ROBERT Y SU REFLEJO DEL ESPEJO

A la edad de 15 años comenzaron a suceder situaciones paranormales en la vida de Robert, marcada por la soledad y el dolor.

Siendo el último lunes del mes de Enero de 1999, a eso de las seis y veinte de la mañana, él creyó haber sido llamado por una voz susurrada y muy parecida a la suya, que provenía directamente del espejo rojo.

Aquel espejo se hallaba colgado de la pared y estaba ubicado en medio del pasillo que comunicaba la sala con la cocina.

Al pararse frente al espejo con un poco de nervios, pudo notar que todo parecía estar bien y que quizás ese susurro fue producto de la soledad que acompañaba la casa. Al llegar la tranquilidad a su corazón, se alistó para asistir a su primer día de clases.

En el colegio conoció a Julián Mosquera, Pedro Marín y Ana Rondón. Quienes serían de ahora en adelante sus mejores amigos.

Pedro era un chico que tenía el cabello largo, ondulado y ojos verdes, además padecía de Osteosarcoma (es un cáncer infantil que afecta el crecimiento normal de los huesos). Con 13 años de edad, presentaba una altura de 170 centímetros y aparte de eso le tocaba usar unos lentes grandes color café porque había desarrollado miopía en su niñez.

En cambio Julián era todo lo contrario: bajito (150 cm), flaco, tez negra, cabello afro y unos ojos saltones del mismo color de piel. Ambos chicos sufrían de bullying, a causa de sus características físicas.

Hubo una chica en especial que le llamó mucho la atención. Su nombre Ana, la más hermosa del salón. Ella, de figura delgada, piel blanca, ojos grises, cabello liso color negro y con una altura normal en una adolescente de trece años.

Sus compañeros de clase eran nuevos, ya que él estaba repitiendo el octavo grado de secundaria por dos años consecutivos. Desde hace dos años, Robert bajó su rendimiento académico sin razón alguna. Incluso sus antiguos compañeros dijeron que su personalidad cambió considerablemente en éste lapso de tiempo.

La maestra Rosalía Perdomo andaba muy pendiente de él; pues como psicóloga de la institución sabía que la mejor forma de ayudarlo a superarse, se basaba en la socialización con nuevas personas que estuvieran dispuestas a aceptarlo tal como es.

Las labores escolares terminaron al mediodía y del colegio a su casa había un trayecto que tardaba alrededor de treinta minutos caminando.

Al llegar a la casa para degustar el almuerzo que le dejó su mamá, volvió a oír la voz justo cuando transitaba por el pasillo y sujetaba con la palma de su mano derecha, el plato con el almuerzo servido.

Girando la cabeza en la dirección donde se hallaba el espejo, pudo notar que el reflejo en aquel vidrio seguía el mismo patrón de movimiento pero la sonrisa del rostro no parecía en nada a la suya. En ese entonces, Robert presentaba una seriedad que es común en personas solitarias como él.

Aquella sonrisa malvada le asustó tanto que dejó caer el plato de la mano, al salir corriendo despavorido y sin dirección alguna. Sólo le interesaba huir del lugar.

Su mascota Toky, un perro crestado rodesiano de cinco meses aprovechó muy bien la situación.

En cambio, él siguió corriendo entre avenidas y callejones hasta que el cansancio redujo su velocidad completamente; buscando refugio en una cascada cristalina ubicada en las afueras de la ciudad.

Llegó a la casa a las nueve y treinta de la noche y allí lo esperaba Selena muy preocupada. Robert le comentó que mientras pasaba frente al espejo a la hora del almuerzo, vio que la imagen le sonreía cuando su rostro habitual era la seriedad. Su mamá sin nada que decirle, por no saber la explicación de lo sucedido, lo abrazó y con lágrimas en los ojos le dijo que iba a hablar con su hermana Ruth para que lo acompañara en las tardes.

Acerca del espejo, lo iba a poner en venta con la intención de sacarle alguna ganancia.

La pequeña familia tenía deudas en los servicios de la casa y no podía romper el espejo, ni mucho menos comprarse uno nuevo. Selena siempre fue madre cabeza de hogar y trabajaba todo el día como empleada doméstica en una casa de familia, de la alta sociedad. El padre de Robert jugó con sus sentimientos y cuando se enteró que ella tenía seis semanas de gestación, huyó de la ciudad.

