzando por uno de los corredores, fui recibida por Molly. ─ ¿Dónde está Oliver? ─ ¿Quién? ─ gracias al cielo que el tiempo iba avanzando y por cada minuto iba cobrando algo más de mi fuerza. ─ Olvídalo ─ mascullé haciéndola a un lado. ─ Pero… ─ Has algo útil, olvídate de mi y busca a Oliver ─ exigí apoyándome de la pared, ella asintió y salió disparada, espero que tenga idea donde buscar primero.
Ya me sentía un poco más en mis capacidades cuando él llegó a la carrera. ─ Tenemos que irnos ─ ordené tirando de su brazo, obligándolo a seguirme con Molly pisándonos los talones, y si digo que reparé en su presencia mientras hablaba con Oliver les diría mentiras. ─ ¿Qué ocurre? ─ Es Wendt ─ ¿Qué? ─ Creo que no hace falta que te de todo un reporte. Y te lo resumiré de todos modos, traté de entrar en su cuerpo como de costumbre en mis letargos, pero no la encontré y si digo que no la encontré es porque no pude hallar su esencia, algo me bloqueaba y en vez de eso solo me topé con vacío ─ Oliver asintió ante mi resumen atropellado sin interrumpirme.
Caminábamos a pasos raudos por el vestíbulo cuando nos encontramos con algunos humanos que terminaban sus labores. ─ ¿Dónde está Bach? ─ exigí a uno de los humanos, pero solo me miró de soslayo, como si no me reconociera. ─ Mal parido insolente ─ pensé totalmente arrecha. ─ ¡¿Dónde está?! ─ exigí seguido de un ronroneo animal reverberando de mi garganta. Mis colmillos yacían extendidos y mi mirada asesina se posaba en el humano que comenzó a temblar como un pollito remojado en agua fría. ─ Yo me hago cargo ─ anunciaron, era Madeleine, se veía recién levantada, porque… vestía con su bata de dormir, en cambio con el humano… salió corriendo en busca de un baño… supongo. ─ ¿Mi Führer?, ¿Qué ocurre? ─ Tengo que partir ahora mismo ─ ¿Pasó algo? ─ No tengo mucho tiempo. Tú y Bach, están a cargo como siempre. Cualquier cosa, no duden en llamar o enviar algún correo, pero necesito estar al tanto con el asunto de los niños que traje y la reapertura de los comercios ─ Así se hará, mi Führer ─ Reúne al resto de mi equipo, diles que los necesito. Los estaré esperando en… ─ No hace falta, mi Führer ─. Amaba a estos hombres, siempre en el mejor momento, Becker, Meyer, Wagner y Schulz ya estaban más que listos para entrar en combate, armados y uniformados. ─ Mi Führer, esto es para usted, de parte del equipo de trabajo de Bach ─ anunciaba Wagner haciendo entrega de lo que aparentaba ser un uniforme de combate doblada pulcramente en una mano, y en la otra, colgaba en un perchero un abrigo negro de cuero mullido en los puños y en el cuello.
Acepté la ropa buscando donde coño cambiarme rápidamente, no tenía tiempo para un puto baño, Wendt corría peligro y cada segundo contaba. ─ Por aquí, mi Führer ─ señaló Meyer en un pequeño salón, supongo que era el comedor de los empleados. ─ A la mierda ─ farfullé con un suspiro y entré, no tardé mucho en cambiarme. Al salir, no dije nada más, dejando a Madeleine y a Bach a cargo. El resto del equipo nos fuimos a pasos raudos de regreso a Venezuela, ¿Cómo lo haríamos?, lo averiguaríamos al paso.
En mi mente se trazaban un sinfín de mierdas, las posibles cosas que le pudieron haber pasado, lo que haría si alguien llegase a tocar a mi hermana. Sin siquiera darme cuenta, ya un gruñido de furia animal comenzó a brotar de mi, pero fue la mano de Oliver posándose sobre la mía lo que me calmó… solo un poco. Habíamos llegado a la entrada de Orphan cuando anuncié: ─ Si algo le pasó a Wendt, te juro que extermino el mundo entero, Oliver ─ Elisa… ─ No me va a importar nada. Buenos, malos, pobres, ricos, vinculados, Errantes, maestros antiguos. No me va a importar, Oliver. Solo quiero a mi hermana ─ agregué con mi voz temblorosa por la angustia y la rabia, apretando su mano con fuerza. Caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, él sabía que lo decía en serio y, también sabía que era capaz de hacerlo. Su respuesta a ello fue abrazarme con fuerza y acunarme. Si dijera que ese abrazo fue lo mejor del mundo, es totalmente cierto, pero a decir verdad, ese abrazo tenía su afecto, y ese afecto… era cálido, al igual que respirar su aroma, olía a flores silvestres, a paz, a pino de las montañas y un hermoso aroma suave y reconfortante que no supe adivinar. ─ ¡Mi Führer! ─ un llamado nos interrumpió, era Bach que venía a la carrera y traía algo en sus manos. ─ Para usted ─ dijo haciéndome entrega de unas cajas. ─ Zimmerman me dijo que esto podría serle útil. Esperábamos un mejor momento para hacerle entrega de estos juguetes en que hemos estado trabajando, pero… ─ tomé las cajas asintiendo ante su gesto, las abrí y quedé asombrada, mi cuchillo de combate y un… especie de brazal. ─ Zimmerman me dijo que… están mejorados, cuentan con… dispensadores de ácido o veneno, todo depende de usted como los surta. De todos modos, él le dejó esto ─ me hizo entrega de una carta. ─ ¿Qué es? ─ pregunté estudiando el sobre sin abrir. ─ Es la forma de uso y funcionamiento. Ya no le quito más de su tiempo ─ Bach alzó su mano derecha por lo alto en un saludo militar sonando sus botas. ─ Nos volveremos a encontrar, mi Führer ─ Espero que en mejores condiciones ─ él asintió y se retiró al trote.
