Capítulo 8 - El guardián del bosque

El decisivo día por fin había llegado, Jonathan se despertó a media mañana para atestiguar la génesis de un arriesgado periplo por el bosque de sus pesadillas, el averno sui géneris al que había abocado partiendo desde su inconsciente. Rehuir el desgraciado tormento ya no era posible, la batalla final contra el guardián del bosque tenía que darse sí o sí. Aun si el resultado se tornase pírrico, el cazador estaba dispuesto a exponerse, arriesgar el pellejo ante lo desconocido, con el objetivo de jalonar la retahíla que tanto fastidio le provocaba. Su destino era luchar contra la encarnación de todos sus temores reprimidos, algo que pocos se animaban a hacer debido a la falta de entereza.

Al mediodía se preparó una menestra siguiendo los cuidadosos pasos que Jennifer le había enseñado, luego lustró sus botas, preparó la ropa de material sintético y pulió sus armas para el combate. Tenía pensado recurrir a su mejor arsenal, lo que le deparaba el sino no se lo podía tomar a la ligera. El feroz monstruo de sus sueños no iba a mostrar debilidad, eso él lo sabía muy bien.

Jonathan se sentía como un jovenzuelo que se iba a iniciar en el mundo de la cacería, tanta emoción y ansiedad era imposible de controlar. Esa oportunidad de enfrentarse al lobo negro le traía recuerdos del primer safari en el continente africano, en el que tuvo la oportunidad de estar más de un año recorriendo países para cazar decenas de animales salvajes. El hecho de haber competido con otros cazadores importantes había sido de lo más entretenido.

No pasó mucho tiempo hasta que un vehículo de alta gama apareció frente a la cabaña, estacionó a varios metros del remolque, era el mismo que había visto la otra vez, en el que había viajado Robustiano. Pancracio descendió por la puerta, sacó una maleta negra, caminó con apuro, se dirigió a la puerta de entrada, tomó la agenda y echó un vistazo a su reloj de pulsera para anotar la hora exacta. Tenía todo planeado para llevar a cabo en su debido tiempo. Jonathan lo recibió con deferencia y le pidió que tomara asiento. Todavía tenía algunas cosas pendientes por ordenar.

—Tanta ansiedad me está maltratando —habló con morigeración.

—¿Qué es lo que trae en la maleta? —Jonathan preguntó con azoramiento, interesado por saber qué transportaba su compañero de excursión.

El artero detective la abrió y le mostró lo que llevaba: dos mascarillas de plástico con tiras elásticas, dos gafas especiales que mantenían los ojos protegidos contra la irritación y guantes blancos para evitar el contacto directo con materiales contaminados. Le enseñó la pistola que llevaba en su cintura, tenía que cerciorarse de estar a la par de su compañero de viaje, aunque no buscaba competir con él.

—Si vamos a meternos a un lugar peligroso, tenemos que estar bien protegidos. ¿No le parece?

—Pienso llevar mi mejor arsenal —ignoró su pregunta para brindar información actualizada—. Ayer tuve la oportunidad de ver cara a cara al lobo negro. Es casi tan grande como en mis sueños. Lo malo es que se me escapó.

—¿Se metió al área sin mí? —lo miró de reojo, creyendo que se había infiltrado en el área dieciséis sin decírselo.

—Lo encontré a medio kilómetro de aquí, en la parte profunda del bosque. Lo acompañaba una docena de lobos blancos. He aquí un recuerdo de mi enfrentamiento con ellos —mencionó y le mostró su mano vendada.

—¿Cree que ese lobo esté con otra jauría?

—Es el líder del grupo. Es el que está al mando —respondió con rapidez, casi mezclando las palabras—. Es normal que el cabecilla de la manada sea el más grande. Por lo visto, es el típico marimandón que envía a los demás a hacer el trabajo sucio por él.

—¿Puede manipular sus armas sin problema?

—No es una herida grave así que podré manipular las armas con normalidad.

