Cap. 44 Blanca estafa.
El resto del día con Wendt, terminó muy normal… dentro de lo que cabe. Cuando desperté de mi letargo, los niños se encontraban mirando debajo del asiento, muy curiosos y yo estudiaba cada rostro que me devolvía la mirada. ─ Pensábamos que no despertaría ─ comentó la voz de una jovencita. La melliza. ─ Siempre despierto a la misma hora, ¿Por qué? ¿Qué pasó? ─ Nada ─ Bien ─ dije saliendo debajo del asiento junto con mis muchachos. ─ Podemos seguir el camino ─ anuncié sacudiendo mi trasero, Becker se puso al volante, Oliver y yo nos dispusimos a discutir que hacer con los niños durante el resto del viaje, ya no nos quedaba mucha comida para cubrir todo el viaje, me contó que había usado de las reservas para darles de comer y se entendía, así que nos tocaba improvisar. Durante el camino, estuvimos atentos por algún restaurante de carretera o una estación de gasolina. En cambio, a eso, encontramos un bar de mala muerte donde se detenían los camioneros a descansar en mitad de la noche cuando sus viajes resultaban muy largos, era del tipo casi rural y muy rustico, construido totalmente en madera. Ya eran más de las siete de la noche y las luces invitaban a pasar un buen rato de descanso o a comer, el menú recomendado era un buen bistec encebollado con puré de patatas y ensalada de brócoli bañado en salsa de queso, el establecimiento estaba a reventar, porque no solo lo concurrían los camioneros, también, motoristas, lo supimos al ver la cantidad de motos estacionadas en las afueras del establecimiento de mala muerte.
Oliver y yo cruzamos miradas, obviamente pensando lo mismo. Con sonrisa traviesa, le indiqué a Becker en aparcar allí, aunque con una pequeña protesta disimulada de su parte, parecía cauteloso por los niños y lo entendía, pero debíamos resolver cuanto antes o estos pequeñines demandarían por comida y pronto. Una vez ya aparcados, le indiqué a Becker y a Wagner quedarse cuidando mientras que Schulz y Meyer nos acompañaban a Oliver y a mí. Meyer recogió algo del camino, unas hojas secas y se puso a jugar con ellas. Entramos en el bar o restaurante o como se llamara la pocilga esa. Si querían dar un ambiente familiar, esto tenía pinta a todo menos eso, el local apestaba a cerveza rancia, a sudor y a tabaco, luces de neón cubrían algunos pósters de alguna cerveza nueva o… alguna celebridad, un afiche de Elvis al final al lado de una rockola, varias mesas copadas de camioneros mascullando y devorando sus platos con avidez. Si querían ocultar el mal olor con la comida… estoy menos que impresionada.
Compartí miradas con Oliver y él asintió, estudiamos un poco más y encontramos una mesa donde un grupo de fortachones amantes del cerdo bien grasiento y cerveza, jugaban a las vencidas, ¿saben cual es?, ese juego donde se apoyan los codos sobre una mesa y se estrechan las manos, cada jugador debe poner toda su fuerza para no dejarse vencer, porque si cualquiera de los dos, llevase la mano de su contrincante contra la mesa, perdería. Vimos que se jugaba con apuestas. Hombres barbudos, gordos y sudorosos participaban, y entre ellos, los camioneros igual de apestosos con sus camisas sudadas bajo las axilas, supuse que cargaban un violín de perro, porque en el local hacía un calor. Para hacer una acotación aquí entre nosotros: cuando me refiero a un violín de perro… es un término venezolano que se les aplica a las personas que les apestan las axilas a niveles astronómicos.
