Chapter 7: Capítulo 6 - Negociación

Eran casi las dos de la tarde cuando Jonathan oyó el cacofónico sonido que producía el motor de la camioneta y salió a ver. El chapista ya la había reparado, llevó a cabo una buena pulcritud, quitó los rayones y le dio varias manos de pintura para dejarla como nueva. Se detuvo frente a la cabaña, apagó el motor, sacó la llave, se quitó el cinturón de seguridad, bajó del vehículo, cerró la puerta y le dio la buena nueva a su cliente.

—Ya era hora —dijo Jonathan y se acercó para tomar las llaves y pagarle la suma acordada—. Quedó impecable. —Revisó a ojímetro el resultado del arduo trabajo de limpieza y pulido.

—Ya no aguanto la ansiedad —adicionó el hombre de mejillas hinchadas—. ¿No tendría un yesquero para prestarme? Salí tan apurado que olvidé el mío en casa.

—Tome —sacó el mechero del bolsillo de su pantalón y se lo dio para que encendiera el último cigarrillo que tenía en la caja, dentro del bolsillo izquierdo de la chaqueta.

—Ah, ¡qué bueno! Ahora sí puedo estar tranquilo.

—¿Cómo piensa volver?

—Tengo alguien que me llevará de regreso.

El cazador echó un ligero vistazo, notó la figura de un fosco automóvil de alta gama al costado de la ruta, apenas visible desde donde estaba. Le parecía extraño que alguien le hiciese el favor de llevarlo al taller.

—Ya veo.

Robustiano se despidió de él y volvió por el mismo camino que había ingresado. Se hizo presente una conocida figura vestida de negro, con sombrero y gafas oscuras para mantener su identidad en secreto. Él lo reconocía, era un cliente excelso que visitaba el taller con frecuencia. Un vaso de plástico con café negro en su mano derecha lo delataba. Habló lo mínimo y necesario, se metió en el interior del auto y llevó al hombre a su casa. Le sacó toda la información que pudo. Se dio cuenta de que, para obtener datos íntimos del cazador, necesitaba hacer una visita personal.

Jonathan retornó al fondo, siguió partiendo leñas con el hacha hasta las cinco de la tarde, momento en el que la temperatura comenzaba a descender. El sol iba desapareciendo y la noche se aproximaba, trayendo consigo el silencio nocturno.

Una vez que finalizó el imperioso trabajo, llevó todas las leñas adentro, las acomodó en la cocina, hizo a un lado el hurgón, puso hojas de periódicos viejos, metió algunos palitos con paja, roció con alcohol y tiró un fósforo para que el hogar resplandeciera de nuevo. Regresó para guardar el hacha, cerró el galpón, se metió en la cabaña, se lavó las manos con jabón blanco.

Más tarde, se dirigió a la sala, abrió la puerta de entrada y se llevó una gran sorpresa al pisar la escalinata. La inesperada visita de Pancracio lo sorprendió. Estaba viendo las marcas de arañazos en el remolque, quería inspeccionarlas antes de sacar conclusiones erróneas. Jonathan se acercó a él y le habló.

—¿Piensa decirme qué hace en mi propiedad? —le preguntó.

—Señor Jonathan, sabía que lo encontraría —contestó al instante y acomodó su chapela vasca—. Disculpe mi imprevista visita, debería haberle avisado con anticipación.

—¿Qué hace aquí, detective?

—Quería hablar con usted. Tengo noticias que pueden interesarle.

—¿Algún policía lo acompaña?

—No, estoy solo —respondió para que no pensara que lo estaban espiando a escondidas—. Esto es algo personal.

—¿De qué se trata?

—Prometo contárselo todo si me deja entrar —musitó, poniéndole esa condición. Quedarse chupando frío no era bueno para su salud—. Por cierto, traje una botella de curazao —mencionó y se la enseñó—. Espero que sea de su agrado.

—Venga. —Lo llevó adentro, convencido de que tenía algo interesante para compartir con él.

El encuentro se organizó en la cocina, cada uno sentado sobre una silla, cerca del fuego que ofrecía calefacción. El líquido azulado en cada vaso significaba una conexión directa entre los implícitos intereses del detective y los jadeantes deseos del cazador, concluyentes en un objetivo en común. Ambos saborearon el dulce licor de casi veinte grados. Claro que para Jonathan era suavecísimo en comparación a otros licores que cruzaban por su maltratada garganta.

