LA BODA SANGRIENTA (Parte V)
El mago salió de la biblioteca, estaba perdiendo su cordura, corría como un loco y a cada paso que daba pisoteaba sangre, cada pasillo estaba alfombrado por los cuerpos mutilados y chamuscados de mujeres y hombres.
En el acceso al salón del trono los primeros cuerpos que reconoció fueron los del rey y la reina, se ve que se pusieron al frente en la batalla para proteger a los lores.
El salón de festejos era una carnicería, paredes en llamas, los aliados del dragón corrían de un lado a otro en busca de sobrevivientes, desde uno de los ventanales se podían ver cientos de cadáveres quemados apilados a lo largo del camino del puente, al parecer los invasores al no poder derribar el puente ni los edificios acorralaron y aglutinaron a los indefensos habitantes que estaban en las residencias de la ciudadela y los llevaron allí para ejecutarlos como si tratasen de trozos de madera avivando una hoguera.
El mago detenía a cada hombre su paso preguntando enloquecido por la princesa, pero nadie sabía su paradero.
Finalmente entró al salón del trono, las damas de compañía de la princesa estaban muertas, también cerca de diez hombres de la unión cuyos rostros reconoció yacían fulminados.
Escuchó voces y sollozos provenientes del altar de los votos, lo siguiente que vió lo dejó muerto en vida.
En las gradas al pie del altar se encontraba el portador, sentado en el piso, cubierto en lágrimas y desesperación, en sus brazos sostenía a Aldora en sus últimos momentos de aliento y ambos cubiertos en sangre.
Ninguno de los dos llegó a tiempo para salvarla, Aldora ya estaba en el piso cuando el portador la encontró.
La princesa tenía una daga enterrada en su corazón y otra herida abierta en su abdomen, la sangre no dejaba de brotar de su cuerpo.
El portador trató de cerrar sus heridas con su Dagna, pero el cuerpo de la princesa ya había agotado hasta el último gramo de energía, lejos de ayudarla le causaría un dolor indescriptible y aceleraría su muerte.
Aldora sacó con sus propias manos la daga en su pecho, el manto que debía cubrirlos en su noche de bodas estaba tirado en el suelo, el cazador lo tomó y cubrió con él a la joven, el manto se volvió rojo en el momento que entró con contacto con su sangre.
El anciano cayó desplomado al piso, gritando desolado, sus gritos de dolor eran opacados por el estruendo de las paredes que comenzaban a ceder por el fuego.
Cuando el portador lo vió le gritó con ira y frenesí, su voz estaba cargada de odio, la furia en sus ojos clamaba por venganza.
“¡MALDITO TRAIDOR!”
Un susurro detuvo su rabia.
“Amor…”
“Aldora, no hables, ese viejo, si, él puede salvarte, tranquila vida mía, MAGO LEVÁNTATE, tu puedes salvarla, ven a salvarla, sánala, ¡SÁLVALA!”
El mago intentó conjurar sus poderes sin resultado, la madre naturaleza también le había dado la espalda.
“No puedo, es inútil, he perdido mis poderes”
“¿No eres acaso el autoproclamado todo poderoso mago Zenji? ¡haz algo!... te lo ruego… haz algo”
“Aldora, perdóname, mi niña, lo siento, no, no tengo perdón, no tengo perdón”.
Ambos hombres lloraban desconsolados, entraron en desesperanza, no podían ver como la joven vivaz y alegre y de alma pura estaba muriendo frente a ellos y no podían hacer más nada al respecto.
“Amor, perdóname, este no es el recuerdo que quiero dejarte, concédeme…un… último deseo”
“Haré lo quieras, te ruego no me dejes”
la princesa miró al mago por el rabillo de sus ojos, miró de nuevo al portador.
“Te pido, no lo mates, a cambio, dejaré una profecía para ti, una promesa de mi amor infinito por ti”
El mago recordó que cuando la princesa despertó de su sueño para convertirse en sanadora le contó que la diosa le habló y le dio una profecía que en ese momento no entendió, pero ahora se hacía tan clara como el agua, el Hada, su diosa, se ha revelado en sueños a la princesa desde que esta era una niña.