─ No repares en límite de velocidad, Becker ─ ordené abordando el bus, el mismo que usamos para trasladar a los niños. No iríamos a Londres, viajaríamos a Bournemouth, a sus costas, robaríamos a un barco y zarparíamos a Venezuela de allí, me sabía a mierda con quien nos topáramos, ya había perdido demasiado tiempo y el tiempo era vital para mí.
¿Quieren saber si destrozamos puestos de vigilancias o si masacramos puestos de control?, pues… si, lo hicimos, como le dije, no me importaba un carajo siempre y cuando mi prioridad era salvar a Wendt. Sé que es una locura por la gran distancia marítima que nos separaba. ─ ¡Mi Führer!, allá ─ señalaba Wagner, ¡genial!, un pequeño aeropuerto privado. Adiós plan del barco. Hola plan de vuelo. Corrimos y saltamos cercas, evitamos cámaras y por primera vez en mi vida, no me importó lo que le sucedieran a estas personas, me refiero a los guardias de seguridad, si los maté, me valía pepino sus vidas. Abordamos un pequeño avión, uno de esos que usan los millonarios para hacer sus viajes de negocios. ─ Después se lo devuelvo ─ musité abordando el avión con los muchachos. Una vez abordo… ─ ¿Quién sabe manejar la perola esta? ─ todos se vieron a las caras, respuesta suficiente para mi. ─ ¿Me proponen robar un avión para no tener una puta idea de cómo se vuela? ─ Oliver no dudó y tomó el asiento del piloto, no sé que hizo o que carajo apretó para que el avión se encendiera y él comenzara a moverlo ─ ¡Schulz! ─ llamó señalando el puesto del copiloto. ─ ¡Elisa!, trata de entrar en el cuerpo de Wendt ─ asentí y tomé asiento, buscando una posición cómoda.
Calmando mi respiración busqué la esencia de mi vinculada, me costó un par de buenos minutos conseguirlo. ─ ¡Si! ─ dije emocionada al poder… ¿estar con los ojos vendados? Habían secuestrado a Wendt. Dentro de mi casi pierdo el control y la conexión con mi vinculada, era demasiado para ella recibir tanta carga neural de mi parte. Tuve que obligarme a calmarme para prestar más atención. No podía ver nada, tampoco oír nada. Sea donde fuese ese lugar, la tenían muy bien aislada. Lo que si pude notar es que tenía las manos atadas y… había recibido golpes, pero si la golpearon… sería estando en trance para sacarle la verdad. ─ ¡Maldita sea!, ¡esta mierda no vuela rápido! ─ grité en pensamientos y esta vez, si perdí la conexión. ─ La tienen secuestrada ─ anuncié totalmente estresada. ─ ¿Qué? ─ preguntó Becker sin podérselo creer y de inmediato entre los tres comenzaron a gruñir como bestias, una amenaza de las mil muertes para los que osaron cometer tal acto. ─ ¿Por lo menos pudo ver donde la tienen? ─ preguntó Meyer con cautela. ─ No. La tienen con los ojos vendados ─ la otra pregunta que se me cruzó por la mente fue donde carajo se había metido Silvana, pensé que lo había logrado. ─ Mire mi Führer, un teléfono ─ señaló Wagner y a su vez me hizo entrega. No dudé en llamar a Ruth y a Olga. ─ Soy la Führer. Necesito que vayan a la oficina de Wendt y obtengan tanta información como puedan. La han secuestrado. Tomen sus precauciones. Posibles Errantes. Si es necesario, reúnanse con Silvana ─ la única respuesta que recibí fue un “de acuerdo” de Olga y colgaron la llamada. Ahora solo quedaba esperar.