En fin, como venía diciendo, el establecimiento contaba con una chimenea al lado izquierdo en un salón aparte. Allí se reunían simplemente a comer o… descansar, pero mi interés. Corrijo, nuestro interés, porque Oliver yacía a mi lado estudiando toda la situación, y una de ellas llamó mi atención, Meyer y Schulz eran dos ilusionistas muy traviesos, debía mantener mis ojos siempre bien puestos sobre ellos o se descarriarían, no en no mal sentido de la palabra, pero si eran capaces de usar de sus habilidades para lo que estoy a punto de relatar. Lo que había recogido se lo entregó a Schulz, las hojas secas, ¿recuerdan?, hojas que usó para hacerle creer al cajero de la barra que era dinero y que su intención era comprar una cajetilla de cigarrillos. No sé por qué en mi mente se cruzó aquella vez que les conté a todos los del escuadrón una parte de mi niñez, que… usaba con mis hermanos, hojas secas, para hacer las veces que era dinero, ¡Santísima!, debo medir bien mis palabras la próxima vez que hable con ellos. En otras palabras, cuando me acerqué y el dijo: ─ Estaré fuera con Becker y Wagner, mi Führer ─ con mirada plana le tendí mi mano en espera de algo. ─ ¿Qué? ─ preguntó con su más fingida cara de inocencia. Es que sinceramente estos muchachos… ─ Te vi ─ reprendí aun con mi mano tendida esperando la entrega. ─ Por favor, mi Führer. Son unos cigarrillos ─ Entiendo que quieras conservar algo de tus costumbres, pero esto es inaceptable y lo sabes ─ con la mirada plantada en el suelo me hizo entrega de los cigarrillos, tenía esa cara de niño regañado. Me acerqué al cajero y le pedí amablemente, usando de mis habilidades, en hacerme la devolución del “dinero”. El cajero recibió las cajetillas y me entregó las hojas secas. ─ Gracias ─ dije amablemente y el cajero asintió. Era joven, uno de esos gorditos blancos de mejillas sonrosadas, era por el calor tan tremendo que hacía en el local, no sé como carrizo podía aguantar tanto esta peste. De regresó, me planté delante de Schulz y le entregué las hojas secas. ─ Cuando quieras algo, habla conmigo. No te estoy exigiendo que me pidas permiso, pero que esto no se vuelva a repetir ─ él asintió con una expresión de arrepentimiento, con la vista aun en el suelo y salió.
Volviéndome a acercar al lado de Oliver, me preguntó cual era mi plan, ni siquiera contesté. ─ Meyer ─ los ojos grises de Meyer se posaron en mi, expectante. Tirándolo del brazo me lo llevé a un rincón. ─ Esto es lo que harás ─ le expliqué mi plan, por respuesta me miró asombrado, no esperaba que yo me prestara para semejante locura, sé que me reprenderán o me reprocharán por ello, pero no me importa, los niños necesitaban comer y eso era lo que les resolvería. ─ ¿Oliver? ─ nombré y él se acercó. ─ Cuando Meyer empiece a ganar dinero… harás los pedidos y esto es lo que pedirás ─ le señalé el menú del día y Oliver asintió. Usando de mis habilidades de ilusionista, le saqué del brasier, a una mesera, su propina, me sentí culpable, lo admito, pero después se lo repondría y al doble, tenía una buena cantidad, hoy era su día, y ahora el mío.
─ Buenas noches, ¿Necesitan algo? ─ preguntó la mesera, expresamente a la que le había quitado el dinero. Rubia, ojos verde mar, excesivamente maquillados y sus labios de un rojo chillón, vestía una minifalda de jeans, playera blanca corta que enseñaba el ombligo que decía “mesera”, zapatillas a juego, flaca con un delantal de cuadros rojas con blanco, tenía su cabello ajustado en una cola de caballo bien apretada, mascaba chicle, o en su preferencia, goma de mascar. Nos estudiaba en espera de una afirmación, sus pestañas revolotearon de hito en hito sobre Oliver, lo devoraba con la mirada. Lo admito, Oliver era él, y de sacerdote, prometía cometer los mejores pecados en una cama. ─ Tengo mesas disponibles… ─ ofrecía apoyando su peso en una pierna y jugaba con la punta de su coleta, su voz chillona… era como si todo el tiempo llevara gripe o tuviera algo presionando permanentemente su nariz. Agregó volviendo a escudriñar a Oliver: ─ Con la mejor vista ─ mascando su chile con aquella sonrisa traviesa queriendo seducirlo, que para mi, parecía más a un chivo mascando una liga que un intento de seducción.
