Capítulo IV: Secretas Intenciones (2)
Esta se levanta, y decidió continuar su camino. Esta vez con mucha más intensidad de cuando empezó. Tiró su intuición por la borda, y comenzó abrir todas las habitaciones. Puerta por puerta. Tenía demasiadas preguntas, y las respuestas de inmediato. Abría cada una de ellas, sin miedo, encontrándose con habitaciones sin relevancia, o al menos, así lo creía la princesa.
Después de abrir muchas puertas, se encontró con una criatura legendaria. Un ghocunus*tremendamente grande, con un aspecto temible inclusive dormido en una habitación repleta de cristales; trata de cerrar la puerta sin hacer ruido para no despertar al furioso animal, pero la puerta se golpea con el zapato de la mujer, generando un ruido lo suficientemente fuerte para despertar al animal.
La criatura va directamente a atacarla, y la mujer entra en pánico. Esta cierra la puerta lo más rápido posible, y al hacerlo, lo hizo con tanta fuerza que se tropezó del impulso, golpeándose con una puerta que estaba justo detrás de ella. Cayendo así, a otro cuatro.
Se quedó un breve período en el suelo por el golpe que se había dado. Se volteó, y estaba dentro de una habitación con todas sus paredes blancas. Vio que la puerta con la que se había golpeado no tenía ninguna característica que la hiciera especial para sus ojos. De hecho, era la más simple que había visto en el interminable pasillo.
Estando en el suelo, comenzó examinar la habitación, y se dio cuenta de un cofre peculiar; incrustado en una de las paredes. Alado de este, había una mesa larga con gavetas adheridas a ella. Este cofre se veía interesante, por lo que se levantó, y decidió dirigirse hacia el para ver lo que contenía.
En una de las gavetas de la mesa, se encontraba una llave. No tenía idea por qué estaba ahí. Asumió que pertenecía al cofre, pero a la vez no entendía la simplicidad con la que la había encontrado. Para ella, si dentro de él había algo importante, se suponía que sería difícil de encontrar la llave que lo abriese.
Al tomar la llave, se dirigió hacia el cofre para abrirlo y ver lo que contenía, aunque su intuición le decía a gritos que no lo hiciera. Pero su curiosidad la impulsaba hacerlo, casi sin razonar. Y cuando iba a introducir la llave y descubrir por fin su contenido, la voz misteriosa reaparece nuevamente.
–Se ha acabado tu tiempo––exclama la voz de forma impetuosa–. Te llevaré donde Arac, pero no puedes abrir ese cofre, ya que lo has hallado ahora que tu tiempo ha culminado. Sal de la habitación ahora. Te guiaré hacia tu destino.
Emérita debía decidir, pues aun deseaba abrir el misterioso objeto. Pero escogió rápidamente quedarse con la intriga. De igual forma, tenía muchas preguntas que hacerle al dios, y demasiadas ganas de verlo a este punto. Accedió, y dejo la llave donde la encontró. Retirándose de la habitación, no sin antes ver el cofre por última vez.
–¿A dónde debo ir? – pregunta Emérita
–Al final del recorrido la S encontrarás–prosigue la voz–. Encuentra lo que buscas y lo que buscas lo hallarás.
–¿Qué demonios significa eso? – pregunta Emérita.
–¡¿Hola?!– continua Emérita, sin recibir respuesta alguna.
La voz desapareció, y la mujer sabía que esta ya no iba a volver a reaparecer. Estaba sola, junto con una pista que no había entendido.
Pensó por mucho tiempo el extraño indicio, y solo logró entender el final de este. Parecía referirse al final del recorrido, ilustrando el final del pasillo que había llegado, o por lo menos así ella lo entendió. Así que decide seguir su marcha hacia el final que para ella parecía inexistente.
Después de caminar hasta el final, encuentra tres puertas con tres iniciales diferentes. Una letra distinta, asignada para cada una. La primera de ella, tenía la letra S, como su inicial. La segunda puerta, tenía la letra O, como su inicial. Y finalmente la última puerta con la letra L, como su inicial.
