30- En las manos de Dios

Esa noche llevaba una cartera lo suficientemente grande para luego guardar mi disfraz de “fiesta de pijamas” Y sacar el diminuto vestido, perfume, cepillo de dientes, maquillaje y todas esas cosas absurdas que se consiguen en el bolso de una mujer.

Mi nombre es Mía Priscila Berhnhardt Lemoneli. Era previsible que mi nombre tuviera que ser posesivo. Sospechaba que el llamarme así había tejido rasgos de mi personalidad desde el nacimiento, en tal caso ese sumiso egoísmo que nacía desde muy adentro de mi volviéndome posesiva debía entonces agradecérselo a mi madre por haberme llamado así. No a mami, sino a mi madre. Para mezclar un poco más la ecuación de mi nacimiento tuve tres mamás desde que nací y así estaba segura que sería hasta el día de mi muerte. La primera había sido mi madre de vientre Marie Lemoneli Duran, la segunda era mi mami, Cruz Lemoneli Duran un ángel que nos había llegado a la familia, nunca nadie me dio tanto amor como mami, incluso cuando veíamos la televisión y no me decía nada, yo sabía que me estaba diciendo “te quiero hija” y por última madre tuve a mi abuela, mi queridísima abuela Josefina Marie de Duran.

Me crié en la ciudad de Mérida hasta los nueve años, una pequeña y fría ciudad rodeada de montañas y un pico donde nieva en agosto. Está ubicada al suroeste de Venezuela, es tranquila y acogedora, y tiene fama de distinguirse por su limpieza y por la simpatía de las personas. Yo sin embargo veía a Mérida de otra manera completamente distinta a lo que puede salir en una revista de sitios turísticos en una agencia de viaje. Mérida quedó vacía, justo después de mi abuela morir, con todas esas interrogantes que nunca sabré de ella, como la primera vez que sintió que no podía vivir si no era junto a mi abuelo, o el cómo agarró ese horrible hábito de fumar o tan solo cual era su flor favorita. Eran secretos enterrados en Mérida. Eso era Mérida para mí, un cementerio. Un campo de batalla dónde tendría que aprender a pisar a lo largo de los años para no salir volando en cualquier momento.

Mía se despidió de su hermana, le dio un beso en la frente a su abuelo, y salió por la entrada principal de la casa. Apenas abrió la puerta el frío de la briza le erizó la piel. No estaba convencida de salir esa noche, pero era mejor a quedarse aburrida en casa, ánimos de socializar con sus primas no tenía. Mía era muy dulce y cariñosa con sus seres queridos, pero solía ser muy solitaria también. Amaba a sus primas, todo lo habían aprendido juntas, y en complicidad, el verdadero sentido de la amistad.

Una vez mi mamá me dijo que tenía que ser buena con las personas, que debía ser bondadosa y tener misericordia con los que actuaban mal, que tratara de aprender de mis errores y no dejara que sembraran la discordia y la envidia en mi corazón, que todos éramos seres humanos y que no estaba bien burlarme de los demás. Todo me lo enseño poco a poco, claro, como quien siembra un árbol con paciencia para verlo crecer. Hasta llegar a ser quién soy hoy. Recuerdo que solía burlarme mucho de mi prima menor, porque era la más pequeña, era rubia e ingenua a la que le podía jugar bromas pesadas y quitarle las muñecas mientras ella no ponía resistencia alguna, eso hacía que me aprovechara de ella. Me molestaba ver lo amable que era mi prima incluso cuando la trataba mal. Siempre me seguía a mí y a su hermana mayor para jugar con nosotras. Un día mami me dijo que cuando ella estaba en preescolar los niños solían burlarse de ella de igual manera que yo lo hacía con Virginia, porque era muy buena y los niños la veían como un blanco fácil. Nunca soporte la idea de que yo hubiese podido ser uno de esos niños que se metían con lo que más amaba en el mundo, mas nunca me burle de mi prima y trate de ser amable con las personas en especial con aquellas que tienden a ser burla de la sociedad.

A veces solo buscaba desconectarme de todo, ponerme en modo automático y elevar mi sentido hasta no percibir nada que me conectara al cuerpo además de mis pensamientos. Lo tremendamente irónico era que Iba a una discoteca a buscar ese equilibrio; y la verdad era que tenía un verdadero don, poseía la gran facilidad de hacer que el resto del mundo se volviera invisible cada vez que así lo deseaba.

Luna dormía en el porche de la entrada, levantó la cabeza cuando la vio salir a Mía, la rubia le dio un beso en la frente y le dijo la típica oración de “buenas noches princesa nos vemos mañana”, que le recitaba cada vez que se iba de farra.

Abrió el portón y sacó el paraguas mientras mami la observaba desde la puerta y le echaba la bendición haciendo una especie de señas mediante las manos en el aire. Las gotas de lluvia arremetían con fuerza sobre el paraguas. Mía se sintió aliviada de llevar aquellas botas, al menos sus pies no terminarían percutidos de cerveza y charcos de agua a causa de la lluvia.

La luna llena iluminaba con un beso plateado toda la calle seis de La Urbanización. Era una preciosa noche. Siempre tuvo un fetiche con la noche, las alcobas y los climas lluviosos y fríos. Mística, deseosa de libertad, inconsistente y cambiante, algo de todo eso se colaba en su personalidad.

En toda la esquina de la casa se encontraba el carro de Luis. Subí al coche salpicando los asientos con algunas gotas de lluvia. Mi novia me saludo con un beso corto, yo se lo respondí con la misma brevedad. Últimamente me venía sintiendo cada vez menos amorosa y más perdida. Con esto de los amantes digamos que estoy en etapa de recesión.

- ¡Amor mío! ¿Cómo estás?

- Hola mi corazón bello – Bien, ¿y ustedes? ¿Cómo van? – Les dirigí una enorme sonrisa a Luis y Everth, me hacía falta verlos, estaba feliz.

- Bien, con ganas de verte, te extrañaba – Me respondió Luis subiendo una ceja mientras giraba en una calle ciega.

- Yo también, ya el lunes me iré a Caracas así que esta es nuestra última salida por un tiempo – Agregué con tono desanimado.

- Ais Mía pero no pensarás ir vestida así a la discoteca ¿Qué te pasó? – Preguntó Everth sorprendido.

- Obviamente ¡NO! – Exclamé.- Le dije a mami que me quedaría en casa de mis primas – Expliqué encogiéndome de hombros – Debemos ir a un sitio para cambiarme.

Meiby vivía en Mérida, nos veíamos cada tres semanas y el último mes lo había pasado en un autobús yendo a verla. Viajaba 16 horas desde Caracas a Mérida cada fin de semana solo para verla. Eso era amor ¿sino que podría serlo? Llevábamos tres meses de relación, prácticamente la había presionado a que se hiciera mi novia apenas la conocí a causa de mi irritable soledad y mi sentimiento de inconformidad. Ahora que ella parecía estar feliz y enamorada, y yo no podía sentir más nada aparte de culpa por haberle puesto una cadena y ahora darme cuenta que no era lo que quería, que quería algo más. Tenía que existir, eso, eso que es inexplicable como todo aquello que nos hace felices.