Capítulo 15

Llorar en el baño público de un bar no resultaba ser lo más satisfactorio. Estaba destrozada. No sabía si había hecho bien. No sabía si estaba encaminada a lo que era considerado bueno. Yo quería a James y ahora estaba allí, llorando cómo una imbécil por un hombre que sólo me quería para su compañía. Un hombre al que no podía enamorar por alguna extraña razón. La divinidad ahora venía a decirme a gritos que no me metiera con él. El peligro era de lo que siempre trataba de escapar luego de intentar suicidarme. Pero James…que difícil era alejarme de James.

Temía que él estuviera ligado al inframundo. No quería aceptarlo. Pensé en otra cosa. Pensé en mi corazón roto y el llanto en el baño de un bar. Sentía las lágrimas saladas sobre mis labios y cómo estás se deslizaban por la nariz. Alguien tocó la puerta del cubículo en donde estaba, provocándome un sobresalto espantoso.

—¿Alma? ¿Estás allí o te ha agarrado la cagadera? —bromeó Ana, con tan buen ánimo que sentí envidia.

—No. Ya salgo.

Con el dorso de mi mano me sequé las lágrimas con rapidez. Respiré hondo, sintiendo algo tapada la nariz. Vamos, Alma. Que los sentimientos por alguien que no los valora, no arruinen tu noche de cumpleaños. Oh Dios mío, se me había olvidado de que era mi cumpleaños.

Salí del cubículo y Ana estaba apoyada en la pared de en frente. Tenía un vestido rojo con brillo que le llegaba por los muslos tonificados y su cabello ruliento era una increíble melena.

—Maquillaje corrido, un celular en la mano y una cara triste—me dijo a penas me vio—. Recuerda amiga que alejarse de una persona que te lástima, también es un acto de amor propio.

—¡Que hermosas palabras! —estallé en llanto apenas la escuché.

Diez puntos para Ana. Vino hacia a mí y me abrazó para consolarme. Apoyé mi mentón en su hombro. Su perfume olía tan bien, cómo a fresas.

—¿Quién te está haciendo llorar de esta forma? —me pregunto, acunando mi rostro entre sus manos.

—Un imbécil—mascullé, rencorosa.

James no había vuelto a llamar y eso me destrozó. Me hubiese gustado que tuviera la intención de pedirme una explicación de por qué deseaba dejar de ser su chica de compañia. O cualquier cosa que nos ligó alguna vez.

—¿Quieres hablar sobre ello? —me preguntó Ana con delicadeza.

Negué con la cabeza mientras me posicionaba frente al espejo del bar. Casi grito al ver mis mejillas manchadas con rímel oscuro y el labial algo corrido en la comisura de mis labios.

—Diablos—solté, al verme.

Ana sacó de su bolso una porta cosméticos y me lo ofreció con una sonrisa. Comencé a limpiarme y a retocar nuevamente el maquillaje.

—Aquí no pasó nada—me susurré a mí misma.

Esa horrible sensación de “ya nada será como antes” se instaló en mi pecho.

Ebria por los pasillos del edificio donde residían los estudiantes de la universidad privada de New York. Mi visión era algo borrosa y tratábamos de evadir las risas involuntarias y nos callábamos entre nosotros para que no nos sanciones. Aunque, nadie podría decirnos nada porque ya estábamos ingresando al fin de semana y sólo los estudiantes y algunos tutores seguían en el edificio. Ana y George se habían despedido de nosotros ya que vivian en el piso continuo al nuestro, así que Adam y yo nos fuimos a nuestra habitación.

—Nos regañarían si fuera un día de semana y nos encontraran así, tambaleándonos y caminando como tontos—me dijo él, quien tenía la camisa blanca desabrochada hasta el pecho y el cabello oscuro revuelto.

Llegar a la puerta parecía imposible, pero lo logramos. Mierda, ahora faltaba introducir la llave en la cerradura. Algo tan sencillo parecía ser algo difícil en aquel estado.

—¡No puedo hacerlo! —me quejé, muerta de risa.

Adam comenzó a reír mientras se llevaba un dedo a los labios para indicarme silencio. Aunque eso hasta le era imposible a él.

—Déjame salvar a la dama en apuros —me dijo, mientras me quitaba la llave y lo intentaba él.

Adam logró abrir la puerta y ambos dimos saltitos de victoria con palmadas incluidas. Que momento tan hermoso. Aunque el dolor en mi pecho seguía teniendo un nombre y era el de James. Adam encendió la luz del dormitorio y lo primero que hizo fue arrojarse a su cama boca abajo y soltando un gran quejido.

—No volveré a beber cerveza en mi vida —me dijo él, asqueado —. Pero tu cumpleaños lo vale.

