Capítulo 23

El sol brillaba con una intensidad abrumadora en toda la ciudad. El palacio nuevamente vivía el nacimiento de otro hijo del rey. La concubina imperial Azzar estaba dando a luz en el palacio de la belleza eterna, su personal corría de un lado a otro tratando de ayudar a la partera a traer al mundo al hijo o hija de su nuevo amo. A la habitación de la concubina entraban las tinajas con agua caliente junto con paños tan blancos como la nieve. Sin embargo, cuando salían el agua estaba revuelta con sangre y los trapos de igual forma.

Aquel parto estaba demorando mucho tiempo. Había pasado aproximadamente cuatro horas desde que la partera había ingresado a la habitación. Ahora, todos empezaban a preocuparse. El rey no fue la excepción, este se encontraba sentado frente a la habitación esperando que su hijo naciera. A pesar de la ansiedad que tenía por conocer a su hijo, solo lo llegó a hacer en la noche.

La labor de parto de la concubina imperial Azzar fue larga y extenuante. Desde el medio día Ezra empezó a dar a luz, cuando se hizo de noche por fin pudieron escuchar el llanto del bebé.

La partera lo agarró en brazos y alzó a la vista de su madre.

—Concubina imperial, es una niña —anunció

El silencio se instauró en el lugar hasta que el llanto de la bebé llenó los rincones de la habitación. De inmediato, el rey entró al lugar y cargó a su hija.

—Majestad, felicidades. Es una preciosa princesa —dijo la criada.

Mahdi envolvió en sus brazos el pequeño cuerpo de su hija, luego se acercó hasta Ezra, ubicó a la bebé sobre su pecho obligándola a ver a la niña.

—Se que tienes la presión de darme un varón, pero ella también es mi hija —secó las lágrimas de la mujer y le acomodó su cabello tras la oreja—, la querré igual.

—Lo sé, majestad. Quiero a mi bebé, es mía y la llevé dentro mucho tiempo, no sería capaz de despreciarla.

—Entonces, ¿por qué estás triste?

—Majestad, no estoy triste. Creo que es solo la emoción.

El rey sonrío y mandó colocar una silla junto a Azzar, allí el se sentó a acompañar a Ezra. Sus ojos quedaron fijos sobre el bebé con embeleso.

—Majestad, ¿quiere ayudarme a nombrar a la bebé?

El rey asintió.

—Me gusta Banuqa.

—¿Banuqa? A mí me gusta Aisha, ¿qué le parece?

—¿Aisha? Es un nombre muy común.

—Pero con un gran significado, ese nombre lo llevaba la esposa favorita de Muhammad¹.

—Es cierto, Aisha bint Abir Bakr² fue una mujer muy valiente e inteligente. Pero me sigue gustando Banuqa

—¿Qué hacemos?

—Bien, ¿Qué te parece sí la llamamos princesa Banuqa, pero de cariño o en tono íntimo se le llamará pequeña Aisha.

Ezra sonrió ampliamente y con sinceridad a la propuesta del rey.

—Me parece bien, majestad.

—Está bien. Me retiro ahora. Tengo otras cosas para atender.

—Que su majestad tenga un buen día —lo despidió.

El rey Mahdi salió del palacio de la belleza eterna, y en su lugar Didi entró en la habitación de su ama.

Ezra sonrió cansada y acarició la suave espalda de su hija con los dedos, la tersa piel de la niña se erizó con el toque de su madre.

—Didi, ¿no crees que es preciosa?

El eunuco avanzó hasta sentarse en el piso frente a ella y miró a la niña que se posaba tranquila en el pecho de Ezra.

—Es una criatura hermosa.

—Sé que estás pensando, habla.

—Concubina imperial, creo que hemos llegado a un callejón sin salida. Será imposible igualar a la reina.

—Didi, hagamos un trato. Durante el primer año de Aisha nos mantendremos al margen de las intrigas y la pelear por el poder. Solo quiero pasar tiempo con mi hija.

