Capítulo VI: El Pantano Perdido (2)

–Tal y como lo tenía en mente– dijo Emerita, orgullosa–. Una carta para la curiosidad.

–No voy a negar que dude de ti por un momento–responde Arac –, pero parece que te he subestimado.

–No eres el único que tiene grandes planes, mi amor.

Entre las cálidas praderas del noreste de la isla, los días pasaban como una eternidad para la diosa de la luz; ella y el dios del aire, cruzaban la travesía para llegar al embrujado pantano. Una travesía pesada para ellos, pero provechosa, pues Marlina había estado entrenando a su amado para que este triunfara toda costa este desafío. Toda la fe de la exigente mujer, estaba depositada ahora en el dios de los aires.

Los elegidos del arquitecto de la vida estaban preparados para asistir a una de sus muchas batallas, pero en este caso, la más importante de sus vidas. El recuperador del collar, representaba el ganador del corazón de la diosa, quien seguía guiando al dueño de los aires hacia la zona este de la isla; y cuando sobrepasaron las doce marismas del destino, llegaron a una entrada cubierta de arboledas podridas, la apertura hacia un pantano oscuro. Verdoso, repleto de algas repugnantes. Había decenas de árboles caídos; cuya corteza era áspera y rígida. La fauna estaba muerta o bien ausente; la flora deplorable emanaba un olor desagradable, y sus alrededores denotaban escenas apáticas grisáceas.

Y así, en el amanecer del día 13 del Ciclo Gont, Marlina y Amsiret llegaron a la tierra maldita de Clarenden. En el principio del pantano, sobre una piedra punzante y la única elevada de entre las aguas repugnantes, se encontraba Emerita, junto al dios del plasma; contemplando la llegada de la diosa de la luz de entre los pegajosos arbustos, junto a su amado.

El dúo del contraste se notaba confiado; descendieron de la gran piedra, elegantemente, y se acentuaron al frente de los dioses próximos; ante la susodicha, del inicio de un rompecabezas.

–¡Bienvenidos amigos míos, a las tierras de Calenden! –exclama Emerita–. ¿Cómo les bendice la luz del sol de hoy?

–Llevamos cinco días de travesía. Solo dime donde arrojaste el collar Emerita–exclama Marlina.

–Bueno parece que no estamos de buen humor–responde Emerita–. No arroje el collar, recuerda, ahora es de la posesión de la dueña de estas tierras.

–¿Eso es todo lo que dirás? – dice Marlina.

–Solo haz silencio y déjame encargarme– le susurro Emerita a la diosa.

–Compañeros divinos–exclama la princesa mortal–. Los hemos traído aquí, pues su prueba de hoy será encontrar el collar del milenio; grabado en oro y centelleo, en amor y resplandor. Aquel que posee las energías más profundas de la diosa de la luz. No será tarea fácil, pero tampoco imposible, ante las mentes de deidades como ustedes. Cruzarán por obstáculos impredecibles, algunos más difíciles y aterrorizantes que otros, pero de su intuición y su inteligencia dependerá llegar al objeto

sagrado, y salir de este con vida.

–¿Estás escuchando lo que dices? –exclama el dios del aire–. Estas desafiándonos a nosotros, ¿se te olvida que eres una simple mortal?

–¿Y a ti se te olvida que eres un simple cobarde? –exclama Arac.

–Reserven sus diferencias para el inicio de la travesía, quizás pueda servirles de algo–exclama Emerita.

–¡Puedes decir adonde diablos arrojaste el collar de una buena vez! –Marlina exclama.

–¡Que no lo arroje a ningún lado! – exclamo Emerita–. ¡El collar fue perdido, ante la presencia de la reina de esta tierra, la bruja Yelvira!

Cuando la mujer menciono el nombre de la bruja, los árboles caídos se retorcieron. El agua se volvió turbia, y la ciénaga emanó un rugido que voló como un aliento por las entradas del pantano.

–No mencionen este nombre en voz alta–exclama Marlina–. No sabes lo que has hecho Emerita, es imposible de recuperar esto.

–Tal vez lo sea–responde la mujer–. Pero tal vez no; tienen una ligera ventaja. No me pregunten como logré conocer esto, pero en los días que estuve dentro, descubrí que la bruja esta atraída por ustedes dos. Por lo que, su plan no debe ser encontrar el collar, o se perderán en la infinidad de caminos y entrecruzadas hasta conocer su muerte. Su plan debe ser encontrar a la dueña del pantano, quien seguramente los estará esperando. Y a partir de allí, quedará en su astucia recuperar el collar.