Accedimos y ella nos guio a una mesa cerca de la barra, contoneando sus caderas excesivamente, quería mostrarle a Oliver las nalgas que No tenía. Tomamos asiento los tres, Oliver, Meyer y yo. Sacó de su delantal un bolígrafo y una pequeña libreta. ─ ¿Qué van a desear? ─ preguntó como toda una eficiente y aburrida mesera. ─ Dos cervezas ─ pedí al no tener más alternativa, Meyer estuvo de acuerdo y… ─ ¿Qué deseas, cielo? ─ preguntó jugueteando con la punta de su lengua en sus dientes y labios, con la boca abierta, queriendo decir: tengo una buena boca para darte una buena mamada. ¡Que asco! ─ Solo un café ─ ¿No deseas algo más? ─ ofreció queriendo tocar con su pierna el hombro de Oliver. Ya esto me estaba causando más que molestia y Oliver lo sabía, porque me vio como tensaba mi mentón y fruncía mis labios lanzando dagas con la mirada a la mesera. ─ Solo café, gracias ─ contestó ofreciendo una sonrisa afable. ─ Muy bien ─ tomó nota y se marchó pasando una mano sobre el hombro de Oliver fingiendo haberse tropezado. ─ (dientes apretados) Otra más y la mato ─ Está siendo amable, nada más ─ No. Ser amable es una cosa. Esa bicha quiere más que una confesión de rodillas ─ repliqué con desdén con la vista fija por donde se había ido. Meyer solo nos estudiaba en silencio, siguiendo la conversación como un juego de tenis. Por mi protesta, Oliver sonrió. ─ ¿Celosa? ─ ¿Celos?, ¿Yo?, ¡Ja!, por favor ─ Si quieren puedo tomar la confesión ─ propuso Meyer con su sonrisa llena de picardía. Sus ojos grises destellaban travesura, eso nos robó una mirada llena de asombro por parte de ambos. ─ No ─ negué rotundamente. ─ ¿Por qué?, usted no quiere que el señor Oliver… ─ reflexione en ello. ─ Bien. Tú ganas ─ ¡Si! ─.
La mesera llegó con nuestros pedidos, a Meyer y a mi nos sirvió nuestros pedidos normalmente como lo hace una mesera, en cambio con Oliver… sirvió el café sobre el hombro, primero el platillo, luego la taza, seguido del azúcar y por último el removedor, y todas esas veces posando Sus tetas en el hombro de Mi guía. Abrí mi boca tomando una profunda bocanada de aire, trataba de controlar mi temperamento. ─ No dudes en llamar si quieres pedir algo más ─ le habló cerca del oído antes de levantarse y se marchó. Esto era el colmo. ─ Ya vengo ─ anuncié levantándome de la mesa, pero Oliver tomó mi mano. ─ No creo que sea necesario ─ Solo voy al baño ─ comenté con inocencia, pero Oliver me conocía demasiado bien, él sabía que tendría un Par de palabras con la… regalada esa. Por mi excusa, Oliver río, era la primera vez que lo veía reír genuinamente. ─ Mi trabajo es ser tu guía, principalmente. No darle confesiones a nadie ─ Pero bien puedes tomar una confesión en tus tiempos libres ─ No cuando mi trabajo es llevarte ante tu creador ─ replicó con aquella media sonrisa… un tanto arrogante ─ ¿Cuándo vamos a poner en marcha el plan? ─ preguntó Meyer desviando toda mi atención de la ofrecida mesera, ahora entendía de donde carajo había sacado tanta propina. Volviendo a tomar asiento, medité la situación, le dimos un par de sorbos a la cerveza y le di el dinero a Meyer. ─ Apuesta la mitad, como te dije, perderás a la primera, en la segunda… ganarás, la tercera volverás a ganar y la cuarta perderás y así sucesivamente, trata de no ser tan obvio, has de ver que te cuesta vencerles. Finge. Es simple ─ Meyer asintió y Oliver… simplemente removía su café sin la más mínima intención de beberla.