—Mi señora, puede ser contraproducente lo que va a hacer.

—No lo creo. Les dejaré en camino, no seré una amenaza.

—Mi señora, usted ya es una amenaza para ellas, piénselo, por favor.

—Por favor, Didi, no insistas.

El eunuco asintió sin ganas y salió de la habitación.

…

Aquella noche el rey entró al palacio de la princesa Shakti. El lugar no estaba iluminado, tampoco sus puertas estaban abiertas. Eso era una señal muy clara para el rey, pero este lo ignoró e hizo abrir las puertas del palacio. Tras cruzar el oscuro recibidor, entró al palacio interno.

—Majestad, ¿qué hace aquí? —interrogó Rani, la doncella de Shakti.

—Veré a la princesa.

—Pero majestad, ella no está disponible —reprochó

El rey se indignó con las palabras de la doncella y la hizo a un lado para poder avanzar hasta la habitación principal de Shakti.

Las luces de la recámara estaban encendidas. En una pequeña mesa estaba Shakti con uno de sus tantos libros de medicina. Ella al sentir las puertas abrirse, dirigió su mirada hasta la persona que había entrado. Arqueó una ceja a la vez que apretaba con fuerza la mandíbula, la mujer sentía un odio muy grande por el rey. Y el solo hecho de verlo hacía que su sangre se revolviese en sus venas.

Shakti no toleraba en absoluto la presencia de Mahdi, pues ese hombre le había hecho su esclava, la había obligado a llevar una vida que ella no quería.

Shakti tenía una sola idea en la cabeza; ella no descansaría hasta ver cómo el Califa abasí se destruía a si mismo.

[¹]Muhammad: profeta de origen árabe y fundador del Islam

[²]Aisha bint Abir Bark: Una de las esposas de Muhammad. Recordada por pronunciar discursos públicos, involucrarse directamente en la guerra, luchar en batallas y ayudar a los hombres y mujeres a comprender las prácticas de Muhammad.

[...]

Tratando de contener la ira, Shakti saludó al rey con cortesía. Corrió tras del biombo separador y se puso el batín. Cuando regresó, el rey ya se encontraba sentado sobre uno de los sillones de la habitación.

—Majestad, pensé que estaba con la Concubina imperial Azzar.

—Ella ya dio a luz, es una linda niña.

Shakti vio la oportunidad perfecta para molestar al rey y hacerlo salir volando de su palacio.

—La concubina Azzar es muy desgraciada. Al final esos nueve meses se perdieron… no pudo darle un varón.

—¿Cómo te atreves a hablar así de Azzar y la princesa?

—Estoy en lo correcto. Una concubina debe darle hijos al rey, es una fortuna si da un varón, sin embargo, una desgracia si es niña. Me pregunto cómo se sentirá ella… me imagino que muy decep…

—¡Cállate! —demandó con un grito.

La princesa Shakti se sobresaltó con la voz furiosa del hombre. Este se acercó a ella y habló:

—No se te olvide que no estás en tu reino, aquí no eres nadie. A pesar de ser mi esposa, ni siquiera te puedes comparar con la concubina imperial Azzar… Recuerda otra cosa, estás hablando de mí hija —hizo énfasis en las palabras—. Ella, la princesa Banuqa es más elevada que tú.

Aquellas palabras se clavaron en el corazón de Shakti. En cierta forma, esas palabras la afectaron e hicieron sentir insignificante, pero las tragó igual que su orgullo.

—Entonces, ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no está con ellas?

—¡Sí! Eso mismo me pregunto —salió tan rápido junto con todo su personal.

Shakti bajó la cabeza y se sentó con pesadez en el lecho.

—Alteza, ya el rey salió.

—Creo que nunca más volverá, ojalá sea así —dijo con desprecio.

—Yo también lo creo… pero ¿No cree que se pasó?

—¿Pasarme? Él mismo se lo buscó.

