continuación capítulo 4
El doctor Peter se levantó del asiento y se dirigió nuevamente a la cafetera para servirse otra tasa y calmar la tensión de la charla―. Si me lo permite, deseo hablarle sobre los tratamientos antipsicóticos, estos han permitido en muchas ocasiones que los pacientes con esquizofrenia puedan vivir en comunidad; pero el pronóstico es difícil de predecir; la mayoría de las veces, los síntomas mejoran con los medicamentos; pero en muchas personas pueden tener dificultad para desempeñarse, aun así, haremos todo lo posible para lograr que su hijo salga adelante sin problemas; pero el niño necesita apoyo en el hogar, allí es donde entran a jugar ustedes como padres.
El señor Cristopher Sweith se levantó de su asiento y respiró hondo para calmar sus lágrimas, se dirigió en esta ocasión hacia la puerta y se dispuso a buscar a su esposa para hablarle sobre lo ocurrido en el consultorio.
―Esperemos que no sea esa la enfermedad de mi hijo, por lo pronto hablare con mi esposa y acataremos todas sus peticiones.
―Hablando de eso señor Rigan, es posible que su hijo deba quedarse un par de días con nosotros, pueden venir a visitarlo cuando quieran, ¿Hay algún Inconveniente en eso?
―No hay inconveniente alguno doctor Roslener, aunque debo admitir que no es de mi agrado ver a mi hijo rodeado en un convento lleno de locos
―No va a ser así―el doctor Peter trató de conservar la paciencia ante el ultimo molesto comentario―. Si todo sale bien, su hijo puede quedarse en un cuarto de la escuela.
―Comprendo doctor Roslener, me gustaría saber cuánto tiempo puede quedarse mi hijo en este lugar.
―En una semana su hijo regresara a casa si todo sale bien.
A pesar de las palabras optimistas del doctor Roslener las semanas volaron hasta convertirse en 10 años donde John Rigan tuvo que sobrevivir en ese tétrico ambiente.
Oficina de la Doctora Paola de la Rosa; 22 de noviembre de 1992, 6:30 pm
Dejando a un lado la máquina de escribir, la doctora Paola de la Rosa se dispuso a guardar la bitácora que había sido dejada por el ex-gerente Peter Roslener donde explicaba detalladamente cada dato y examen realizado a John Alfred Rigan.
Con mucha cautela la doctora guardó las hojas de su libro en un gabinete, apagó la lámpara y se dispuso a marcharse hacia su hogar para poder descansar
Una vez que llegó a casa, la doctora Paola de la Rosa revisó su correo, encontrándose cinco cartas, una de ellas provenientes del doctor Roslener; inquieta por el extraño acontecimiento, la doctora entró a su hogar y abrió el sobre con cautela, encontrándose una inesperada noticia.
«Mi querida doctora Paola de la Rosa.
Espero que todo esté muy bien en el hospital, deseo mucho que se encuentre bien de salud y haya tenido avances en sus estudios.
Le quiero expresar mis avances con los casos 442 y 446 (familia Greifol); ya pude encontrar sus paraderos, actualmente no presentan ningún peligro para la sociedad, viven enclaustrados en sus hogares bajo la vigilancia de unos enfermeros. Si desea saber más de ellos puede llamarme cuando quiera, estoy en nueva York para atenderle cuando desee.
Le deseo muchos éxitos- Peter Roslener»
Atónita ante la noticia, la doctora de la Rosa guardó la invaluable carta que tenía un triste vínculo con John Alfred Rigan.
23 de noviembre de 1992, John Rigan lucha por salir de su pesadilla
Muy de madrugada la doctora Paola se despertó de su trance de sueño ante la ansiedad de seguir escribiendo la historia de su paciente. La luna de ese día brillaba constantemente y se podía ver un ambiente de color azuloso, como si el sol estuviera saliendo.
Dirigiéndose con prisa hacia su cuarto de estudio, la doctora buscó algunas hojas en blanco para montarlas en su máquina de escribir. Su necesidad de transcribir sus ideas se debía a que la noche anterior recordó como John Rigan a sus diez y seis años se había vinculado con los casos 442 y 446, los cuales generaron una tragedia en el tratamiento del joven.
Habían pasado dos días después del cumpleaños de Alfred Rigan. El joven de 16 años ya llevaba tres años de internación bajo tratamiento psiquiátrico para su trastorno esquizofrénico; pero tenía para ese entonces esperanzas de poder salir nuevamente a la sociedad. Aquella noticia le fue de gran agrado tanto a Sonia como a Cristopher que anhelaban el pronto regreso de su hijo a su casa.
La tarde de las visitas estaban culminando, era un día viernes y ya para el fin de semana no era posible ver a los pacientes hasta la otra semana, desafortunadamente esa norma aplicaba a John Alfred por políticas institucionales.