“Él no merece vivir, amor mío, no me pidas eso”
“Déjalo vivir, por favor, promételo, los pocos de mi gente que queden, él debe cuidarlos, esconde lo que queda de mi pueblo, que los lleve lejos, donde estén fuera del alcance de la envidia, del odio y el temor de los clanes, promételo, incluso si él quiere, no dejes que muera, por favor, por favor…”
La joven comenzó a toser, se estaba ahogando con su propia sangre.
“Te lo prometo, está bien, te prometo lo que quieras, pero por favor no me dejes, quédate conmigo, te lo suplico, Aldora no me dejes”.
La apretó contra su pecho sin poder controlar su llanto, temblaba incontrolable, mientras el charco de sangre sobre el que estaba sentado se hacía más grande.
Ella acarició con sus manos ensangrentadas el rostro del hombre y le entregó una pequeña bolsa de seda con semillas dentro, la bolsa de color verde tenía bordado el emblema del clan, con las pocas fuerzas que aún le quedaban le hizo saber que esa su promesa de amor eterno hacia él.
“El árbol sagrado… volverá a la vida, volverá a florecer con la luna roja, anunciará nuestro regreso y entonces… volveré a ti, el árbol festejará que he vuelto a la vida… y tu conmigo”.
Ella no sería su esposa en esta vida, cerraría sus ojos y dormiría por mil o diez mil vidas más hasta que la encuentre y la despierte de nuevo.
“Te amo, aún me debes un bebé, ¡te amo tanto! en nuestra siguiente vida, despiértame, hazme abrir mis ojos”.
Las lágrimas caían como cascadas por sus mejillas, las manos que sostenían su rostro cayeron inertes, sus ojos se apagaron sin antes cerrar sus parpados.
En solo segundos el cuerpo de la joven en sus brazos se redujo a cenizas frente a sus ojos, esa era la señal de que ella era su compañera de vida y en sus últimos momentos aceptaba su Dagna de fuego, los brazos del portador quedaron extendidos en el aire, sosteniendo la nada, dolorosamente vacíos, al igual que su alma.
Las cenizas quedaron envueltas en el manto, el dije en forma de flor de su collar que siempre llevaba con ella también quedó entre sus cenizas, el portador se aferraba a él con gritos desgarradores que salían de su garganta.
Poco a poco sus aliados llegaron a la galería, algunos alcanzaron a ver toda la escena, sus corazones también se partieron en pedazos, definitivamente mantener a este traidor con vida sería su peor castigo.
En su dolor el portador permitió que el dragón se apoderara completamente de él, el poder del dragón que incluida su conciencia y conocimientos fueron liberados, el portador y el dragón ahora eran un solo ser.
Sobrevoló el territorio Zenji reclamando venganza, su hermano Hako logro derrotar a los intrusos que habían llegado al asentamiento de los Kent, capturando a un buen número de ellos.
Los de la unión que quedaban con vida después del contraataque del dragón al saber que tampoco pudieron derrotar a los Kent terminaron rindiéndose.
Los días siguientes atacó el solo las ciudades de los clanes de la unión, los que estaban escondidos fueron obligados a salir de sus madrigueras para salvar a sus familias.
La concubina que sedujo al hijo del ministro al ver el horror de la tragedia que provocó se quitó la vida ahogándose en el lago.
Líderes y generales de la unión de clanes fueron ejecutados de la misma manera que sus víctimas, fueron quemados y enterrados vivos entre los escombros de la ciudad de Vysnia.
Las ramas de linaje más bajo de los Hekay, Serem y Garbo que no participaron en la acción barbárica que cometieron sus altos líderes y lores clamaron se les perdonara la vida.
Los sabios de Eyra junto con los ancianos Targa y Varay se apoyaron en los Kent para que convencieran al portador de no condenar al mismo final a los inocentes que no tomaron partida en el exterminio, un clan extinto era más que suficiente.
Los Kent levantaron un nuevo campamento en el lago, al sur de la ciudadela.
El clan Serem había sido deshonrado por sus consanguíneos, padres, madres, esposas y hermanos, capturaban ellos mismos a sus parientes y los llevaban ante el portador al asentamiento Kent, ninguno se atrevió a esconder a los culpables.
Los Hekay y Garbo no fueron la excepción, también entregaron a los culpables y suplicaron perdón.
