Capítulo 5 - Incertidumbre

Rumbeando en dirección al pueblo luego de haber estado dos días encerrado en su guarida, Jonathan tenía pensado visitar uno de los bares artesanales que había mencionado Humberto, el que tenía un cartel con una botella de absenta en la entrada. Después de una entradita en calor, tenía planeado ir al chapista para que le arreglara la camioneta, le daba vergüenza manejarla en esas condiciones. Como la tormenta había cesado y la temperatura había subido unos pocos grados, aprovechó para salir. Eso sí, andar por la ruta congelada no le daba mucha confianza, debía conducir despacio y con mucho cuidado.

Se metió por la avenida principal y se desplazó por una calle lateral, bastante angosta, cruzó frente a una tienda de antigüedades repleta de vetustos artículos y un pequeño almacén despintado con un nombre difícil de pronunciar, hasta llegar al estacionamiento que estaba a la derecha del bar.

Bajó del vehículo, echó un vistazo al reloj, que marcaba las ocho y cuarto de la mañana, y se dirigió a la puerta de entrada. Al empujarla, sonó una campanita que avisaba la llegada de los clientes.

Sus ojos exploraron el interior del local, que era pequeño y acogedor. Tenía diez mesas redondas con cuatro sillas en los laterales, una pared de color amarillo con cuadros de bebidas famosas, un rústico techo bajo con lámparas colgantes de color granate, un viejo televisor en el rincón del fondo, un piso encerado de color marrón claro que brillaba como si fuese nuevo, una singular mampostería que conducía hacia los baños, una barra extensa con ocho banquetas donde se reunían los recalcitrantes bebedores y se ponían a discutir durante horas, una reluciente estantería que se extendía de una punta a la otra dejando a la vista bebidas de diferentes marcas y tamaños, y, por supuesto, música de fondo que creaba una atmósfera cálida y amigable.

Carlos Arriola, el dueño del bar, un bartender de sesenta y dos años, apareció de la puerta del fondo, la que daba contra la parte trasera del local. Se desplazaba con lentitud debido a molestos dolores de rodilla propios de la vejez.

Era un hombre caucásico de un metro ochenta, con azotea entrecana, frente medio pelada, ojos marrones, nariz grande y recta, dientes relumbrantes, barbilla redondeada bien rasurada, cuello corto y manos venosas. Era fácil de reconocer por su vestimenta: mocasines, pantalón de vestir, camisa blanca con moño y chaleco negro sin mangas. Era un experto en mixología, sabía preparar una gran variedad de tragos y bebidas. Trabajaba horario corrido hasta las seis de la tarde, desde las diez de la mañana en adelante recibía la ayuda de un sobrino que interpretaba el rol de camarero. El encargado de la limpieza, el viejo rengo al que conocían como Rogelio Fontana, aparecía después del mediodía.

Rogelio había sido un amigo cercano de Humberto en el pasado. A causa de desavenencias y discusiones, el lazo de amistad que habían atado se desprendió. Rogelio le había pedido dinero prestado y nunca se lo devolvió, razón por la cual Humberto dejó de confiar en él.

Jonathan corrió la banqueta de la esquina y se sentó en ella, se sacó la boina, apoyó los brazos en la barra, saludó al encargado y accedió a su petición señalando con su dedo índice una botella de tequila que ya había pispiado. Hacía tiempo que no degustaba un buen tequila blanco. Estiró el brazo izquierdo para tomar un poco de maní del recipiente disponible para el público. Le pareció poco salado para su gusto.

A los pocos minutos volvió a sonar la campanilla, ingresó el segundo cliente, el ya conocido detective que visitaba bares y tabernas todas las semanas. El señor Pancracio escapó de su casa, único sitio donde su esposa lo tenía bien vigilado, para ir a beber algo que lo reanimara, a fin de seguir adelante con el peñazo de trabajo que tenía pendiente. De mala gana hacía todo, ya estaba cansado de hacer lo mismo día tras día. Se quitó el bombín, ajustó sus anteojos de marco grueso, tragó saliva, cogió una banqueta y se sentó al lado del cazador.