Sin más alternativas, La madre y el padre de Alfred aprovechan la tarde del viernes para darle palabras de ánimos y alentarlo a salir lo más pronto del hospital. Para ese entonces los medicamentos le estaban sentando bien, dándole al joven oportunas posibilidades de que todo mejoraría en su vida.
Llegó la noche, y ante la ausencia de sus padres y de la doctora Paola de la Rosa, John Alfred se encontraba tratando de reposar en su habitación aledaña a otros cuartos. En una de ellas había un joven dialogando. John no presta atención al dialogo y considera que el inquilino se encuentra hablando solo; pero su hipótesis cambió de repente cuando escuchó a otro individuo hablar.
El joven, con inquietud, se dirigió hacia la pared y escuchó atentamente la charla. Era una de las primeras ocasiones que los escuchaba hablar; en realidad no conocía muy bien quienes eran las otras personas con que compartía las habitaciones por que los sacaban a comer en diferentes horarios.
―Ha llegado el momento, si… ha llegado, por fin se han adquirido las llaves. El señor Greifol ha sido eficaz. Nadie se ha enterado hasta el momento―expresó un joven de voz delgada.
―Él es un genio―respondió una voz más madura―. El sistema de túneles del hospital le ha sido de gran ayudar para transportarse, hasta el momento los ingenuos enfermeros han confiado mucho en él, sin saber de qué tiene un fuerte vínculo con el caso 442 a la cual llamamos la sanadora.
―Ellos dos son geniales, nos han prometido salir de aquí, vendrán esta noche por nosotros―la voz más delgada reía telúricamente en voz baja.
― «Esta es tu oportunidad John, ve con ellos, se libre» ―la voz de Paulina se escuchaba claramente en su pequeño cuarto.
―Cállate, no eres real, no debería escuchar esta conversación, seré libre mañana.
El joven John se dirigió a su cama y trató de conciliar el sueño, aunque en verdad no lo podía por las incesantes palabras de Paulina. Al llegar la media noche se comenzaron a sentir unos pasos, pronto después el joven percibió que alguien abría la puerta de la habitación vecina.
En ese instante el joven Alfred sintió que alguien se aproximaba y abría lentamente la puerta. Una vez abierta observó a una anciana de 60 años con porte vigoroso, sus ojos eran azules brillantes, como el brillo de la luna, su cabellera era plateada y a pesar de que tenía una gran cantidad de arrugas en su rostro se veía jovial.
―Mira que hermoso niño me encuentro, es en verdad encantador― la anciana observaba tiernamente al anonadado Alfred.
― ¿Quién eres? ¿Eres real o parte de mis sueños?
―Soy tan real como tú, o como la presencia que está a tu lado acompañándote.
Abrumado por la respuesta, Alfred miró a la derecha para contemplar a Paulina la cual le sonreía tiernamente, nuevamente observó a la anciana con asombro sin entender lo que pasaba.
―Pero cómo es posible, solo yo puedo verla, ¿Cómo sabes que hay alguien aquí?
―No la veo querido, pero siento algo energético a tu lado, puede que este cometiendo un error; pero es algo muy cercano a ti.
―No lo entiendo señora; pero no le creo, déjeme en paz y vallase.
―Vaya, el joven es agresivo, yo vengo a liberarte de este purgatorio, ¿Por qué deseas quedarte en este lugar?
― «Hazle caso mon ami, los doctores te mienten, ella nos ayudara. Se libre, ven conmigo a hacer la aventura que tanto deseamos; tus padres no te quieren, por eso te dejaron en este tétrico lugar, solo me tienes a mí y esta oportunidad, aprovéchala» ―la insistente voz de Paulina martillaba al pequeño joven.
― ¡vasta! ― el joven lloraba de desesperación― no pretendo irme de acá, me prometieron sacarme de este lugar pronto.
―Pobre niño iluso, se nota que no conoces la parte más temible de este hospital o ¿sí?
― ¿A qué te refieres? ― Alfred escuchaba anonadado a la anciana y observa a dos gemelos salir del cuarto vecino.
―No tengo mucho tiempo pequeño; pero te diré algunos detalles, este hospital está manchado por una masa accidental de envenenamiento ocurrido el 18 de noviembre de 1942 cuando se sirvieron huevos revueltos para la cena. 467 pacientes consiguieron enfermarse, de ellos murieron 47. El examen forense determinó que la intoxicación fue debido a una confusión en la cocina; en lugar de harina, colocaron fluoruro de sodio, un veneno para matar cucarachas; eso fue lo que reportaron; pero en verdad se sospecha que lo hicieron para eliminar a los pacientes por los escases de habitaciones.