El portador mostró compasión por ellos, los ancianos tenían razón, un clan extinto era más que suficiente, el no sería como estos seres diabólicos que no tuvieron piedad para hacerle daño incluso a niños indefensos, él es diferente, la venganza no hacia desaparecer el dolor de su alma y mucho menos le daba paz, Aldora no habría querido que eso sucediera.
“¿Cuándo piensas matarme?”
“Pensaba hacerlo en cuanto te vi entrar al altar de los votos, pero le prometí que no lo haría”
El portador se acercó al mago, que en solo un par de días se había convertido en un pordiosero demacrado y el olor a orina y heces se sentía desde la entrada de la mazmorra.
“Tal y como ella me lo pidió, vas a vivir, mago, aun si yo muero y mi alma retorna a este mundo una y mil veces, te juro que estarás con vida para ver mi regreso, una y otra vez”.
El odio y la sed de venganza en su mirada hicieron que el mago temblara, este no era el mismo hombre al que había humillado en el puente, aquel era un ciervo de ojos gentiles que había agachado su cabeza, el mago no podía reconocerlo, algo no estaba bien, ¿acaso el portador estaba diciéndole que viviría eternamente?
El portador vio las dudas en su rostro y sonrió sarcástico sin dejar de verlo a los ojos.
“Justo lo que estás pensando, he absorbido por completo al dragón, lo hice por mi propia cuenta, estamos completamente fusionados, todos sus conocimientos ancestrales ya los tengo conmigo, llámame Merak si quieres, él es yo y yo soy él”.
El portador sacó una hoja de su casaca, la sostuvo entre su dedo índice y anular y luego la arrojó a los pies del mago.
El mago la recogió con manos temblorosas, era la hoja con el párrafo subrayado que decía como matar al portador.
“Sé por qué lo hiciste, me culpas por la fortuna de tu diosa, cuando supiste que tenía portador de nuevo y que la princesa desde niña te platicaba de sus sueños pensaste que el Hada la tomaría y antes de servirme a mí tu verdadero amo, por tu egolatría infinita decidiste servirle a tal demonio, que al no tener un cuerpo físico manipuló a los débiles y ambiciosos de la unión para acabar con su propio pueblo, me traicionaste mago, Yo, Merak, el dragón blanco, te declaro traidor”.
Acto seguido, la hoja en manos del mago desaparecía prendida en fuego.
El mago cayó de rodillas al suelo.
“Estoy seguro que, en sus sueños, Aldora conoció la verdadera cara de tu diosa, el Hada pensó que podía poseer a la mujer que por primera vez he amado en milenios de existencia, pensó que me tendría si la poseía, pero Aldora se resistió a por ella, no dándole oportunidad de renacer en esta era, en cuanto a ti… te haré saber lo que haré contigo cuando tenga todo listo”.
El mago fue encarcelado en una prisión especial en el clan Eyra. Día y noche era constantemente vigilado para hacerlo fracasar en cada uno de sus intentos por quitarse la vida.
Hombres y mujeres de los demás clanes abandonaron sus territorios para ayudar en las tareas de rescate y limpieza.
Cada día llegaban caravanas de cientos de personas, hombres y mujeres de los demás clanes dispuestos ayudar en lo que pudieran, eran tantos que comenzaron a instalarse creando colonias de cada clan a las orillas del lago.
Los pocos sobrevivientes que encontraban una vez se curaban de sus heridas y lesiones eran trasladados a territorio Eyra.
Dos años después se creó el concejo de clanes, los ancianos sabían que no había manera alguna de compensar la pérdida del portador, así que todos estuvieron de acuerdo en otorgarle al clan Kent todo el territorio y riquezas dejados por los Zenji.
El concejo también estuvo enviando exploradores hasta encontrar tierras en las que los sobrevivientes pudieran progresar, lejos de los clanes tal y como lo pidió la princesa.
Encontraron el sitio adecuado en las fronteras con territorio Eyra, se decía que esas tierras estaban encantadas y habitadas por extrañas criaturas, eran fértiles, rodeada de ríos y lagos, montañas de densos bosques y ricas en minerales y piedras preciosas, pero sin yacimientos de cristales de fuego, esta es la razón por la que los clanes no le tomaban importancia, pero para los sobrevivientes, estas eran las condiciones perfectas.
