SANGRE MALDITA

Grité de terror, agitándome con fuerza.

—¡Carol! ¡Qué pasa!

La desesperación y preocupación en su voz me arrancaron de mi pesadilla, abrí los ojos de par en par. Aún era de noche, las estrellas bañaban el cielo sobre nuestras cabezas iluminándonos, era un paisaje encantadoramente hermoso; pero yo no lo veía, mi cuerpo temblaba de miedo y el llanto me sacudía.

—Carol, ¿qué te pasa? —preguntó Cam, tomándome por los hombros y mirándome con fijeza.

Negué y peleé contra su fuerza, al final me soltó e inmediatamente me abracé a él, sollocé con la cara enterrada en el hueco de su garganta. No me volvió a interrogar, pero permanecimos el resto de la noche despiertos. Ese sueño era el peor hasta el momento, soñar prácticamente con el presagio que destruye tu vida es más horrible que cualquier otra pesadilla posible. Ese sueño fue prácticamente mi bienvenida a Sacra. Me aterró desde la primera vez, era mi verdugo personal en el bosque.

El amanecer pronto sustituyó a la noche, limpié mis lágrimas y sorbí con discreción. Reanudamos la marcha sin decirnos una palabra, me mantuve callada toda la mañana y caminé tras Cam con la mirada gacha, pues no me apetecía entablar ninguna clase de conversación. Hacía mucho que no me sentía tan desolada y triste, había llegado a pensar que tenerlo alejaría mis pesadillas, me equivoqué.

Mi amigo me lanzaba miradas preocupadas por el rabillo del ojo con mucha frecuencia, aun así no insistió, hasta que llegó la tarde.

—¿Te gustaría hablar de ello?

Negué con la cabeza.

—Solo fue una pesadilla, una muy mala —tragué saliva y me estremecí.

Cam se detuvo tomándome por los hombros.

—Lo siento, no me gusta esta tú —declaró bruscamente.

Lo miré tratando de ver lástima en su expresión, no la encontré, solo dolor y comprensión.

—¿Te gusto? ¿Cómo?

Sonrió tristemente.

—Me gusta la tú de antes, la que casi me mata. Quiero a la chica fuerte que no vacilaría, ni sería débil al pelear. La tú que no lo pensó al apuñalar a ese sujeto, la que trata de vivir y luchar.

Fruncí el entrecejo.

—¿La yo cruel? —casi sonreí.

—No cruel, yo la llamaría determinada. Pero no solo esa, también la tú comprensiva, atenta y amable, quiero a la Carol buena.

—No sé si tu opinión cuenta —le pinché el pecho con un dedo—, eres raro y bipolar. Además, describes a dos yo completamente distintas.

Rió y no pude evitar contagiarme.

—Me gustas como eres —Se puso serio—, tu personalidad y tu carácter. La manera en la que cambias conforme la situación, puedes ser fuerte y dulce al mismo tiempo. Eso es lo que más me gusta de ti, es mentira que una chica pequeña y buena no pueda empuñar un cuchillo.

Nunca me había visto a mí misma de esa manera. Y por primera vez desde que nos conocimos, pude ver a Cam de una manera totalmente diferente; tal vez él no era bipolar, sino el famoso Yin y Yang, un chico que tenía un lado muy bueno y otro muy oscuro

—Sin embargo, ahora no me gustas tanto —repitió, esta vez con más tiento.

Disimulé una mueca de dolor, oír eso no era lindo.

—No pienses que no te quiero —agregó enseguida—, pero preferiría a la tú que acabo de describir —hizo un gesto de desaprobación fingida.

Asentí y le obsequié una pequeña sonrisa.

—Mucho mejor —concedió con una deslumbrante y perfecta sonrisa—. Ahora, vamos.

