XXXII

Castillo Frankenstein, Darmstadt, Alemania, 1734.

Tony Edwards se encontraba paleando paja en el establo del lujoso castillo germano, ataviado con ropas humildes típicas de un simple paje. Sin embargo, conforme acomodaba la paja con su azadón, también intercambiaba algunas palabras con Prometeo, la computadora de inteligencia artificial cuyo CPU portátil guardaba en el bolsillo de su camisa.

—Dr. Edwards ¿Por cuánto tiempo cree que puede pasar su identidad inadvertida?

—Creo que indefinidamente. Nadie sospecharía de un joven negro como yo en esta época.

—Dippel no es una persona ordinaria, Dr. Edwards.

—Lo sé —el sonido de un carruaje aproximándose lo distrajo. Tony dejó su labor y salió del establo. Se limpió las manos y el sudor de la frente y recibió al cochero, abrió la puerta del carruaje y ayudó a la joven y bella mujer en su interior a bajar.

—Bienvenida, Srta. Lavenza —le dijo— es un gusto verla de nuevo.

—Gracias, Antony —respondió ella. Era una mujer de cabello rizado castaño y ojos grises cuya esbelta figura resaltaba bajo la ropa de la época y el ajustado corsé. —¿Está Johan en casa?

—Sí, Madame. La está esperando en el estudio. Permítame acompañarla.

Minutos después, y tras subir las escaleras de caracol que llevaban al despacho del amo del castillo, Tony anunció:

—Doctor Dippel, la Srta. Lavenza se encuentra aquí.

Johan Konrad Dippel era un aristócrata y un intelectual de su tiempo. Usaba una peluca de cabello rizado incluso en privado y siempre estaba bien afeitado, pues era muy pulcro. Su estudio estaba repleto de muchos volúmenes, un esqueleto artificial, un globo terráqueo y varios afiches con representaciones anatómicas del ser humano colgando de las paredes.

Dippel se levantó de su asiento y recibió a su prometida con una amplia sonrisa.

—Bienvenida amor mío —le dijo— pasa, adelante. Siempre es un gusto verte.

—Por un momento pensé que habías ya partido a Ingolstadt.

—No, amor, no aún. Me quedaré unas cuantas semanas más.

Tony reverenció respetuosamente y los dejó solos. Esa noche, tras la cena, Dippel y su prometida pasarían juntos la noche y Tony aprovecharía la misma para introducirse a la biblioteca personal de su patrón.

—Una lectura muy pesada —le dijo la voz de Dippel a la mañana siguiente. Tony se había quedado dormido en el despacho sobre un volumen de alquimia de Paracelso— para un paje, al menos.

—¡Johan, no seas grosero! —regañó Elizabeth Lavenza quien se encontraba cerca.

—Mis disculpas, mi señor —se excusó Tony poniéndose de inmediato de pie — es sólo que sus libros me parecen muy interesantes, aunque no entiendo la mayor parte…

—Vamos, Antony —le dijo— no hace falta fingir. Sé bien que eres más inteligente de lo que muestras —y tras declarar esto señaló con su cara hacia los apuntes de puño y letra de Tony sobre unos papeles que mostraban unas complejas ecuaciones. —No tienes por qué apenarte. Es más, de haber sabido que eras tan capaz te hubiera encontrado un mejor uso que limpiar establos. De hecho necesito un asistente en mis experimentos. Quiero que vengas conmigo a Ingolstadt.

—Sí, señor.

—Ahora, si no es molestia, ve a la cocina y dile a los cocineros que nos preparen el desayuno.

Ingolstadt, Baviera, dos semanas después.

Dippel y su paje —de quien no sospechaba provenía del futuro— llegaron hasta la emblemática Universidad Ingolstadt del siglo . Curiosamente sería allí mismo donde más de 300 años en el futuro Tony Edwards conocería a sus dos amigos Saki Takamura y Arthur Krass, quienes le ayudarían a crear la máquina del tiempo sin la cual no estaría allí.

Dippel invirtió buena parte de su acaudalada fortuna en comprar gran cantidad de armatostes y aparatos conductores de la electricidad y otras máquinas extrañas, algunas que había ordenado diseñar él mismo, incluyendo una camilla de operaciones, que luego colocó sobre carretas que lo transportarían hasta el laboratorio en su castillo.