Cada vez que madre e hijo tocaban el tema de Roger Jr, ella le repetía esto al muchacho:

- “A veces parecía normal, otra veces era distinto; llegaba hablando por señas. Algunas veces estaba muy inquieto e incluso cuando no era así, parecía una estatua. Hablaba, hablaba y de la nada se quedaba callado como si le hubieran robado sus ideas, hasta se reía sin motivos”.

Al día siguiente todo aconteció normal y así sucedió durante los próximos tres meses. En el transcurso de ese tiempo, Robert fue testigo del bullying que sufría Pedro y Julián a manos de la pandilla de Pancho; un bravucón que se creía el más fuerte sólo porque era el líder de un grupo de seis estudiantes desadaptados que le obedecían.

En cierta ocasión Robert intentó ayudar a Julián, al que estaban golpeando, estando tirado en el suelo. Al meterse a defenderlo salió lastimado y por querer ser un héroe, sería el nuevo objetivo de sabotaje de los castigadores.

La situación se le estaba escapando de las manos y cada día que pasaba, se convertía en un infierno. Su obstinación le servía de inspiración, pensaba en muchas formas de herir a Pancho con tal de defender a sus dos mejores amigos.

Ser introvertido, le causó toda la humillación posible. Por guardar silencio, recibió más golpes y el odio seguía creciendo. Lo único que le ablandaba el corazón era la mirada de aquella chica de ojos claros, a la cual no se atrevía a hablarle por temor a ser rechazado.

Al tener tantos problemas volvió a bajar académicamente y la preocupación de su madre se notó.

Aprovechaba los sábados y estudiaba bajo la supervisión de su tía Ruth. El domingo le quedaba libre para descansar. En su día de descanso, se encerraba solo en la casa y se entretenía viendo televisión. Cuando se aburría, se acostaba en su cuarto.

No practicaba algún deporte porque no lo invitaban. Asistía a la cancha que quedaba a unas cuantas calles de su casa y no lo dejaban jugar.

El futbol había sido su pasión desde niño y su equipo favorito, el de la ciudad: Mosul City FC.

Su mamá llegaba tarde del trabajo y solamente descansaba un día al mes. Entraba a las seis de la mañana y salía a las nueve de la noche. Algunas veces encontraba durmiendo a su hijo en la sala, sentado en un diván cómodo y frente a la televisión mientras ésta lo observaba a él.

Cada vez que ella traía la cena, lo despertaba. En pocas ocasiones, le tocaba cocinar a él mismo. Compartían juntos y a las diez se acostaban a dormir.

Antes de salir a vacaciones volvió a experimentar un nuevo contacto con el espejo, el cual fue heredado de su abuela materna después de fallecer hace 10 años.

El espejo medía dos metros de altura por un metro de ancho, una persona podía observarse de cuerpo completo. Sus dos esquinas en la parte superior eran ovaladas, formando un arco y en la parte inferior presentaba el mismo detalle. En el marco del espejo se resaltaba un rojo escarlata, de allí provenía su nombre. Estaba adornado con piedras semipreciosas de distintos colores.

El marco en la parte superior traía una inscripción en latín que traducida al español decía: “la puerta de entrada al más allá”.

Según las malas lenguas, el espejo rojo perteneció a un antiguo grupo de satánicos que habitaron en la ciudad. Su paradero a manos de la señora Mariela Lewis, es un misterio. Ésta teoría se fomentó después de lo ocurrido al joven en su hogar, por tal motivo Selena quería deshacerse del espejo.

Robert había llegado del colegio un día viernes y se disponía a realizar un trabajo escrito para presentarlo el lunes de la semana entrante.

Siendo las cuatro de la tarde, volvió a escuchar la misma voz de la vez pasada. Él prefirió dejar de tener miedo y decidió enfrentarse a aquello de una vez por todas. Caminó desde su cuarto donde estaba estudiando y llegó al espejo. Se asombró al ver que su reflejo ya lo esperaba.

El miedo del pasado, todavía subsistía en su interior. Tuvo el coraje al pararse de frente y hablar con él:

- ¿Quién eres y qué quieres de mí? – le preguntaba Robert a su reflejo del espejo, mientras éste le sonreía de una forma perversa.