Además de eso, el hospital es controvertido por las cremaciones de pacientes y experimentos bastantemente inhumanos.
―No te creo, ellos son buenas personas―el joven lloraba incesantemente ante las palabras de la anciana.
―Estas muy ciego pequeño; pero es tu decisión si te quedas acá, ellos nunca te dejaran salir, a mí me lo prometieron muchas veces y llevo muchos años acá pudriéndome hasta que me llegue la muerte
―No entiendo como lograste escapar.
―Veo joven que no conoces de nosotros, si sales vivo de esta búscanos como el caso 442 de la sanadora; la cual ves a tus ojos y el caso 446 del señor Daniel Greifol, por ahora debo irme, adiós pequeño iluso.
Hubo un instante de dudas en que John Alfred no sabía que hacer al respecto. Con la tentación de poder escapar al observar la puerta abierta, un fuerte impulso hizo que John Rigan hiciera caso a la anciana y a Paulina. Sin dudar un momento más el joven corrió hacia ella y la siguió por un camino donde había algunos vigilantes custodiando el lugar.
―Has tomado una buena decisión pequeño, vendrás con nosotros a Europa y vivirás como un rey, por ahora toma este palo, es posible que tengamos que dejar inconscientes a todo lo que se nos interponga―. La anciana se encontraba acompañado de un hombre alto que ocultaba su rostro por una máscara de teatro y sostenía también un grueso palo de madera.
― «Esa es una buena idea John, vivirás bien y feliz…» ―John Alfred sonrió ante el comentario de Penélope.
La anciana da la señal de alerta, pronto la siguen los hermanos gemelos y el caballero enmascarado por los pastizales hacia un muro enmallado para salir de la clínica.
Hasta el momento no había señal de alerta y solo quedaban dos vigilantes para ser libres. El plan de la fuga cambio de un momento a otro, los movimientos de los vigilantes del hospital comenzaron a ser más rápidos ya que se habían dado por enterado del escape de la anciana. Pronto se vieron luces de linternas en el edificio y el tiempo era crucial para que escaparan. Por fin llegaron a los dos vigilantes que interferían el escape, John Alfred observa que vienen más guardianes y al verse acorralado opta por escoger su peor decisión obedeciendo las órdenes del hombre enmascarado y de Paulina para lastimarlos.
Sin vacilar, John Alfred Rigan le da un fuerte golpe a uno de los guardias, corrió deprisa con los demás fugitivos y permanecía atento ante otro ataque; pronto se convirtió en un peón de escape para los demás cuando observa que lo dejan abandonado en medio del escape.
Impotente por la traición de los otros fugitivos, John Rigan observó cómo desaparecían en la oscuridad y escapaban por la malla, pronto los vigilantes tomaron fuertemente al joven, el comienza a defenderse con el palo haciendo daño a dos de ellos. Sin tener otra alternativa, tuvieron que doparlo para tranquilizarlo; por otro lado, los otros guardias siguieron a los demás, logrando capturar nuevamente a los gemelos; pero a los otros no los logran encontrar.
A la mañana siguiente, John Alfred Rigan contempla que se encontraba en un cuarto pequeño con paredes acolchonadas donde la escasa iluminación provenía de una pequeña ventana asegurada en una puerta de acero. Se despierta con algo de mareo, su cuerpo estaba imposibilitado por una camisa de fuerza gruesa que lastimaba un poco sus manos; sin entender lo sucedido el joven anonadado por el acontecimiento trata de llamar a alguien.
Desde el otro lado de la puerta John Alfred escuchaba voces de los enfermeros que hablaban sobre el escape de los Greifol.
―En todos los rincones del hospital solo se habla de la fuga del caso 442 y 446, es increíble cómo pudieron lograrlo―susurraba uno de los enfermeros.
―Dicen que la anciana es una bruja. Realizó algo para atontar a los vigilantes de la noche; pero son solo especulaciones, aunque creo que puede tener sentido, después de todo, ella era una de las más vigiladas de este hospital―respondió la otra compañía de voz más femenina mientras seguía su marcha hacia el fondo del pasillo.
Al llegar el medio día, a Alfred Rigan le llegó la visita de la doctora Paola de la Rosa. La doctora lo observó con tristeza a través de la ventana pequeña de la puerta, se notaban en los ojos de la doctora gestos de insomnio y de desolación ante el abrumador comportamiento de su paciente querido.
―Mi querido Alfred ¿Que te paso? ―la doctora Paola lloraba incesantemente al ver al joven atado en la camisa de fuerza.
― «trahison, Ella es una traidora Alfred» ―Paulina observaba detenidamente al joven a un costado de la habitación y el joven trataba de mantener los ojos abiertos por los sedantes.