—Bien, lo escucho —le pidió que hablara.

—La principal razón por la que vine es para avisarle sobre el retiro del comisario, el soplagaitas de Octavio Molina —introdujo—, que se dará el día viernes por la tarde. Todos los oficiales estarán presentes. También habrá inspectores, peritos, bomberos y otros tantos para hacer bulto. —Inhaló un poco de oxígeno antes de seguir—. La cuestión es que, como será durante el fin de la jornada semanal, no habrá un reemplazo oficial hasta el día lunes, es decir, la comisaría tendrá un sucesor temporal hasta que se le asigne la nueva placa. Este fin de semana, no estaré bajo la supervisión del zopenco que se pasa el código —se refería a sus obligaciones como autoridad competente—por la entrepierna así que podré correr el riesgo de llevar a cabo el magnífico plan.

—No entiendo nada de lo que me está diciendo —se quejó Jonathan con el ceño fruncido—. Trate de ser más específico. No soy adivino.

—Verá, estuve pensando en lo que dijo en el bar. A decir verdad, no pensé que me convencería si le buscaba la vuelta. Cambié de parecer a último momento. Como veo que usted tiene orgullo y coraje de sobra, podrá ser de utilidad para la investigación. —Llenó el vaso de nuevo—. Un cazador experimentado con tanta destreza e ingenio será el acompañante perfecto.

Pancracio se creía Sherlock Holmes y Jonathan era visto como John Watson, ambos tenían el carisma y la astucia suficiente para interpretar papeles fundamentales en el escudriñamiento de la desaparición de Marcelo Corrales. El único problema era que estaban en el mundo real, no en una novela de ficción. Se enfrentaban a un inusual enemigo que podía arruinarles los planes en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Quiere usarme para algo?

—Desde luego. Pero no para cualquier cosa —clarificó para que no malinterpretara su pretensión—, es para algo especial. —Dirigió el vaso a su boca para tragar el licor—. Usted y yo somos los únicos desquiciados con las agallas para hacer esto. Iremos a ese bosque tenebroso al que nadie se anima a entrar y buscaremos pistas.

—¿Acaso piensa meterse en el área dieciséis?

—Yo no puedo ir solo. Sería muy riesgoso —esclareció—. Necesito que me acompañe. ¿Acaso no le gustaría enfrentarse al hombre lobo?

—¿Hombre lobo? —formuló la pregunta con pocos deseos de responderla—. ¡Qué estupidez! Lo que yace allí es un lobo salvaje.

—Llámele como quiera. —Vació el vaso de un sorbo—. Sé que allí encontraremos indicios que respondan a nuestras dudas —pronunció con espontaneidad—. Como sabrá, antes de que usted llegara al pueblo, tres jóvenes forasteros fueron a probar suerte en ese bosque y desaparecieron, igual que Marcelo. ¿Acaso no ve lo que sucede aquí? Conecte los sucesos.

—¿Supone que ese monstruo se los comió? —lo miró con los ojos entrecerrados.

—Es un aborto de la naturaleza, puede hacer cualquier cosa. Un animal irracional con mucha apetencia es capaz de comerse a sus propias crías a dos carrillos. ¿No ve que aquí no estamos lidiando con un caso sencillo?

—Yo pensé lo mismo. Lo malo es que no he visto a esa cosa con mis propios ojos, al menos no en el mundo real.

—¿A qué se refiere?

—La otra vez tuve sueños extraños. Vi un lobo negro de gran tamaño que me acosaba cada vez que salía a explorar. Yo le disparaba con el rifle, pero no le causaba ningún daño. Fueron tres oportunidades distintas en las que me lo encontré —describió sus visiones inconscientes con pocos detalles, limitándose a lo más importante—. Si esa cosa de verdad existe, será difícil matarla.

—Usted es un cazador profesional, podrá hacerse cargo.

—Supongo que sí. —Su rostro expresaba poca confianza en sí mismo.

—Yo me encargaré de buscar los cuerpos de los desaparecidos y usted lidiará con el lobo. Si trabajamos juntos, no habrá ningún inconveniente.

