CAPÍTULO V: LA HEREDERA DEL TRONO CAÍDO (4)

Amara entonces, junto con el elfo consejero, se dirigieron a la cámara de fundaciones y ensamblajes. Juntaron un grupo de los mejores diez trabajadores de orfebrería y ensambladores de la nación. Aún era temprano, y todos ellos, fueron testigos del baño precioso y místico de la armadura, convirtiéndose rápidamente en oro puro; extraído desde las profundidades del bosque, y fundido en forma de líquido.

–Está hirviendo mi señora– exclama uno de los soldadores.

–Así me di cuenta– exclama la mujer–. ¿Crees que esté lista?

–Pues la armadura ha recibido el oro más rápido de lo que pensábamos–responde el hombre–. En unos instantes, estará lista para usted mi señora.

La princesa de Aramordt, se le mostraba frágilmente cada parte de la hermosa armadura de oro. En ello, observa unos peculiares accesorios, bañados en oro igualmente.

–Tyon, ¿estos cuernos para qué son?–pregunta la mujer.

–Son los Cuernos Sagrados de Inhorèm, señora–responde el hombre–; estos fueron utilizados por la Reina Eleanor, como único recordatorio de su humilde hogar. Pertenecían al Alce Real de la señora reina. Su mascota, y su mejor amigo. Un regalo singular de su padre cuando esta era aún una niña.

–Póngaselos, mi señora–continúa el hombre–. Le darán fortaleza, y seguridad.

La armadura reflejaba un poderío en su color. Al estar lista, la mujer se la puso encima, y una luz radiante en forma de ondas magnéticas emanaron de ella, y se dispersaron por todo el lugar. Su poder era único, y su semblanza digna de una reina renovada. La Princesa de Oro, estaba lista para la batalla.

Se dirigió entonces hacia el bosque, junto con un equipo especializado de batalla. Observaron al horizonte, entre las alturas el reino, y se dieron cuenta de la vanidad acercándose atrozmente. Una masa negra volando hacia ellos; aproximándose desde el norte. A toda velocidad.

–¡La Legión del Dynamo se acerca! –exclamó Amara–. ¿Dónde están los refugiados?

–Señora, Irene los ha evacuado a las zonas posteriores de Edoer– dice uno de los arqueros.

–Está todo listo entonces– exclama la princesa–. ¡Quiero a todos en sus posiciones!

–¡Si señora!–responden los hombres.

Los arqueros menos experimentados, se colocaron en la parte superior de la muralla del Reino de Eleanor. Hacia las profundidades del bosque, se adentraron quince arqueros especiales, con flecha envenenadas, el equipo de Amara. Los mejores seguían entre las alturas de los arboles sagrados, preparados para el ataque sorpresivo. Quienes se ponían ingeniosamente entre las frondosidades de las hojas y lianas de los inmensos arboles del bosque. Amara, junto con tres arqueros más, se quedaron dentro de las profundidades. Este era el equipo especial de ataque.

–¿Cómo ves el horizonte desde la altura Himén? –pregunta Amara.

–¡Señora se aproximan a toda velocidad!¡La Princesa de las Tinieblas esta de primera con su dragón! –responde el hombre.

–¡Déjenmela a mí!¡Derriben a los demás dragones!–responde la hija dorada.

La sangre de la princesa de oro se escalfaba de nervios. Después de cuatro años, volvería a enfrentarse a su fraternal enemiga. En su imagen existía la desdicha que había sido aquel día, donde fue testigo de la caída en pedazos del reino más grande del norte. Realizado por las manos firmes de una sola mujer, Rita Abhir Aramordt.

Esta se aproximaba con velocidad. Por sobre las alturas de Eldrįner, pues esta era la ruta directa para llegar a la gran Guerra de Neftalí, en la región desértica de la destrucción. La zona del fin de todos los tiempos. Después de unos rimeros desde su inicio, la hechicera finalmente se acercaba a la guerra, lo que todos temían. Pues su venida dictaminaba una sola sentencia: el fin.

Amara se colocó entre algunas lianas, mientras veía algunos de sus compañeros del ejército lanzando decenas de flechas a los dragones quienes ya sobrevolaban por los inicios del bosque. La hija dorada subió en uno de los troncos más altos, apoyándose de algunas de las lianas. Logró encontrar una pequeña apertura de luz, la cual le daba una visión clara de ataque. Apuntó con su enorme arco, y lanzó una flecha tan rápida que penetró justo en la garganta de la gigante criatura que llevaba por los cielos a

la hechicera maligna. El dragón empezó a caer a toda velocidad, y junto con este, la princesa de las tinieblas caía en las zonas frondosas de Eldrįner.