- Quiero que me dejes en paz de una vez por todas – seguía hablando aquel muchacho, pero ésta vez con un tono de voz desafiante. Parecía inflarse de odio porque su rostro se puso rojo.

Y su reflejo del espejo, le respondió con un regaño:

- ¡Tonto! No puedo dejarte porque soy parte de ti, ¿No te das cuenta que tú y yo somos iguales? Soy tu consciencia clamando a gritos por querer ayudarte, así que la próxima vez no vuelvas a huir de mí – concluyó.

Robert se llenó de ira e inmediatamente agarró un palo de escoba que se encontraba recostado a la pared, hacia su mano derecha. Estando a unos cuantos centímetros de golpearlo, se dio de cuenta que la imagen en el espejo había cambiado.

Esta situación le tenía muy preocupado, ya que con el pasar de los días; el contacto con aquello que habitaba en el espejo, aumentaba considerablemente.

En las madrugadas, le susurraban. Acudía a su mamá asustado, pero ella no percibía nada. Inclusive, madre e hijo se paraban frente al espejo. Ella lo veía normal y él si podía observar a su reflejo con la misma sonrisa y mirada diabólica.

Llegaron las vacaciones el 15 de Junio y los trabajos de recuperación no se hicieron esperar. Había perdido cuatro materias: matemáticas, español, sociales y física.

Mientras transcurría el tiempo de las vacaciones, el contacto con el reflejo del espejo se convirtió en algo común, tanto que terminó por aceptar aquello que lo agobiaba. Ya no le producía miedo, al contrario, no se sentía solo.

En las mañanas se disponía a realizar los trabajos de recuperación y en las tardes pasaba largas horas parado frente al espejo, dialogando con su reflejo al que había bautizado con el nombre de “Roque”.

Roque logró ganarse su confianza y comenzó a manipularlo.

Cierto día, el joven se despertó con una ira interna; provocándole muchas ganas de acabar con todo lo que se le atravesara. En la sala, Toky hubo defecado.

En ese momento escuchó a su amigo del espejo, susurrándole al oído como si lo tuviera al lado.

- Robert, el perro se caga dentro de la casa y tú tienes que ensuciarte las manos. Enséñale al sarnoso que no debe cagarse en la sala – fueron las palabras de Roque.

Cegado por el odio, actuó sin pensarlo dos veces. Con el palo de escoba, azotó al perrito hasta dejarlo casi muerto. La pobre mascota sin aliento para quejarse, se desmayó.

Reventado de pies a cabeza, inflamado y con muchos moratones que delataban aquel delito atroz contra una vida inocente; hizo que Robert entrase en razón, llenándose de remordimiento.

Sus ojos enseguida se aguaron al recogerlo.

Consiguió una caja de cartón, le introdujo varias camisetas viejas que no le gustaban y resguardó allí al animal. Cargó la caja y corrió con ella, rumbo a la casa de su vecino Rogelio Gorgona, conocido en todo el barrio por ser un veterinario empírico.

Allá el Doc, (como lo apodaron a él), le suministró suero y comenzó a tratarle las heridas.

Antes de iniciar la cirugía, mandó a Robert a que se fuera a descansar porque el procedimiento iba a ser largo.

La tristeza y la preocupación no lo dejaban tranquilo, pero no tenía más opción que hacerle caso al Doc. Partió directo a su hogar que se encontraba a cuatro casas siguientes, de la vivienda de Rogelio. Entró y se dirigió a la sala, donde se sentó a esperar la llamada telefónica.

Transcurrieron las horas y no tuvo noticias de Toky.

No desayunó, no almorzó, y no cenó. Anocheció y todavía seguía pendiente del teléfono que solamente servía para recibir llamadas.

Cuando Selena llegó, encontró a su hijo en un rincón de la sala, llorando y empapado de sangre. Se asustó tanto que casi se desmaya al pensar que le había ocurrido algo. Ella lo abrazó y le preguntó lo ocurrido en su ausencia.

Robert le explicó lo sucedido, en las primeras horas de la mañana y le pidió perdón. En cambio ella sintió temor al escucharlo, pero no dudó ningún momento en soltarlo. Selena le prometió a él que el perro mejoraría y que apenas le dieran permiso en el trabajo, acudirían con un psicólogo.

En la mañana siguiente, después de despedirse de su mamá que se marchaba al trabajo, sonó el teléfono y era su vecino Rogelio.

