Capítulo 16

ÓLÁFR

El arrullo que sopla mi padre cesa, el fuego de la fogata se vuelve más pequeño. Ceñudo, atisbo su sonrisa.

—No te asustes, hijo mío. En este sitio no hay casi ventisca, es un milagro que una pequeña brisa nos haya acariciado.

—¿Qué? —susurro afligido.

Sus orbes como el agua se posan en mi gesto.

—Has vuelto —aclara. Sacudo la cabeza—, te fuiste y volviste. Sabía que te tendría a mi lado.

Me levanto con las rodillas flaqueando, ¿qué está pasando? Paso los ojos por el alrededor, estamos en el bosque, el que está cerca de casa. Me analiza, confundido. No debería estar aquí. Yo… yo tendría que estar junto Ariana, en la cima de la montaña más alta, a la espera de salir de una tumba. No. Ya habíamos salido, ella encontró a su padre y luego… luego todo se volvió oscuro.

Padre salta, más asustado que yo al oír su voz. Me llama, pero no de una parte exacta, la busco, más no la hallo.

—¿Ariana?

La ola de aire frio vuelve.

—Sí, soy yo, niño. Vine por ti y no me iré sin ti.

Su melodía acaricia mis oídos, está cerca, lo presiento. Sin embargo, al intentar buscarla con los pies, papá me retiene. Sus orbes tiemblan, su cara se contorsiona, muestra una de locura, paranoia.

—No te irás. Perteneces a mi lado. No saldrás.

—¡Suéltame! —De un manotazo lo alejo. Trastabilla hasta caer—. ¡Esto no es real! Tú no eres real.

Su presencia se esfuma con celeridad. Mi mentora está sobre sus rodillas, mirándome con preocupación. Alcanzo a ver sobre su cabeza miles de sombras que atraviesan un puente, en ese puente la niebla posee mucha vida, están caminando cabizbajos, como si estuviesen con el temor intacto en su ser.

—Ariana…

—No hay tiempo para explicaciones —masculla. Sus palabras salen enredadas.

Me dejo llevar. Alimento la curiosidad. La ciudad que nos envuelves es sombría, casi siniestra. Ella tiembla mientras me arrastra, poso los ojos en la unión de nuestras manos, dejo caer la quijada, la suya no se ve como la mía: distorsionada. Aclaro los pensamientos, yo morí, ataqué a Thor con el cuchillo que Freya me dio, lo lastimé, pero él me asesinó atravesando mi corazón con la navaja; una muerte fulminante. Las lágrimas se aglomeran tras mis parpados, estamos en Helheim, ella ha venido por mí sin importar las consecuencias, sin darle tanta atención al riesgo hondo en donde saltó por mí. Siento la boca reseca por tan contundente declaración. No podremos salir, la reina del inframundo no nos dejará, tengo que quedarme. Hago fuerza en las plantas de mis pies para pegarme más al mármol, se percata de ello, así que se detiene.

—¿Qué haces? —gruñe.

Ingiero saliva.

—Debes dejarme, no podré salir.

—Saldrás —asegura con barítono—, el que se interponga desaparecerá.

—No lo entiendes. Yo pertenezco aquí.

—¡Mientes! —asevera—, aún sientes que perteneces a Midgard, a mi lado. No te dejaré, Óláfr, primero muerta, si no quieres venir conmigo, que salga de tu corazón y… y te dejaré.

Dejo caer la vista de nuevo a nuestras manos. No quiero quedarme, es verdad. No se lo niego y eso afirma su teoría, sigue conmigo a sus espaldas. Las puertas tachonadas me infringen temor, más ellas las esquiva y nos adentra a una ranura totalmente negra, como si el mundo acabara en ella. Nuestros pasos se escuchan difusos, y yo empiezo a perder la claridad que obtuve antes, no hace nada, sigue con su caminata.

—Ariana, ¿qué me pasa? —susurro. Sus brazos esta vez me abrazan, me siento débil.

—No te preocupes, estás volviendo a tu cuerpo. Shh. No llores. Todo estará bien.

Con esa última frase, me desvanezco junto a una sonrisa. Encontré la silueta de mi madre en una diosa desconocida.

