Capítulo VIII: Crónica del Exilio (1)

Cuarenta y cinco días habían pasado, desde la consolidación del gran reino; la gran fortaleza. Los reyes gozaban de una prematura nación, dentro de un castillo poco poblado, pero de refinación completa; precioso en su composición. El ejército de la nación, por su parte, había desarrollado fuerzas a velocidades abismales, en la clarividencia del palacio de cristales. El Reino de Adnia surgía, enardecidos por la llama del fuego azul. La leyenda del safiro, el rostro reluciente azulino. Portadora de la luz, y de las piedras del índigo, equilibradoras del bien y del mal. La coronada por el fuego circular de la victoria, la misma que la consagró como la Diosa de La Luz, y dueña de la legítima prosperidad. Dueña del legítimo reinado. El auge del nuevo reino de Adnia comenzaba a surgir significativamente, tal y como lo había previsto Elgoneth, en su plan perfecto.

Sin embargo, los reyes no habían sabido más nada del dios del plasma desde su extravío entre los bosques, pues el general no se había aparecido a ellos desde entonces. Estaban seguros de que este no quería saber nada de ellos, pues las noticias de su ejército le llegaban cada quince días por un mensajero de Solari. Y al llegar a este día, era de esperarse la tercera actualización del gran ejército de Solari.

–Amsiret, se aproxima el atardecer, y todavía no nos llega un mensaje de Aravir– dijo Marlina.

–Tranquila, los últimos dos mensajes han demostrado que el ejército está cada vez mejor– exclama Amsiret–. Además, aún no corremos algún peligro aquí, ¿por qué te interesa saber tanto de Solari?

–Me preocupa tu hermano Amsiret–responde la mujer–. Han pasado cuarenta y cinco días desde que se perdió en ese bosque, y cómo pretendes que vamos a erigir un reino estable, si los reyes están peleados con su propio general. ¿Qué sentido tiene este?

–Él está bien, Marlina–responde el rey–. Tiene su ejército fortificado, él está con Emérita, y además, Elgoneth me dio la noticia de que está embarazada.

– ¡¿Qué?¡– pregunta la mujer agitada–. Es decir, ¿cómo mi hermano sabe que eso es cierto?

–Estaba dentro de sus planes que Emérita tuviera un hijo. El iniciado de la nueva raza de hechiceros, los solarianos.

–Vaya, no me esperaba eso

–¿Por qué no? Tu misma la preparaste para esto, ¡y lo hiciste bien¡ Estoy seguro que es la mejor mujer para mi hermano.

La diosa de la luz se quedó, en silencio y dirigió su mirada hacia los rayos anaranjados imponente de la región y una lágrima inevitable se apreció en el rostro de la mujer delicadamente, mientras esta trataba de forma malogra que su amado no la viera.

–¿Qué te pasa? ¿Estas llorando?

–Estoy emocionada por ellos, eso es todo–responde la diosa de la luz–. Es una lágrima de alegría.

–Bueno, no te preocupes. Estoy seguro que ellos están bien, y seguramente nos llegará un mensaje pronto.

–Tienes razón, no sé de qué me preocupo.

–Es tu buen corazón y tus buenas intenciones– le responde Amsiret–. Iré a dormir un rato, tranquila, ¿sí?

Ambas lunas de Inmaeh, denotaron su luz portentosa sobre los bosques; sobre las praderas nocturnas de la isla. Dentro de algunas de estos prados ocultos, se encontraba un pantano frío. Desolado, oscuro, mugriento. Y en él, el dios del plasma se encontraba delirante; observando la laguna verdosa que se postraba delante de él.

Levantó las manos lentamente hacia la laguna, y una energía magenta comenzó a fluir de sus manos en forma de corrientes eléctricas. Pronunció palabras irreconocibles para el oído humano, y el ruido púrpura se precipitó de inmediato a las aguas del manglar. Y de las aguas impuras de esta, comenzaron a surgir decenas de monstruos pestilentes. Sus espaldas eran encorvadas, sus torsos eran grueso; sus ojos deformados, su embocadura creciente y sus dientes afilados. Nacían de una secreción viscosa, y de una capa de mucosidad que se desprendía a medida que surgían los seres. Rugiendo entre la oscuridad de la laguna. Y aquellos que alguna vez fueron condenados a vivir para siempre entre la tierra y las marismas, ahora eran liberados uno por uno, hacia la devastación final del fuego y el ardor.

Las monstruosidades intentaron atacar al dios del plasma, pero este levantó su báculo mágico, y en la fría ventolina que asechaba el lugar, emanó una luz violeta que cegó a todos los monstruos, arrodillándolos, mientras este exclamaba las siguientes palabras.

–Yo soy Arac, el dios del plasma, los he engendrado de entre estas aguas repugnantes y por ello me pertenecen a mí. Soy dueño de todos ustedes, y por ende, dueño de todos sus caminos; para probar su lealtad y así permitirles conservar sus vidas, les asignaré de inmediato su primera misión. Se dirigirán hacia el centro de esta isla, se esconderán en el bosque de Geordet y allí me esperarán hasta que les indique su próximo movimiento. ¡He dicho!

Los monstruos de inmediato se adentraron en dirección al lugar que su amo les había indicado. Cincuenta bestias enfurecidas, salvajes, y listas para las órdenes del dios oscuro.

Este último se transportó rápidamente hacia el Palacio de Aravir, y en la entrada, estaban los ciento cincuenta guerreros alineados; en fila, esperando las órdenes del gran general.

– ¡Todo listo señor!– exclama uno de los hechiceros del batallón

–¡Perfecto entonces!¡Que se vislumbre el puente centellante de luz!

