EPÍLOGO

Narra Roman

-Listo, sanen la herida. -Le dije a Margarita y ella empezó a desinfectar la herida de la chica que había entrado a urgencias, se había caído de una moto y tenía una herida de consideración en la cabeza. Esta no era mi labor, pero el hospital estaba tan abarrotado hoy que tuve que hacerlo. -Debo irme.

-Doctor, faltan otros pacientes…

-Mi turno acabó y no me siento bien.

Desinfecté mis manos y salí del hospital, necesitaba respirar. Me estaba sucediendo de nuevo, lo que he luchado años por controlar, los ataques de ansiedad. Recuerdo que de niño arremetía contra todo y todos sin pensar, años más tarde lo seguía haciendo en peor medida, fuera con comentarios hirientes o fuera de lugar, o simplemente evitando el contacto humano en lo mayor posible.

Todo era así hasta que la conocí a ella.

Recuerdo la primera vez que la vi. Mis padres me llevaron al apartamento de unos amigos suyos en Betania que a veces venían a vernos. Esos señores francamente me daban igual, los ignoraba, pero al entrar no pude evitar analizar ciertas cosas. Maldita sea, ¿cómo pueden poner las sillas de esa forma? Los cuadros no estaban alineados, había unas llaves colgadas en desorden, no en forma de tamaño, las velas no estaban alineadas y el señor tenía rastros de pintura encima y aún así cocinaba. Estaba a punto de empezar a hiperventilar cuando la vi por primera vez. Era pequeña, delgada y tenía el cabello rosado, detallé el lunar de su mejilla, su nariz respingada y como parecía que la veía en cámara lenta, esto nunca me había ocurrido antes. Sonrió estirando una mano hacia mí y en un acto despreciable la ignoré y me metí en el baño.

Me observé en el espejo. Tenía un par de manchas, pero no me fijé en eso sino en mi aspecto. Estaba pasado de peso, sabía bien eso desde que me costaba agacharme y que mis mejillas parecían un ocho de costado. Además, era bajito, tenía un corte de retrasado y aparte, era despreciable. Sabía bien eso, no sé cuántas veces mis primos me dijeron que yo era irritante y así empecé a estar consciente de eso. Podía ser brillante, pero eso no me hacía agradable.

Entonces empecé a hacer cosas estúpidas para llamar su atención, me reía de su cabello cuando en realidad quería acariciarlo, le decía que tenía dientes de tiburón cuando tenía la sonrisa más perfecta que hubiese visto, pegué todos sus calcetines azules a la pared porque le dije que eran horribles, pero en ella se veían adorables, me reí de su figura diciendo que parecía de perfil un caballito de mar cuando en realidad era preciosa. Dios, juro que Urania era preciosa en la forma en que la miraras porque sí era preciosa, sí lo era.

Recuerdo la tarde en que mis padres me dijeron que me mudaría con ella, fingí enojarme y no les hablé en todo un fin de semana, pero por dentro estaba tan feliz que me costaba ocultarlo, por eso no salí de mi habitación en dos días.

Esa tarde en que llegué y la miré después de no haberla visto por casi dos años, sentí que mi corazón se detuvo y tuve que respirar varias veces para mantener la calma, para no soltar un comentario estúpido como mecanismo de defensa al verla… pero no pude y apenas me dirigió la palabra, escupí palabras crueles y me escondí por varios meses. No lo hice de forma literal, escondí lo que sentía, como en realidad era por miedo a que me rechazara, porque sabía que tenía novio y recuerdo las fantasías que tenía con él. Imaginaba que compraba una podadora y se la pasaba por encima, imaginaba que lo amarraba a una columna y lo pateaba hasta que se me cayeran las piernas, imaginaba que lo vendía como esclavo o que lo mandaba a un prostíbulo búlgaro, pero era porque lo odiaba, lo odiaba como nunca he odiado en toda mi vida a alguien y quería verlo desaparecer. Cuestionaba su existencia, pensaba cosas tontas como: ¿Cómo alguien con ese corte de cabello puede existir?

Y en el momento en que terminaron y Urania me dijo que… yo le gustaba, no supe como reaccionar. Mi mente no lo podía procesar, no lo veía como un factor posible. Pensé: seguro lo dice porque acaban de romper con ella y pensé esto por mucho tiempo, y seguí escupiendo cada basura que pasaba por mi cabeza, pero luego notaba la forma en la que empezó a mirarme, como sus ojos brillaban al verme o cómo intentaba complacerme de cualquier manera. Me costó mucho creerlo, no podía ser cierto. ¿Cómo una mujer perfecta como ella se fija en alguien corriente como yo? Yo era del tipo de personas a las que nadie quiere acercarse, yo era al que todos se alejaban en el descanso o el último que elegiría una chica para salir, pero ella me miró como nadie me había mirado nunca y… me amó. No sé cuánto tiempo me costó creerlo, que esto me estaba sucediendo, que el universo me estaba premiando sin merecerlo, pero cuándo por fin logré tenerla lo supe. Estaría enamorado de Urania hasta el último día de mi vida.