En definitiva, esta debía escoger una de las tres letras. Una de las tres puertas. Y para elegir una de estas, comenzó a pensar en la segunda pista la cual fue más fácil que la anterior,
“La S encontrarás, encuentra lo que buscas y lo que buscas lo hallarás”
Decide escoger la puerta con la letra S, y al entrar a ella, encuentra finalmente la cámara real. Y allí se encontraba el elegido, sentado en su trono como un rey seguro. Se le veía demasiado feliz, al ver a Emérita, después de sonreír.
–Lo lograste, Emérita– dice Arac sonriente. –Eres digna de mí, y de mi nuevo reino, exclusivo para ambos. Debes estar exhausta, ¡bienvenida!¡Toma asiento!
Emérita no decía ni una sola palabra, solo se sentó a tomar lo que estaba en la mesa y pensó muy bien en lo que diría.
–Cuéntame Emérita como fue el reco–
–No sabía que los elegidos de Elgoneth, fueron mortales alguna vez– interrumpe Emérita.
–Son cosas que no son necesarias saberlas–responde el dios del plasma–. El Arquitecto de la Vida no nos permitió decirlo, al llegar aquí. Condiciones del juego, y, además, ¿son cosas del pasado cierto?
–¿Cómo no va a ser necesario saberlo? –pregunta la mujer–. Se supone que llegaron aquí por Marlina. Deidades, encontrándose con otras deidades. Todo este tiempo estuve pensando que los elegidos serían creaciones perfectas de Elgoneth, ilimitadamente superiores a mi naturaleza. Y ahora resulta ser, que todos ustedes eran humanos, como yo. No lo entiendo.
–¿Cómo eres un dios ahora? – preguntó Emérita
–Físicamente somos dioses–responde Arac–. Pero se pude decir que, en nuestras almas, somos mitad deidades y mitad terrestres. La primera generación de este planeta fue destruida, y todos los seres vivientes de ella fueron extintos, incluyendo los humanos. Todos a excepción de un hombre, Elgoneth. Este fue acogido por la tierra, elevado milagrosamente desde el fuego, y fue bendecido como el nuevo dueño de estas tierras infinitas. Bautizado, como la nueva mente de este planeta. Y después de ello, yo fui escogido por él, para formar parte de su nuevo proyecto.
–Me revivió, y me alzó de entre los muertos; sujetó nuestras almas, y me levantó junto a mi hermano como miembros de la nueva generación de dioses, gobernantes de este nuevo mundo. Es todo lo que debes saber por ahora. Dime, mujer, ¿qué te pareció la pala–
–¿Crees que sea elegida alguna vez? – cuestiono Emérita
–¡Ya basta! –responde el dios–. Hay cosas que están hechas para no saberlas, Emérita. No conozco las respuestas de todo, ¿acaso esto es un interrogatorio? ¡Estás aquí ahora! ¡Has demostrado ser digna de un dios! Y conmigo, desde este instante, puedes contar para las promesas de un nuevo mundo, el cual construiré para nosotros dos, desde nosotros dos. Puedo escuchar tu corazón, Emérita, y mis intenciones son tan puras como las tuyas. Desde que te vi, supe que tu belleza era
correspondiente de mí. Y aquí te prometo, entregarme a ti. Pues sabía que tenías potencial, pero has dejado en claro, que no solo tienes potencial para ser desposada por el dios del plasma, sino que eres la verdadera reina de este palacio. Estas pruebas están hechas para desviar a seres mil veces más poderosos que tú, y, sin embargo, tu intuición ha demostrado superar cada una de ellas. Te exigí de más, y has respondido a la perfección. No puedo estar más orgulloso de ti.
La mujer se conmueve ante las palabras del dios, pues después de haber pasado tantos días de soledad, augurio, desesperación, y lucha, al fin escuchaba palabras de aliento. Palabras de motivación. Palabras que la hacían creer en ella otra vez.
–Cambiemos de tema–continúa el dios–. ¿Cuál fue la habitación que más te gusto?
–La del cofre–exclama la mujer–. Lo que me recuerda, ¿que hay dentro de él?