capítulo 6
La reconocida Brenda Clarnor había sido galardonada como la mejor arquitecta del año, gracias a aquel reconocimiento gana un proyecto donde se debía restructurar 250 casas antiguas. Este proyecto la hizo feliz y considera esa oportunidad única para hacer crecer su empresa de arquitectos y se vuelva sostenible. Además, sentía que podía alcanzar grandes hazañas como lo hizo el arquitecto famoso Pietro Bellucci y otros arquitectos notables como Skidmore, Owings y Michael Graves.
Eran las 8 de la noche cuando Brenda logra desocuparse. Sin perder más tiempo en los trabajos restantes del día, la dama de piel pálida guarda los papeles en su mochila negra y se marchó hacia el estacionamiento dejando atrás a su empresa cercana a las agujas dobles del Centro de convenciones de Oregón.
El viaje estaba placentero, ahora encontraba dirigiéndose a su casa por la ruta sellwood-moreland ubicada al sureste de Portland. Aquella ruta le encantaba por las antiguas edificaciones que había en los alrededores donde se podía contemplar casas lujosas, rústicas y residencias victorianas con fachadas recuperadas, además, se ubicaban restaurantes y cafés desperdigados por doquier.
Brenda pronto llega a su destino y estaciona su coche en un hogar dos niveles. Posteriormente se dirigió hacia la cocina para arreglarse algo de comida y escucha las baladas americanas que tanto le gustaba. Al tener lista la cena, la dama se sentó en el comedor donde había algunos planos dados por su gran amigo Alfred Rigan, al cual admiraba por su creatividad y su visión en infraestructuras nunca antes vistas.
Aunque tenía los planos en sus manos, a Brenda Clarnor no le gustaba ganar reconocimiento por algo que no era suyo. Fue así como la mayoría de las propuestas dadas por su amigo la presentaba provenientes del anonimato; de ese modo, si la idea era agradable para el proveedor las ganancias se podían dar a Alfred sin ningún inconveniente.
Brenda se siente nostálgica al ver los planos, en verdad ya quería trabajar pronto con su gran amigo, pero era consciente de que debía esperar a que obtuviese el título y pasara los exámenes actitudinales para tenerlo dentro de su oficina.
Al joven Alfred Rigan lo conoció cuando tenía veintitrés años, en ese entonces el aún se encontraba hospitalizado en la clínica psiquiátrica. La dama llegó a ese lugar debido a que el gerente del hospital quería realizar algunas remodelaciones en las áreas más dañadas y le solicitó su ayuda para que ella hiciera los planos.
La dama tres años mayor que Alfred se dispuso a ayudar a la gerencia en los trabajos requeridos. Fue en ese entonces cuando el gerente le presentó a Alfred la arquitecta para que se familiarizara con alguien de una vocación a la que el joven quería ejercer.
En esa ocasión Alfred muestra sus borradores. Brenda se siente realmente asombrada y vuelve al hospital en múltiples ocasiones para conocerlo sin importarle la razón por la que una mente tan ingeniosa se encontraba en ese lugar.
Tal vez la gran compañía de Brenda y los buenos avances en los exámenes de Alfred hicieron que los especialistas lograran darlo de alta. Una vez afuera del hospital la arquitecta le ofreció una proposición de que le hiciera innovadores diseños para mostrarlos a empresas. El joven acepta alegremente la propuesta y constantemente le manda ingeniosas ideas realmente llamativas e innovadoras.
Con la cena culminada, Brenda Clarnor se dispuso a organizar la losa para continuar con sus deberes de la oficina, en ese instante el timbre sonó. La dama se dirigió hacia la puerta, se cerciora de quien se trata, posteriormente la abre y se encuentra a un caballero de estatura alta y cuerpo vigoroso que bestia sport y lucia que desprendía un aroma a sudor no muy agradable para ella.
―Walter, no te esperaba esta noche― un beso forzoso se originó una vez que Brenda abriera la puerta.
―Preciosa fui por ti a la oficina, hace poco salí del gimnasio y quise recogerte―el caballero dejaba lucir su dentadura torcida ante la dama que lo miraba atentamente―. Me gustaría hablar un momento contigo.
