Epílogo
El cuerpo de Pancracio fue hallado cuatro días después, cuando la policía había adquirido autorización para meterse al bosque prohibido donde nadie quería entrar. Sus compañeros quedaron horrorizados cuando lo vieron, estaba tan lastimado que apenas era reconocible. Su esposa sufrió lo que nunca había sufrido en toda su vida, había quedado viuda, se lamentaba por no haberlo mantenido bajo estricta vigilancia como debía. No comprendía por qué se había metido a un lugar tan peligroso en vez de pasar la noche con los demás. El único detective del pueblo había pasado a la historia.
Los cuerpos de los demás desaparecidos también fueron hallados. Se hicieron los análisis correspondientes para estimar en qué momento habían fallecido y de qué manera. El arduo peritaje y las biopsias llevaron semanas enteras, era imposible determinar con exactitud qué había ocurrido con todos ellos. La hipótesis más aceptaba fue, por supuesto, la intervención de un animal salvaje con mucha hambre que los había atacado por sorpresa y los había arrastrado hasta su madriguera para devorarlos.
El cuerpo de Jonathan fue encontrado casi tres meses después, durante una búsqueda en lancha, las autoridades civiles que hallaron el cadáver avisaron de inmediato a la policía de la región. Fue un hallazgo significativo en el que asistió todo el personal del destacamento, incluyendo el cuerpo de bomberos y médicos forenses. En su empapado cuerpo yacían las marcas de los zarpazos que había recibido del lobo que lo embistió, eso demostraba que se trataba de un caso de ataque animal, otro más en el interminable registro. El viejo cazador había conocido el fin de su existencia al enfrentarse al guardián del bosque.