Los tesoros que dejaban en su antiguo territorio no se comparaba con este, los sobrevivientes también estuvieron de acuerdo en dejar todo al clan Kent, incluso antes de partir después de elegir sus nuevos jefes, nombraron al portador su rey, comprendieron que para estar a salvo el portador debía quedarse con los clanes, los Eyra serían los intermediarios entre ellos y el concejo de clanes.
Les tomó diez años construirles una nueva ciudad, durante el traslado no tuvieron obstáculos porque el dragón los escoltó durante el recorrido e incluso permaneció varios meses con ellos.
El concejo de clanes también acordó que ningún clan a excepción de los Eyra podía entrar en contacto con ellos, ya no poseían Dagna, la única forma de protegerlos era prohibir a los clanes traspasar a sus nuevos dominios, nadie podía ir más allá del territorio Eyra.
El concejo de clanes también decidió utilizar favor de los supervivientes la falta de sus poderes, con el paso de los años los Eyra emitirían un anuncio declarando su extinción, el comunicado decía que al no poseer Dagna no pudieron reproducirse, los sobrevivientes envejecieron hasta que finalmente el último de ellos murió.
Los Hekay trataron de revelarse de nuevo, eran despreciados a donde quiera que iban, señalados como asesinos, seres viles, fueron estigmatizados por las acciones de sus predecesores.
El acoso hacia ellos y los Garbo fue tal, que entraron en disputas con clanes vecinos, hasta que en una ocasión los Hekay quemaron una aldea del clan Perce.
En el concejo de clanes se tomó la decisión de expulsarlos ya que tampoco querían formar parte del concejo, creían que sus anteriores lideres los habían convertido en sirvientes de los Zenji y ahora lo serían para los Kent, si los clanes quieren tener un líder único, debería ser un Hekay o un Garbo.
Una vez más fueron derrotados, el portador estaba harto de ellos, pero no quería más sangre derramada pero de nuevo se vió obligado a ejecutar públicamente a sus instigadores, con la moral por los suelos, con sus hombres más fuertes muertos, los Hekay finalmente fueron expulsados de sus tierras.
Su enorme caravana migratoria fue escoltada por el dragón y un ejército del concejo de clanes, los obligaron a cruzar las fronteras de su territorio demarcado por un desierto que parecía no tener fin.
Su ciudad fue convertida en un fuerte, donde tropas fueron instaladas y cuya misión era vigilar el desierto y no permitir el regreso de los Hekay.
Los Hekay vagaron por el desierto durante décadas, hasta finalmente establecerse en un oasis, nombraron su jefe a un joven de la tercera rama del clan que conservaba el característico cabello plateado de sus líderes y que era la prueba de su descendencia.
Su espíritu de grandes guerreros volvió a ellos y por medio de guerras lograron conquistar y expandirse, creando el reino conocido como Condega.
Los nuevos líderes Garbo en cambio tomaron la decisión de marcharse bajo su propia voluntad, se rindieron ante el portador y el concejo de clanes y ordenaron la evacuación de su ciudad.
Al igual que los Hekay fueron escoltados por el dragón y su ejército, ya poseían un pequeño asentamiento en un territorio rodeado por valles de cadenas volcánicas donde se erige la Montaña de los tres mitos, así formaron el reino de Keminah.
Las peregrinaciones de ambos clanes tomaron más de tres décadas, los Serem temerosos de sufrir igual fin tomaron la decisión de unirse y subyugarse al concejo de clanes, a diferencia de los Garbo y Hekay ellos son un clan impuro y por si solos no son rivales para el concejo, se les permitió quedarse, pero bajo constante vigilancia.
“¿Al fin te decidiste a venir por mí?”
“No estoy aquí por mi gusto, sé que tienes conocimiento de cómo tu gente puede sobrevivir sin Dagna, ya están instalados en su nuevo hogar, también tienen nuevos líderes”.
“¿me llevarás para ser su maestro?”
La sonrisa en el rostro del portador era burlona y de desprecio.
“Si vengo por ti”, le dijo finalmente.
Lo sacó de la prisión, hizo que lo bañaran en agua al punto de congelación, cambiaron sus andrajosas ropas y cortaron su barba.