Brenda accedió su propuesta y lo deja ingresar a su hogar. A decir verdad, en el amor era un polo totalmente opuesto ya que escogía a malos pretendientes. El señor Walter de treinta y seis años no era la excepción, llevaba un año hablando con el hombre que había salido de las drogas y de cierta manera logró convencerla para establecer una relación a pesar de que no tenía alguna profesión buena.
Aquel caballero de gruesos pectorales se dedicaba a trabajar de mensajero. Gracias a su trabajo pudo conocer a la dama a la cual conquista con ramos de flores y salidas ocasionales.
―Te extrañaba preciosa, hace rato que no estamos juntos―Brenda trataba de sentirse cómoda ante el hombre ansioso que le abrazaba su cintura fuertemente.
―Bueno amor, creo que hoy también deberás esperar, debo entregar un trabajo para mañana; pero si deseas puedes quedarte, tomate una ducha y baja a comer.
―Y ¿por qué no me acompañas? ― Expresa Walter sin la mínima intención de soltar a la sensual dama.
―No cariño. Sugiero que te bañes, yo arreglare algo de comer―la dama se soltó de sus gruesas manos y marchó nuevamente a la cocina. En ese instante Walter agarra fuertemente el brazo de Brenda y le cogió su delineado rostro con la otra mano.
―A veces me colmas la paciencia―el caballero de pupilas rojizas la soltó fuertemente y se dirigió hacia el segundo nivel para ducharse, mientras tanto, Brenda con algo de miedo lo observaba subir.
La nueva pesadilla de Alfred Rigan
Entre los hilos de Morfeo, Alfred Rigan se encontraba sumergido en un sueño donde se idealizaba en la escuela propietaria al hospital de Oregón realizando algunas actividades artísticas. Al fondo se podía escuchar música clásica con sus armoniosos violines e instrumentos de vientos que tranquilizaban a los niños entretenidos por la lúdica.
Entre las armonías los niños se reían y jugaban con las pinturas a su gusto. Más allá del lugar lúdico se encontraba Alfred realizando un plano que llevaba varios días ingeniándolo, el cual resguardaba con cautela en la oficina de la doctora Paola de la Rosa.
La complicidad de sus más elocuentes ideas siempre eran la prioridad para la gran amiga y segunda madre de Alfred Rigan. El joven la quería tanto que se había propuesto en sembrar flores para luego regalárselas y le pedía a Sonia Rigan chocolatinas para luego darlas a su doctora favorita.
Un fuerte taconeo comenzó a sentirse cerca de la oficina donde se encontraba Alfred. El joven observa al pasillo donde encuentra a Brenda Clarnor caminando tranquilamente por los pasillos del hospital buscando a alguien.
―Amiga Brenda ¿qué haces acá? No he terminado el plano…― el pasillo se fue extendiendo hacia el infinito. Era para el joven prácticamente imposible lograr alcanzarla y solo la observaba desde lo lejos realizando su búsqueda.
Brenda se dirigió hacia la sala recreativa donde los niños habían desparecido y el piso estaba lleno de charcos multicolores. Sin perderla de vista, Alfred contempló que la dama había llegado hasta uno de los rincones del salón donde se encontraba un bebé llorando tirado en el suelo con las manos y piernas pintadas.
El ambiente se tornó más grisáceo y tétrico cuando Brenda Clarnor alzó a la inocente criatura que seguía llorando. Pronto las luces comenzaban a parpadear incesantemente y las paredes se tornaron más rojizas.
Anonadado por el acontecimiento, Alfred se dispuso a dirigirle alguna palabra a la dama de ojos color miel que se encontraba mimando al recién nacido; pero sus pasos fueron imposibilitados por una gran fuerza que lo mantenía en su punto. En ese instante apareció detrás de ella unas delgadas manos trigueñas con unas uñas largas color rojo. En el ambiente se comenzó a desprender un fuerte hedor a azufre con flores, poco después surge de entre las tinieblas un delineado rostro que se apoya en su hombro con dulzura y lo observaba con ternura.