Era un hombre poco apuesto de un metro ochenta, oscuro cabello grifo con pelos hirsutos, cejas cortas, ojos marrones, marcadas ojeras, orejas chuecas, nariz aplanada, dentadura descolorida, quijada punteada, un costurón en el cuello, hombros anchos, brazos fofos y velludos, pectorales poco definidos, vientre chato, piernas largas y pies pequeños. Llevaba puesto un pantalón vaquero de color azur, zapatos negros con suela alta, camisa color crema, una corbata negra de tamaño mediano, pulóver argénteo y su clásico sobretodo negro que lo distinguía del resto.

—Señor Pancracio —introdujo el bartender con una panegírica sonrisa en su rostro—, qué gusto verlo de nuevo. ¿Qué piensa tomar el día de hoy?

—Bueno, no quiero embriagarme tan temprano así que… —Pensó un momento antes de dar una respuesta—pediré un café al coñac rebajado con un poco de jugo de limón.

—Qué su esposa no lo oiga —le dijo a punto de echarse a reír y manoteó la botella de licor para prepararle el trago. La petición del detective le había parecido desopilante.

—La arpía está durmiendo. No hay de qué preocuparse —respondió con tono sardónico, dándose pote como siempre.

—Uno de estos días lo atrapará con las manos en la masa. Temo pensar lo que le hará.

—Gritarme como una tontorrona como siempre lo hace —adicionó y se rascó el cuello. Pretendía tener ribetes de comediante.

Jonathan estaba en silencio, disfrutaba la suave bebida en su vaso mientras masticaba los trozos macizos de maní pelado. En ningún momento se volteó para mirar de frente al recién llegado que no dejaba de balbucir tonterías. Pancracio se pirraba por las bebidas con gusto fuerte. Hacer buches con los sápidos ponches de durazno le generaba una descomunal fruición que lo ponía loco de contento.

—Ah, usted debe ser el cazador del que me habló Romualdo —farfulló y se dio vuelta para verlo de frente. Su mirada estaba firme sobre su rostro—. Me dijo que le produjo cierta desconfianza el día que fue a visitarlo a su casa. Algo me dice que no confía en usted.

Fue recién en ese momento que Jonathan giró la cabeza para ver al sujeto parlanchín que no dejaba de mover la pierna derecha de un lado a otro.

—¿Usted es policía?

—¿Policía yo? —No pudo evitar reírse—. Eso sería bajo incluso hasta para mí —agregó como si fuese alguna clase de chiste despectivo—. Soy el único detective del pueblo.

—¿Usted mandó a esos tipos a mi casa?

—No, ellos fueron por decisión propia. Tengo que darles latigazos para que me hagan caso. Son unos holgazanes de primera clase.

—Me contaron lo sucedido. Me da pena que no puedan encontrar a ese pobre joven —murmuró con la mirada baja—. Su familia debe estar muy preocupada.

—Cosas que pasan —gesticuló con los hombros elevados y las palmas hacia arriba—. Le digo algo, yo estoy convencido de que lo mataron y se llevaron el cuerpo, pero no creo que haya sido una persona cualquiera. No, señor. —Movió su dedo índice a los lados como forma de acentuar la negación.

—¿A qué se refiere? —Volvió a ponerle los ojos encima, ahora con el ceño fruncido.

—Fue un crimen muy bien premeditado. Se dio en el lugar exacto y en el momento exacto. No pudo haber sido cualquier mequetrefe.

—¿Sospecha de alguien en particular?

—Conozco a todos los habitantes de la región. Aquí ninguno tendría las agallas y los sesos suficientes para cometer un crimen como ese. Estoy seguro de que fue alguien de otra parte.

—Por eso fue que los oficiales fueron a verme. Me consideraron el culpable del crimen.