- Buenos días, ¡Hola Doc! ¿Cómo siguió mi perrito? – preguntó Robert con un tono de voz preocupante.

- El perrito está un poco mejor. Ayer fue sometido a cinco cirugías donde presentaba algunas fracturas, pero necesito que vengas a mi domicilio para hablar contigo personalmente – le respondió Rogelio, también algo preocupado.

- Bueno, me alisto y de inmediato me dirijo hacia allá – fueron las últimas palabras de Robert, antes de colgar el teléfono.

Enseguida entró al baño. Mientras se duchaba, recordaba la actuación de ayer y el sentimiento de culpa era inevitable. No supo en qué momento perdió la razón, solamente sabía que había otro responsable: el demonio que habitaba dentro del espejo.

Al recordar, volvieron los susurros a sus oídos. Lo estaba llamando de nuevo. Sin embargo, el joven no acudió al llamado. Se vistió y se dirigió hacia la casa del Doc sin haber desayunado.

Cuando llegó a la puerta y se disponía a tocarla, el Doc la abre y lo invita a seguir. Le mostró cómo quedó el perro después de la cirugía. Le comenta que quizás no pueda volver a utilizar las patas traseras, ya que el daño recibido en la columna vertebral es demasiado grave.

Robert le contó a su vecino, lo que había acontecido el día anterior y la reacción del hombre de 40 años, fue de preocupación.

- Tienes que visitar a un psicólogo, no es normal que andes hablando con tu reflejo del espejo, ni mucho menos que te diga ¿Qué hacer y qué no hacer? – le dijo Rogelio.

- ¡Sí Doc!, no pude dormir bien pensando en el perro. Gracias por su hospitalidad – fueron las palabras de Robert.

- No me agradezcas a mí, agradécele a Dios porque es un milagro que el perro haya sobrevivido. Todavía voy a tenerlo en observación, pues hay que seguir operándolo para que su recuperación sea más satisfactoria. Vete tranquilo que yo lo cuidaré muy bien – le comentó el Doc.

- ¿Cuánto tiempo estará aquí contigo? – preguntó nuevamente Robert, a lo que su vecino le respondió con cierta inseguridad:

- Quizás seis meses.

Terminada la conversación, Robert regresó a su casa con una carga de consciencia enorme.

Decidido a enfrentarlo, se consiguió una roca del tamaño de la palma de su mano y la arrojó sin mediar palabra alguna; quebrando por completo al espejo. Su reflejo no hizo nada para impedirlo, solamente sonreía mientras copiaba los mismo movimientos de Robert al momento de lanzar aquel objeto.

Después de la anterior acción realizada, se sintió en paz consigo mismo. Creía haber acabado con el problema de raíz. Estaba tan feliz que almorzó como si fuera un rey. Había preparado arroz con pollo y un guiso de verduras en otra olla. De postre, una torta pequeña.

Preparó la cantidad suficiente para guardarle a su mamá y repetir de nuevo en la noche.

En la tarde salió a trotar y lo invitaron a jugar un partido de futbol, aunque no en la posición preferida de él; era un buen comienzo, en un excelente día. A pesar de que su equipo no ganó, el chico se lució en la portería. Por tal motivo, lo invitaron a jugar el próximo domingo.

Regresó a la casa, sudado y muy sucio, siendo las siete de la noche.

Se dispuso a bañarse con agua fría, buscando relajar los músculos. Se cambió de ropa. Se sentó frente al televisor y comenzó a degustar la comida que había preparado. Así se entretuvo hasta que llegó Selena a las diez. En el lugar donde trabajaba, se realizó una fiesta y debía esperar a que se terminara.

La pobre mujer demostraba el cansancio, pero al ver la felicidad que emanaba su hijo, también se puso feliz.

Robert le sirvió la cena. Le comentó que el perrito estaba a salvo y que con la ayuda del Doc se recuperaría pronto. El ambiente en la sala fue bueno y duró así unos cuantos minutos demás, hasta que su mamá se dio cuenta de los destrozos en el pasillo.

- Robert, ¿Qué sucedió aquí? – preguntó Selena muy preocupada, con un tono de voz alto y su hijo le respondió al instante.

- Enfrenté a aquel demonio, madre.

Selena comenzó a llorar. Había conseguido un comprador y mañana mismo se lo entregaría.