―Que exquisita sorpresa, ella será nuestra primera víctima. Dime amado mío, ¿acaso deseas ser el padre ese bebe?, es tuyo, te lo concedo― John Alfred pudo dirigir su rostro a Eliade que se encontraba observándolo con sus ojos verdosos de serpiente y reía con sarcasmo.
―! Espera ¡no le hagas nada―la voz de Alfred se entrecorto de inmediato y contempló como Eliade caminaba hacia el lentamente.
John Alfred no podía moverse y solo observaba como
Eliade llega a su lado para darle un beso que le hizo sangrar sus labios.
Eliade regresa al lado de Brenda, posteriormente un humo grisáceo comienza a gobernar el ambiente y entre la neblina se empieza a escuchar un fuerte grito.
El humo se disipa lentamente. Ahora Alfred observa que se encuentra en las afueras de la casa de Sonia Rigan. Detrás de él estaba Eliade acariciándole la espada, prontamente siente como aquel malévolo ser entra en su cuerpo y le domina lentamente sus movimientos.
Con sus últimos esfuerzos Alfred trata tocar nuevamente la puerta; pero sus manos no lograban tocar la madera.
―En esta noche nos dirigimos a otro lugar amor mío― la voz susurrante de Eliade surgió en el desolado ambiente, pronto su vista comenzó a borrarse hasta encontrarse gobernado en las tinieblas.
A pasos lentos el cuerpo de Alfred comienza a moverse sin su propia voluntad hacia una casa de dos niveles color marrón. En los alrededores del lugar solo se escuchaba el golpe de sus zapatos con el cemento y el sonido frívolo del viento. Pronto llega Alfred hacia la casa levemente iluminada por un bombillo en el segundo piso, poco después pasa por la reja de madera sin generar algún ruido, luego se dirige hacia la puerta que logra abrir sin ningún inconveniente.
Una vez dentro del hogar Alfred comenzó a escuchar fuertes sonidos de una dama solicitando auxilio desde el segundo piso. El joven se dirige deprisa en medio de la oscuridad hacia el lugar donde encuentra un hombre forcejeando una puerta incesantemente.
―Déjame entrar maldita― Expresa el hombre mientras la dama forcejeaba con la puerta desde el otro lado.
―Vete Walter, llamare a la policía.
―Lástima que en tu cuarto no haya teléfono, o me dejas entrar o tumbare la puerta, o tal vez entre por la ventana―añade con ira el caballero.
―Eres un demente, ¿cómo se me ocurre meterme con una bestia como tú? ― la dama lloraba incesantemente por su imposibilidad de ser ayudada.
―Vamos cariño, juguemos un rato― El forcejeo de continuaba incesantemente entre el delirante hombre que al parecer estaba pasado de drogas psicoactivas, generando una sensación de asco en Alfred Rigan.
El cuerpo de Alfred se mueve deprisa hacia Walter sin que él lo pudiese impedir. En ese instante sus manos agarran el cuello de Walter y se lo retuerce sin que él pudiese defenderse. Inmediatamente el ente que ya no era Alfred arrastra el cuerpo inerte de Walter por las escaleras y luego regresa a la puerta en espera a que fuese abierta.
El ambiente es gobernado por el silencio. Con susto, Brenda Clarnor salió de su cuarto en medio de un mar de lágrimas, posteriormente se dispone a buscar a Walter y al verificar que no se hallaba en el segundo nivel desciende por las escaleras donde se llevó la fatídica sorpresa de encontrarlo inerte.
Brenda quiso gritar; pero el ente que manejaba a Alfred empujó con fuerza a la dama por las gradas haciendo que rodara por ellas incesantemente y se le generara un fuerte golpe en su cabeza.
―Una menos que interpone en nuestro amor―la voz de Eliade surgió nuevamente con un acento risorio al contemplar la cabeza de Brenda Clarnor ensangrentada.