Meyer se levantó de la mesa tras de haber dado su sorbo a la cerveza con un deje de decepción, no volver a sentir más el buen sabor a algo era a veces frustrante, por mil veces que quisieras saborear o el buen aroma de una buena comida te tienten, el resultado sería lo mismo. Meyer se paró a mirar curiosamente en aquel grupo de personas que apostaban a las vencidas, Oliver y yo cruzamos miradas, esperaríamos un par de minutos. El primero en levantarse fue Oliver, fue directamente a la barra a realizar el gran pedido, yo me levanté y comencé a merodear por los alrededores y a estudiar el entorno, Meyer me ignoraba completamente, pero era consciente de mi presencia alrededor, muchos de los que lo vieron entrar en el círculo de apuestas, rieron porque pensaban que no tendría oportunidad. Hizo exactamente lo que le indiqué, había apostado la mitad. Debían verle la cara, hacía todo un teatro con su cara fingiendo todo un mar de esfuerzo, hasta no sabía como carajo había puesto su cara roja. En la segunda ronda hizo lo mismo, apostó la otra mitad y mostrando el mismo esfuerzo… ganó. El perdedor quiso apostar doble o nada, no quería quedarse con la derrota, no quería aceptar que un “enclenque” como Meyer, lo venciese. Meyer rascándose la nuca me dio una mirada, asentí y él aceptó con una sonrisa amena.
Alrededor de una hora o tal vez fueron dos, para cuando le hice señas a Meyer, ya tenía recaudado una gran cantidad de dinero y nuestros pedidos ya listos, solo faltaba cancelar y largarnos de allí sin armar revuelos. Meyer tomó su dinero después de frotarse el hombro, muchos le daban palmadas en la espalda felicitándolo por participar, él simplemente reía y asentía con un cigarrillo a medio fumar en la boca, se despidió y se acercó a nosotros como un encuentro casual. Meyer fue quien canceló todo, tuve que decirle porque le vi todas las intenciones de entregarme todo el dinero, Oliver y yo tomamos el torrencial de bolsas de pedidos y una cajetilla de cigarrillos, Meyer le entregó algo a la prosti-mesera, supongo que era la propina, mientras le susurraba algo al oído. No se imaginan el asco que me dio ver perder a mi muchacho a la trastienda con esa bicha loca.
Salimos del establecimiento como si nada. Wagner y Becker, al vernos salir, casi se precipitaron en salir corriendo para ayudarnos, Schulz estaba en el bus entreteniendo a los niños, supongo que con trucos de ilusionista, porque no paraban de reír o decir “O” en un coro de voces llenas de asombro. Cuando Schulz reparó en mí, les anunció a los niños que la comida ya estaba lista y ellos gritaron entusiasmados. Eran más de las ocho. Con razón. Morían de hambre. ─ Mi Führer ─ saludó Schulz con un asentimiento tomando otro lote de bolsas de las manos de Becker e inesperadamente saltó de mis manos una cajetilla de cigarrillos que él atajó totalmente sorprendido. ─ No te acostumbres ─ anuncié con picardía sin detenerme. ─ Y, y, y, y… do, pe… ¿Dónde está Meyer? ─ Está ocupado con una confesión ─ contesté abordando el bus con Oliver, Becker y Wagner pisándome los talones, supongo que la cara que tenía con aquel signo de interrogación plantada en su cabeza era digna de un poema. Los niños se aglomeraron delante de nosotros, con sus caritas esperanzadas y ojitos brillantes por lo que les habíamos traído. Se preguntarán porque no… hago énfasis en el cadáver de Bauer, verán: nosotros… los Errantes, cuando morimos, no… nos descomponemos como cualquier cadáver, al contrario, nos desecamos completamente, como momias… sobre todo los que son más antiguos y ya mis muchachos tenían edad para ello, eso me hizo pensar en algo muy inquietante. Si yo muriese… ¿Wendt sufrirá el mismo destino? No quería entrar en ese detalle hasta más adelante, tampoco quería saberlo, mientras que cuidara de ella y de mí, no habría de que preocuparse, además, siempre buscábamos de que los niños no se enfocaran en el cuerpo.