La situación cambió nuevamente y la preocupación no tardó en tocar la mente de Robert. Ella necesitaba el dinero y él acabó con la última oportunidad. Se entristeció, al darse de cuenta que sus intervenciones causaban los problemas y se acostó a dormir.

La mujer derramaba muchas lágrimas de los ojos, como si tuviera un tanque con agua en la cabeza.

Al día siguiente, el muchacho cayó en depresión. Ya no salía de su hogar. Lo invitaban a jugar en la cancha y no asistía. Comía poco y ya no le interesaba la salud de su mascota.

Así pasó durante el resto de las vacaciones.

El 15 de Julio entró nuevamente a estudiar y su actitud no había cambiado mucho. Sin embargo, Pedro y Julián lo ayudaron a distraerse. Aquel día tuvo una oportunidad y no dudó en acercarse a Ana Rondón, la chica que le gustaba y la que hacía suspirar a más de uno en el salón de clases.

Pudo ganarse su confianza y ella lo aceptó como amigo.

Esto era un gran avance para él, ya que sólo le interesaba estar lo más cerca posible porque se enamoró desde el primer momento en que la vio a los ojos. La amaba tanto que incluso se esmeraba al participar en todas las clases. Así podría captar su atención fácilmente.

Al finalizar la jornada escolar, Ana lo felicitó y le dijo que no desconfiara de sus capacidades, que siguiera esforzándose para que no volviera a repetir el año.

Estas palabras recitadas por la adolescente, fueron un voto de confianza para él.

Habiendo llegado a su hogar, se propuso a estudiar con esmero. No quería separarse de ella. En la noche le contó a su mamá que se hizo amigo de la chica más hermosa del salón y algún día se la presentaría oficialmente cuando fueran novios.

Con el pasar de los meses, ambos comenzaron a sentir una atracción mutua; ni él hallaba la forma de declararse, ni ella tampoco.

Robert era detallista y la acompañaba hasta su hogar, que quedaba más lejos que el suyo. Después de dejarla frente a la puerta, se regresaba a su casa.

Los sábados estudiaban juntos y los domingos se encontraban en el parque. Allá compartían el tiempo libre, dialogando y trotando.

El 1 de Noviembre Pancho y su pandilla agredieron a Robert en el baño, producto de los celos. Justo en ese momento llegó Pedro, Julián y el profesor de educación física que en su juventud fue suboficial del ejército.

El profesor Darío Guerrero inspiraba temor entre los estudiantes por sus historias de guerra y también por su personalidad ruda a la hora de impartir las clases.

Pancho y su pandilla salieron a correr aterrados cuando escucharon gritar al profesor las siguientes palabras, con un tono de voz grave: “Qué es lo que están haciendo, reclutas”.

Las lesiones recibidas fueron leves; hematomas en algunas partes del cuerpo e hinchazón alrededor del ojo izquierdo.

En aquel momento, la mentalidad de Robert se había alterado. Pensaba vengarse de Pancho al verlo solitario. Abandonó el baño sin agradecerles a sus amigos. Ese día no acompañó a Ana porque se marchó de primero y tampoco quería verla.

Ingresó a la casa muy obstinado y se puso a llorar en la soledad de su habitación. Se quedó dormido al cerrar los ojos.

Tuvo un sueño en el cual se encontraba dentro de un salón amplio y a solas, sin nada con qué alumbrar la oscuridad del sitio. Caminó hasta encontrar una puerta y no dudó en cruzarla. Pudo notar que el siguiente salón era igual al anterior. Siguió caminando y al haber cruzado la otra puerta, llegó a un pasillo estrecho y con poca iluminación.

Nuevamente caminó y encontró un espejo igual al que tenía en la casa.

Se detuvo justo al frente y se percató que el espejo se hallaba vacío en su interior. El reflejo que normalmente lo agobiaba, no presentaba indicios de existencia. Además, cualquier persona que se mire en un espejo, podría observarse en él.

Éste no parecía ser un espejo normal. Una de dos, el espejo no servía o el alma se había escapado para no volver.

Reflexionó en cada teoría que se le vino a la cabeza. Luego, sintió unos pasos detrás y al girar con rapidez, vio a su reflejo del espejo en la misma dimensión en la cual se encontraba. Se asustó tanto que se despertó enseguida y la noche llegó con él, siendo las siete y once de la noche.

