Chapter 43.
Días de felicidad
Desperté esa mañana de sábado al sentir los besos cálidos y tiernos de Mateo en mi mejilla. Me sentía tan, tan feliz, por fin. Sonreí y me senté, debía levantarme y tomar una ducha, pero al ver que iba a levantarme, de inmediato se rehusó y me sujetó por mi cintura, amenazando con hacer una de sus clásicas pataletas y reí.
-Mateo.
-¿Sí Ari?
-No tardaré duchándome.
-¿Puedo bañarme contigo?
-No.-Frunció el ceño y reí.-Bueno, tal vez en la noche sí.-Sonrió, besé su mejilla y luego, me cubrí por completo con la sabana, porque jamás caminaría desnuda y tomé mi bolsa e ingresé al baño.
Minutos después salí, me sequé con una de las toallas del baño porque aún no sé dónde Mateo puso mis cosas, entonces me puse la ropa interior, que al parecer fue lo único que guardé en esta bolsa y la ropa en el equipaje grande. Entonces salí y Mateo seguía en la cama, me miraba con su sonrisa tierna y de inmediato, me sonrojé por completo.
-¿Por qué me miras así?
-Te amo Ari.-Me puse más roja aún y no pude evitar sonreír, nerviosa. Entonces me subí de inmediato sobre él y lo abracé. No entendía cómo podía sentirme de esta manera, tan bien que incluso, quería llorar de lo bien que él me hacía sentirme.
-Te amo Mateo.-Lo abracé un par de segundos más, pero luego, cuando él al final aceptó soltarme, me bajé y empecé a buscar algo de ropa en la maleta, agarré lo primero que encontré, unos shorts y un suéter. Me di la vuelta, puse la ropa sobre la cama y me quité la toalla.
Sentí la mirada de Mateo, frunció el ceño al ver algo extraño en mi cuerpo y me miró aterrado. Me di la vuelta de inmediato y me miré en el espejo de la habitación. Maldición… pensé que eran marcas leves porque la luz del baño no es que alumbre muy fuerte, pero ahora, por la luz del sol que entraba por la ventana, podía ver que tenía bastantes marcas nada sutiles por todo mi pecho, parte del abdomen e incluso, varias en el cuello. Volteé a verlo y le aventé una de las almohadas que no sé cómo estaba tirada cerca de la televisión, supongo fue anoche por…
-Ah, es que te crees Edward Cullen, maldito infeliz.
-Lo siento.-Dijo avergonzado y reí, en verdad esto no me molestaba en lo absoluto y menos cuando lo disfruté de esa manera.
Más tarde, después de saludar a Helena y de desayunar, le dije a Mateo que fuéramos a su habitación para hablar con ella. Ella soltó a su muñeca, la María Antonieta que no suelta nunca y se sentó en la cama, junto a nosotros y nos miró.
-Bebé, tenemos algo que decirte.-Asintió y no sé por qué, pero me puse nerviosa. Miré a Mateo y el me miró, entre risas.-¿Le digo yo o lo haces tú?
-Será divertido escucharte decirlo.-Se burló y lo fulminé con la mirada. Entonces inhalé fuertemente y la miré.
-¿Recuerdas que te dije hace meses que ya no veía a Johann?
-Lo recuerdo.
-Bueno pues…-Tomé la mano de Mateo y él sonrió, lo hice también.-Tu papá y yo después de mucho hablarlo, decidimos estar juntos ahora.
Se puso de pie de inmediato y nos miró, alterada.
-¿De verdad?
-Sí.-Contestó él esta vez.
-¿Eso quiere decir que… viviremos juntos los tres?-Preguntó tan feliz que me conmocionó verla así.
-Sí Helena.-Respondió de nuevo.
-¡Genial!-Habló sobresaltada.-Pero…pero…pero…¿viviremos aquí, o en la casa, o en el edificio, o en Alemania?
-No, aquí.-No sé por qué, pero se puso a llorar y me abrazó.
Al parecer, no éramos los únicos que anhelábamos esto.