—Usted es un cazador, y por lo que sé los cazadores son buenas personas, muy cuidadosas, de corazón noble, frágiles por dentro. Estoy seguro de que no fue usted el que lo asesinó.

Jonathan se dio cuenta de que el detective estaba fingiendo, su forma de comportarse era sobreactuada, exagerada, poco convincente. Él estaba haciendo eso adrede para ganarse su confianza y ver si podía sacarle algún dato importante, sustraer información que pudiese usar en su investigación.

—Me sorprende que no sospeche de mí. Yo podría, si tuviese algún motivo justificable, matar a una persona. Estoy autorizado para portar armas.

—Veo que ya me descubrió. Es usted un hombre muy listo, señor Jonathan. —Se sintió contento por un momento.

Carlos miraba de reojo desde la otra punta de la barra mientras los dos clientes dialogaban con toda la paz del mundo, mantenía un ojo en la preparación del trago y el otro en la conversación que tanto le llamaba la atención. Tenía el periódico con la noticia del desafortunado desaparecido sobre uno de los cajones del depósito. Fingía estar abstraído, ensimismado con la música de jazz que sonaba de fondo, para que no lo involucraran en sus escollos. Se mantenía al ras de su sosiego.

—Antes que nada, me gustaría que me contara algo, señor detective —le dijo con tono bonancible.

—¿Qué le apetece saber?

—Los oficiales me contaron algo respecto a ese sujeto, el científico loco —no sabía cómo expresarse—, el dueño del laboratorio que cerraron. Me interesa conocer más sobre él y sus “supuestos experimentos peligrosos” —marcó las comillas con los dedos.

—No hay mucho que decir al respecto. —Pestañeó y arrugó la quijada—. El tipo hacía cosas raras en su laboratorio. Tenía elementos radiactivos que habían circulado de forma clandestina para llegar hasta aquí. No sé mucho sobre química, lo único que sé es que algo raro estaba tramando. Y bueno, después sucedió lo insólito. Los activistas aparecieron e hicieron lo que habían planificado. Primero hicieron que las autoridades sanitarias clausuraran su establecimiento, luego lo quemaron, destruyeron todos sus archivos, borraron todos sus informes, liberaron a los animales que tenía en cautiverio y casi desataron un desastre.

—¿Qué quiere decir con desastre? —le clavó la mirada mientras vaciaba el vaso.

—Esto que le voy a decir es información confidencial. Le conviene no hacerla circular por ahí como un chisme —le advirtió de lo sentencioso que era lo que le estaba compartiendo—. El espacio que rodeaba el laboratorio, ese enorme bosque oscuro al que nadie quiere entrar, es la famosa área dieciséis. Según informaron los peritos, hay una gran cantidad de radiactividad rondando por allí. Meterse sin la protección indicada es perjudicial para la salud.

Lo que había acontecido en esa zona era similar al accidente de Chernóbil, sólo que a menor escala. Los alrededores, como el famoso Bosque Rojo de Ucrania, habían cambiado de color, se habían vuelto peligrosos para los humanos y las especies autóctonas. Los animales más resistentes podían adaptarse al cambio o sufrir mutaciones severas. Según decían, el apestoso hedor era una mezcla de amoniaco, polonio, azufre y cloro. Se desconocían las razones por las cuales el director del renegrido laboratorio tenía guardado químicos inestables en su depósito. Como había perdido la cabeza era imposible descubrir el quid de su ilícita decisión.

—¿Cómo se encuentra el hombre? ¿Aún vive?

—El señor Augusto quedó en la miseria después de lo ocurrido. Se acartonó, se puso hético, perdió el uso de la razón. No dejaba de decir lo mismo una y otra vez.

—¿Lo del guardián del bosque?

—El supuesto monstruo que se le escapó —puso prosopopeya en sus palabras—. Mire, yo no creo que exista tal cosa así que no servirá de nada hablar de eso conmigo.