—Espero que no. No quisiera que resultase un impedimento para su desempeño en la cacería.

—No pasa nada —le dijo. Sabía que se trataba de algo superficial por lo que no merecía la pena preocuparse.

—Por cierto, hoy no tomé mi dosis de cafeína. ¿Tiene usted café aquí? Esta misión me atosiga.

—Puedo prepararle un poco si quiere —se ofreció para servirle puesto que tenía café de sobra.

—Me encantaría —respondió con una sonrisa.

El dueño de la cabaña se dirigió a la cocina para prepararle café negro a su compañero. Ese era un vicio sano según él, que necesitaba para lidiar con la apabullante atonía. Como Jonathan seguía satisfecho, prefirió no comer ni beber nada. Miraba el reloj a cada rato para ver cuándo llegaría la hora de partir. Tenían pensado salir a las cinco de la tarde para poder realizar una exploración completa, y si era necesario, pasar la noche dentro del sombrío laberinto boscoso. No iban a bajar los brazos hasta que encontrasen los cuerpos de las víctimas desaparecidas. El tenaz atrincheramiento que compartían, propio de hombres cabeciduros, era necesario para poder concretar la comprometida misión.

Pancracio se sentó en una de las sillas de la cocina y disfrutó un sabroso café caliente que lo reanimó enseguida. Se sintió feliz de haber ido un poco más temprano para pasar un buen rato junto al cazador del que tanto sospechaba. Lo estaba utilizando para ver qué podía sacar de él, no buscaba ser su amigo ni su cómplice en ningún acto criminal. Era un maestro del fingimiento, un auténtico artífice en la simulación. Tal era su habilidad para aparentar que nadie nunca se daba cuenta, ni siquiera su esposa.

—¿Usted suele tomar mucho?

—Más o menos —respondió con cierta vacilación—. Prefiero las bebidas alcohólicas.

—Será mejor que nos demos prisa antes de que nos agarre la noche —sugirió justo después de haber vaciado la taza.

—Iré por mis armas. Usted tenga todo listo —dijo el cazador y cogió su mochila con todas las herramientas de caza.

A la camioneta se dirigieron, acomodaron todas las cosas en la batea y subieron al vehículo. Copitos de nieve empezaban a caer del cielo, la clara señal de que otra tormenta se aproximaba. Se dieron prisa por meterse en la inhóspita ruta, cruzaron de un carril al otro, circularon a gran velocidad hasta llegar a las afueras del pueblo. Se metieron por un camino pedregoso, muy húmedo, que terminaba en medio de la arboleda. Allí se detuvieron, bajaron de la camioneta, se pusieron las mascarillas, los guantes y las gafas, prepararon sus armas, recorrieron casi tres kilómetros a pie hasta adentrarse en las puertas del Hades, donde un cancerbero les daría la bienvenida.

Mientras más se acercaban al área dieciséis, más oscuro se iba volviendo todo, tomando un toque tétrico. Un astroso portón oxidado que parecía haber salido de una película de terror, estaba tapado con carteles de precaución, señalaba la entrada a lo que había sido la propiedad otrora del doctor Augusto Torres, por donde se cruzaba para ir a su laboratorio.

El fuerte olor irritante se hacía más notable con cada paso que daban, una especie de neblina espesa cubría el suelo, las figuras de los árboles desmejorados ponían los pelos de punta a los caminantes, los acoquinaban como si fuesen erectas gárgolas puestas para ahuyentar a los forajidos. Jonathan tenía una linterna de bolsillo y Pancracio tenía una linterna de mano, ambas luces artificiales iluminaban el camino obstaculizado por desniveles, grietas, nieve mugrosa, piedras sueltas, hojas, ramas caídas y hoyos.

—Tendríamos que haber venido de día. Buscar un cuerpo en este oscuro será como buscar una aguja en un pajar —musitó el detective, con su linterna en mano.

—Es muy tarde para arrepentirse.