Amara descendió del tronco, y se escondió entre los árboles de la zona, al ver a su hermana caer a toda velocidad. El dragón cayó exasperadamente, entre las zonas terrenales cercanas donde estaba ubicada La Princesa de Oro.

Cuando Rita iba cayendo, logró reconocer entre los arbustos a los tres arqueros, quienes intentaban lanzarle flechas. Rita se sujetó de entre las lianas, se balanceó entre ellas y cayó abruptamente encima de uno de ellos, usándolos como superficie en el suelo; aplastándolo hasta la mortalidad.

Los otros dos arqueros intentaron desenvainar sus dagas, pero rápidamente Rita los desmanteló a los dos, al mismo tiempo, sin siquiera usar sus poderes o su Espada de Las Voces.

Rita entonces, percibe un silencio extraño. Su ejército venía sobrevolando detrás de ella; su dragón estaba muerto, y, sin embargo, todo parecía marchar igual. No entendía por qué el destino la había hecho llegar allí.

Conjuntos de ataques de decenas de flechas intervenían en los aires en dirección a la Princesa de las Sombras. La princesa de oro, le lanzaba ráfagas de flechas, enviándole tres de ellas a la vez. Rita evitaba todas estas, y sorprendida, logró reconocer el rostro familiar que se encontraba entre los dinámicos movimientos de ellas.

–Hermana, ¡pero si eres tú! –exclama la siniestra mujer–. ¿Ahora ni siquiera saludas?

–¡Silencio ingrata! – responde Amara.

La mujer desenvaino sus espadas, mientras se aproximaba entre las alturas; lanzándose encima a su hermana. Rita desenvaino su espada de las voces, y esta tenía tres energías rondando sobre ella. Rápidamente, se defendió ante los rápidos, pero ineficaces ataques de su hermana, y la empujo con el poder de su espada. Era el arma más poderosa del planeta.

–¡También es un gusto verte, hermanita! –dice la mujer–. ¿No me has extrañado?

–¡No soy nada tuyo Abhir! –dice–. ¡Eres una maldita deshonra!

Las mujeres intensificaron su batalla. Ráfagas de coronas de fuegos y hechizos triangulares de color violeta, comenzaron a dominar los alrededores del ardido sitio, rodeando todos los lares. Los golpes de la hechicera maligna eran escudados por las dagas de la hija dorada. Su defensa era rápida, concentrada, firme. Los troncos de los arboles explotaban con el estallido de los hechizos, y la energía tomaba posesión del lugar.

Rita se escudó detrás de uno de ellos, y en el suelo levantó una piedra enorme que lanzó con su magia oscura en dirección a su hermana. Amara intentó colocar ambos brazos para proteger su rostro, y la piedra golpeó en ella, partiéndose del impacto y empujándola a lo lejos; hacia uno de los arboles partidos.

–No entiendo porque estas tan enojada conmigo–exclama Rita–. Te hice un favor con Mihalis.

–¡No vuelvas a mencionar su nombre! –responde Amara–. ¡Lo llevaste a su muerte!

–Lo llevé a su ascensión– responde Rita–, algo tan crudo, ¡que tu tonto corazón débil nunca hubiera podido hacerlo!

–Deberías agradecerme. ¡Todos ustedes! –exclama Rita, agtiada–. Hice el trabajo, ¡que ninguno de ustedes tuvo el coraje de hacer! ¡Aramordt necesitaba ser destruido! ¡Sabes esto en tu corazón!

–Así como debes ser tu ahora–responde Amara–. ¿O la muerte no está ya gritando por ti?

Rita se quedó en silencio.

–¿No se arrastra a tu lado, de día y de noche? –pregunta Amara, fría–. ¿No cae el peso del cielo sobre tu alma machada? ¿No es el día brillante en donde fuiste bendecida a vivir, aquel suplicando ahora por tu fin?

–La tormenta viene por ti. Puedo verlo– continúa Amara–. Estás enferma, y déjame decirte, esta vez, no tendrás escapatoria.

–Tú tampoco, Amara– responde Rita–. Tú tampoco.