—Yo tampoco creo en tonterías, bueno, no al menos las que son de tipo fantásticas. —Volvió a llenar el vaso con tequila y dejó la botellita vacía—. Lo que sí creo es que hay un animal salvaje de gran tamaño que anda suelto por ahí. Fue el mismo que arruinó la carrocería de mi camioneta.

—¿Qué fue lo que hizo?

—Rayó con las garras. Sacó toda la pintura.

—Nada grave.

—Por las marcas que dejó sostengo que es un animal grande. Las pisadas en la nieve prueban que fue un canino. Medí el tamaño de sus huellas y las comparé. Hay mucha diferencia con las huellas de un perro adulto.

—¿Y eso qué prueba?

—Que un perro salvaje más grande de los que ya conocemos anda suelto en el bosque.

—¿Cree que se trate de un lobo? —Lo miró con extrañeza por un segundo—. Yo he visto varios ejemplares en los bosques regionales.

—No creo que se trate de un lobo común.

—¿Cree usted que el supuesto monstruo del que hablaba el científico en verdad exista y sea el causante de las rayaduras en su vehículo?

—Sé que suena tonto, pero es factible —suspiró con desmoralización—. Recuerde que el tipo era un científico, no era un pelele cualquiera que se tragaba gansadas. A lo mejor, lo que decía era verdad, pero por falta de pruebas nadie le creía. De todas formas, nadie nunca se metió en el área dieciséis por temor a contaminarse.

—Sus suposiciones me sorprenden, señor Jonathan —se lo dijo a bocajarro, atónito por su elocuente discurso—. Lo malo es que no podemos averiguarlo. La inquisitiva investigación tiene sus límites. A ese bosque no podemos meternos a husmear.

—¿Quién decidió eso?

—El ministerio de salud. Los que trabajan allí tienen la última palabra.

—¿Y quiénes son ellos para decirle a usted qué hacer?

—Meterme allí sería como violar la ley. Yo soy un hombre de principios, cumplo con lo pactado, no me sublevo.

—¿No se da cuenta de que limitar su circulación entorpece sus investigaciones?

—No voy a meterme en un sitio desconocido lleno de radiactividad. Tenemos códigos.

—¿Y cómo sabe que hay radiactividad allí? ¿Lo cree porque unos tipos que ni conoce se lo dijeron?

—¿A qué pretende llegar con esto?

—Tengo el presentimiento de que ese monstruo, el que provocó los rayones en mi camioneta y en mi remolque, vive allí.

—Eso sería absurdo —resaltó arrugando la quijada—. Ningún animal querría vivir en un sitio tan oscuro y peligroso, a menos que…

—A menos que fuese inmune a la radiactividad o que ésta no existiese.

El último comentario sonaba como una falsa dicotomía, mas era razonable. Si de verdad había un animal salvaje viviendo en el área dieciséis tenía que poseer características que lo mantuviesen aislado de la toxicidad radiactiva de la zona, o ser un animal común y corriente en su guarida libre de elementos deletéreos que perturbasen su salud.

—Mire, si usted quiere meterse ahí, es decisión suya. Yo no pienso detenerlo.

—¿Necesito algún permiso para eso?

—No —negó con franqueza—. Usted es un ciudadano común, puede meterse donde quiera.

—Qué bueno. —Se sintió complacido—. Tengo curiosidad por conocer ese tenebroso bosque del que todos hablan.

—¿Por qué razón querría meterse allí un cazador?

—Si hay algo que aprendí en todos estos años es que no hay lugar donde no pueda ir a cazar —agregó con pedantería—. Si llego a encontrar al causante de los rayones, ya sabe lo que haré.

—¿Y usted cree que va a poder hacerle frente a un espécimen hipotético que ni siquiera conoce?

—Como dice el dicho: el que busca, encuentra.

—Me agrada su forma de hablar. Se nota que es un hombre denodado.

Carlos se acomodó de vuelta en su lugar para servirle la bebida al detective. Le gustaba verlo satisfecho con su servicio.