Poco a poco, tratando de sosegar a los niños, fuimos entregando las viandas de comidas con sus bebidas; no dudaron en sentarse a devorarla con avidez. ─ ¿No va a comer? ─ preguntó la más pequeña. ─ No, mi niña, esa comida es para ustedes ─ contesté con mi mejor sonrisa cálida y ella se volvió a su asiento a seguir comiendo, pero la melliza no paraba de mirarme entre comidas, me… analizaba al igual que otros más, me lanzaban miradas de vez en cuando. Meyer salió con la mesera de la parte trasera del restaurante con una sonrisa de oreja a oreja, se peinaba el cabello como todo un galán después de haber hecho su gran conquista, no podía negarlo, Meyer era muy apuesto, cabello negro liso, atlético, ojos grises, labios finos, mentón firme, pómulos no muy marcados y esa expresión llena de picardía muy usual en él. ─ ¿Qué te demoró tanto? ─ protestó Becker abriendo la puerta del bus, ya listo para arrancar, pero la sonrisa traviesa de Meyer lo delató, pero aun así, contestó: ─ Estaba tomando… una confesión ─ Becker y Wagner cruzaron miradas llenas de interrogantes, pero fue Schulz quien les aclaró que yo le había contestado lo mismo, pero Becker y Wagner… más o menos ya se hacían a la idea.
Los niños satisfechos, yo feliz, no habíamos levantado ningún revuelo y tampoco hubo carnicería, ni muertos, todo fue… de maravilla, les di la oportunidad a Schulz y a Wagner que se fumaran un cigarrillo antes de largarnos, se lo merecían. Ya una vez listos… ─ ¡Mi vida!... ¡Mi amor!... ¡No me dejes!... ¡Casémonos!... ¡Formemos una familia! ─ gritaba toda histérica la… ¿mesera? Corría con dificultad con una gran maleta llena de sus pertenencias… y como que no debían ser muchas cosas, pero aun así se le hacía un poco difícil correr. Meyer al ver como la mesera hacía de todo su esfuerzo en correr hacia el bus, sus ojos se abrieron de par en par. ─ Vámonos, vámonos, arranca ─ instaba como si un ejército enemigo quisiera matarlo, su cara, también hablaba por él, ─ ¿Quién es ella? ─ preguntó Wagner con ceño fruncido lleno de intriga. ─ Es una loca. Vámonos, acelera ─ insistía, luego sacó su cabeza por la ventanilla gritando como en aquellas películas románticas, donde el protagonista se despide de su amor verdadero por emprender una tarea que los obligaba a separarse, como si el destino cruel lo hubiera exigido con dureza en tomar destinos diferentes y que su amor perdurará con la esperanza de reunirlos algún día, ¿de verdad existían personas así? Tal vez se copió de alguna película cursi de la televisión. ─ ¡Lo siento, mi amor. Mi querida, Molly! ¡Mi deber llama! ¡Pero te extrañaré! ¡Juro que pensaré en ti, todos los días! ─ ¡Llévame contigo!... ¡No me dejes! ─ Wagner y Schulz cruzaron miradas, pero Meyer no le paraba de insistir haciendo un gesto con su mano a Becker que acelerara, no obstante, fue la sonrisa llena de complicidad de ambos que lo delataron, esperaron a que “Molly”, llegara a la puerta del bus para que abordara, el lado positivo es que… ya no molestaría más a mi Oliver, sin embargo… teníamos cosas que hacer, no me sentía muy de acuerdo con este show. ─ Chicos… ─ reprendí con tan solo nombrarlos y sus sonrisas desaparecieron y otros aclararon sus gargantas.