La luz blanquecina se posa en mi frente, pero no puedo separar los párpados. El latido del corazón lo siento en los tímpanos, está esforzándose para aparentar ser fuerte. No escucho nada, sigo en estado dormido, pero esta vez, con ella, no en el mundo de los muertos, porque la siento a mi lado, presencio la fuerza de voluntad que me trasmite. Quiero darle mi agradecimiento, no obstante, he de esperar. Los recuerdos me golpean con fiereza, aquel que más me atemoriza deja de ser oscuro, es ese, el de la primera vez que la vi, con su mirada pérdida, neutra, que aparentaba ser algo con mucha fuerza, pero que en realidad es y era frágil. En cómo me enseñó a que no estoy seguro como tanto pretendía, es decir, que este mundo es hostil, que te dejará mal herido, que te dará la espalda y no le dará la gana de ayudarte. No sé cuánto tiempo nos hemos profundizado en la travesía; un mes o quizá varios que están resumidas en calculadas escenas. La vi llorar, observé cómo demostró lo que escondía, pude saborear su autentica humanidad. No todos los dioses son malos, no todos exudan desconfianza, ella es la clara excepción, aunque lo niegue infinidad de veces. Sé que estamos pronto al final, pero conservo fresca su promesa, que cumplirá. Podré conocerla más y… sentirla como una madre, como he sentido últimamente.

—Óláfr. Tranquilo.

Parpadeo, ¿en qué momento salí de las cavilaciones?

La palma de su mano yace en mi frente, sus orbes pálidos no me dejan. Jadeo, la cabeza de Jörmundgander se cierne sobre nosotros. ¿Acaso nos ayuda?

—Respira profundo. —Sigue mi vista—. Es verdad. La serpiente es amable, no hay qué temerle. De hecho, estamos sobre ella.

—Él… él…

—No hables, no te esfuerces —sugiere de manera suave.

Asiento, es lo único que puedo hacer. Aquel reptil no aparta sus ojos amarillentos de mí, la larga lengua acaricia mi cuello, la electricidad que irradia pánico me estremece.

—Eh, está asegurándose de que estás bien.

—Lo hago, niño —gruñe. El temerario rugido, o eso es lo que parece, paraliza las emociones que evocan lo malo.

—Es un gusto —carraspeo—, me llamo…

—Ya lo sé.

Vuelve su gran cráneo a lo alto del cielo. Trago. Por todos los divinos y por mi familia, he cumplido mi sueño de tener una conversación con la serpiente de Midgard, no importa que haya sido tan efímera, me conformo.

—Pronto volverás a ser el imperativo de antes.

Me ayuda a incorporarme, el ardor se refugia justo en la zona de mi descarriado corazón. Toqueteo la zona; los trozos de tela la cubren y se siente viscosa.

—Tendrás una leve marca, eso es una clara demostración de que sobreviviste.

Hago una mueca de emoción.

—Gracias.

Veo color en sus mejillas, pero esa reacción no tarda en largarse. Es tierna, aunque intente disuadirlo.

—No lo agradezcas, chico. Eres bueno y no me quedaré sin un buen compañero.

Miente, en sus facciones se ve muy claro. Comprimo la boca para no sonreír otra vez.

—Me dices cuando te sientas mejor para emprender la marcha.

Se aleja, el agua bajo del prominente musculo chapotea al hacer contacto con ella. Me percato de que estamos de nuevo en la laguna, tarde, pero algo es algo.

—Bien, tú y yo solos. —La serpiente me ignora. Bufo—. Solo yo pues.

—Cuídala. Personas como ella son pocas, y más con ese temperamento.

—Creí que solo hablabas una lengua muerta.

Vuelve a mí, después de todo, su ignorancia solo era una coraza.

—Habla varias, muchachito —afirma, rotundo.

—Sí. Juro que velaré por Ariana.

—Que así sea.

—Pero…

—Ella te explicará lo que hizo —interrumpe—, no soy yo quien lo haga.

Suspiro. Las aves revolotean alrededor suyo, como si lo estuviesen saludando y parece que es así. Me acomodo mejor, no quiero perder la buena vista que tengo de su cara. Las escamas verdes entre rojizas junto a las cicatrices, demuestran que es más sabio de lo que creía. Oí muchas veces que él sabe todos los secretos del mundo que rodea y fuera de estos.

—¿No te cansas de estar aquí todo el tiempo?

Se mueve, el titánico sonido de su gesto mueve los arbustos. Genial.

—Solo descanso.

—Uhm, vale.

—Testarudo —regaña.

Me quedo quieto; sintió cuando me propuse levantarme. Sin embargo, mi pecho se quejó al hacerlo. Prefiero quedarme quieto y esperar.

—Serpiente, ¿puedes decirme qué haces aquí?

—Ya lo sabes.

—Pero puede que sea mentira.

Exhala una bocanada de aire que forma una fiera ventisca.