—Espero que esto esté bueno —le dijo al bartender—. No quisiera tener que meterlo en mi lista de sospechosos del mes.

—Señor Pancracio, yo ni siquiera sé manejar un arma de fuego —acompañó con una risa disimulada.

—No es necesario saber usar un arma de fuego para matar a una persona —agregó Jonathan con la mirada seria, ahora puesta sobre el hombre del moño.

La sonrisa de Carlos se opacó de golpe, como si le hubiese incomodado lo que el cazador había dicho. Trataba de ser lo más discreto posible para que las autoridades no lo asaltasen a preguntas. Ser amigo del único detective del pueblo no le ofrecía absoluta protección, en especial sabiendo que Pancracio era un hombre que cumplía la ley.

—Este tipo es un genio —interrumpió el detective, cortando la brecha silenciosa entre los dos—. Debería ser forense. ¿No lo cree? —le preguntó al encargado del bar.

—Yo creo que sabe más por experiencia que por otra cosa —farfulló Carlos con cierta incertidumbre.

—La experiencia en cinegética es uno de los tantos pilares en donde se apoya mi profesionalidad. He estado en tantos lugares y en tantas situaciones que ya nada me atemoriza —declaró con inmodestia.

—Eso es tener los cojones bien puestos. —Saboreó la bebida y gimió de delectación. La sensación era casi orgásmica.

—Creo que ya cumplí con lo mío aquí —dijo, pagó la cuenta, se colocó la boina, se puso de pie, se despidió y se dirigió a la puerta.

Una vez afuera, inspeccionó su bolsillo, encendió un pitillo y se posó cabe un indecoroso poste de luz. Con la mirada baja, pensaba en el inusitado diálogo que había tenido dentro del bar. Lo que le había confesado el detective podía ser verdad o mentira. Pancracio era un sujeto astuto, era difícil saber cuándo estaba fingiendo y cuándo estaba siendo sincero. Por fuera parecía un chocarrero papanatas, una licenciosa pacota que se escapaba de su hogar porque su cónyuge no quería que bebiera, un beodo con un álter ego que actuaba de una forma cuando quería y actuaba de otra cuando debía.

Muchas fueron las cosas que se le cruzaron por la mente en ese momento. Al echarle un vistazo al reloj, se acordó de que tenía que ir al taller de chapa y pintura para que le reparasen la camioneta. El problema era que no conocía el pueblo. No quería encargarle el trabajo a cualquier menso, tenía que ser alguien confiable y vertiginoso, no iba a dejar su único vehículo en manos de vuelteros pusilánimes. Recorrió con la vista los detalles que ofrecía el panorama exterior, el cielo seguía fosco, la nieve cubría los techos de todos los locales y viviendas, no pasaba nadie por la calle.

Pancracio no tardó mucho en salir, había satisfecho su incontrolable vicio, dejó en paz al bartender para escudriñar al sapiente cazador de porte impávido. Se paró al costado, con ambas manos en los bolsillos de su sobretodo, extrajo una lapicera negra y una diminuta agenda, escribió a vuelapluma y masculló una pregunta.

—¿Espera a alguien?

—Tengo que llevar la camioneta a un chapista para que me la deje como antes. Necesito que me la repare lo más pronto posible. ¿Conoce usted alguien que pueda brindarme un buen servicio con inmediatez?

—Loro Drácula es el más indicado para trabajos urgentes.

—¿Y ese quién es?

—Se llama Robustiano Moreno, pero todos lo conocen por su apodo. Cuando el tipo abrió el taller, tenía una pintura de un loro Drácula en la parte delantera de su casa, a la gente le llamaba mucho la atención. Fue por eso que empezaron a llamarlo así.

—¿Y dónde lo puedo encontrar?

—Siga derecho —le mostró con el brazo—, doble en la sexta cuadra hacia la izquierda, siga nueve cuadras más. Verá una cerrajería y una ferretería a los lados. Su taller queda en la esquina de la calle cortada. Es imposible perderse.

