capítulo 10

― «Si estuvieras aquí te susurraría cosas dulces al oído mientras me alimento de tus miedos; te traería a las profundidades y retorcería tu mente hasta el final del tiempo. Nunca te darás cuenta de la oscuridad que yace dentro de mi mente. Si tu caes, vendré a encadenarte en el terreno y te penetrare la mente, romperé tu confianza y asolaré tu lujuria para toda la vida…»

Alfred se despierta con síntomas de mareo en una habitación pequeña y recostado en una cama con un colchón de plumas. En ese lugar estaba Ariana Brum vestida de un traje blanco corto hablando en voz baja un dialecto extraño. El joven comienza sentir ira y se levanta tambaleándose de la cama para agarrarla; pero sus manos traspasaron el juvenil cuerpo de Ariana como si fuese un fantasma. Con temor se aleja de ella mientras la contemplaba escribir con tinta roja un viejo pergamino. Sin prestarle más atención trata escaparse; pero pronto se encuentra arrinconado en aquel lugar lleno de grandes ventanas donde una de ellas tenía un mirador con barandas color plata.

El joven Rigan abre la puerta de la ventana y se dirige al mirador para saber dónde se encontraba. Lo primero que observa a lo lejos fue la torre Eiffel en su magnífico esplendor. Al parecer el hogar se encontraba muy cerca a los campos elíseos donde se podía ver a la gente transitar sin parar. Asombrado por lo que veía se voltea nuevamente hacia la ventana, la cual había desaparecido y fue remplazada por una puerta doble de color blanco.

El joven empuja la puerta fuertemente con algo de miedo. Al otro lado se encontró a Paulina sentada en la silla de un amplio comedor tomando vino bajo un semblante demacrado; su cabellera desprendía un olor nauseabundo al igual que su cuerpo, sus ojos estaban hundidos y su piel pálida lucia algunas manchas negras. Al otro lado de la esquelética alucinación de Alfred se encontraba una dama vestida de azul oscuro recubriendo su rostro con una gruesa capota; sus labios eran gruesos y su cabellera larga, tenía impregnada en la piel un aroma a flores y sus dedos delgados estaban decorados por unos anillos multicolores.

Alfred siente que sus pasos se inhabilitan y observa a la mujer encapuchada mover a Paulina como si fuese una marioneta, la cual se va desvaneciendo entre un grueso humo donde pronto aparece una mujer de piel verdosa, cabello largo color rojizo y uñas largas color turqués.

Cuando se desvanece el humo Alfred observa a Eliade con una apariencia más sombría, sus ojos brillaban constantemente y sus pupilas aumentaban y disminuían de tamaño como su fuese de gato.

Eliade se saboreaba los dedos impregnados con sangre, a su lado se hallaba la dama de vestido azul quitándose su capota donde luego se refleja el rostro juvenil de Ariana Brum con un semblante más diferente; su cabellera era más larga y clara, llevaba unos lentes de contacto color azul y si cuerpo reflejaba haber tenido algunas cirugías estéticas por los implantes sobre exagerados que se detallaban en sus senos.

―Pronto nos veremos mon amour, por ahora disfrutare jugar contigo, despierta ahora, nos queda a muchas mujeres por acabar― el suelo comenzó a convertirse en arena y Alfred se fue hundiendo lentamente sin poder defenderse.

Alfred reacciona de impacto. Eran las doce de la noche y aun se encontraba en la casa de Elizabeth Greifol. Mira con más detalle por los alrededores y la contempla a su lado con unas laceraciones en sus manos y en su nariz consintiendo a Roxana en la inmensa sala mientras tomaba una taza de té.

Sintiéndose mareado trata de levantarse en el suelo y observa a Elizabeth acercándose para ofrecerle un brebaje, el joven lo bebe apresuradamente, se recuesta en el suelo y cae en un profundo sueño donde no tuvo alguna alucinación con algún ser querido.

A las ocho de la mañana del día siguiente Alfred logra levantarse sin ningún problema y busca a Elizabeth Greifol, pronto la encontró con un vestido rojo en su cuarto sosteniendo una nota y tres pares de piedras color magenta.

