Capítulo V: La Semilla de Oro (2)
Ventiún días más adelante, la cabaña de la reina de la luz se encontraba pacífica y armoniosa. Marlina se despertó, pues escuchó alguien tocando la puerta varias veces. Se levantó de su cama, y se colocó una pequeña bata que alguna vez Emérita le había obsequiado, y salió para ver de quien se trataba.
–Hola reina–exclama el dios del aire–. ¿Es muy temprano para ti?
–¡Amsiret! –exclama la mujer emocionada–. No, no lo es, ¡pasa adelante!
–En realidad, estaba pensando si íbamos hacia las afueras–dice el hombre–. Podemos ir a desayunar, pues tengo un regalo para ti.
–¿De veras? –exclama la mujer–. Gracias de verdad, eres un amor de persona. Me alistaré rápido.
–¿Para qué? –dice el hombre, entre risas– Estas hermosa así.
–Bueno–exclama la mujer, sin parar de sonrojar–. ¿Por qué no? Después de todo solo somos tú y yo.
Los dioses empezaron su lento recorrido. Había escogido un amplio trayecto. Se dirigían hacia el centro de la región, donde Amsiret recordaba unos buenos arbustos primaverales donde podían sentarse a platicar. Era el lugar perfecto para sorprenderla con su misterioso regalo.
Después de haber pasado por un hermoso prado repleto de flores y rosas, llegaron a las proximidades del centro de la isla. Y en la distancia se denotaba una magnitud que no había visto la diosa durante sus cien años. Un árbol gigante, vislumbrando ráfagas de formas centelleantes, sobre el horizonte de la zona. Fácilmente, era el árbol más alto de toda la isla, y no podían entender la repentina aparición de su presencia. ¿Cómo había aparecido allí?
El árbol brotaba una energía purpura y azulina, que recubría todo el terreno, y en la cima de los trópicos dorados de este, surgió un rostro familiar
–¿No es ese, tu hermano? –pregunta Marlina.
De la altura del árbol, se denotaba una figura postrada en una de las ramas robustas. Parado, comiendo un fruto. Era el dios de los poderes plasmáticos.
–¡Bienvenidos, amigos míos, a la iniciación del nuevo imperio! –exclama el ser en voz alta–. ¡Son los dichosos primerizos, en ver el nacimiento del Venerable Árbol, el más grande de esta isla, y por ende el más poderoso de toda esta aldea, hasta el final de ella!
–¡¿Qué es lo que has hecho?! –exclama Amsiret–. ¡Ven aquí de inmediato!
–Pero que aburrido hermanito–exclama Arac–. ¡Pero ya que insistes, bajaré para que saluden a su nuevo rey!
Desde la rama donde estaba colocado, Arac descendió de forma habilidosa de entre las lianas y los troncos. Zurrándose con estilo, y elegantemente, descendió hasta la superficie, donde se encontraban Amsiret y Marlina.
–Así que tu tenías esa semilla, que desgracia sinceramente–exclama Amsiret, caminando de un lado a otro.
–¿Por qué te estresas tanto hermano mío? –exclama el ser–. Que no ves el milagroso regalo que he hecho para mi hermosa Marlina, que, por cierto, tu lindo rostro me ilumina como nunca hoy.
–¡Que no entiendes! –exclama Amsiret enfurecido–. ¡Esa semilla no se debía sembrar ahora!
–Pero, ¿de qué hablas hermano? –dice Arac–. ¡Míralo! Es la preciosidad más grande que se ha visto en estas tierras. Ya hasta ha brotado su primer fruto, es delicioso.
–¡Ese fruto no debía ser ingerido! –exclama Amsiret–¡Ese árbol debía sembrarse después de que iniciara el imperio!¡Después de haber sido escogido el rey! ¡Y ese fruto debía brotar en la presencia del nuevo reino, no ahora! ¡Por tu culpa este árbol no volverá a tirar un fruto hasta dentro de miles de años! ¡Si es que si quiera lo vuelve a hacer!
–¡Este es el nuevo reino! Vamos hermano, ¡eres un exagerado! –exclama Arac–. Sin ofender mi diosa, pero no todo lo que dice Elgoneth debe ser tomado en serio. ¡Obsérvenla! No puede ser más hermoso. Con él, este imperio ha iniciado. Con él, la diosa ya pude visualizar su futuro, y con él, ella ya sabe en su corazón quien es su rey, ¿o me equivoco mi hermosa?
