29- brushing the truth
Mía camino hasta la ventana limpiándose torpemente los ojos con las manos. Hacía una estupenda noche. Fresca y fría, como si la calma de ese cielo la invitara a volverse cómplice de aquello que callaban las estrellas. Tomó el teléfono y llamó a Everth. Luego de un discurso argumentativo fracasado lo convenció con suplicas y tono de mujer manipuladora.
Llevaba días preguntándose qué le pasaba, o más bien, quién no le pasaba. Fantasea por las noches, imaginándose que no era ella, y estaba en cualquier bar mientras sucedía algo desde hace mucho y recién lo notaba, la vida. Esperándola se le había pasado. Pero para Mía la vida últimamente no le pasaba sino más bien lo contrario, ella le pasaba a la vida como si fuese una especie de muñeco voododoll con cada movimiento controlado. Estaba dispuesta a dejar de mirar las cosas con cierta distancia y salir de ese laberinto de silencios donde al parecer todo encajaba perfectamente, pero todo era demasiado pequeño para el espacio donde debía de encajar, se sentía apretada, atrapada entre tanta monotonía.
Quizá no estaría mal encontrarse con una perspectiva de sus miedos embriagados, bailando y riendo en una discoteca donde lo innecesario se convertía en satisfacción y encontraba una ajena libertad. Dos de te quila por favor, nunca estuvo de menos.
Fue a su habitación y busco entre el tendedero un vestido para ponerse esa noche. No consiguió nada entre el montón de ropa colgando. Se agacho debajo de la cama y jaló una maleta de viaje, ya tenía una fina y recién nacida capa de polvo. La colocó encima de la cama y la abrió. Tenía la esperanza de que esa noche fuese diferente, y si terminaba siendo la misma monótona y decepcionante noche de copas con sus amigas al menos luciría realmente guapa como consuelo para su mermada libertad. Su novia la pasaría buscando en una hora con los muchachos, le dijo a su madre que se quedaría en casa de sus primas. Eran las vacaciones de semana santa y los jóvenes en Venezuela entendían por semana santa estar en una playa bebiendo cerveza con unas mujeres tremendamente voluptuosas en un bikini que apenas les alcanzaba para pedirle la propina al mesonero. Mía no era la excepción, se había pasado la semana entera metida en bares tomando alcohol antes de que callera el día con sus amigos. La idea de decirle a su mami que estaría en casa de sus primas viendo películas y teniendo una noche tranquila fuera de peligros la llenaba de una calma aniquiladora de culpas.
Llevaba un atuendo realmente ridículo, unos pantalones impermeables, una campera para la lluvia y unas botas blancas de tacón. Su mami no entendía por qué los tacones, Mía le dijo que era algo de combinarse la ropa. No le discutió, sabía que su hija era algo particular a la hora de vestir. Ni siquiera cuando fui al funeral del tío de Everth pudo convencerla de que un mini vestido negro, unas medias de encaje y unas plataformas de diez centímetros no eran lo más adecuado para dar el sentido pésame a su familia. Por supuesto que todos esos sucesos tenían una razón más allá de la asistencia a un funeral. Esa noche Mía había planeado ir a rumbear con Everth para celebrar su regreso a la ciudad de Mérida, pero ante la muerte imprevista de un familiar, y el hacerle un desaire a un amigo querido Everth la había invitado al entierro a pesar de que la flaca no hubiese llegado a conocer a su tío en vida. Solo habíamos provocado sucesos trágicos y situaciones aberrantes los dos amigos aquél día. Habíamos quedado desde temprano Everth y yo, como es natural mi cronológica Quizá no estaría mal encontrarse con una perspectiva de sus miedos embriagados, bailando y riendo en una discoteca donde lo innecesario se convertía en satisfacción y encontraba una ajena libertad.
“Dos de tequila, por favor” nunca estaría de más y siempre de menos para dejar el vaso medio vacío.