…

El palacio de la belleza eterna estaba sumido en un silencio hermoso. Con el nacimiento de la princesa Banuqa, el ánimo en el palacio empezaba a aumentar poco a poco, y como no, si la pequeña Aisha podía derretir el corazón de todos en la residencia.

Salsa iba a conocer a penas a su sobrina. La mujer entró a la habitación de Banuqa y encontró dentro a Ezra, el servicio y dos nodrizas.

—Hermana, ¿cómo está la bebé?

—Ven a conocerla —la animó Ezra.

Salsa caminó con pasos inseguros hasta la cuna de la princesa Banuqa. Cuando miró dentro, vio a la niña. Sus ojos quedaron sobre la pequeña, luego dudosa la acarició.

—Aisha, ¿sabías que eres quien me ha hecho tía? —preguntó a la niña mientras la acariciaba—. Ezra, estoy segura que padre se moría por conocer a su nieta.

—Sì, sería maravilloso —aceptó

—¿Puedo cargarla? —preguntó.

—Adelante.

Salsa envolvió a Aisha con sus brazos, la puso sobre su pecho mientras sostenía con cuidado su cabecita. En el mismo momento que tomó a la bebé supo que algo estaba mal, pues la niña ardía en fiebre.

—Hermana, Aisha tiene fiebre —indicó preocupada.

Ezra se acercó rápido a ella hasta hacerse con la niña. El resto de personas presentes en la sala la siguieron también.

—¿Por qué tiene fiebre?

—Concubina imperial, llame a un médico —sugirió Didi.

En poco tiempo el médico llegó al palacio y vio el estado de la princesa Banuqa. A pesar del susto que les había dado la pequeña, lo que tenía parecía no ser grave o por lo menos eso fue lo que aseguró el médico.

—Concubina imperial, no debe preocuparse.

—¿Qué tiene?

—Es común en recién nacidos, no debe alarmarse. Sin embargo, si la princesa presenta complicaciones llámeme de nuevo. —anunció el galeno.

—Gracias, médico imperial —lo despidió tras haberle dado algunos dirham.

Ezra suspiró aliviada y acostó a la niña nuevamente en la cuna. La meció suavemente de un lado a otro buscando entretenerla.

—Hermana, Aisha es muy hermosa. Dime, ¿por qué la llaman Aisha y Banuqa?

—Solo Aisha la podemos llamar su familia, para el resto ella se llama princesa Banuqa.

—¿Idea del rey? —preguntó con burla.

—Así es

…

—¿Dónde está la princesa Banuqa? —preguntó Badar en cuanto llegó al palacio de la eterna luz.

—Ven, pasa para que la veas —Ezra la guío hasta la habitación contigua a la suya.

Badar estaba visitando a la concubina imperial Azzar, también conociendo a la princesa. Cuando la cargó en sus brazos, la bebé se acurrucó en ella. Eso hizo la hizo sonreír con nerviosismo.

—Pero que preciosura —susurró

—¿Cómo estás? —Ezra preguntó mientras se sentaba frente a ella.

—Estoy bien, mira —mostró su mano dejando a la vista el anillo obsequiado por la reina—, lo arreglé.

—Perfecto, así no levantaremos sospechas a la emperatriz.

—Sí… Debo decirte algo —titubeó en sus palabras—. El que la reina haya puesto esa medicina en el adorno no me hace menos culpable, pues yo también he estado evitando embarazarme. No quiero.

—¿Qué dices? ¿Sabes lo que pasará si el rey se entera?

—Lo sé, pero no me importa. Solo vivo aquí porque me toca, no me importaría morirme o caer en desgracia.

—Pero no puedes bajar los brazos tan rápido, Badar. Esto apenas empieza.

—Yo simplemente no puedo más, estoy muy cansada de este lugar, de las intrigas y conspiraciones.

—¡Vamos, un poco de ánimo! —trató de contentarla.

Badar sonrió forzada ante las palabras de Ezra y le pasó a la bebé.

—Me voy —avisó mientras acomodaba sus ropas.

—Debes tener cuidado con lo que haces, Badar —advirtió

—Así lo haré.