—Espero que sea de confianza. —Acabó el cigarrillo y puso la colilla en el contenedor de color verde que estaba en la vereda.

Pasos raudos dio el cazador hasta meterse en la camioneta, sacó la llave, encendió el motor y dio marcha atrás. El detective no le quitaba los ojos de encima en ningún instante. Mal que mal, ese personaje seguía en la lista de sospechosos, sólo que poseía una característica que otros no. Sabía que iba a volver a verlo en cualquier momento, necesitaba cerciorarse de poder sacarle provecho. Por lo pronto, tenía que encargarse de otros asuntos.

Metido de lleno en la calle lateral, Jonathan conducía a pocos centímetros del angosto bulevar con blancuzcas terrazas, concentrado en su objetivo. Se detuvo frente al taller donde trabajaba el supuesto chapista eficiente. Bajó del vehículo y se arrimó a la entrada. Desde allí podía oír vibraciones sonoras mezcladas con voces guturales propias del death metal más el mogollón de varias voces masculinas que venían de la parte de adentro. Parecía que estaban en plena partida de póker, claras groserías y todo tipo de vulgaridades resaltaban.

La casa del hombre, bastante pequeña, estaba pegada a su área de trabajo. El tejado estaba cubierto con una nacarada colcha de varios centímetros de grosor, las ventanas estaban protegidas con rejas negras, las paredes estaban despintadas, la puerta de algarrobo con banderola estaba algo gastada, el patio era una costra de nieve sucia, un buzón metálico con el nombre del propietario era lo único impecable.

El dueño del taller corrió el extenso portón negro, con pies de plomo, para salir a ver quién lo buscaba. Era un tipo retacón de treinta y nueve años, un metro sesenta, tez blanca, lampiño, casi calvo, de ojos marrones, orejas cortas, nariz torcida, boca grande, cachetes mofletudos, sobresaliente papada, cuello grueso, un vientre grasoso en el que podía caber un cofre, brazos flácidos, manos arrugadas y piernas rollizas. Llevaba puesta una camiseta blanca, un buzo cárdeno, un suéter carmín, una chaqueta de cuero, un pantalón verde oliva, azuladas zapatillas de lona y un par de guantes de trabajo hechos con material de alta calidad.

—Hola —le saludó el gordinflón—. ¿En qué puedo ayudarle, señor?

—Estoy buscando un buen chapista que me arregle la carrocería. Un animal salvaje la arruinó —le dijo y le enseñó las marcas.

—¡Diantres! —Quedó desconcertado—. Parece como si la hubiesen rayado con un zapapico. Esto sí se ve feo. —Con la mirada inspeccionaba cada una de las marcas—. Tengo una pomada especial para rayones y pintura para revestir las capas dañadas.

—Mire, necesito viajar así que espero que pueda terminar el trabajo con la mayor antelación posible —le indicó para que iniciara el trabajo de inmediato—. Vivo fuera del centro, no puedo andar caminando de mi hogar al pueblo.

—Pues si desea que haga el trabajo con rapidez, deberá pagarme un plus —le advirtió para que después no chillara—. Su camioneta estará lista mañana al mediodía.

—¿No puede ser antes? —Su penetrante mirada manifestaba urgencia.

—No, la pintura tarda en secarse. Además, quitar todos esos rayones no será cosa fácil.

—El dinero es lo de menos —recalcó a regañadientes—. Deme un presupuesto.

Se quedaron hablando hasta llegar a un acuerdo. A Jonathan no le importaba pagarle un plus por el trabajo; sin embargo, no iba a dejar que le lanzara un presupuesto exagerado. Estaba al tanto de los precios atinentes a reparación y refacción automotriz. Había mandado pintar el vehículo hacía más de un año.

Habiendo finalizado la charla, se hizo el último intercambio de palabras, la llave pasó de una mano a la otra y el pedigüeño cliente se fue caminando, rumbo al parque para sentarse y poder fumar otro cigarro.