Habían bajado por un sendero empinado, la incontable cantidad de árboles gigantescos tapaba el cielo por completo, la luz nunca abundaba allí, ni en el cálido estío. El frío y la humedad eran excesivos, como si hubiesen cruzado a una región boreal. Dentro de una dimensión descomunal se habían metido, cualquier cosa era posible allí.

Al cabo de una hora de incesante búsqueda, Jonathan halló un viejo walkman en el suelo, cubierto entre hojas secas. Al inspeccionarlo de cerca, supuso que le pertenecía a alguno de los desaparecidos. Pancracio tomó el aparato, en su laguna de remembranzas halló un recuerdo que le sirvió para conectar lo que había dicho Inocencio en la comisaría el día posterior a la desaparición de Marcelo, intuyó que le pertenecía a su hijo. Colocó el reproductor de música en una bolsa especial para evidencia forense. Esa era una prueba irrefutable de que el joven había sido raptado hasta el fondo del área. Como no había humanos viviendo allí, todo indicaba que el autor del asesinato era el guardián del bosque, cuya existencia real había sido rechazada por mucho tiempo.

—Esto es oro puro para la investigación —mencionó al momento que guardaba la evidencia en el bolsillo izquierdo de su sobretodo.

—¿Ahora ya no sospechará de mí?

—¿Qué? Usted es demasiado bueno para formar parte del grupo de sospechosos —respondió y casi se desternilló.

—Yo habría hecho un mejor trabajo sepultando la evidencia.

—Ya lo creo.

Ninguno de los dos sabía que los estaban vigilando. Estaban en la mira del enemigo, en su territorio ningún extraño era bienvenido y mucho menos los humanos a los que tanto detestaba. Con los ojos clavados en ellos, la membruda figura de cuatro patas se desplazaba sigilosamente en las impenetrables tinieblas.

Jonathan estaba concentrado en la misión y trataba de no pensar en las pesadillas que había tenido, pese a que ese sitio era una réplica exacta de lo que había visto en sus sueños. Pancracio se sentía seguro de tener a un cazador profesional de su lado, era alguien que lo podía proteger del peligro. Lo malo era que había bebido demasiado líquido antes de salir y ya no podía seguir aguantando las ganas de orinar.

—Tengo la vejiga hinchada. Debería descargar antes de seguir. No quisiera hacerme encima.

—¡Tenga cuidado! —le advirtió—. No sabemos en qué momento nos pueden atacar.

—Tengo la pistola a mano. No me pueden hacer nada. Deme un minuto. —Se fue caminando con rapidez para buscar un sitio donde pudiese orinar tranquilo.

Jonathan tenía un mal presentimiento, algo en su mente le traía reminiscencias del pasado que no quería recordar, la vista se le nublaba, le costaba respirar, el corazón le latía con menos fuerza, parecía que estaba a punto de desmayarse. De rodillas cayó, puso la mano derecha en su pecho, agitado como nunca antes. Ese era el peor sitio para sufrir un síncope. Por primera vez en su vida sintió miedo de morir, no quería dejar solo a su compañero, tenía una misión importante que cumplir aún.

Pancracio se había acercado a un estancado acequión, pegado a un viejo árbol, que desprendía un hedor a podredumbre. Colocó la linterna al costado, su arma firme estaba en su cintura, escupió en el suelo, manoteó su bragueta para bajarla cuando el jadeante sonido de la respiración le rozó la nuca. No tuvo tiempo de darse vuelta, algo pesado le cayó encima, quedó a merced del lobo negro que le arrancó una oreja de un lastimero mordisco, le clavó los colmillos en el pecho y en la espalda y se lo llevó. Sus gritos de agonía fueron la campanada que dio aviso para que la jauría se reuniera y formara una barrera defensiva, como si se tratase de un conflicto beligerante que requería cuidadosas estrategias militares.