―La anciana me dijo todo sobre este lugar, cosas malas hacen ¿Es cierto? ―Alfred miraba atentamente a la doctora Paola de la Rosa que trataba de desviar la respuesta.
―Es cierto Alfred que en el hospital han pasado muchas cosas poco alentadoras y de las cuales me hagan sentir orgullosa; pero a ti no te iba a pasar eso, estabas protegido por mí. Con los ataques que realizaste me he es difícil sacarte ligero, por ahora empezaremos desde cero. A pesar de todo te apoyare en la terapia para que salgas adelante con tu vida ―la doctora de la Rosa abre la puerta, abraza fuertemente a su paciente y trata calmar las lágrimas de su paciente.
LA INESPERADA LLAMADA EN LA OFICINA DE PAULA DE LA ROSA
Sin poder contener los sollozos, la doctora Paola de la Rosa se alejó de la máquina de escribir y sacó la hoja con cautela para guardarla en una carpeta, luego dirigió su vista hacia el reloj. El tiempo era necesario para que se arreglara y se dispusiera a partir hacia el hospital de Oregón. Ese día no tenía muchas ganas de estar en ese lugar, sus sentimientos se habían conmovido ante el recuerdo de su paciente y su pensamiento estaba prácticamente enfocado en terminar el libro donde quería relatar las mejoras de su paciente y las largas luchas para que John Rigan ignorara a ese fantasma mental que le atormentaba su bienestar y su vida.
Sin perder su sentido de la obligación por las responsabilidades del hospital, la doctora de la Rosa se arregló deprisa y preparó todo para partir hacia su trabajo; ese día estaba caluroso y apropiado para que la doctora tomase la decisión de irse en bicicleta; adquirió su medio de transporte de su garaje y marchó a un ritmo lento para disfrutar del exquisito clima en la ciudad de Oregón.
El día fue transcurriendo con normalidad entre la atención de pacientes y otras actividades administrativas por parte de la Rosa, pronto llega la tarde y ya había culminado casi todos sus deberes en el diligenciamiento de historias clínicas de los pacientes atendidos.
La concentración en terminar pronto su trabajo para dedicarse al libro cesó de un sobre golpe cuando el teléfono de su oficina comenzó a sonar incesantemente, ante la interferencia del aparato, la doctora adquirió el auricular y atendió la llamada.
―Buenas tardes, habla con la doctora de la Rosa, en ¿Qué le puedo colaborar?
―Doctora, no sabe cómo me alegro escucharla―el joven se encontraba en un estado agitado y trataba de aclarar sus palabras―habla con John Alfred, ofrezco disculpas molestarla; pero es urgente.
―Amigo Alfred, que bueno escucharlo; pero… ¿Pasa algo malo? ― la doctora comenzó a sentirse preocupada por percibir el estado alterado de su antiguo paciente.
―Ha vuelto doctora, y no está sola, regresa con alguien más, soñé con una mujer la noche anterior, fue una terrible pesadilla y ahora veo a esa dama con Paulina―John Alfred se sentía desesperado por lo que relataba.
―Guarda la calma Alfred, déjame entender, me dices que aparte de Paulina ves alguien más ¿es así?
John Alfred asintió ante la pregunta con preocupación, luego explica detalladamente la pesadilla que había vivido esa noche donde posteriormente tiene el inesperado encuentro con Paulina y con la otra mujer misteriosa llamada Eliade.
―En verdad no me es claro la situación; pero dime ¿Dónde te encuentras?
―Entrando a Oregón doctora de la Rosa, no pude quedarme en casa
―Me parece bien Alfred, tomate los medicamentos y acude mañana a mi oficina, te estaré esperando muy temprano para que me aclares todo lo sucedido.
―Pero ¿Qué hago con la otra persona que veo? ― expresó temerosamente Alfred.
―Ignórala Alfred, no es real, de alguna u otra manera se te ha manifestado en este plano; pero desde que no le pongas atención ella no podrá sacarte de casillas, recuerda las terapias que hicimos.
Agradeciendo la ayuda de la doctora de la Rosa, John Alfred colgó el teléfono y se dirigió nuevamente hacia su automóvil, al otro lado de la llamada, la doctora de la Rosa se quedó pensando en lo que había escuchado, sintiendo la noticia poco halagadora para el libro que ahora escribía.
― «creo que se me alargara la historia» ― pensaba la doctora mientras se levantaba de su asiento para tomar algo de agua y así poder conciliar la concentración, asunto que no logro hacer ante la inesperada llamada del paciente al cual le escribía una historia de superación. Sin tener otra alternativa, la doctora de la Rosa agarró todas sus pertenencias y se marchó de su oficina para terminar sus deberes en casa.