—¿Estás culpando a mi fecha de nacimiento por tu borrachera? —le pregunté, mientras me sentaba en la cama con la intención de sacarme los zapatos que me estaban matando los pies.

Como deseo de cumpleaños quería que los zapatos de mujer sean tan cómodos como hermosos.

—Sí —asintió Adam con la cara en la almohada y provocando que su voz sonara rara.

—Gracias por hacerme pasar una enorme noche a pesar de...

Mi voz se apagó y la melancolía me invadió. Adam me miró, con los ojos abiertos y confundido por mi cambio de ánimo. Entonces, sin que yo pudiera evitarlo, comencé a llorar.

—James no me volvió a llamar —rompí en llanto y oculté mi rostro en las palmas de mis manos —. Se acabó todo.

Me sentía horrible, la borrachera me ponía peor y lo único que quería era ver a la persona que me tenía enamorada y a la cual, no podía enamorar ¡Ni siquiera la hija de Cupido había podido lograrlo! Quería gritar ¿por qué demonios no me había fijado en alguien más? Estaba demasiado frustrada, lo único que quería era amor...sólo amor.

Buscar amor y refugiarme en él, posible pero inalcanzable.

—¿Me estás diciendo que ese tal James...? Lo siento mucho, Alma.

Se levantó como pudo de la cama, mientras trataba de sujetarse a la mesa de luz para no caer al suelo. Adam estaba tratando de llegar a mí, algo que James nunca había intentado demostrar. Adam estaba haciendo lo posible por atravesar aquel desafío que consistía en llegar a mi cama...algo que James lo había hecho con facilidad.

Y Adam llegó, como pudo, se sentó a mi lado y me abrazó, con sus fuertes brazos cálidos. Apoyé mi cabeza sobre el hueco de su cuello y cerré los ojos, llorando en silencio mientras los sentimientos me consumían.

No sé en qué momento ocurrió, pero llegó un instante en donde Adam y yo nos miramos, rozando nuestras narices. Él, como si yo fuera frágil se acercó lentamente a mis labios y…me besó.

Me sentía mareada, cansada...

—Adam —me aparté de él, confundida y con los ojos algo entrecerrados —. Yo no...

No pude terminar de hablar que volteé la mirada al suelo y vomité, vaciando todo el contenido de mi estómago. Dios mío, que asco. Me limpié con el dorso de la mano, tratando de calmar mi respiración trabajosa. No me sentía nada bien.

—No te levantes, yo lo limpio. Iré por un trapo —me dijo rápidamente Alma, quien fue tambaleándose hasta el baño como pudo, pero él tampoco lo soportó y vomitó en la entrada del mismo.

Una noche con olor a vomito, que rico.

Lo último que recuerdo fue la ducha que me había dado antes de ir a dormir. No sé cómo mi cuerpo coordinó a la perfección el poder asearme y no matarme en el intento. Luego, terminé en mi cama...con Adam.

Los pájaros me taladraron la cabeza desde temprano y abrir los ojos me era imposible. Lo único que percibí era que tenía acostada la cabeza de alguien sobre mi estómago y que incluso, me estaba abrazando. Tenía solo puesta mi ropa interior oscura, y es por eso que sentía como su cabello me hacía cosquillas en la piel.

¿Adam se había quedado dormido sobre mi estomago? No era capaz de abrir los ojos cómo para comprobarlo. Mis sentidos comenzaron a despertarse y el sabor a pasta dental excesivo en mi boca no tardó en aparecer. Estaba tan asqueada anoche que no dude en cepillarme los dientes más de una vez.

Poniendo toda la voluntad, abrí los ojos con gran pesar. Dios, maldito dolor de cabeza. Algo en mí se quebró al ver que el cabello que yo esperaba que fuera oscuro, era en realidad mechones anaranjados.

Se me paralizó el corazón al ver que el que estaba durmiendo sobre mi vientre era James y no Adam.

Dormía plácidamente, como si estuviera demasiado cansado como para despertarse. Tan sereno, tan relajado... ¿qué hacía aquí? Tenía ganas de echarme a llorar. La luz que ingresaba por la ventana le pegaba justo en el rostro lleno de pecas. Un monton de sentimientos me abrumaron, y no sabía qué hacer: si despertarlo a los gritos o dejarlo dormir, porque así se veía hermoso.

—Hace como dos horas vino aquí —me avisó Adam, en un susurro, desde su cama y con los ojos cerrados.

Se ve que me había escuchado despertarme.

—¿Lo dejaste entrar? —le pregunté, escandalizada y con la voz apenas audible.

—¿No era lo que querías? ¿Qué él viniera a pedirte una explicación?

—Sí, pero... —miré a James dormir y luego lo miré a Adam, sin saber qué hacer —Está durmiendo como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros.