El cazador recobró el aliento, se arrastró como pudo entre la más densa oscuridad, encontró la linterna de su compañero en el suelo y vio gotas de sangre, además del espantoso grito angustiante que se iba alejando de a poco. Con la linterna en su posesión, más exasperado que nunca, tomó las armas para salir a cazar. Ahora era una cuestión personal.

—Esto no puede estar pasando —susurró para sí.

Siguió las huellas del ruidoso animal que hacía temblar el terreno con sus pisadas. Antes de meterse a una zona pantanosa, la manada de treinta y ocho lobos grises, aliados al réprobo líder, creó un prolijo hemiciclo frente a él. Le gruñían al foráneo para meterle miedo.

Se puso los binoculares, lanzó una granada aturdidora que atronó a los depredadores, sacó de la mochila la ametralladora que su padre había utilizado, la cargó, disparó a quemarropa, convirtió a los fastidiosos caninos salvajes en coladores, sus cadáveres agujereados formaron un mar rojo que se mezclaba con los fluidos del suelo. La grotesca escena se parecía a lo que había visto en uno de sus desequilibrados sueños. Se acordó de su charla con Carlos, lo de la supuesta conexión entre la realidad y los sueños, estaba viviendo su peor pesadilla en carne propia, con la diferencia de que no había posibilidad de un deux ex machina como en un sueño.

Hacia la dimensión oscura más temible se dirigió, tuvo que cruzar una clase de ciénaga que parecía interminable. Con la ayuda de los rayos infrarrojos, buscaba el posicionamiento exacto de su enemigo. No iba a permitir que se le escapase de nuevo, esta vez era definitivo, tenía que matarlo a como diera lugar.

—Maldito infeliz —susurró. Respiraba con dificultad teniendo la mascarilla puesta.

Decidió quitársela para poder respirar con libertad, se apercibió del insoportable olor que lo rodeaba, éste no obstruía su cavidad nasal, no era tan letal como decían.

Habiendo hecho a un lado sus incontrolables náuseas, cargó el rifle, se adentró en una cueva mefítica, iluminó cada rincón, se llevó una gran sorpresa al ver un cadáver pútrido en el fondo. Los pedazos de ropa descuartizada indicaban que se trataba de Marcelo Corrales, el joven desaparecido que andaban buscando. El hombre de nervios de acero no aguantó ver esa escena, casi vomitó del asco que le dio. Le generaba una enorme desilusión saber que el detective ya no iba a poder ganarse el respeto de sus compañeros. Ese caso era su llave a la gloria, quizás a un ascenso, o algo incluso mejor.

De regreso en el campo de batalla, el cazador corrió tan rápido como pudo. Atravesaba obstáculos como un corredor olímpico, daba saltos prodigiosos para no caerse. Prestaba mucha atención a su entorno, sabía que su rival estaba cerca. No se percató de que se estaba acercando al desagüe de la zona, resbaló con el verdín del suelo y cayó por un hueco de gran envergadura, aterrizó dentro de un colosal acueducto que transportaba toda el agua sucia del pueblo hacia un río contaminado que quedaba en medio de la nada.

Tanto la linterna de mano como los prismáticos fueron arrastrados por la correntada cloacal, se puso de pie enseguida, asqueado luego de haber ingresado al escatológico túnel. No dejó que la desesperación lo dominara, enganchó un garfio a la punta de la cuerda, hizo un nudo, se aproximó al agujero de arriba, que estaba a casi cinco metros de altura y esperó el momento oportuno para lanzar la soga.

No pasó mucho tiempo hasta que la figura robusta del canino de pelaje oscuro se acercó al hoyo, el desahuciado hombre perdió la paciencia al verlo, le disparó con el rifle, dándole en una de las patas traseras. El animal herido cayó dentro del inmundo desagüe, fue entonces que dio inicio la batalla definitiva. Con su rifle listo, disparó todas las balas que tenía. Los gemidos del lobo al sentir dolor eran una pizca que alimentaba su desquiciado deseo de vengarse. A mayor sufrimiento infligido, mayor era su goce.