―Al fin despiertas amigo mío, siento mucho que el conjuro no haga echo efecto. El hechizo de posesión de mi hermana es realmente fuerte, más de lo que esperaba, ahora solo te queda buscarla y lograr convencerla.

―Creo que todo salió de una manera muy pésima, espero que tengas razón porque he empezado a perder la esperanza.

―Te comprendo Alfred; pero si deseas salir de este problema no te queda otra opción que seguir intentándolo. Llévate esta nota y las piedras, en el papel se encuentra la ubicación de mi hermano Daniel, entrégale tres piedras, las otras tres debes tenerlas para protección.

Alfred recibió los artilugios y los datos de Daniel Greifol, pronto salió del hogar donde comenzó a escuchar la porcelana caerse en el primer piso. Sin prestar mucha atención al ruido del fantasmagórico lugar, Alfred cogió un taxi y se dirigió hacia la casa de Lorraine Walts. Al llegar a su hogar encuentra a la neuropsicología en la puerta recibiendo un paquete de un mensajero.

―Veo que traes malas noticias por tu cara―expresa preocupadamente Lorraine al ver los gestos tristes de su amigo.

―Ya sé dónde se encuentra Daniel Greifol, debemos viajar a Queens Nueva York―añade Alfred mientras entrega el papel.

Lorraine lee la nota detenidamente, luego se dirige al interior de la casa para empacar ropa, posteriormente invita a Alfred a que haga lo mismo en su casa para viajar lo más pronto posible a Nueva York.

La forzosa lucha en el mundo de los sueños.

En una calle del transitado barrio Queens pasaba un taxi a toda prisa buscando un pasajero en medio de la desolada noche donde no se percibía el ruido de los grillos.

En ese mismo instante caminaba por las cercanías de un puente peatonal una dama de estatura alta y cabellera oscura acompañada de una pequeña niña de piel pálida y semejante contextura a la mujer que le tomaba su mano.

La mujer de cuerpo esbeltico y caderas grandes detiene el taxi y observa a los lados como si estuviese buscando a alguien. El automóvil no tarda en detenerse unos centímetros más delante de ella, desde el retrovisor el conductor observa con detenimiento a la mujer de ojos oscuros y cejas delgadas corriendo deprisa con la somnolienta niña.

La compuerta trasera del vehículo blanco se abrió después de un fuerte golpe generado por la mujer en el vidrio. Cuando pudo asegurarse de que estaba segura dentro del medio de transporte soltó un respiro de tranquilidad y dirigió el rostro hacia el conductor.

Paulina Hoftman no había cambiado mucho, su rostro era igual de infantil, sus labios carnosos eran pequeños y sus manos eran tan realmente delgadas que podía observarse sus venas con facilidad.

―Dime hermosa mujer ¿quién te ha hecho esa barbaridad? ―expresa el conductor mientras observaba el ojo morado de Paulina Hoftman y su boca sangrando.

Sin dar respuesta alguna, Paulina Hoftman entrega una nota al conductor de una dirección en Brooklyn. El señor de escasa cabellera y contextura robusta lee la nota y prende el motor sin mediar alguna otra palabra.

Alfred sigue observando el extraño sueño desde el asiento delantero del taxi sin que fuese percibido por su amiga; pero comienza a sentirse intranquilo al notar a la pequeña niña de piel pálida y cachetes ruborizados mirándolo y le sonriéndole con picardía.

El joven se siente nostálgico por volver a ver a su primer amor de infancia y empieza a recordar los buenos momentos que disfruta con ella en la escuela.

A Paulina Hoftman siempre la rememorada por sus condecoraciones obtenidas en el colegio por y su melodiosa voz para cantar opera. Todos aquellos atributos hicieron que Alfred se fijara en aquella hermosa musa de la cual usa su nombre para ponérselo a su alucinación que en un principio fue su amiga imaginaria; pero luego se convierte en una pesadilla esquizofrénica.

También le había cogido mucho cariño porque durante el tiempo en que estuvo hospitalizado, Paulina Hoftman siempre vivió en contacto con él por medio de cartas, las cuales aún conserva como su mayor tesoro.

La cordialidad de Paulina Hoftman hizo que Alfred se interesara en ella, tanto así que cuando sale del hospital mental toma la decisión de viajar hacia la universidad donde ella estaba estudiando medicina veterinaria.