Volví a asentir y volvimos a ponernos en marcha, tomados de las manos. Para cuando llegó el crepúsculo nos encontrábamos en lo alto de un risco, Cam creyó que sería buena idea subir a una gran altura para orientarnos mejor. Tardamos mucho en llegar a la cima, y cuando por fin alcanzamos la punta más alta al atardecer, inmediatamente él me dejó para ir a buscar la cena, por mi parte yo me puse a buscar un buen refugio para pasar la noche.

Desde allí alcanzaba a ver las nubes a mis pies, esponjosas y cegadoramente blancas. Estábamos a mucha altura, procuré mantenerme bien sujeta a los troncos mientras divisaba el entorno. Una hora después, Cam aún no volvía y yo me encontraba sentada en el suelo, esperando para mostrarle el lugar que había encontrado, mientras tanto miraba la puesta de sol para matar el tiempo.

Un movimiento a mis espaldas me indicó la llegada de Cam, me puse en pie con una sonrisa en la cara, pero al mirar al recién llegado toda alegría se evaporó, no era Cam quién me miraba, retrocedí con los ojos desorbitados, y por instinto me llevé una mano al collar.

—Parece que ahora estás un poco sola —Miró a nuestro alrededor con gesto teatral.

Estaba paralizada en mi sitio, no podía mover ni un músculo, sobraba preguntar cómo me había encontrado, por supuesto que lo sabía, la reliquia y él estaban conectados de alguna misteriosa manera.

—¿A qué esperas? —dije entre dientes.

Hice a un lado mi miedo por él y empuñé una de mis dagas, separé las piernas y le devolví una mirada determinante.

—Eres tan incrédula —rió fuertemente—, aunque debo aceptar que no eres la misma Custodes inútil de antes. Veo que por fin estás despertando, a buena hora.

Su cumplido no me alagó ni un poco, lo miré con repugnancia.

—No quiero seguir escuchando tus estupideces —Le dije.

Pensé que se lanzaría contra mí, pero en su lugar soltó una fría carcajada.

—Tú tonta madre Custodes, parece que confió demasiado en su incompetente hija.

Abrí mucho los ojos…

«¿Elizabeth… una Custodes? ¿Ella pertenecía a esa antigua raza extinta y por eso custodiaba la reliquia bajo el piso de su habitación?»

—¿Cómo puedes decir eso? Tú no la conocías.

Su mirada se tornó más sombría y hubo un siniestro destello en sus ojos.

—¿Estás segura?

Sin dejar de observar a mi enemigo, busqué de reojo algún indicio de Cam en los alrededores, nada, él no estaba por ningún lado. Retrocedí lentamente hasta quedar al filo del risco, estaba acorralada, no tenía ninguna oportunidad de escapar. El Cazador sonrió con malicia al tiempo que extraía un arco, y una flecha del carcaj en su espalda.

—Custodes, yo llevaba meses, mejor dicho, años vigilando a tu pequeña familia.

Tensé los dedos alrededor de la empuñadura, él tensó la flecha en el arco y apuntó directo a mi corazón. Ya estaba, sino moría a causa de la flecha, lo haría al caer desde esa altura.

—Tú maldita sangre ya no será un problema para el Fratribus —Una maliciosa y placentera sonrisa se extendió en su boca—. ¿Acaso este es tu último gran salto?

Y disparó, el tiempo se congeló ante mis ojos, miré la trayectoria de la flecha dirigiéndose a mí en medio del agudo silbido del viento. No tuve ni un segundo para pensar o asustarme, mis terminaciones tomaron vida propia y actué sin saber la razón. Mi mano arrancó la reliquia de mi cuello y la lanzó al aire, estupefacta la miré disolverse en un montón de cristales metálicos, y el tiempo pareció alentarse todavía más. Los diminutos cristales se arremolinaron alrededor de la flecha en curso, y un segundo después, desapareció.

Apenas tuve tiempo de impresionarme y atrapar de nuevo la reliquia, antes de ser golpeada por mi asesino, me tambaleé hacia atrás y caí al precipicio, llevándomelo conmigo.