Después de un largo forcejeo Alfred se despierta de aquel temible sueño. Cuando abre los ojos se encuentra en el suelo temblando y sudoroso. El joven dirige su mirada hacia la cama donde observa a Paulina con tristeza y le extiende sus delgadas manos blanquecinas.
―! Vete ¡no eres real ― Alfred comenzó a gritar incesantemente con delirios y frustración al ver a Paulina tan tranquila mientras él había sufrido nuevamente una temible pesadilla.
Después del estruendoso ruido Sonia Rigan llega al cuarto preocupadamente, enciende las luces y se acerca deprisa hacia su hijo que se encontraba temblando en el suelo llorando incesantemente y mirando fijamente en la cama.
―Hijo mío, ¿qué pasa? ―Sonia abrazaba fuertemente a su hijo para tratar de consolar su estado.
―Ella no es real, y no es real lo que vi mama―Alfred miraba a su madre tratando de calmarse por lo que había soñado.
―Ven hijo, tomate el medicamento y prepararemos algo de aromática, luego me contaras lo que te pasa.
Sonia levantó con dificultad a su hijo del suelo y lo llevó hacia la cocina para preparar la aromática. Eran las dos de la mañana cuando Alfred trataba de calmarse y contarle a su madre su temible pesadilla. Al llegar la madrugada Alfred logra nuevamente conciliar el sueño, Sonia por su lado ya se encontraba preparando el desayuno y escuchaba de la radio las ultimas noticias acontecidas en la ciudad.
Alfred se despierta con agotamiento y se presenta angustiado por su pesadilla, de ese modo se dirige al teléfono para llamar a Brenda Clarnor cuando escucha un reportaje abrumador en las noticias que lo puso realmente inquieto.
«Hoy en la madrugada en Sellwood-Moreland se ha encontrado el cadáver de un hombre de aparentes treinta años con el cuello dislocado acompañado por una dama que se encuentra en cuidados intensivos por un fuerte golpe ocasionado por una caída, aún se desconoce los extraños sucesos y el actor del homicidio»
Con un temor escalofriante John Alfred llegó a la sala para llamar a la casa de Brenda Clarnor, lastimosamente la llamada jamás fue atendida. Abrumado por lo que acontecía realiza una llamada a la empresa de arquitectos donde su amiga tampoco había llegado.
A Alfred solo le quedaba una decisión bastante desagradable. Se dirigió a preguntar a su madre si en las noticias habían dicho en que clínica se encontraba internado la victima de la catástrofe, dándose por enterado de que debía llamar al hospital principal de Portland.
La llamada tardó mucho en ser respondida. Más tarde una enfermera del hospital le dio la abrumadora noticia de que Brenda Clarnor se encontraba allí hospitalizada. Aquello hizo que los pelos de Alfred se le pusieran de punta y la piel se le tornara más pálida de lo normal
Alfred da las gracias ante la información dada por la enfermera, posteriormente colgó el auricular y realiza otra llamada a la oficina doctora Paola de la Rosa.
―Amigo Alfred buenos días, llamas demasiado temprano, ¿Ocurre algo grave?
―Si doctora, necesito hablar contigo; pero primero debo ir al hospital de Portland para cerciorarme de algo.
―Está bien Alfred, acá te espero― con más tranquilidad Alfred colgó el auricular y se dispuso a arreglarse con prisa para partir hacia el hospital.
―Hijo, debes conservar la calma, creo que todo esto es una coincidencia―Expresa tiernamente Sonia para tratar de calmar a su hijo.
―No puedo estar calmado mama hasta que me cerciore de que Brenda se encuentre en buen estado.
Sin perder más tiempo Alfred viaja hacia el hospital para preguntar por su gran amiga. Al llegar al lugar busca la sala de cuidados intensivos para hablar con el doctor. Poco después apareció un caballero de estatura alta y ojos ojerosos que llevaba consigo un expediente abrumador para Alfred.
―Doctor por favor dígame ¿cómo se encuentra Brenda Clarnor? ―expresó con inquietud el joven Alfred.
―Ella se recupera pronto; pero nos preocupamos más por su embarazo.