—¿Por qué quiere ir conmigo? ¿No puede llevar a ninguno de sus compañeros?

—Esos maricas no se animan. Les da miedo la oscuridad.

—Yo siempre trabajé solo, nunca en grupo.

—También yo. Siempre me gustó resolver crímenes sin ayuda de nadie. Cuando era un mísero oficial, quería dedicarme a inspeccionar y no podía.

Ellos dos eran como el ornitorrinco y el equidna en el reino de los mamíferos, estaban apartados de los demás, poseían rasgos distintivos que los hacían únicos.

—No sé qué decir. Su idea no me parece mala.

—Podemos negociar si quiere.

—¿Cómo?

—Si usted me acompaña en la misión, le obsequiaré una botella del mejor whisky.

—Es una buena oferta. —Se quedó pensando—. Tendría que ser un orate para rechazarla.

—Esto es algo que quedará entre nosotros. Nadie sabe de mi plan.

—Lo que no entiendo es cómo piensa meterse en esa área. Recuerde que está prohibido pasar y la toxicidad del ambiente es mortífera.

—¿Por qué cree que le conté lo del comisario primero? —le dijo para que se apercibiera de su mensaje—. Sin el imbécil de Octavio, su proscripción no tendrá validez. Como estoy bajo su mandato, no puedo desobedecer sus órdenes, por más tontas que éstas sean. Soy un policía común que se especializó en escenas del crimen. No crea que soy alguna clase de superhéroe de la ciencia forense como los agentes de las películas —añadió como complemento extra, dejando en claro que había mentido en el bar cuando le había preguntado si era policía. Su amplio conocimiento en criminalística era producto de su curiosidad, no de sus estudios—. Desde muy joven soñaba con convertirme en detective, y hoy aquí, me arrepiento de haber sido tan cándido. El ámbito en el que me desenvuelvo es aburridísimo. Quiero hacer algo arriesgado por una vez en mi vida. Estoy harto de lo mismo.

—Cuando llegué aquí, esperaba encontrar un sitio para divertirme a lo grande. Supongo que todavía estoy a tiempo de hacerlo. —Se acordó de lo que había sentido el primer día que había pisado la tierra del pueblo—. No obstante, hay algo que no me convence de su plan, detective. ¿Acaso piensa ausentarse durante la despedida de su jefe?

—¿A quién carajo le va a importar? —repuso—. En la comisaría mi existencia pasa desapercibida. De última, puedo inventar una excusa para justificar mi ausencia.

—¿Entonces el fin de semana estará usted libre del yugo de su jefe?

—Lo mejor de todo es que mis compañeros estarán con resaca. Nadie se dará cuenta de lo que haga.

—¿Y esto se le ocurrió de un día para otro?

—En realidad, lo hago para no estar en mi casa. Si conociera a la gárrula cacatúa que tengo como mujer, lo entendería. Bueno, era lo mejorcito del hembraje de aquel entonces. —Sus sinceras palabras dejaban claro que estaba arrepentido de haberse casado—. No puedo cambiarla a esta altura del partido.

—¿Qué le dirá a ella?

—Que me fui de parranda con mis compañeros de trabajo. No sospechará de mi plan. No es tan inteligente.

—¿Sus compañeros tienen pensado ir a algún lado?

—Bueno, todos ellos son tahúres así que lo más probable es que salgan por ahí.

—¿Ya tiene todo preparado para ir? —le preguntó con interés.

—Por supuesto. Soy muy organizado con lo que planifico.

—Creo que puede funcionar.

—Ya le tomó gustito ¿eh? —dijo y se rio—. Pensé que tenía que extorsionarlo para que aceptara la idea.

—Lo que usted piensa hacer va contra su moral.

—Tengo una buena justificación para eso.

—Espero que no se acobarde a último momento.

—Yo espero que usted me muestre un poco de ese tan agraciado talento del que tanto alardea.

—Venga conmigo.

Lo llevó a la sala para mostrarle la artillería que poseía: las armas, los cartuchos, las herramientas y los adminículos. Al ver de cerca, notó que muchas de las municiones que tenía ni siquiera eran legales. Poseerlas sin su debida autorización constituía un delito.