Dentro de su cabeza había un substancial cúmulo de imágenes y palabras atingentes que revoloteaban como colibríes en el Jardín del Edén, en busca de un significado concreto que aclarase todas las vacilaciones concernientes al complicado caso de Marcelo Corrales y el aterrador monstruo de sus sueños. Todo lo que percibía tenía que estar conectado.

Palomas albas se camuflaban entre las refrigeradas plantas, en el ágora del pueblo, un camaleónico sitio de encuentro en donde se llevaban a cabo actos y ceremonias culturales de diferente índole en otoño y en primavera. Tanto desconcierto lo asaba, lo ponía tenso, lo exasperaba. Las dependientes aves ataviaban el parque con aleteo y arrullos, zurear era algo que hacían con frecuencia en lugares notorios. Sus incontrovertibles pensamientos lo mantenían absorto mientras gozaba de la más pura serenidad con su cigarrillo en mano.

Un automóvil estacionó en la cercanía, apareció un hombre bien abrigado, se acercó a él y le habló. Al voltearse, se puso contento de verlo. Tenía la impresión de que tenía buenas noticias.

—Señor Humberto, es bueno volver a verlo —pronunció al momento que retiraba el pucho de su cavidad oral.

—Pasé por la cabaña y como no lo encontré pensé que había salido a cazar —respondió Humberto con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra—. ¿Qué lo trae por aquí? ¿Vino a echarle una ojeada al pueblo?

—Fui a visitar el bar que usted me había recomendado —le contó acerca del piscolabis matinal—. Dejé mi camioneta en lo de Loro Drácula así que ando a pie.

—Ese sujeto cobra carísimo por los trabajos que hace. Creo que le gusta aprovecharse de los clientes.

—Pero al menos lo hace bien. —Volvió a colocar el cigarrillo en su boca para terminarlo—. ¿Me buscaba para algo?

—Sí, necesita certificar su firma en la escribanía. Mi hijo ya tiene todo preparado para celebrar el contrato.

—¡Qué bueno! —Mostró algo parecido a una sonrisa—. Pensé que iba a tomar más tiempo. —Fue a tirar la colilla en el bote que estaba al lado del banco.

—Venga conmigo, lo llevaré en mi carro.

Jonathan caminó en pos de Humberto, cruzó la calle, subió al automóvil y se acomodó a su derecha. El vehículo parecía pequeño desde afuera, era bastante cómodo por dentro: asientos plegables, vidrios polarizados, un aroma perfumado, guantera limpia, espejos sanos, parabrisas nuevos, viseras impecables y volante afelpado. El conductor colocó los pies en los respectivos pedales, se puso guantes, estiró el cinturón de seguridad para engancharlo, encendió el motor, quitó el freno de mano, manoteó la palanca de cambio y arrancó.

El viaje fue más corto de lo pensado, llegaron en un periquete. Se desabrocharon los cinturones, bajaron del auto al mismo tiempo y se dirigieron al interior del edificio.

Sentado en su silla de oficinista, con los brazos apoyados sobre el centelleante escritorio, estaba Claudio, lucubrando con cara larga. Su despacho era grato, tenía todos los papeles archivados en cajones metálicos, la computadora y la impresora estaban sobre la mesita del costado, la única ventana estaba adornada con cortinas de seda de color bordeo, el cielo raso tenía un ventilador de madera, las paredes eran de color dorado, el piso estaba emperifollado con cerámicas plateadas, había una maceta con una planta de plástico a la derecha y un surtidor de agua al otro lado.

Claudio Mapache era un hombre de veintiocho años, de corto cabello castaño claro con guedejas que le tapaban la frente, orejas medianas, patillas apenas visibles, una especie de uniceja, ojos verdes, nariz corta, impecable dentadura, mentón triangular, cuello fino, hombros encogidos, reducida masa muscular y manos con dedos de pianista. Llevaba una camisa blanca de mangas largas, un violáceo chaleco de lana, pantalón negro y un par de zapatos blancos. Era un poco más delgado y bajo que su hermano mayor, de treinta y cuatro años de edad. Se diferenciaban por el color de cabello, el tamaño de la nariz y el color de ojos.