—Muere —vociferó y le disparó con la escopeta.

Intento tras intento, la feroz bestia no se rendía. Se le echó encima, le rasguñó el pecho, el cuello, los hombros, el rostro y el vientre. Sentía las afiladas cuchillas que zanjaban su carne, ignoraba por completo el intenso dolor, había abdicado de su mayor temor para hacerle frente al monstruo de sus pesadillas. Con el revólver listo, le disparó en el hocico y en el cuello hasta vaciar el cartucho. Con la faca, lo mutiló al estilo de un carnicero encrespado, lo apuñaló tantas veces que le arrancó todas las vísceras, lo dejó hecho carne desmenuzada.

Tras la sanguinaria lucha en la inmundicia del entorno, sentía cómo las fuerzas lo abandonaban. Sus hemorragias requerían tratamiento urgente, las heridas sangrantes no podían cerrarse de ninguna forma. Se negaba a aceptar que ese era el fin de su largo viaje por el mundo, un cazador como él no podía dejar que las cosas acabasen así. Se había esforzado tanto para terminar como sus antiguos compañeros. Temblaba de frío, sollozaba en la penumbra, se sofocaba entre el putrefacto aroma, se desplazaba sobre la corriente de agua que no dejaba de empujarlo hacia atrás.

Llegó un momento en el que su cuerpo ya no pudo resistir el desgaste y se desplomó como los pájaros que mataba en sus bellos días de cacería. La corriente lo arrastró a él y al lobo hacia el río donde todos los desechos contaminantes quedaban atascados.

Todavía en pie, con heridas profundas en su cuerpo, el detective se arrastraba por la húmeda tierra cuán rápido podía. Manoteó su sobretodo manchado de sangre, tomó el teléfono celular, trató de llamar a la policía, la escasa señal no le permitía comunicarse con otra cosa que no fuese el destacamento policial.

Le costaba mucho respirar en ese ambiente tóxico. Había perdido su mascarilla durante la acometida. Rogaba para que le respondieran, estaba tan desesperado que apenas podía reaccionar. Al oír la voz de uno de sus compañeros del otro lado, su rostro se iluminó, suplicó que enviasen una ambulancia, le dijo dónde se encontraba y le pidió que se dieran prisa.

—¡Maldita sea! —no podía parar de maldecir ni un instante. Sentía que le quedaba poca vida.

La visión se le tornaba borrosa, como si hubiese ingerido alguna droga ilegal, los miembros no le respondían, se asfixiaba en medio de un sitio desconocido al cual se arrepentía de haber ingresado. Recordaba muchas cosas del pasado, sus experiencias como oficial de policía, sus visitas al dentista, sus juntas informales con los familiares de Carlos, sus encuentros con Robustiano, sus primeros casos donde siempre metía la pata, sus incursiones en el mundo de la criminalística, las veces que su esposa lo regañó por llegar tarde. Apoyó la cabeza sobre las raíces de un árbol y quedó inmóvil, el oscuro manto de la muerte lo cubrió con prontitud. Otra alma inocente había sucumbido ante las garras de un monstruo que la naturaleza humana, la más salvaje y despiadada, había engendrado con fines maliciosos.

El científico loco del que todos se burlaron alguna vez, había acabado de fenecer en su celda, se había hartado de estar padeciendo en el mismo lugar todos los días, se quitó la vida al tragar una sobredosis de medicamentos con los que trataban su comportamiento bipolar.

Lo que él había creado era producto de una mente enfermiza que no tenía ningún respeto por la ética animal, había conocido, en carne propia, lo que era estar encerrado y medicado sin posibilidad de salir, alejado de todo lo que amaba. Lo que había padecido podría definirse como karma, o simplemente ser parte del plan de los energúmenos activistas que lo odiaban más que a nadie por someter criaturas inocentes a los experimentos más horrorosos. Si el monstruo que había creado pudiese expresarse, lo habría despedazado hacía mucho tiempo.