A medida que los meses pasaron pude ir dejando de ser tan despreciable, aunque en realidad nunca dejé de serlo, pero trataba de no serlo nunca con ella, no con mi urano. Recuerdo la primera vez que la besé, ese fue el momento en que me volví adicto a sus labios que llevaba años ansiando probar, luego me volví adicto a su piel, a sus manos, a morder sus orejas, al olor de su cabello o de agarrar su cintura. Incluso estando con ella sentía que quería más, que necesitaba más, ¿cómo incluso puedes extrañar a alguien que tienes durmiendo en tus brazos? ¿cómo era que, si se alejaba de mí por unas horas en la escuela, sentía que se volvían eternas y no veía la hora de regresar a casa? ¿cómo podía amarla tanto?

No puedo decir que todo fue perfecto porque estaría mintiendo. Le hice daño muchas veces, tanto antes de salir como cuando ya estábamos juntos y cada vez que peleábamos, sentía que mi mundo se venía abajo y me daba ansiedad, entonces empezaba a limpiar sin parar el baño o la cocina para quitarme ese sentimiento, pero luego descubrí que era mejor si salía a caminar, pero luego empezaba a extrañarla y regresaba, era imposible dormir si no era en sus brazos, me tenía totalmente bajo su poder.

Así posteriormente cuando acabó el año y yo estaba muy emocionado por las cosas que vendrían, todo iba a ser perfecto. Participaría en un proyecto soñado, estudiaría lo que siempre quise y seguiría viviendo con el amor de mi vida, aunque no me bastaba con que fuese mi novia, no. Siempre fui un maldito celoso psicópata, lo sabía, era asqueroso y por eso tenía un plan. Exactamente el día de mi cumpleaños número dieciocho le pediría que se case conmigo para que fuera mía legalmente y le compraría un anillo tan grande que hiciera que su mano se cayera al piso, para que todos supieran que era mía, solo mía… pero esto no fue posible.

Recuerdo que después de separarnos aquella mañana, tuve un ataque de pánico en el avión. Me puse mal, muy mal y las azafatas tuvieron que socorrerme. Las cosas no mejoraron cuando llegué a Salamanca, me escondí en el baño de mi habitación por tres días en que no salí, no podía ver una cama en que dormiría solo, no podía ver una mesita de noche en que no estuviera el perfume dorado de Urania y menos un guardarropa sin sus vestidos… sin ella.

Las semanas que pasaban eran peores. Volví a tomar medicamentos, los mismos que había dejado por Urania ahora los volvía a tomar también por ella.

Una noche muy mala fue en la que hablé por última vez con mi urano. Había tratado de dejarle mensajes todas las noches, aún cuando sabía que no debía, que con esto podría complicarlo más todo, pero esa vez… esa noche en que me gritó y dijo que no quería saber nada más de mí, me puse tan mal que mis padres lo notaron y mamá sugirió darme unos tranquilizantes, ¡es que esa era su solución para todo! ¡no estaba enfermo esa noche! ¡tenía el corazón roto! ¿era tan difícil de entender para ellos? Intentaron calmarme y obligarme a tomarme esas pastillas, pero las arrojé lejos y les dije muchas cosas, cosas horribles, porque habían arruinado no solo mi vida, sino la de la mujer que amaba.

Con el pasar de los años me di cuenta de que Urania tenía la razón. Creí que hacía lo mejor para ella y por eso decidí irme e incluso, traté de ayudarla económicamente dejándole el dinero que gané y no regresé por temor a que lo nuestro se pudiera dar a conocer, pero me di cuenta de que… me rendí muy rápido, debí luchar, debí ser más firme e incluso, raptarla si era necesario, pero nunca, nunca separarme de ella. Noté el grave error que había cometido cuando ya salía con Blanca, la chica que había conocido en la facultad y con la cual intentaba no pensar en ella. En ese momento pensé en volver, pero había pasado demasiado tiempo y pensaba que no iba a querer verme, no con lo que me dijo la última vez.

Con Blanca todo siempre fue… simple. Yo necesitaba compañía, apoyo y ella era justo eso. Me quería, se preocupaba por mí y mis padres la adoraban, después de mucho pensé que debía conformarme con lo que tenía, con la vida que me había tocado y pensé que debía intentar hacerla feliz como ella lo intentaba cada día conmigo, me conformé con complacer a todos menos a mí todos estos años hasta que la vi. Cuando vi a Urania de pie en el hospital en que trabajaba lo supe, dejaría todo por ella, esta vez sí lo haría.

Me tomé un día para renunciar y luego tener una última cena con mi familia, pero luego, en ese restaurante mexicano, sonó esa canción que Urania cantaba para hacerme enojar y la recordé… me sentí mal, mal, mal. No sé cómo pude dejar pasar tantos años, cómo pude dejarla sola cuando ella me necesitaba tanto como yo a ella, siempre pensé que yo la quería más, pero no era así. También me amaba, sí lo hacía y ahí lo decidí. No sé porqué tardé todo un maldito día en regresar, todo pudo ser diferente si hubiera regresado antes.