Como si fuera la caraba, el viejo cazador se presentó, recurrió a su privativo tono vanidoso para enaltecer su profesión en demasía. Habló muy bien del señor Humberto y mencionó que estaba muy complacido con la vivienda ofrecida.

—Priorizo el bienestar de mis clientes, es lo que siempre digo —adicionó Humberto con júbilo.

—Supongo que ahora podrá retocar la propiedad —Claudio le dijo al cliente y le otorgó el contrato para que colocara su firma en las hojas.

—La cabaña es perfecta tal y como está. No tengo pensado modificar nada —declaró Jonathan y se apresuró por firmar el documento para dar por finalizado el trámite que con tanto anhelo había estado esperando por concluir—. Es lo mejor que he podido adquirir hasta la fecha.

—Lo que usted diga.

A continuación, se pasó a sellar el contrato, darle validez nomotética, y se dispuso a manos del dueño de la cabaña.

—¿Llamaste a tu hermano? —Humberto farfulló sin previo aviso, dirigiendo la mirada a Claudio.

—Rubén está engripado. Por eso no fue a trabajar hoy.

—Espero que se recupere pronto. La junta familiar será este fin de semana.

—Él nunca quiere ir de todas formas. Le gusta inventarse excusas.

—Siempre lo mismo —suspiró con desánimo—. Me gustaría invitarlo a usted, señor Jonathan, mi esposa hace una barbacoa de lujo, la pasamos bomba y nos damos el gusto de probar muchas bebidas de primera marca.

—No, gracias —rechazó la propuesta sin pensarlo—. Es algo familiar, no quiero verme involucrado. Sería como un pato en el gallinero.

—Yo ya lo considero parte de la familia. Todos mis hermanos y cuñados son personas de negocios. Si hay algo que nos gusta hacer es tratar a nuestros clientes como a uno más de la bandada.

—Se lo agradezco mucho, quizás en otro momento pueda ser —complementó a su discurso—. Por ahora, lo que me atañe es ir a comprar provisiones para la semana.

—Déjeme darle un mano —ofreció su cordialidad para llevarlo a su casa a pesar de que le quedaba a desmano—. Tengo tiempo libre de sobra.

—¿Lo haría? —lo miró con embebecimiento.

—Claro que sí —afirmó con una cálida sonrisa.

—Vale.

Los hombres salieron de la oficina, subieron al vehículo, se dirigieron al mercado que estaba en el centro, poca gente había a esa hora, ambos tenían que comprar víveres. Se desplazaban por los angostos pasillos, revisaban los productos exhibidos en las góndolas, comparaban precios, pasaban por alto oropeles y bagatelas, tomaban las cosas que escogían y las ponían en sus canastos. Pasaron por la caja y pagaron lo que habían comprado. Acomodaron las bolsas en el baúl el automóvil, subieron y se fueron.

Jonathan estaba muy agradecido por la ayuda, quería pagar el gasto del combustible, Humberto lo rechazó, cobrarle al cazador por esa tontería era una falta de respeto para él. Es más, hasta le ayudó a llevar las bolsas adentro sin necesidad de pedirle nada a cambio, era un claro ejemplo de altruismo en estado puro.

—Gracias por ayudarme —le dijo Jonathan—. Estoy en deuda con usted.

—No hay de qué —dijo e hizo un ademán con la mano—. Ya lo sabe, cualquier cosa que necesite, estoy a su servicio.

Humberto se despidió de él, subió al auto, dio marcha atrás y se fue. Tenía cosas pendientes en su casa, no quería que a Clara le faltara nada en la cocina.

Jonathan guardó todas las cosas en su lugar, puso el contrato en un cajón, se dirigió a su mecedora y pasó las siguientes horas disfrutando el sabor de un refinado vodka que le traía recuerdos de tiempos de soltero.