Capítulo 15
—Las flores se arrancan, viven cierto tiempo, para luego morir. Nuestro ciclo es similar, chico, somos arrancados del seno de nuestras madres antes de tiempo y empezamos a saber qué es vivir en realidad.
Esas palabras se las susurré mientras lo llevaba en mi espalda, roncando satisfecho. Logré sentirme bien el momento que lo exhalé, y puedo afirmar que, de algún modo, me sentí libre por primera vez.
Cierro los ojos, me resisto, más esa resistencia se desvanece poco a poco, a hurgado en mi pecho hasta hartarse. Se propone en arrebatar mi alma sin importar qué, me encuentro en su regazo, con una de sus manos envuelta en mi cuello y la otra intentando arrancar lo poco que me queda. Pestañeo, si este será mi fin, que lo sea un ápice mejor, ¿no? Soporto el sentirme atracada; mis piernas ya no responden.
Mi alma se halla en medio camino para salir de su encierro, solo hay que contar los segundos que faltan para que él gane. No alcancé a correr para que no me cogiera, su velocidad no pude captarla, en menos de un canto de ave, me encontraba atrapada.
Escucho un lamento que me saca de ese escrutinio, lo ubico al instante.
La esperanza golpea a la desesperanza, como diciendo que no es su día para actuar, he llegado temprano para impedir su ida y, tengo que hacer lo imposible para quitarme de encima a este monstruo. Siento a la bestia estirarse, lista para saltar, pero no le daré el gusto, esta vez quien actuará seré yo y sola. Viro las pupilas junto a un jadeo.
—Vuestra fuerza de voluntad se deshace, vamos, déjame disfrutar arrancarle la vida a un magnánimo.
—No tientes a tu suerte —exhalo, débil.
Muestra sus dientes afilados en una sonrisa cruel. Ejerce más presión, chillo. Ya ni siento la cadera, un tirón más y estaré muerta.
—Débil —se jacta en un gruñido la bestia. Lo disuado.
Levanto los brazos con demasiado esfuerzo, incrusto las uñas en su pecho, la sangre negra brota, la fuerza que pongo en ese punto es la suficiente como para distraerlo un poco. Hija, recuerda, nunca la debilidad debe ganarle al coraje, porque el coraje, es un incentivo apremiante para ganar. Grito, el dolor tampoco podrá intervenir para atraer la gloria. Las puntas de mis dedos se duermen, pero eso no hace nada cuando atravieso la firme carne, esa oportunidad es la precisa, y como lo predije, me suelta con un rugido iracundo. Gateo, apartándome de su presencia para poder erguirme sin aliento. Las piernas siguen trémulas, bombeando sangre a las zonas afectadas.
Ojeo el cómo la herida se cose sola. La mueca en mi cara le alimenta el ego, sabe muy bien que algo tan mínimo como eso no le hará el suficiente daño. Los muertos se aglomeran a mis lados, listos para cruzar. Esa es una oportunidad que no dejaré tan fácil. Menos mal poseo buena suerte.
Me confundo entre las sombras, rápido, me arrodillo al frente del chico, su mirada pérdida atenaza el corazón y no me mengua la tristeza. Mis dedos traspasan su rostro, es solo una simple sombra, un espectro de lo que es en el mundo de los vivos. Observo a través de mi hombro, sabe que no puede quitar la atención de sus próximos esclavos, así que no podrá tener su otra reyerta, o el intento de eso. El guardián se prolijea para contenerlos.
—Chico —llamo. Si atraigo su interés de esa vigilia prematura, tendré la oportunidad de materializarlo escasamente—, Óláfr, soy yo, Ariana, más bien: Freya.
Sus orbes se mueven en su búsqueda por mí.
—¿Ariana? —tartamudea.
—Sí, soy yo, niño. Vine por ti y no me iré sin ti.
Sus ojos se iluminan, la muerte se despega de ellos con deliberada lentitud, la piel grisácea se torna de su color natural. La sonrisa que me da hace que un calor extraño nazca en mi pecho.