La pesadilla lo dejó pensativo.

De inmediato se preparó algo para comer, ya que descuidaba demasiado ese aspecto en su vida. Mientras comía, sonó el teléfono y al contestarlo era el Doc. Su vecino quería transmitirle la información personalmente.

Selena entró después de haber terminado la llamada.

Al ver a su hijo golpeado, no pudo resistir la tristeza de su corazón. Robert trataba de calmarla y ella le pedía perdón por dejarlo solo.

Esto lo hacía sentir aún más culpable.

Entonces, los dos hicieron un pacto de confianza en el cual ambos prometieron no ocultarse nada.

Finalizaron las clases el 1 de Diciembre y muchos estudiantes se sorprendieron al escuchar que Robert aprobó el año. La alegría del joven fue inmensa e incluso tuvo el reconocimiento por parte de la profesora Rosalía.

Su amiga Ana lo invitó a comerse un helado a la hora de la salida, con la intención de conversar un rato. Su amigo se había distanciado hace un mes.

A lo que él le prometió estar allí.

Pancho cursaba en el otro salón de octavo grado, se enteró de la cita. Salió en la búsqueda de su pandilla y obtuvo una respuesta negativa. Sus compinches no querían meterse en problemas porque hace un mes les pusieron matrícula condicional a todos.

El muchacho se ofuscó tanto que los insultó, incluso los tildó de maricas y traidores. Se dirigió a donde estaba Robert.

Revisó en cada rincón del colegio y se lo encontró en el baño.

Allá tuvieron una batalla campal, en la cual estaban muy parejos. Ambos tenían los rostros reventados y aun así se seguían golpeando. Robert se acordó de las lesiones que sufrió a manos de la pandilla de Pancho y decidió aplicar la venganza.

La ira incrementó su fuerza humana. Levantó y sostuvo al agresor con los brazos estirados, sin afectarle el peso.

Por último, lo lanzó de cabeza contra la pared, dejándolo inconsciente sobre el suelo.

Salió afuera del baño, se cargó una maceta de más de 15 kilos y la llevó adonde había peleado. Estando adentro, la alzó con ambas manos y la tiró con fuerza hacia la cabeza de Pancho.

El impacto del golpe le causó heridas en el rostro y un sangrado que provenía desde la nariz.

Al no observar ni una señal de vida en su enemigo, abandonó el lugar sin limpiarse las manchas de sangre que traía encima. Afuera lo esperaban cuatro agentes de policía y el Profesor Guerrero.

Se llevaron detenido al adolescente. Él no se opuso al arresto.

No se sabe quién dio aviso al profesor, porque todos los estudiantes esperaban por fuera del colegio y los profesores se hallaban en reunión.

Quizás sería la señora del aseo.

Los estudiantes se intrigaron al ver el ingreso de la policía y cómo éstos le prohibieron el paso a los niños de primaria que estudiaban en la jornada de la tarde. En pocos minutos salió el vehículo que transportaba a Robert, escoltado con un policía a cada lado.

La muchedumbre estaba sorprendida al ver a aquel muchacho adentro. Todos los alumnos sabían que él no se metía con nadie.

El portero de la institución y otro docente, le abrieron el paso entre la personas para que pudiera pasar el carro. Algunos estudiantes se acercaban a la ventana y él sólo agachaba la cabeza. Ana se entristeció al verlo así y se marchó de la heladería, lugar en el cual habían quedado de verse.

Después ingresó una ambulancia en el colegio. Recogió el cuerpo de Pancho y se lo llevó al hospital más cercano.

Apenas lo subieron al vehículo, prendieron su tradicional bocina y a toda velocidad inició su rumbo con la oportuna atención de los paramédicos. La policía clausuró la institución educativa por 72 horas, mientras la junta directiva analizaba el caso y la señora encargada del aseo limpiara la sangre y recogiera los trozos de la maceta.

Ana, acompañada de su madre María Zambrano, fue a visitarlo a las dos de la tarde y pudo hablar con él un buen rato. Robert derramaba lágrimas y abrazaba fuertemente a la chica, demostrando un gesto de arrepentimiento sincero. Le confesó que la amaba y no quería estar lejos de ella.

La declaración de amor la conmovió bastante. Le dijo al joven que su atracción era mutua y correspondida.