― ¿embarazo?, ¿en verdad esta premiada mi amiga? ―añadió Alfred con asombro y miedo.
―Si amigo mío, lleva alrededor de cuatro meses, el fuerte golpe con las escaleras pudo haberle generado algún daño al feto.
― ¿puedo verla doctor? ―Alfred comenzaba a sentirse mareado por la abrumadora noticia.
―Desafortunadamente no, ella aún se encuentra inconsciente y hasta ahora no dejamos que nadie entre a verla, ni siquiera su familia ha podido; pero si desea puede regresar en dos días, tal vez tengas suerte.
Para Alfred era en verdad una eternidad ese tiempo; aunque sin tener otra opción se dirigió hacia el hospital mental de Oregón a hablar con la doctora de la Rosa. Cuando regresó al automóvil se encontró con Paulina que se encontraba en la silla del copiloto observándolo detenidamente con tristeza.
―No puedo creer que para empeorar las cosas apareces en este momento frustrante―Alfred abrió la puerta con ira y encendió el automóvil deprisa. A su lado Paulina trataba de dirigirle alguna palabra; pero el conductor la ignoraba para no perder la concentración en la autopista donde su estado anímico jugaba con sus pensamientos.
Una inesperada sorpresa se encontró Alfred cuando llegó a la oficina de la doctora de la Rosa. La dama de cabellera azabache y piel morena no había cambiado mucho, tenía el mismo porte jovial y un rostro sin ausencia de arrugas que la hacía parecer realmente conservada y bella.
Observando desde la ventanilla de la entrada del consultorio, Alfred contempló a su gran amiga acompañada de otra mujer de ojos azules y cabellera castaña que hablaba cortésmente con ella.
La charla entre las damas se entrecortó ante el golpe dado en la puerta. Pronto la doctora de la Rosa se levantó de su asiento y observó la ventanilla para cerciorarse de quien era. La doctora le sonrió con su hermosa dentadura y abrió lentamente la puerta para dejarlo pasar y darle un caluroso abrazo haciendo que quebrantara en llanto ante los últimos sucesos vividos.
―Amigo Alfred es bueno verte nuevamente, por favor cálmate y dime porque lloras―la doctora de la Rosa hizo pasar a Alfred hacia un sillón mientras era observado por la compañera del consultorio
―Ha ocurrido algo grave doctora, debo hablar con usted―añade con tristeza el joven al contemplar a Paulina pasar por su lado y se posaba en un travesaño del consultorio.
―Bueno doctora de la Rosa, creo que es hora de irme, agradezco su tiempo y toda su información dada sobre los gemelos Leverson― expresa la compañía del consultorio mientras se levanta despaciosamente de su asiento y recoge unos documentos de la mesa.
―Antes de que se vaya me gustaría presentarle a mi gran amigo, él es la fuente de inspiración― la hermosa dama de ojos azules se dirigió hacia el joven y le extendió la mano para presentarse, aquel tacto de las palmas hizo que la dama sintiera un fuerte escalofrío en su cuerpo.
―Mucho gusto joven, me llamo Lorraine Walts―la dama miraba intranquilamente al joven que se limpiaba las lágrimas.
―El gusto es mío doctora, soy Alfred Rigan, mi madre Sonia, sé que es una gran amiga suya―un gesto de sonrisa surgió de John para maquillar su angustioso estado.
―Qué bueno es conocerte. Tu madre ha hablado grandes cosas de ti y al parecer no es la única, eres un buen pilar de este hospital y también para la doctora de la Rosa―la dama se soltó de la mano para no sentirse más incómoda ante la escalofriante sensación―. Si no hay ningún inconveniente, me gustaría hablar contigo después de que hables con la doctora de la Rosa, estaré en la oficina del doctor Mirko Spolowski esperándolo.
Alfred asiente ante su propuesta y la ve marcharse del lugar con incomodidad. Estando ya solos la doctora de la Rosa invita a su amigo a que tome asiento para dialogar.
―Ahora si amigo Alfred dime que pasa, te noto realmente alterado― la doctora de la Rosa cerró nuevamente la puerta del consultorio y sirvió agua para ofrecerle a su amigo.