Aquel encuentro fue realmente Agradable para Alfred Rigan y nostálgico para Paulina Hoftman. Mientras estuvo en Toronto se quedó en su casa donde fue atendido con mucho cariño. En ese viaje el caballero aprovecha la oportunidad para declararle su amor, lastimosamente sus sentimientos no fueron correspondidos porque ella ya tenía una relación con otra persona desde hacía mucho tiempo; aun así, Paulina le refiere que le tiene mucho cariño y le puede brindar su eterna amistad.

La respuesta de Paulina lo desanima un poco; pero se sintió conforme con su inigualable amistad. A partir de ese momento los lazos entre ellos fueron cada vez más fuertes y siempre procuraron estar en contacto a través de cartas.

Alfred vuelve a la autopista y observa que están pasando por un lugar donde las luces de los faroles estaban parpadeando y la visibilidad de la carretera era realmente dificultoso; pero el conductor lo transita con tranquilidad como si ya lo conociera desde hace mucho tiempo.

Más adelante las luces de la autopista se apagan por un instante y comienza a escucharse una tenebrosa sonrisa. Instantáneamente Alfred dirige la mirada hacia el conductor donde ahora aparece Eliade acelerando el motor y disfrutando del viaje mientras que Paulina Hoftman le gritaba para detener la marchar del automóvil.

Sin prestar mucha atención a los alaridos de Paulina Hoftman, Eliade comenzó a esquivar los automóviles a una velocidad alta y Alfred trataba detenerla con sin obtener algún resultado.

El viaje comenzó a volverse más siniestro y Alfred se siente preocupado por la presencia demoniaca en el volante exhalando un humo verdoso de su boca y chasqueando sus dientes mientras sostenía el manubrio con fuerza. Pronto el taxi llega a un apartamento residencial donde se encontraba en la entrada una rubia de estatura baja y lentes gruesos resguardándose del frio de la noche con una chaqueta de cuero que le llegaba hasta la entrepierna.

Paulina Hoftman sale del automóvil con prisa y entrega el dinero a Eliade, la cual observaba a la mujer con un gesto sombrío.

En ese instante Eliade se dispone salir del taxi para agarrar a la niña de su amiga; pero Alfred logra detenerla. El fuerte forcejeo hizo que la puerta del copiloto se abriese abruptamente y Alfred saliera disparado hacia el suelo, ahora el demonio salía del automóvil y el caballero trata levantarse con dificultad porque empieza a sentir un gran dolor en su espalda y en su cabeza.

Sin poder levantarse, Eliade se dirige lentamente a su lado y lo levanta con una fuerza sobrehumana. Ahora sus ojos verdosos lo contemplaban con desprecio y su lengua bípeda zigzagueaba dentro de su cavidad bocal como si saboreara el momento.

―No te permitiré despertar, esta vez no hay nadie que me lo impida― un fuerte golpe sintió Alfred en su cabeza, pronto su vista se fue perdiendo en la oscuridad y observa en la lejanía a la niña chupando su dedo meñique junto a Paulina Hoftman siendo abrazada por su amiga.

Alfred abrió los ojos de inmediato. Ahora se encontraba entrando a Nueva York donde se contemplaba a la lejanía la estatua de la libertad y los inmensos edificios de la ciudad.

Anonadado por lo que había soñado se toca la frente y observa que estaba sangrando, a su lado se halla Lorraine dándole primeros auxilios y observándolo preocupadamente.

―Dios mío Alfred, ¿qué ocurre dentro de ti?, te vi retorcer sin poder hacer nada.

―He tenido un sueño algo desagradable, ahora dime ¿falta mucho por llegar a nuestro destino? ―Alfred buscaba un trapo dentro de su bolsillo para limpiarse la sangre mientras se condolecía del fuerte dolor de cabeza.

―Falta poco; pero me gustaría saber si prefieres ir primero a ver a la doctora de la Rosa. Tengo entendido que ella está realizando las exequias del doctor Roslener; tal vez sea bueno lograr hablar con ella.

―No lo veo necesario, debemos buscar a Daniel Greifol y hallar la manera de convencerlo para que nos diga la ubicación de Ariana―expresa Alfred mientras trata de contener la sangre que comienza a emanar de su boca.