Fue a su habitación y busco entre el tendedero un vestido para ponerse esa noche. No consiguió nada entre el montón de ropa colgando. Se agacho debajo de la cama y jaló una maleta de viaje, ya tenía una fina y recién nacida capa de polvo. La colocó encima de la cama y la abrió. Tenía la esperanza de que esa noche fuese diferente, y si terminaba siendo la misma monótona y decepcionante noche de copas con sus amigas al menos luciría realmente guapa, como consuelo para su mermada libertad. Su novia la pasaría buscando en una hora con los muchachos, le dije a su madre que se quedaría en casa de sus primas. Eran las vacaciones de semana santa y los jóvenes en Venezuela entendían por semana santa estar en una playa bebiendo cerveza con unas mujeres tremendamente voluptuosas en un bikini que apenas les alcanzaba para pedirle la propina al mesonero. Mía no era la excepción, se había pasado la semana entera metida en bares tomando alcohol antes de que callera el día con sus amigos. La idea de decirle a su mami que estaría en casa de sus primas viendo películas y teniendo una noche tranquila fuera de peligros la llenaba de una calma aniquiladora de culpas.
Llevaba un atuendo realmente ridículo, unos pantalones impermeables, una campera para la lluvia y unas botas blancas de tacón. Mami no entendía por qué los tacones, Mía le dijo que era algo de combinarse la ropa. No le discutió, sabía que su hija era algo particular a la hora de vestir. Ni siquiera cuando fui al funeral del tío de Everth pudo convencerla de que un mini vestido negro, unas medias de encaje y unas plataformas de diez centímetros no eran lo más adecuado para dar el sentido pésame a su familia. Por supuesto que todos esos sucesos tenían una razón más allá de la asistencia a un funeral. Esa noche Mía había planeado ir a rumbear con Everth para celebrar su regreso a la ciudad, pero ante la muerte imprevista de un familiar, y el hacerle un desaire a un amigo querido Everth la había invitado al entierro a pesar de que la flaca no hubiese llegado a conocer a su tío en vida. Solo habíamos provocado sucesos trágicos y situaciones aberrantes los dos amigos aquél día. Habíamos quedado desde temprano Everth y yo, como es natural mi cronológica impuntualidad hizo acto de presencia aquella mañana, al pasar más de hora y media decidiendo que vestido me pondría y que medias que combinaran con los zapatos y el vestido que ya había elegido, hasta elegir y reelegir, desechar y arrojar había optado por un vestido negro de esos que hablan por sí solo y te pueden decir “voy a un funeral y no me apetece tomar un trago” y a la vez “vengo de un funeral y lo único que quiero son dos de tequila por favor”. Llegué al cementerio una hora y media después con un retraso predestinado cronológicamente desde el principio, Everth de mala gana estaba esperándome parado entre las lápidas. Su expresión era atemorizante, como si quisiera extrangularme en cualquier momento y a la vez como si quisiera echarse a llorar finalmente después de haberme esperado tanto por el hecho de que la espera había acabado y su vida había comenzado a girar perfectamente entorno al hecho y la única razón de ser de esperar a que yo llegara en algún momento, y ahora que me tenía al frente al parecer todo había perdido sentido para él. Caminamos hacia donde estaba el grupo de gente negra aglomerada y por alguna razón se fueron acercando mientras descendíamos entre las lapidas hacia donde estaba el ataúd. Cuando llegamos apenas había tres mujeres alrededor de la fosa ya encementada, una de ellas no debía tener más de treinta años y lloraba con furia en el cuello de un hombre cincuentón. Me sentí realmente avergonzada por presenciar ese momento tan íntimo para aquella mujer. Me dirigí a la madre de mi amigo tomándolo de la mano. Me saludo con una sonrisa de control remoto, esas que solo duran una cambiada de canal, me sonrió y al voltear el rostro hacia Everth le dijo “Ya ha terminado, todos ya se van.” Más nunca tuve el honor de ser invitada a un entierro por parte de Everth.