El puente de luz azulino, empezó a formarse desde la entrada del palacio y el ejército comenzó a desplazarse sobre él, mientras este se iba creando sobre los aires; dirigiéndose a toda velocidad hacia el centro de la región. El plan maligno de Arac, había comenzado.

El dios del plasma guió al imperio a través de una ruta paulatina que los llevó al lado izquierdo del Castillo de Adnia, llegando al centro de la región. Y cuando vislumbró el Venerable Árbol Sagrado, el mismo que había plantado antes en las tierras vírgenes, dentro del castillo de los reyes, como un desfile, como un espectáculo; como si fuera un trofeo, como si fuera una gracia, la sangre violeta del elegido comenzó a hervir de furia. El alma de esta flor sagrada, había sido oficialmente exasperada. La ira y la venganza se apoderaron de su mente exaltada. Y los nervios causaron la explosión de colores violentos, derivados solo de la destrucción, y del dolor que pretendía ser derramado sobre la preciosidad del palacio. Estaba a punto de anticiparse, pero su plan no debería ser alterado

Así que agarró, sus siete mejores guerreros y se dirigió hacia la entrada de la fortaleza. Y se encontró con los protectores de la muralla.

–¿Quiénes son ustedes?¡Largo de aquí!– exclama uno de los protectores del castillo.

–Más respeto con el dios del plasma y general el ejército de este reino! Si es que no quieres que te borren la cabeza de inmediato– exclamo uno de los siete hechiceros de Arac.

–Tranquilo, Berroy–exclama Arac–. No es su culpa, no sabían quién era. Solo están cumpliendo su deber, ¿cierto?

–Discúlpeme una eternidad, señor–exclama el protector–-. Así es, solo cumplía mi deber. ¡Pase adelante! Aunque sería bueno, que solamente pasara usted.

–Vamos hijo, no vas a dejar que un viejo como yo pase sin la ayuda de sus amigos, necesito ayudar hasta para caminar.

–Bueno está bien, habrán las compuertas.

Los ocho guerreros de Solari se adentraron al gran castillo de adnia, el nombre los guio hasta el alcázar real, hogar de Amsiret y Marlina, llego a la puerta principal de este, el cual estaba protegido por doce guerreros del feudo de adnia.

–Disculpe señor pero no los puedo dejar pasar a estas alturas de la noche.

–Solo vengo a hablar con mi hermano, necesito informarle algo que tiene carácter de urgencia, estoy seguro que no te quieres meter en un problema con el rey ni con tu general, pues este es un tema muy delicado.

–Está bien señor, pero únicamente puede pasar usted, ellos deben permanecer aquí.

–Como quieras–responde el dios del plasma.

En la intranquilidad de la noche, Marlina no podía dormir, pues un mal presentimiento volvía a ella a cada instante. Esto hacía que su subconsciente se despertará cuando lograba dormirse; abriendo y cerrando los ojos, embebida en un trance entre su realidad y sus sueños. Abrió los ojos y seguía acostada de lado, en su cama, junto a su rey. Su mirada, somnolienta, se fijaba hacia un estante donde se veía su espejo circular ofreciendo el reflejo de ellos dos acostados en su dormitorio. Cerró los ojos, y un relámpago se visualizó desde la ventana; iluminando la habitación obligando a que esta volviese a abrir los ojos, y cuando lo hizo, el terror se reflejó a través del espejo pues una aparente sombra se encontraba detrás de ellos estática y parada. Se asustó, por completo pero no estaba segura si lo que estaba viendo lo estaba imaginando, alucinando en el misticismo de la noche, así que decidió volver a cerrar los ojos, pero su sentido de defensión interno le decía a gritos que volviera a abrir los ojos y cuando esta lo hizo vio a través del espejo circular observo el reflejo de las tinieblas sujetando una navaja, a punto de ser enterrada en la garganta de su amado. La diosa de la luz se volteó rápidamente hacia atrás; con su mano derecha sujeto el brazo derecho de temible sombra como pudo, estando esta aun acostada y detuvo la cortada mortal. Le lanzo un hechizo al ser con su mano izquierda pero este lo esquivo y al tener su brazo izquierdo libre contraataco con un hechizo de luces moradas que lanzo agresivamente a la reina de adnia hacia el estante esquinado. El ruido de él golpe despertó al rey solo para encontrar a su hermano intentando enterrar la navaja nuevamente en su garganta, esta vez con su ambas manos y con todas sus fuerzas. El dios del aire detuvo los brazos del atacante como pudo, forcejeando y midiendo fuerzas contra este; aunque al estar acostado, la desventaja era obvia. La presión del atacante era superior y despiadada y el rey de la nueva nación estaba a punto de ser aniquilado.

Marlina reacciona de inmediato, y agarra el pequeño espejo de cristal. Este se adhiere rápidamente en la palma de su mano; sus ojos se le tornaron a un color dorado, su cuerpo se recargó rápidamente de corrientes de luz, extendió su mano derecha y estando en el suelo exclamo,

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Un hechizo letal en dirección hacia el dios del plasma, fue lanzado en forma de un relámpago desde el reflejo de su espejo, pues su poder se proyectaba a través de este; el hechizo golpea tan fuerte al dios atacante, que este traspasa una de las paredes revestida de bloques de la habitación. Cayendo sobre uno de los tejados de las alturas del castillo.

Amsiret se levanta rápidamente, agarra su espada real, y ayuda a Marlina a ponerse de pie. Caminan hacia el borde de la pared destruida de la habitación, y cuando observan su reino desde las alturas, contemplan una imagen petrificante que nunca saldría de la mente de los reyes. El venerable árbol sagrado cubierto en llamas, el castillo siendo atacado por su propio ejército, una tormenta devorando los confines del desdichado reino, pues una traición se hacía evidente en el feudo. La legión de Arac había, comenzado su ataque.