–Como ven hay tres senderos; estos los llevaran a las profundidades del pantano–continúa la mujer–. Les sugiero empezar sus travesías sobre el camino que ven a su mano izquierda, el primero de todos. Este es el más amplio de los tres, y estoy segura que les dará una mayor claridad. Pueden estar juntos, como pueden ir separados. Si van juntos llegarán más lejos, si van separados llegarán más rápido. Y recuerden, solo tienen medio día, pues si las cortinas de la noche llegan a caer, y la refulgencia de la estrella llega a desvanecerse, las lunas de Ïnmâeh pondrán a prueba su llamada inmortalidad; pues ni siquiera Elgoneth los ayudará a escapar con vida del nocturno de esta tierra. ¡Que comience el desafío de Clarenden! ¡Y que gane el mejor!

Los hermanos se adentraron en los túneles oscuros y tenebrosos del pantano, cruzando por el sendero sugerido de la mortal. Sus intuiciones se sincronizaron, y empezaron la travesía juntos, sin decirse ni una sola palabra. El camino era acuoso y cavernoso; este parecía no haber sido visitado, durante mucho tiempo. Los siglos se perdían entre las tinieblas. Profecías perdidas se entrelazaban entre gigantes telarañas. De las paredes de tierra se desprendía una mucosidad desagradable. De pronto, cruzando el sendero acuoso, el pantano se dividió en cuatro caminos, y los hermanos, sin pensarlo, fueron hacia el camino que se encontraba más a su derecha.

–¡Ey! ¿Adónde crees que vas? – exclama Amsiret–. ¡Yo elegí este camino primero!

–¡Te equivocas, como es habitual! – responde Arac– Este camino lo vi yo primero, ¡y no pienso echar atrás por una sabandija!

–¡Pues yo tampoco!– responde Amsiret–. Supongo que tendremos que seguir, juntos.

–Supongo que si–exclama el dios del plasma–. Las damas primero.

Al adentrarse por este camino, el trayecto los llevo a una arboleda, donde la luz se perdía por completo. Los arbustos cobraban vida, y el resonar de miles de sonidos extraños retumbaban en sus oídos. Cruzando en medio de los árboles cerrados, empezaron a escuchar una caminata a la distancia. Unas voces hablando entre ellas, en un dialecto que desconocían; la cuna de lenguajes ancestrales. Voces del infinito, perdidos entre los engaños del pantano.

De pronto, observan a unos diminutos seres siguiendo un camino de briznas caídas; caminaban en conjunto, con lanzas y antorchas que alumbraban el oscuro lugar.

Arac, de inmediato, jala a su hermano hacia uno los arbustos, y entre ellos, se esconden rápidamente.

–¿Qué haces? ¿Por qué te detienes? – exclama Amsiret–. Son solo duendes malditos, ¡no tenemos tiempo!

–¡Aleja tu ignorancia de mí! –exclama Arac–. ¿Acaso no aprendiste nada en la Asamblea? ¡Son Velceros*! ¡Espíritus de los enanos perdidos! ¡Fantasmas consumidos por estas tierras!

–¿Y qué pretendes que debemos hacer? ¿Quedarnos aquí? –exclama Amsiret. ¡Solo crucemos por los árboles y no se darán cuenta que estamos aquí!

–¡Eres un papanatas! ¡Claro que saben que estamos aquí! –responde Arac–. Nos están buscando, lo puedo sentir.

–¡Estas paranoico! –exclama Amsiret–. ¿Cómo sabes eso? ¡Y en caso tal, los destruimos con nuestra luz y ya!

–No hay manera de destruir un alma extraviada–exclama Arac–. ¡Y no pretendo ser llevado a sus dimensiones de nauseabundos por tu falta de intelecto! Debe haber algo aquí que sirva como distracción.

Después de un rato de ver a los alrededores, Arac se da cuenta que hay unas palabras escritas en la corteza de los árboles. Ilumina el tronco con una luz violeta de su mano, y susurra el grabado.

“Para el oro encontrar, la equis debes hallar”

Los hermanos se quedaron confusos; comenzaron a buscar entre los alrededores, pero los nervios de Arac le imposibilitaban encontrar nada; la ansiedad de Amsiret nublaba el camino. Comenzaron a pelear entre ellos, y de pronto, el dios del plasma observo unas líneas inusuales, debajo de un conjunto de hojas secas.

–Mira ahí a la derecha, el suelo marca un trayecto– dice Arac–. Lleva a esas hojas.

–¡Es allí! – exclama Amsiret

–Es muy facil para estar ahí– exclama el dios del plasma.

–Para ti todo es fácil, debe estar ahí– dice el hermano menor–.

–No debemos buscar el collar tonto, el oro no debe ser encontrado–dice Arac–. Emerita lo dejo muy claro.

–¿Qué importa lo que diga ella?–dice Amsiret–. Arac, es una simpe humana, ¿Qué puede saber ella de esta vida que nosotros no?

–Cuidado con lo que dices, vergüenza del aire–exclama Arac.

–¿Qué tiene? ¿Ahora de repente te interesa qué se hable de la mortal?

–Baja la voz–responde Arac.

–No, espera un momento– exclama Amsiret–. ¿Por qué tanta preocupación por ella?

