CAPÍTULO V: LA HEREDERA DEL TRONO CAÍDO (6)

–¡Diríjanse al gran batallón! –exclama la mujer–. ¡Debemos descender por el camino de Deolom, e integrarnos a la gran batalla!¡No tenemos tiempo!

Detrás de ellos, un humo incesante comenzó a cubrir el firmamento. El volcán inactivo de Redgenelle, de casi dos mil años, comenzaba a rugir los primeros brotes de fuego y lava, difundiéndose en masas por la zona. El Tenebroso Monte Sirith, declaraba el invasivo ataque de un fuego frustrado. Debían desplazarse de inmediato, hacia la zona baja del desierto de Mögia. Debían emigrar hacia el Refugio de Aramordt, y debían hacerlo rápido.

El pueblo de los elfos del sur comenzó a alinearse, agrupando sus caballos y sus carruajes; equipándolos con sus reservas de oro y trigo. La gente gritaba desesperada, pues ni los refugios meticulosos del reino, ni la princesa dorada iban a poder protegerlos contra esta hecatombe. Sin embargo, la princesa dirigía su mirada a sentido contrario. Delirando sobre las alturas del Norte. Presentía la llegada, de la nueva esperanza.

De repente. Un hombre llegó al lugar, rápido, eficiente. Su energía era la de un líder innato, y el pueblo regocijaba de alegría al volver a ver el rostro, de su eterno héroe.

–¡Quiero a todos los niños y mujeres en fila con Reomen!–exclama el hombre–. ¿Dónde están los jinetes de estos caballos?¡Las reservas las llevaré yo! ¡Quieor a todos en movimiento de inmediato!

–¿Eros?– exclama la princesa de oro, debilitada.

–No te puedo abandonar Amara–exclama el hombre.

–Escúchame, los sient–

–No sigas– interrumpe–. Debemos salvar este pueblo de inmediato. Framian, Gerjoel y Johan están aquí, junto con dos docenas de caballos. Vinimos para acelerar el exilio.

Eros comenzó a guiar a todo el pueblo, y la gente seguía al imponente líder. Amara entonces sintió un alivio, y entendió en su corazón, que no importaba como ella se sintiera; no importaban las altas, o las bajas, o los momentos buenos o malos. Su esposo y ella, tenían un vínculo. Y ellos estaban conectados, porque juntos tenían un propósito de existir. Y nadie, ni siquiera ellos mismos, iba a poder debilitar este vínculo. Pues la voluntad divina del destino, siempre los llevaría uno con el otro. Pues estaban destinados, para ser compañeros de mil batallas, para ser la luz unida de las naciones, para toda la eternidad.

Llegó a la escena, y en plena concentración de su esposo, lo agarró y lo besó sin pensar en la catástrofe que les rodeaba. El tiempo se detuvo, y por unos segundos, ambos corazones se inundaron nuevamente de cálidos colores. Nuevamente de serena plenitud, nuevamente de profundo amor, después de tantos años. Se sintieron completos, otra vez; nuevamente empoderados. Y Amara lo había hecho, pues sabía que el camino que estaba próximo a emprender, a su amado le costaría entender.

–Eros, sé que no me lo vas a perdonar–exclama la mujer–. Pero debo seguir hacia el Norte. Debo regresar al reino.

–¿Amara de qué diablos estás hablando ahora? ¡Aramordt está en cenizas!

–No del todo– responde la mujer–. Necesito que me escuches.

–Amara –dice el hombre–. ¿Qué estas planeando ahora? Acabo de llegar, necesitamos irnos. Ya ganaste. Ya triunfaste, ¡lo lograste! ¿Qué más necesitas buscar?

–¡A una niña Eros! –exclama la mujer–. Es nuestra sobrina.

–Rita tuvo una hija, con Xavier– continúo–. Debió haberla escondido todos estos rimeros. Se llama Emma, y no puedo permitir que se quede allá sola. ¡Ïnmâeh está desapareciendo!

–Pero, ¡¿cómo?! ¡¿Cómo es esto posible?! ¡Xavier está muerto!

–¡No lo sé Eros! –respondió–. ¡Rita y Xavier se veían días antes de que el fuese ejecutado! Es muy probable que sea verdad. Además, mi madre elaboró un cristal para esta niña.

–Debes ir a donde mi madre–continúa la mujer–. Y debes decirle que debemos encontrarnos en el reino caído. La niña debe estar allí, y debo ir a rescatarla. Dile, que estaré allí esperándola. Junto con la niña de las cenizas.

–¿Qué hay de nosotros? ¿Qué hay de nuestra familia? –exclama Eros–. ¿Qué hay de Ada? ¿Es esa niña nuestra responsabilidad después de lo que tu hermana ha hecho?¡Esa mujer mató a nuestro hijo! ¡¿No es voluntad de Elgoneth, el camino de esa niña?!

–Mientras pueda hacer algo, lo haré –exclama Amara–. La iré a buscar con Berven y después veremos que sucede. Mientras tanto, sigue guiando el exilio de tu pueblo. Deben llegar a salvo a las tierras del desierto.

Eros inclinó la cabeza, sin decir nada; su rostro era áspero y desanimado. La mujer entonces abrazó a su esposo, y le dio un beso en la mejilla.

–Te amo Eros– exclama la mujer–. Sabes que eres mi héroe, y en ti encuentro mi fortaleza. Necesito que esperes solo un poco más. No puedo dejar esta niña sola.

–¡Arriba Eleanor! –exclama Eros, el Coronel de Aramordt–. ¡Vamos hacia el sur!

Amara entonces, corre entre la frondosidad del Bosque del Sur, y apoyándose entre las lianas, sube por los arbustos de la zona. Elevándose entre las alturas, sobre los árboles de Eldrįner. Llegó hasta las hojas finales de un árbol gigante, y empezó a generar un silbido muy peculiar. De entre los arboles escondidos y lejanos del bosque, despierta una enorme criatura. Un dragón blanco, perteneciente al linaje de luz, con finas extremidades doradas. Era el legendario dragón Berven. Voló a toda velocidad hacia donde estaba la princesa dorada. Y, con sus dagas en la espalda, y su pergamino en la mano derecha, saltó hacia el dragón entre los aires, en medio de la hecatombe, y el futuro incierto. Dirigiéndose hacia el nuevo camino imprevisto. Hacia el rescate, de la descendiente real. La heredera del feudo renovado. La última llama ardiente de la sangre real. La heredera del trono caído, hija de la hija de las tinieblas, la definitiva esperanza real, Emma Aramordt…