–¡Eres un degenerado, un ladrón y un inepto! –exclama Amsiret
El dios de los aires estaba tan enojado que una breve ráfagas de fuegos y poderes grisáceos y de color ámbar comenzaron a circular hacia Arac. El dios del plasma se defendía como podía con sus escudos violetas, y lanzaba rápidamente contrataques triangulares a su hermano.
A distancia, Marlina se cubría en una piedra, pues los hermanos estaban realmente descontrolados. De pronto, una ráfaga pentagonal atacó el brazo derecho de Amsiret, hechizo proveniente del dios de los poderes plasmáticos. Del guante roto de Amsiret sale volando un espejo, pequeño y circular. El dios trato de recuperarlo, pero su hermano le seguía lanzando ataques, lo que le obligo a correr de él, y seguir defendiéndose.
Entre el intercambio de ráfagas letales de poder, Marlina comenzó a gatear para acercarse hacia el espejo, el cual había quedado cerca de donde se encontraba. Y cuando estaba a punto de sujetarlo, una luz de fuego golpeo justo antes de este, y la tierra lanzo volando al espejo y a ella hacia atrás.
En medio del vapor brotador, Marlina volvió a recuperar la consciencia, y el espejo pequeño estaba al lado de su mano derecha. En la parálisis del momento, lo sujeto, y el espejo se adhirió a ella como un imán, pegado perfectamente en la palma derecha de la mano de la mujer. Y comenzó a ver como involuntariamente este brotaba energías de luz, eran sus poderes reflejándose a través del espejo. Y como si de un acto instintivo se tratase, se levantó en una piedra cercana, y entre la batalla descontrolada e incesante, exclamó
﴾ ITHILIĖN LUSTRO﴿
Una energía de luz comenzó a acumularse en su mano, naciendo desde el espejo. Y lo que comenzó como una pequeña bola circular de luz, se magnificó en proporciones desmedidas. Tan grande, que ella comenzó a iluminar todo el lugar, y cuando la diosa de los truenos y relámpagos terminó de pronunciar estas palabras, soltó el gran cirulo de luz con fuerzas de su mano, y esta se engrandeció tanto que su fuerza y su poder carcomía la gravedad que les rodeaba, empujando ferozmente todo lo que se encontraba al frente de este. Arrastrando a los hermanos con sus ondas gigantes, hacia los confines del lugar; dejándolos tirados, agarrándose de algunas rocas, mientras el lugar tambaleaba y las corrientes de luz los empujaban a toda fuerza.
De la mano de la mujer proseguía brotando una luz impresionante que controlaba la gigantesca bola de electricidad. Sus ojos se habían pasado de color miel, a color dorado intenso, hasta que la mujer volvió así misma, y cerró su mano abierta en un puño.
Y cuando realizó esto, instantáneamente, la bola de fuego se detuvo, y rápidamente se fue desintegrando entre los aires. La tierra detuvo sus escalofriantes temblores, y las corrientes de fuerza eléctrica se detuvieron en un instante, haciendo que los dioses cayeran al suelo. Uno de la piedra donde se sujetaba, y el otro del árbol alto donde se sujetaba.
La diosa de la luz, no podía comprender como había sucedido tanto poder, y al encontrarse nuevamente con la razón, corrió rápidamente hacia los distantes hermanos, buscando a Amsiret primero, pues Arac se encontraba mucho más distante.
–¡Amsiret! ¡Discúlpame!, ¡¿estás bien?!–exclama la mujer–. ¡No pensé que esto sucedería!¡No me dejaron otra opción!
–Está bien Marlina–dice el hombre–. Hiciste lo que debías hacer.
–¿Dónde está tu hermano?
–¡Estoy bien! –exclama el hombre, sujetado de un árbol caído, en la distancia–¡Diablos mujer!¡Que poderío!
La mujer entonces, al asegurarse que el dios de los aires estaba bien, se dirigió hacia donde Arac, entre los escombros de la electrocutada desbarato lugar.
–Arac, escúchame–exclama la mujer–. Te agradezco por lo que has hecho. Es un gesto bello, y realmente es un árbol muy hermoso.
–No tienes que agradecerme, mi diosa–responde el dios–. Este es un obsequio para ti.
–Y te repito, te lo agradezco–exclama la mujer–. Pero realmente necesito que me dejes a solas con tu hermano. Quiero y vine aquí hablar con él, pues el también quiere obsequiarme algo, y has interrumpido esto,
–¿Es en serio? –pregunta Arac.
–Podemos vernos después–dice la mujer–. Solo ten un poco de paciencia, ¿te parece?
–La verdad no me parece lo indicado–exclama el hombre–. Pero haré una excepción, porque me lo estas pidiendo.
–Gracias–responde la mujer.