El dios del plasma no respondió nada; su mirada estaba fijada a un punto en el suelo. Los hermanos comenzaron a caminar lentamente, casi en cuclillas, hacia el montículo cubierto de hojas secas. Arac se inclinó lentamente, y vio un resplandor rosado; un conjunto de destellos delicados de luz que brotaban del interior del conjunto de hojas; había algo importante en él.

–Quien lo diría–dice Amsiret–. Después de tantos años de humillación, y resulta ser, ¡que el Dios del Plasma ha escogido a la humana!

–Haz silencio, te dije–

–Esto es increíble–responde Amsiret, entre risas–. ¡Esto es maravilloso! No entiendo de que me preocupaba tanto, si al final siempre estuviste destinado para menos. Es más, ¿Qué haces aquí? ¿Cómo crees que Marlina reaccioné cuando se entere? ¡Si te encontraba repugnante antes, ahora será peor!

–¡Te dije que te calles! – grita Arac.

Enfurecido, la voz y el resplandor del dios del plasma se elevó entre los ecos de la oscuridad. El grupo de los espíritus malditos vieron a lo lejos a los dioses, y sus rostros malignos flotaron a toda rapidez hacia ellos.

Decenas de antorchas con fuegos eran lanzados ahora a la presión de los hermanos, mientras las almas atrapadas de acercaban a toda distancia. El dios del aire se volteó, y emanaba una defensa de poderío, pero las luces traspasaban los espectros del mal y sus almas se acercaban rápidamente a los hombres; estaban a punto de ser devoradas.

–¡Quita las hojas de encima! –exclama Arac.

–¡Se aproximan a toda velocidad! – dice el dios del aire, lanzando hechizos a los fantasmas–. ¡Quítalas tú!

–¡Te dije que no los puedes eliminar! –responde Arac–.

El dios del plasma quitó las hojas rápidamente, y vio un cristal rosado incrustado; brillaba a toda energía. Quito rápidamente el cristal del suelo, y debajo de él, se encontraba una equis marcada.

–¡Allí está la equis!

–¡¿Ahora qué?!–responde Amsiret.

–¡Debe servir el crist–

Antes de que el dios del plasma terminara la oración, la tierra se derritió ante ellos, cuando este pisa una raíz cercana de ellos; y rápidamente, un hueco hacia las profundidades se abrió, arrastrando los cuerpos de los dioses a los pasadizos del subsuelo; la tierra los tragaba a un conjunto de túneles subterráneo, cayendo a toda velocidad, a la profundidad terrenal.

En el descenso, los caminos de los hermanos se separaron, delirando en dos vías distintas y arraigadas; repletas de raíces e insectos enormes, hasta que ambos cayeron en dos cavidades totalmente distintas; abruptamente.

El dios del aire cayó en la placa de un calabozo oscuro, pero abierto en todas partes. Destruido en sus columnas. Desquebrajado con barras rotas; el hierro permanecía oxidado, y lo que alguna vez pareció haber sido una jaula, ahora se estipulaba como una reliquia destruida. Solo una bestia podía haberse liberado de semejante trampa; cosa que no sentaba bien para el dueño de los vientos.

Amsiret salió del calabozo, y empezó a caminar por el prado acuoso y desolado. Empezó a sentir cada vez más frialdad, a medida que se adentraba al lugar; el lugar estaba cubierto de neblina, un leve horizonte verdoso abría camino a una singular tormenta, exclusiva del tenebroso lugar. No lograba ver nada. Intentaba continuar, buscando un camino más seguro., pero el viento era tan fuerte que ni siquiera él podía combatirlo; nada se esclarecía.

–¡¿Qué es eso?!– exclamo Amsiret.

Una armonía espeluznante se manifestaba como crujidos de desesperación a la distancia. El dios del aire se acercó lentamente a la intensidad del sonido, proveniente de un pozo grueso de ladrillos.

Amsiret siguió caminando con dificultad, intentando predecir lo que se podía ocultar en el pozo. La curiosidad invadía la mente del dios, sin darse cuenta, era el sonido para la llamada a una presa.

El hombre tembloroso asoma levemente su cabeza, y ve el fondo negro de la profundidad empozada. En una esquina de este, percibe el titileo de una la luz pequeña e incandescente, de color verde y amarillo. El resplandor se acrecentaba, y cuando percibe la luz formándose como una pupila gigante, el dios del aire respiro las frías ventolinas de la muerte.

Amsiret intento retroceder sigilosamente para no llamar más la atención de la bestia, y al dar un paso hacia atrás, se tropezó con una piedra, generando un ruido que hizo que el temido animal, se elevara de las profundidades; elevó su cabeza lentamente, en las afueras del pozo. Y con un rugido atemorizante, emergió todo su cuerpo infernal de la oscuridad; desplegando, la complejidad de dos enormes cabezas, dos enormes embocaduras, con una furia ancestral, un tamaño inmensurable. Una condena final, para el dios del aire.