—Espero que tenga una buena explicación para aducir todo esto —dijo Pancracio mientras analizaba algunas de las cajas que contenían los proyectiles letales.

—Mi padre era militar. Conseguía todo tipo de municiones en la fuerza. Fue miembro de una tropa de élite que hacía peligrosos experimentos con balas inusuales. Déjeme enseñarles algunas.

Le mostró las famosas municiones de rifle llamadas .577 T-rex, las que servían para cazar animales grandes en la jungla; las infernales municiones conocidas como “aliento de dragón” que hacían de la escopeta un verdadero lanzallamas que podía quemar todo a su paso; las municiones “flash thunder” que creaban algo parecido a la expulsión de una rayo estentóreo capaz de reventarle los tímpanos al disparador si no estaba bien protegido; las balas expansivas utilizadas en revólveres para generar un daño mayor al penetrar en la superficie de impacto; las balas .50 BMG, útiles para perforar superficies macizas de tanquetas y carros blindados, y desde luego, la imbatible .950 JDJ, para la cual no poseía el arma indicada.

—¿Usted las usa para cazar?

—Las tengo de recuerdo, no las empleo en la cacería. De hecho, he usado calibre .30-06 desde hace varios años.

—Supongo que no pasa nada si las tiene guardadas.

—A mi padre le fascinaban las armas de fuego. Estaba tan chalado por ellas que tenía su aposento lleno de armas. Parecía más un armero que un soldado —le confesó la verdad monda y lironda.

—Veo que también tiene explosivos. —Se fijó en el estante de al lado.

—Esos son caseros, los hice yo mismo —se los enseñó—. Las granadas aturdidoras las compré en una armería. Sirven para desorientar animales distraídos.

—Podría ponerse su propia tienda de armas con todo el arsenal que tiene aquí —mencionó en forma de broma—. Yo no me enfrentaría a un tipo como usted.

—No soy violento con la gente. Las armas son herramientas esenciales que utilizo en mi trabajo.

Pancracio se volteó para apreciar los cuadros colgados en la pared que resaltaban con la luz del foco. Esas imágenes con colores poco nítidos mostraban algunas de las etapas más gratificantes en la vida del cazador. Él era un liróforo de la caza, su larga trayectoria era un poemario que iba emperejilando con cada botín que sumaba a su ambicionada colección.

—¿Qué son esas cosas que está sosteniendo en la fotografía? —le preguntó ya que desconocía los especímenes que aparecían entre sus brazos.

—Esos son perros venaderos. Los cacé durante un viaje de expedición en Sudamérica.

—¿Usted anduvo por todo el mundo?

—Sí. Conozco muchas regiones.

—Yo siempre quise visitar otros países —suspiró con sosiego—. El problema es que tengo aerofobia.

—Eso tiene solución. Hay que tener voluntad para superarlo, como todo miedo irracional.

—Si usted lo dice.

Siguieron hablando un buen rato como si fuesen amigos de toda la vida. El detective obtuvo información relevante que podía añadir a su agenda, en la que anotaba todos los datos de los sospechosos. Se ganó el respeto de un engreído cazador enamorado de su propio trabajo, acostumbrado a vivir en la más pura soledad. Por fuera, Jonathan parecía un tipo saturnino, sin cualidades distintivas, pero por dentro era más sensible que su odiosa esposa.

Antes de que las agujas del reloj marcaran las nueve de la noche, el detective arrumbó la cabaña, pisó el nevado suelo, sintió el intenso frío nocturno, ensalivó los labios, agitó los brazos y apreció los últimos maravillosos minutos de paz. Despedirse del cazador fue lo siguiente en hacer. Hasta la ruta caminó para meterse en su auto, que estaba mucho más cálido que el exterior. Encendió el motor, dio un giro y se dirigió a su casa, la cual estaba a casi nueve kilómetros de allí.

Jonathan se dirigió a la cocina para prepararse un suculento guiso con arroz, legumbres, vegetales y carne blanca. Como ya había completado su dosis diaria de alcohol, se limitó a beber jugo de naranja. Esa noche yantó como un rey, dejó la olla vacía. Con el estómago hecho un globo, se dirigió a la cama para hacer la digestión. Al cabo de media hora, sus párpados se sintieron pesados y cerró los ojos para dormir.