–No te demores con esa sabandija–dice el hombre–. Por cierto, ¡te diste cuenta que este árbol es indestructible!¡No sé qué te va a obsequiar ese engendro, pero jamás podrá superar el poder de este árbol!
La mujer se voltea rápidamente, y corre hacia donde Amsiret. Estaba bastante herido, por lo que lo levantó de un hombro y ambos comenzaron a caminar lejos del damnificado lugar
–¿No vamos a desayunar? –pregunta el dios del aire.
–¿De qué hablas?¡Estas herido! –dice la mujer–. No señor, no voy a permitir que te pase nada. Vamos a la cabaña. Debemos ayudarte a sanar esas heridas.
Los dioses se devolvieron, por el mismo camino que habían utilizado para llegar al centro de la región, y aunque Amsiret se había perdido en la divinidad de las sonrisas ofrecidas varias veces por la mujer en el prado durante su ida, ahora era su seriedad, y su sentido de preocupación y protección lo que le cautivaba de la mujer. Y devolviéndose en el mismo prado amplio y hermoso, fue donde terminó enamorándose por completo de ella.
Llegaron a la cabaña, y Marlina sacó unas pócimas curativas rápidamente, las cuales las empezó a aplicar sobre las heridas del guerrero de los aires.
–Te va a doler un poco–exclama la mujer–. Pero es lo único que tengo para poder curar esto, las otras amarillas son deb–, ¡¿por qué me miras así?!
–Discúlpame, es tu rostro angelical–dice el hombre–. Lo siento Marlina, pero eres todo lo que siempre soñé.
–Amsiret me vas hacer llorar–dice la mujer– ¡Ya basta de mí! Debes pensar en ti por un momento.
–Es que, estuviste grandiosa allá.
–¿Eso crees?
–Lo hiciste mejor de lo que podía imaginarme, y créeme, me esperaba mucho de ti–dice el hombre.
–Gracias amor mío–responde la mujer–. ¿Pero qué es lo que esperabas? Pensé que desayunaríamos y ya.
–Aun no te preguntas cual era tu regalo cierto.
–¡Verdad! –dice la mujer–. Pues no vi que traías nada contigo, no sab–pero espera, antes que sigas eso me recuerda, tengo que devolverte algo que es tuyo.
La mujer saca de uno de sus bolsillos de su ahora desteñida y rota bata, el espejo pequeño. Se lo trata de entregar a Amsiret, pero este la detiene.
–Ese es tu regalo, mi reina–dice el hombre–. Es el Espejo Sattara, un recuerdo que me sirvió en mis mejores días, dándome fortaleza y seguridad como mortal, antes del gran apocalipsis, como tu también sabes. Era de mi madre, y en este ella encontraba inspiración todos los días, a través de su reflejo. Me lo regaló a mí, antes de que muriese. Como era la tradición, obsequiarlo al hijo menor.
–Amsiret, ¿Por qué eres tan lindo conmigo? –dice la mujer–. No puedo aceptar esto, es demasiado.
–Quiero dártelo Marlina–dice el hombre–. Fue lo primero que me dio tu hermano cuando me revivió, y me alzó como un dios. Lo convirtió en un arma extremadamente poderosa, más de lo que él tenía previsto, pues he descubierto que en este se encuentran los poderes más grandes de toda esta naturaleza. Son diecisiete hechizos, todos reservados dentro de ella. Pero su portador debe ir descubriéndolos a través de sus instintos, su intuición, y la pureza de su corazón.
–Siempre le ha pertenecido a una mujer–dice el hombre–. Y desde que Elgoneth me asignó esta tarea, estaba totalmente seguro que quería dártelo a ti. Solo que no de esta manera, a veces creo que no merezco tener la oportunidad de tener la tarea de amar a una mujer tan dulce, hermosa, cariñosa, am–
La mujer no permitió que el hombre siguiera pues esta lo agarró y lo besó, y la armonía de un amor verdadero surgió al instante. El apasionante beso no se detuvo, y cuando menos se habían dado cuenta, su amor se estaba consumando. Dos llamas ardiendo en una sola luz eterna de lealtad, sinceridad, amorío, y perfección eterna. Era justo lo que Marlina había esperado por tantos años. De hecho, la vida le había dado algo mejor. Algo que superaba todo lo que alguna vez había imaginado, pues no solo había encontrado un rey, sino también un poder inimaginable con el espejo, y aunque solamente faltaban dos días para la gran llegada de Elgoneth, y la toma de la decisión final, el corazón de Marlina mencionaba a gritos a su elegido, pues veía claramente el futuro de la mano, del corazón, y de la mente de este.