—Peleé con el primogénito de Odín hace décadas, quedé mal herido, por ello decidí reposar parte de mí en este lugar, el Evig Skog se caracteriza de vez en cuando en ser tranquilo. Eso me beneficia. Volví a tener una batalla con él hace poco, no gané, tuvo el respaldo de su hermano, Baldr, me dejaron vivo por lástima, según argumentaron.

—¿Por qué estás en desacuerdo con Thor?

Sus pupilas examinan mi cuerpo.

 —Para una fiesta organizada en la morada de Ægir no había suficiente hidromiel para todos porque Ægir no poseía una caldera suficientemente grande para prepararla —narra—. Ægir le encomendó a Thor la tarea de buscar una caldera, pero ni Thor ni nadie la halló, hasta que Tyr le informó que Hymer, el gigante, su padre, poseía una caldera de una milla de profundidad. Partieron en busca del palacio de Hymer para pedir prestada la caldera. Al ver llegar a Thor, el gigante se enfureció, sin embargo, sacrificó tres bueyes para la cena, de los cuales Thor comió dos enteros, y declaró que al día siguiente comerían pescado. A la mañana siguiente Hymer y Thor salieron a pescar, y se aventuraron en mares demasiado profundos, hasta mis dominios, el prepotente dios del trueno me había prometido respetar los límites que le impuse, más no lo hizo, creyó ser lo suficiente obstinado como para quebrantar la promesa. —Muestra los colmillos en un claro signo de ira—. Una vez allí, Thor lanzó su caña de pesca y me agarró cuando me propuse en hacerlo ir de mi reino, mientras me miraba con mordaz odio, yo le escupía veneno. No lo quería cerca, fue mentiroso e irrumpió mis lares, eso enfadaría a cualquiera. Hymer fue astuto, al ver que su compañero perdía fuerzas, decidió cortar la cinta que me tenía preso. ¡Iba a ganar si no hubiese interrumpido! —ladró lo último con indignación.

—Ah, eso hizo que se odiaran, ¿verdad?

Sacude su cabeza.

—No solo por eso. Después de ese suceso, los suyos empezaron a cazarme, alegando que había sido grosero con su líder, desde entonces hemos estado en disputas. Además, odio su raza porque siempre han intentado domarme y doblegarme.

—Así como lo intentan con Ariana —complemento.

Suelta una afable carcajada, la tierra tiembla por esa acción.

—Conocí a Eimnis, la bestia que reside en su interior, casi tan grande como yo. No solo quieren doblegarla por él, si no también porque ella es de un linaje diferente a los conocidos, gracias a su padre, pues es un foráneo. Odian los extraños, pero a tu mentora, la desean para tenerla bajo su cobijo, es mejor tenerla como una allegada, que como una enemiga.

—Entonces, ¿Ariana es igual de fuerte que Baldrsfadir?

—No. Eso ni lo pienses —aclara—. Se puede decir que es exótica, y lo exótico le encanta a Odín.

—Entiendo. Es algo un poco singular, ¿no crees?

—No lo creo. No confíes en todo lo que puedan asegurarte, luego atacarán por la espalda.

—Ya estoy bien advertido. Gracias por compartir esa hazaña conmigo.

No dice nada más, pues vio que me encuentro ya cansado, tanto hablar a hecho estragos en mi organismo. Vuelvo a juntar los párpados, después de todo, medio asimilo lo que rodea a Freya, o como más le gusta que la llame: Ariana. Es algo complejo, pero si se intenta ablandar, saldrán buenos frutos.

✺✺✺

—Los dioses amables suelen morir más rápido que los tiranos.

Esa fue su frase de despedida. La miré justo después de ese discurso, se veía cansada, como si no quisiera seguir caminando. Cuando me despertó, las ojeras se apoderaron de su cara y parecía atormentada, algo que no logré asimilar con exactitud, algo le había producido esa pesadez e incluso la había puesto más distanciada. Apesadumbrada no es la única palabra que la identifica ahora, va más allá. Parece querer tener esa coraza protegiéndola de nuevo, pero ¿por qué? Esa advertencia rebobina sin cesar en mi memoria, es como si hubiese visto que… No, no pensar ello, no debo hacerlo. Mi mentora es fuerte, lo es sin duda alguna.

Sus cambios de humor han sido drásticos, se pierde por un instante entre sus pensamientos o se queda mirando un punto fijo de algún lugar. Me gustaría auxiliarla como lo ha hecho conmigo.

—¿Estás bien?

—Perfectamente —musita sin dejar de moverse.