El chico le pidió que le avisara a su mamá Selena para que lo sacara de allí, lo más pronto posible. En un pedazo de papel escribió el número telefónico de la casa con la siguiente indicación: “05-067116, después de las 9:00 pm”.

Siendo ésta su última voluntad, procedió a besarla apasionadamente hasta que fueron interrumpidos por un policía que dijo las siguientes palabras: “la visita ya terminó”.

Las nueve de la noche, hora habitual de la llegada de Selena al hogar.

La mujer se sorprendió al ver que las luces estaban apagadas. Entró, las encendió y procedió a llamar en voz alta a su hijo, sin obtener respuesta alguna. Revisó toda la casa y se percató que no había nadie. Regresó a la sala y justo en ese momento sonó el teléfono.

Quien la llamaba era Ana.

Ella le comentó que a su hijo lo encerraron en un cuarto, en las instalaciones de la fiscalía. Al oír esto, la mujer casi que se desmaya. Además, no pudo conciliar con el sueño en toda la noche.

Al día siguiente lo visitó a las ocho de la mañana y no pudo contener sus lágrimas, al verlo encerrado como un criminal. Robert le contó cómo sucedieron las cosas y ella se sintió culpable de la actual situación que atravesaba su hijo. Apenas se le acabó el tiempo de visitas, emprendió en la búsqueda de un abogado.

Mientras tanto, Robert seguiría detenido en la fiscalía hasta que un juez ordenara su traslado.

Como descansaba ese día, Selena comenzó las diligencias visitando a Pancho en el Hospital Central de Mosul. Dentro del hospital discutió con los parientes de aquel muchacho.

El padre de Pancho mostraba una actitud agresiva, en cambio la mamá era dócil. Ambos querían que se hiciera justicia.

La intención de negociar con los padres, no iba a ser fácil. Sin embargo, la noticia que escucharía no sería alentadora. El doctor encargado del paciente, se le acercó a los padres y les comentó:

- ¿Buenos días, ustedes son los familiares del joven Pancracio Martínez?

- Si – respondió el hombre de barba tupida y canas pronunciadas.

- La situación es preocupante. Los golpes recibidos en su cabeza, casi acaban con su vida. El paciente presenta un trauma craneoencefálico grave en el tallo cerebral, por tal motivo entró en un estado de coma vegetal. Lo lamento pero si su hijo sobrevive a esto, quedará con problemas de por vida – concluyó el doctor. Sin más nada qué añadir, se fue a revisar a otros pacientes.

Selena estaba a unos cuantos metros de distancia y escuchó toda la conversación.

Los familiares de Pancho lloraron enseguida y ella salió del hospital, con rumbo a la oficina del abogado.

Cuando llegó al despacho del doctor Diego Casanova, especialista en estos casos de menores infractores; le comentó acerca del delicado estado de salud del compañero de su hijo.

El abogado fue sincero con ella y le dijo:

- El juicio que se le va a realizar a Robert es solamente para enviarlo a un reformatorio de menores, hasta que cumpla la mayoría de edad y pueda pagar su condena en un centro penitenciario. Lo lamento pero va a tener que acostumbrarse a pasar un buen tiempo sin la compañía de su hijo. Sin embargo, tenemos exactamente dos años, antes de que cumpla los dieciocho y con las pruebas pertinentes podríamos evitar que cayera en la cárcel. Así que la probabilidad de éxito es de un 50%.

Las últimas palabras del abogado, aliviaron un poco la tristeza de Selena. Acabada la conversación, volvió a visitar a Robert.

Se dirigió a un puesto de comidas rápidas, donde compró dos hamburguesas para llevarle a su hijo. Eran las doce del mediodía. Adentro compartió lo que había traído. Robert se sentía feliz al poder comer al lado de su mamá y ella no fue capaz de decirle que duraría dos años encerrado.

El joven rompió el hielo con las siguientes palabras: “Tranquila madre que pronto saldré de aquí. Dile a Ana que me espere para casarnos”.

Robert sabía que la consecuencia de sus actos lo mantendría encerrado por mucho tiempo, pero quería darle fuerzas a su mamá. En ese instante juró que no lloraría delante de sus ojos.

Al día siguiente, los padres de Pancho pusieron la respectiva denuncia en contra del agresor. Ellos también querían acelerar el proceso y la audiencia fue programada el 14 de Diciembre, un día antes del cumpleaños de Robert.