—Ariana…
—No hay tiempo para explicaciones.
Sujeto su mano. Lo arrastro hasta la entrada principal, en la esquina de ella, estará el hueco por donde salí. Sé que Hela al percatarse de que le faltará un bocado, no tardará en buscar con rabia el que irrumpió su morada. Pero eso no es de tanta importancia ahora o eso es lo que creo.
¿Fácil el poder salirme con la mía? Uhm, claro. Me espera una buena después de cruzar.
✺✺✺
—¡Muchacha!
Padre se acerca. Mira con desdén el cuerpo del chico sobre la serpiente que no tarda en mostrarse recelosa.
—Pensé que tardarías más ahí.
—Eso mismo pensé yo.
Vuelvo a caer de rodillas sobre las escamas; el color retornó en su piel al igual que las pulsaciones en su pecho.
—No soy tan omnipotente como lo es Odín, pero me las he arreglado para que no se convierta en draugr —gruñe. El sonido de su cabeza bajando me pone alerta por un segundo, se percata de ello, más no se aleja. Su nariz está otra vez cernida en el rostro de Óláfr, lo huele, lo analiza y lo prueba con su lengua—, su herida está calmada gracias a tu padre, él ha traído yerbas curativas.
—Dime algo, Jömundgander, esto, lo que hice, es un precio muy alto a pagar, ¿verdad? —musito con las manos enterradas en las hebras castañas del chico.
La respiración de Einar se altera, sí, con eso ya dio una respuesta. Los orbes amarillentos se posan en mí con seriedad, los orificios de su hocico se abren para acobijarme con un cálido vaho, intenta persuadirme.
—Si te dejó ir tan fácil, es porque algo te espera… y ese algo, cobrará el deshonor que has hecho. Hela es vengativa y ponzoñosa, en cualquier momento estará tras de ti, atormentándote como suele hacerlo en su reino, un precio alto a pagar.
—Si era necesario por Óláfr, lo tomaré —carraspeo—. Sé que el peor castigo que puedo tener son las memorias que tanto intenté esconder. Quizá me vuelva loca. —Miro a padre—. Tú te encargarás de quitar esa locura cuando me invada.
Asiente, cabizbajo. Le duele que, en alguna circunstancia, perderá lo que más quiere ahora. Me estremezco sin poder evitarlo.
—Bueno, entonces… —musito, quitando la tensión—, esperemos a que el chico vuelva en sí. Olvidemos lo que sucedió, el tormento es mío, no vuestro. Seré yo quien lo enfrente, no ustedes.
—Muchacha.
—¡Respeta mi decisión! —sollozo con los ojos apretados al igual que los puños—. Yo respeté la tuya.
El reptil vuelve a lo alto, dejándonos solos, dándonos espacio. Es verdad, se enrosca por todo Midgard, su cuerpo reposa en las montañas, ciertos valles, atraviesa el bosque y el mar.
—Freya. —Limpio mis mejillas para verlo—. Llegó la hora de que sepas de dónde provengo, quién soy y qué hago aquí.
Trago.
—Padre. —Sacudo la cabeza—. Si no te sientes cómodo…
—Lo estoy. —Zanja mi intento de hacerlo retroceder—. Los dioses no interrumpirán porque están de luto. Baldr reposa muy malherido en su lecho, vinieron a por él antes de que le arrebatará su asquerosa vida.
Despego los labios, estupefacta. Se sienta a mi lado, hace caso omiso de la tensión que me invade por tal respuesta.
—¿Sabes que me llaman, de manera vulgar, el mata dioses? —Hago un gesto afirmativo, no puedo hablar, mi lengua no desea hacer su trabajo—. Lo soy. Asesiné a la mayoría de mi tierra, Grecia; una ciudad muy lejos de este lugar, se atraviesa el mar y durante días tienes que esperar para arribar en ella. En ese mundo apartado, reinan otros dioses, se les llama olímpicos. Yo era hijo del principal, Zeus, tuve un trono gracias a él, además porque maté al que era el dios de la guerra, Ares, y yo tomé su puesto. Soy espartano de nacimiento, no sabía que era hijo de la deidad del cielo hasta que tu abuela me lo confesó antes de partir. Pero, también lo asesiné sin importar que era mi progenitor por estar en desacuerdo con su mandato, era prepotente, se creía el mejor y que nadie podía contra él, hasta que yo decidí… esa acción. Hui, intentando olvidar mi pasado, sin embargo, estando aquí, se hicieron cargo de que lo retomara.