—No lo parece.

Sus fieros orbes vuelven a mí, están opacos.

—No te preocupes por mí —espeta.

Aprieto los dientes, es mejor no molestarla por el momento. Está irritada, y puede tornarse mucho peor.

El miedo me corroe al sentirla cada vez más ofuscada, parece que la noción del tiempo se ralentiza a su alrededor. Aprieto los labios para no decir nada, si ella desea que le dé esa calma que tanto espera, es toda suya entonces. Me dedico a apreciar el panorama, de nuevo estamos en la carretera que nos lleva a la colina; los pedazos de tierra se desprenden y caen en la laguna, puedo atisbarlo sin duda alguna, es más, desde aquí puedo ver mejor el cuerpo de Jörmundgander. Las montañas que son cubiertas por su largo musculo, parecen tener más vida con él sobre ellas, las aves revolotean de aquí para allá, al igual de las nubes cargadas por el agua que pronto se descargará en nosotros.

—Madre…

Detengo mi análisis. Ariana extiende su mano hacía el abismo e incluso está en el filo. Envuelvo mis dedos en su hombro para sacarla de ese mundo que la aflige, pestañea, confundida. Me ve con ojos trémulos, casi perdidos.

—Necesitas descansar, la falta de sueño hace muchos estragos —aconsejo, preocupado. No puedo dejarla así, tiene que acostarse o si no podrá hacerse daño.

Palmea mi mano, aun distraída.

—Estoy bien. No te preocupes, seguiremos.

—No me moveré. Tienes que descansar.

Tensa la mordida. Se aferra a mis antebrazos con brío, los ojos le relampaguean, como si fuesen parte del cielo.

—Si no seguimos, tendremos otra batalla y no estoy dispuesta a perderte, no otra vez. Mantente firme, hazlo por mí. —Se calla, pensando—. Por favor.

Dejo caer la mandíbula, jamás se había comportado de ese modo… tan cortes. No puedo evitar afirmar con la cabeza, aunque la cólera me golpee. Su rostro está demacrado, más pálido, los pómulos se le notan mucho, se esfuerza por hacerme creer que está bien. Algo la tiene así, ese algo la ha estado atormentando desde que me sacó del sueño.

—Pero, Freya. —Se retira con las cejas en alto. No esperaba que la llamase por tal nombre—. Te lo pido, por favor, descansemos diez minutos o cinco, eso te ayudará… te prometo que no seré osado esta vez, mantendré al margen.

Titubea, más lo reconoce, sé que lo hace. Suspira, deja caer su espada para enterrarla en la tierra combinada con nieve para apoyar en la parte metálica su espalda, quedando así, sentada con las piernas cruzadas. Me acomodo frente suyo, sonriente.

—¿Ves? Ni tan difícil era.

Resopla.

—Chico, perdemos tiempo; tiempo que nos serviría para, quizá, estar de nuevo en la colina. —Vira sus orbes hasta dejarlos en el firmamento—. Madre siempre decía que lo más hermoso de este mundillo es su cielo, porque este refleja paz, ¿no te parece?

Sigo su mirada.

—Pues… tiene razón. Trasmite mucho.

Vuelvo a posar la atención en sus gestos.

—Sé que hablaste con la serpiente, más que todo del por qué anda en tantas disputas con el omnipotente dios del trueno.

—Mi familia solía rezarle para que volviera las cosechas más frondosas y que la justicia con los ladrones fuera buena —argumento—. Él tiene muchísimos papeles —río.

—Y ¿oyó las plegarias?

Arrugo la frente.

—No creo. Todo era esfuerzo del hombre, los que cosechaban se dedicaban tanto al cultivo, que no conciliaban el sueño, pero, hacían crecer las plantas con tantos cuidados. No hemos necesitado de los dioses para evolucionar, eso es lo que he pensado a lo largo de nuestra travesía. Antes me desvivía pidiéndoles ayuda por cualquier cosa, ahora, he razonado… porque tengo el conocimiento pleno de que no se matarán para auxiliar a un simple mortal —susurro. El silencio retoma la batuta, Ariana solo me observa, como si estuviera verificando que no estoy dando mentiras, midiendo las reacciones.

Después de unos minutos, sonríe, aquella acción me alegra.

—Veo que mis ideales han hecho mella en ti, es bueno.

Desvío el interés hacia los arbustos, tímido.

—Gracias a ti sé qué es vivir sin una falsedad en mi mente. —Inhalo una gran bocanada de aire—. Muchas gracias, Ariana, por ayudarme a hallar mi verdadero yo.