―Ha vuelto doctora. Paulina está aquí conmigo, pensé que nunca más iba a volverla ver, además de eso apareció otra mujer que me genera mucho miedo.
―No entiendo John, ¿A qué te refieres? ― la doctora de la Rosa observa a Alfred con la vista hacia un travesaño donde Paulina realizaba gestos tristes.
Luego de tomarse el vaso de agua, John Alfred le contó a la doctora el retorno de Paulina y de Eliade, también de las pesadillas vividas y el extraño suceso con Brenda Clarnor que lo tenía preocupado por el estado de ella y de su bebé.
―Comprendo la situación amigo mío, a veces soñamos cosas que suceden, lo llamamos Déjà vus, esto puede ser lo que pasó con tu amiga Brenda. Por otro lado, me preocupa que veas a dos personas y también veo tu estado tan alterado. Dime, ¿necesitas medicamentos? O ¿quieres estar con nosotros un tiempo?
―Agradezco su propuesta doctora y entiendo su preocupación; pero debo sobrellevarlo, lo que no comprendo es estos extraños sucesos y porque veo a la otra temible mujer.
―Tal vez el fuerte impacto de tu sueño hizo que evocaras a ese ser llamado Eliade a este plano. Ella, al igual que Paulina quiere jugar con tu mente; pero tú eres fuerte, recuerda todo los tratamientos y terapias echas, ignorarlas y ellas no podrán hacer nada.
―Pero ella apareció porque yo accedí a una propuesta dada en mi sueño donde me dijo que mis anhelos se harían realidad. Además, en mi sueño apareció una mujer llamada Penélope que me advierte en tener cuidado con lo que sueño, en verdad no creo que todo esto haga parte de lo que usted llama Déjà vus.
―Lo se amigó Alfred, sé que te sientes frustrado; pero no podemos saber si lo ocurrido con Brenda o la aparición de Eliade sea una coincidencia, debemos mirar cuantas veces sigue ocurriendo. Por ahora te recomiendo aumentar la dosis de medicamentos y me contactes cada vez que sea necesario.
―Te agradezco doctora; pero tengo mucho miedo―Alfred trataba de conservar la calma y el temblor de las manos mientras se servía otro vaso de agua.
―El miedo es tu peor enemigo Alfred. Si pierdes la cordura tu mente imagina ganara de modo que debes ser más fuerte―la doctora Paola lo miraba con ternura y sostenía fuertemente la mano de su amigo para darle consuelo.
―Pero ¿Qué hago si vuelvo a soñar con alguien y la ponga en peligro?
―Si eso te atormenta Alfred solo puedo ofrecerte una alternativa, aunque no es el mejor de todos ni mucho menos quisiera recomendártelo. En nuestra institución usamos un dispositivo que genera electroshocks para muchas terapias, yo podría facilitarte un dispositivo bajo ciertas condiciones, aunque en verdad si me gustaría tenerte dentro de la institución.
―Hare todo lo que usted me diga doctora, créame que si las cosas empeoran volveré a internarme, por el momento me gustaría quedarme en casa y tener el dispositivo que usted dice.
―Debe ser precavido, este dispositivo se lo puedo enseñar esta noche y solo lo debes usar en caso de ser necesario, este equipo funcionara si te mueves constantemente y el estímulo es alto como para despertarte.
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―Si amiga mía, agradezco mucho tu ayuda. Ahora que me siento más tranquilo y ya me gustaría hablar con la doctora Lorraine ― Alfred se levantó de su asiento y se dispuso a abrir la puerta para ir a la oficina del doctor Mirko.
―Mientes amigo Alfred―agregó la doctora de la Rosa al contemplar a su amigo aun temblar―. Pero si sería muy agradable que hablaras con la doctora Lorraine. Ella se encuentra realizando un estudio de los hermanos Leverson y estará con nosotros unos días.
Después de un fuerte abrazo la doctora de la Rosa le abrió la puerta a su amigo y lo despidió para luego dedicarse con sus deberes y así regresar pronto a su casa.