»Al posar mis pies en estas tierras, tu madre, que en ese entonces también huía de Odín, me encontró moribundo, se apiadó de mí, me curó y cuidó. Desde entonces, la tomé como esposa y te tuvimos a ti, sin que los ojos de Baldrsfadir estuvieran presentes. Freya era una vanir; los vanir manejan muy bien la hechicería y nos protegió hasta su muerte con ella. La progenie de un dios lejano y una diosa cercana, dio a luz una nueva clase de linaje, una que anhelan poseer. Además, tienes entrelazada una bestia con tu espíritu. Algo que también quieren.
El silencio retoma nuestro entorno, mi garganta se aprieta. Entonces, yo soy un bicho raro que puede ser un tesoro para los que siguen a Odín, “quien todo lo ve”. No pertenezco a un lugar o a otro, solo estoy en la mitad, sin nada. Soy una rareza. Dejo caer los hombros, debo irme de igual modo, así como Einar lo hizo, yo debo tomar su ejemplo, porque aquí no estoy segura, debo vagar, buscar una zona que pueda recibirme sin estar pensando que querrán mi cabeza.
—¿Cuál es tu verdadero nombre? —inquiero por fin.
Su mandíbula se tensa.
—Si lo digo, invocaré a los míos, es una maldición, muchacha, por eso adopté el que Freya me dio.
—Einar —pronuncio con los ojos irritados—, líder guerrero. Ahora asimilo el apodo. Lástima que no tenga el privilegio de saber el verdadero —gorjeo.
No dice nada. Su semblante sigue igual de etéreo.
—Sé que amas a mamá —continúo—, tu mirada te delata. También he de suponer que tuviste otros hijos en tu verdadero hogar o tal vez no… pero, vivamos el ahora ¿no? Aunque este nos reciba a golpes.
Asiente.
—Necesito el collar.
Frunzo las cejas. Cambio de humor brusco.
—No. No irás solo. Irás conmigo, yo también tengo derecho de saber qué ocultó madre en el Fólkvangr.
—Muchacha —murmura entre dientes—. No quiero que seas un blanco para los hijos de ese malnacido, si vas conmigo, él estará esperando por nosotros.
—Me importa poco —respondo, hostil.
Dirijo el interés a Óláfr, sigue durmiendo, y es mejor que descanse toda la noche.
—Me prometí a mí misma contrarrestar mis demonios. La única forma de hacerlo es saber la verdad absoluta que tanto me ocultaron. —Me incorporo, observando el horizonte—. Así que, no me detendrás para que te siga y el chico vendrá conmigo.
—Freya.
—No. Debes saber que ya sé tomar decisiones y esta es una. Puede ser apresurada, pero me importa poco. Si deseas, adelántate, libera el espacio de enemigos, espérame, más no te daré la llave.
Se levanta de igual modo. Su altura no me amínala en lo absoluto; sus falanges se enredan en mi cabello, bajo la vista, es el primer contacto de ternura que tengo con él.
—Tienes el mismo potencial y coraje de tu madre, veo en ti su poder. —Se aparta—. Nos vemos, pues. Pero antes, muchacha, no seas imprudente.
Estiro los labios.
—Ya no lo soy, sin embargo, le enseño al chico que no repita lo que fui.
Con esas palabras me despido. Lo veo marcharse con el corazón apretujado, es como si estuviese invocando el día que llegué a casa, sin él en ella. Esta vez puedo afirmar que no será así, que me esperará y que volveremos a unir ese lazo que solíamos tener.