─ ¿Qué se le ofrece señorita? ─ preguntó Oliver muy cortésmente, pero la mesera lo estudiaba como si no fuera nadie, en cambio ella, estirando el cuello, buscaba a Meyer con vehemencia hasta que lo divisó. ─ Me voy con el amor de mi vida ─ contestó con sus ojos casi al borde de las lágrimas. ─ Y… ¿Qué hará con su trabajo? ─ pregunté. ─ No me importa. Acabo de renunciar ─ ¡¿Qué tu qué?! ─ Lo que oíste, eres el amor de mi vida y pienso casarme contigo ─ fue inevitable que los muchachos rieran por tan… absurda declaración, los niños tenían caras de estar viendo una novela o un cine a todo color, y en vivo, expectantes de un extraño final, en cambio Oliver me dio una mirada, y yo me froté el tabique con mi pulgar y mi índice con un profundo suspiro. ─ ¿No le puedes hacer algo para que olvide todo esto? ─ pregunté, pero ella nos escaneaba con sus ojos bien abiertos por tan extraña interrogante. ─ Dejó su trabajo ─ contestó Oliver. ─ Y no tengo a donde ir ─ ¿Vivías en el local? ─ pregunté asombrada. ─ Aja. El dueño me dijo que si renunciaba, debía largarme ─ ¿Qué hiciste? ─ pregunté intrigada. ─ Le planté la renuncia en su cara ─ ¡por Dios!, no había mentido en nada, ¿Qué clase de vida tuvo esta mujer? Volví a suspirar amargamente.
Molly nos observaba esperanzada a que aceptáramos sus argumentos, y cabe destacar, que todo lo que había dicho, era verdad. Se había cambiado por algo una poco más… decente, un short bastante corto de jeans desgastados, zapatos deportivos a juego, una playera con estampados florales y una chaqueta de jeans haciendo juego con el short. ─ Está bien. Puedes venir ─ accedí suspirando y rodando la mirada dejándola en blanco. Ella dio un gritillo entusiasmada, subiendo a toda prisa, guardó su maleta en el portaequipaje superior del bus y se abalanzó sobre Meyer a llenarlo de besos con una sonrisa radiante. Meyer solo podía mantener la vista al frente con una cara de haberle caído la mayor desgracia del mundo, ¿Qué podía hacer?, ya luego veríamos que hacer con ella, tal vez le entusiasmemos en trabajar en algo productivo en Orphan y… poco a poco, a través de algún susurrador o Ilusionista, la desencantemos de todo ese… amor idolátrico por Meyer para que ella rehaga su vida como es debido.
El resto del camino fue… bien. Relajado, sin problemas, algunos niños dormitaban, otros se mantenían despiertos hablando entre ellos o solo mirando por la ventanilla. La tal Molly dormitaba aferrada a Meyer en uno de los asientos, no quería dejarlo ir por nada del mundo. ─ Mi Führer… no quiero sonar irrespetuoso, ni mucho menos ser un insubordinado, pero… ¿Es en serio? ─ señaló a una Molly dormida profundamente. ─ Tu te ofreciste por una… confesión ─ contesté con cierta picardía. Le habíamos explicado que llevábamos una excursión hacia Bournemouth, ya que se había fijado en la gran cantidad de niños, simplemente ella asintió comprensivamente y no le molestó en lo más mínimo estar en un bus lleno de chiquitines, siempre y cuando estuviera al lado del amor de su vida. Bromas y chistes sobre la confesión no dudaron en caer sobre Meyer como un balde de agua, en cambio Meyer, los fulminaba con la mirada.