—¿No crees que un hombre mucho más grande que tú no sabe lo que quiere? —inquirió Adam —No sabía que te gustaba hombres más grandes.

—Yo tampoco lo sabía hasta que lo conocí a él.

—Que bonito es el amor. Déjame dormir —carraspeó Adam, que aun continuaba babeando sobre su almohada color celeste.

Ahora que lograba verlo mejor porque estaba más despierta, James no llevaba camisa y tenía el torso desnudo, el cual se perdía entre las sabanas de mi cama cuando estas llegaban a su cadera.

Tenía a dos chicos durmiendo en mi habitación completamente hermosos. El silencio de la habitación era tan inquietante como sereno. Me quedé dormida otra vez, con lágrimas cayendo sobre mis mejillas y acariciando el cabello de James. Cómo resultado, él me abrazó aún más, sonriendo entre sueños.

El despertador sonó a las diez de la mañana, me había olvidado de apagarlo durante el fin de semana. La radio se encendió y sonaba la canción Chasing Cars pero lo cantaba una mujer. Me estiré sobre mi cama, arqueando la espalda y estirando brazos y pies. Pero...no sentí la cabeza de James sobre mi vientre, lo que me hizo sobresaltar.

Se había ido. Ya no estaba. Incluso Adam no estaba, su cama estaba revuelta. Empezar mi cumpleaños así me puso triste, sin la presencia de James, como esperaba. Ni siquiera lo había oído marcharse. A ninguno de los dos.

¿Por qué se había ido? Como pude, me refregué los ojos y bostecé.

—Feliz cumpleaños a mí —me dije otra vez, ya que aún continuaba siéndolo.

Cuando me despabilé, me puse algo de ropa y me lavé el rostro y los dientes, busqué el número de James en mi celular y lo llamé. Me sentía nerviosa, así que, con el celular pegado entre mi hombro y mi oreja, comencé a tender tanto mi cama como la de Adam.

—Hola —me contestó James, con voz acariciante.

—Hola —le respondí, con voz suave.

—Así que ahora tienes compañero de cuarto —me dijo, sin gracia alguna.

—Me lo asignaron hace un par de días, fue también una sorpresa para mí.

—Y es el chico con el que follaste casualmente en un baño de la universidad —me recordó, arisco —. El destino a veces es una mierda.

—No ha pasado nada entre los dos —puse los ojos en blanco, sabía por dónde iría la conversación—. Si eso es lo que crees, pero ¿por qué te estoy dando explicaciones sobre esto cuando no te las mereces?

James soltó un suspiro inquietante.

—Estoy furioso porque ese chico te tiene las veinticuatro horas del día —se sinceró, molesto —. Fui a la madrugada para verte, pero me quedé petrificado cuando vi que el que había abierto la puerta de tu habitación era un chico con solo un bóxer puesto y todo despeinado. Antes de enloquecer y golpearlo hasta verlo sangrar, tomé aire y entré sin decirle ni una sola palabra. Él me permitió el paso sin impedimento y volvió acostarse, pero en su cama (eso me generó cierto alivio). Me saqué la playera sin darle explicaciones y me acosté en tu cama para que vea que tú ya estás con alguien.

Me quedé helada ¿había oído bien? Dejé de ordenar la cama de Adam. Me imaginé la cara de WTF cuando Adam lo vio sacándose la playera solo para marcar territorio. Faltaba que los dos me mearan.

Ya estaba empezando a delirar. Necesitaba calmarme.

—¿Así que estoy con alguien? —le pregunté, con tono sarcástico—Ni yo lo sabía. Vienes a mi cama, te acuestas en ella sin decir una palabra y te marchas. A veces no te entiendo, James.

—No quiero que lo nuestro termine, Alma ¿por qué quieres dejar de estar a mi lado? ¿Qué puedo hacer para que todo mejore? Te extraño —soltó, con la voz partida —Verte dormida me ha hecho entender que te quiero para toda la vida.

Me dejé caer en cama cuando lo escuché decir eso. Un nudo en la garganta se instaló en ella.

—¿Qué estás queriendo decir? —le dije, en un murmuro.

—Te lo diré si vienes a una fiesta conmigo. Pasaré a recogerte en dos horas.

—¡¿Dos horas?! —el pánico me invadió.

No estaba en condiciones para planificar un outfit con resaca y malestar estomacal. Quería matarlo.

—Es una fiesta al aire libre, se casa mi hermana.

¿Eh?

—No sabía que tenías una hermana —le dije, sorprendida —Tú y tu maldita costumbre de avisarme todo sin anticipación. Recuérdame que te mate —no podía dejar de frotarme los ojos, dios mío, ni siquiera sabía que ponerme.

—Mátame, pero a besos —me dijo, en tono seductor y sabía que había embozado una sonrisa—. Ya deseo verte.