La melliza me llamó a parte, quería preguntarme algo a solas, supongo que había llegado a muchas conclusiones en muy poco tiempo. Su mirada vivaz no dejaba pasar por alto casi nada. Nos sentamos en los últimos puestos, cerca del cuerpo de Bauer, eso a ella le inquietaba, pero trataba de no prestarle atención. Se tomó un minuto para prepararse, no sabía como entrar en el tema. Cuando noté su inquietud… ─ Está bien… sé que es algo incómodo, pero no podíamos dejarlo ─ ¿Es necesario? ─ asentí. ─ ¿Por qué? ─ La gente no está preparada ─ ¿Para ver un cuerpo? ─ No es un simple cuerpo, no es sencillo de explicar ─ Podría intentarlo ─ ¿Cómo te llamas? ─ Jessie ─ busqué en mi mente la forma de explicarle, no quería abrumarla con realidades o que pensara que éramos monstruos. Bueno… monstruos somos, pero de una manera diferente. ─ Escucha… Jessie. Nosotros… no somos como ustedes piensan… ─ Una vez vi a mi hermana… ─ interrumpió ella con su mirada perdida. Recordaba. ─ Tenía mordidas en su cuerpo, no era ella, aunque me respondía, no… era ella, estaba… no sé cómo explicarlo… ella, parecía no prestarle atención, pero aun nos aferrábamos, me prometía que no me pasaría los mismo, pero ella estaba… ─ ¿Vacía? ─ ella me miró y asintió. ─ La última vez que hablé con ella… ─ prosiguió y una lágrima rodó por su mejilla, era imposible no sentir nada al recordar semejante pesadilla. Sorbió por la nariz y… ─ Era como ver a una persona extraña… lo… lo defendía, defendía sus… ella… decía que no era tan malo, que… ella no… ella no… ─ tragó con dificultad, le costaba expresarse. ─ No tienes porqué contarlo si te cuesta tanto ─ consolé colocando una mano sobre la de ella. Jessie me miró a los ojos controlando todas sus ganas de llorar. ─ Solo quiero entender ─ dijo sorbiendo por la nariz con su voz a punto de quebrarse. ─ ¿Quién o qué era el obispo? ─ preguntó y enseguida agregó: ─ Vi a muchos de los niños que compartían cuarto con nosotros desaparecer, los escuchábamos gritar por días, cuando regresaban… no eran los mismos y yo… (sollozo), me… (sollozo) nos aferrábamos, me aferraba a mi hermana, (sorbe por la nariz), hasta que un día… ya no los volvíamos a ver, ni a oír. Rogaba todas las noches que no la apartaran de mí, pero no fue suficiente ─ cada vez hablaba más atropelladamente, con desesperación, sus rasgos… podría decir que había envejecido más de lo habitual para su edad. ─ No se imagina todas esas noches en que la oí suplicar y gritar, me tapaba los oídos y… ─ Ya. No sigas, por favor, no es necesario que vivas otra vez ese pasado, ya no estarás más allí ─ ¿Y si vuelven?, y… y… si… ─ No van a volver. Les aseguré que no pasaría y así pienso hacer. Yo lucho contra gente perversa. Ellos destruyen. Yo protejo ─ afirmé con firmeza y ella me observaba en silencio. ─ ¿Quién es usted? ─ le sonreí. ─ Por lo menos sabes que viva no estoy ─ ¿Cómo es posible? ─ ella guardó silencio otra vez esperando por mi respuesta, le sonreí y le dije: ─ Lo importante para mi, es que ustedes estén a salvo. Puedes llamarme Elisa o Maestra-madre ─.
Ella me estudiaba mientras volvíamos a guardar silencio, por lo menos había logrado calmar un poco sus temores, pero aun existía aquel dolor por la pérdida de su hermana muy a pesar de ser muy valiente en seguir adelante. Muchos otros parecían seguir su ejemplo porque la entendían perfectamente. Todos se entendían, la experiencia vivida debajo de la catedral no fue para nada un paseo, ni mucho menos hubo arco iris con unicornios, lo vivido debajo de la catedral fue un verdadero infierno y solo era el principio, la punta del iceberg, algo me lo decía muy en el fondo.