Tony, que tenía entre sus funciones ayudarle en todo, empezó a sospechar las razones de aquello. Recordó que cuando llegó a Darmstadt a buscar empleo los vecinos y el párroco local le advirtieron no ir donde Dippel “el brujo y alquimista que hacía experimentos blasfemos con muertos y trataba de crear vida de materia inanimada y revivir cadáveres”, pero lo descartó todo como una simple superstición.

—¿Qué tan cierto crees que sea el mito que corre en torno a Dippel? —le preguntó Tony a Prometeo mientras acomodaba la camilla en su lugar.

—Hasta donde tengo registro, Dr. Edwards —contestó el ordenador— Johan Konrad Dippel von Frankenstein fue un polémico alquimista y médico de su época, y muchos creen que inspiró el mito de Frankenstein que aparece en la novela de Mary Shelley. Pero no cuento con información en mi base de datos que corroboré el que haya, en efecto, revivido a los muertos o creado una Criatura como el Monstruo de Frankenstein.

—Jmmm… supongo que estoy dejando volar mi imaginación…

—¿Hablando solo de nuevo? —preguntó Dippel al entrar al laboratorio. Tony asintió.

—Es una mala costumbre que tengo.

—Hoy en la noche vendrán dos sujetos a traer una mercancía. Hazlos pasar de inmediato y que hablen solo conmigo.

—Sí, señor.

Y así fue. Tony observó a dos tipos muy extraños y de aspecto desagradable llegar casi a las doce de la noche. Uno era flaco y larguirucho, de nariz ganchuda y con un único diente. El otro era alto, fornido, calvo, con sobrepeso y casi no hablaba pues parecía tener retardo mental. Le provocaron escalofríos.

—Vine a hablar con el Dr. Dippel —anunció el flaco con voz carrasposa.

Tony lo dejó pasar. Ambos cargaban sacos en cuyo interior era evidente el contenido. Aquellos hombres eran ladrones de tumbas.

—Sé lo que está pretendiendo, Dr. Dippel —le reclamó Tony una vez que los hombres se fueron con buena cantidad de oro en sus bolsillos. Dippel acomodaba miembros humanos sobre la camilla y los cosía.

—¿Cómo te atreves a cuestionarme?

—Soy su asistente, no su esclavo. Lo que usted hace es inmoral. Usted no sabe de dónde sacan esos hombres los cadáveres. ¿No ha pensado que quizás matan personas para conseguirlo? En todo caso, su experimento no funcionará. No logrará crear vida a partir de la muerte.

Dippel rió, pero su risa sonaba más histérica que burlesca.

—¿Qué no funcionará? Mi querido Antony ¡ya funcionó! Esta será la segunda criatura que construya —dijo dispersando del saco los miembros descuartizados de distintos cadáveres… todos partes de mujeres.

Tony quedó boquiabierto.

—¿Quiere decir que ya realizó el experimento?

—Sí. Allá, en Ingolstadt… creé… una abominación… una cosa espantosa… terrible… —Dippel estaba angustiado y se sentó compungido por la culpa mientras se restregaba el rostro con las manos. —Abandoné la Criatura a su suerte y fue criada por un anciano ciego en el bosque donde aprendió a leer leyendo la Biblia. Pero la gente la rechazaba a donde quiera que fuera y eso emponzoñó su corazón y lo llenó de odio hacia mí. Mató a mi mejor amigo Henry Clerval, a mi mentor el profesor Waldman, a mi hermano menor tan solo un niño y a su institutriz que era una adolescente, mi propio padre falleció del corazón ante tanto dolor… Elizabeth es lo único que me queda.

—Pero si piensa eso del primer experimento —le dijo Tony acercándosele— ¿por qué pretende repetirlo?

—No tengo opción… la Criatura… la Criatura amenazó con matar a Elizabeth si no le creaba una pareja…

Tony se percató entonces que la historia de Shelley era más real de lo que pensaba, y que buena parte de la misma ya había avanzado.

—Creo que es hora de que le confiese la verdad —dijo— no soy un simple paje… soy un científico, al igual que usted. De hecho, estudié en la Universidad de Ingolstadt…

—Pero… ¿Cómo?

—Dentro de 300 años no existirán los mismos prejuicios raciales que ahora.

Dippel lo miró entre incrédulo y curioso.

—¿Estás diciendo que…?

—Provengo del futuro —dijo Tony extrayendo el computador portátil de su bolsillo— observé. Prometeo, saluda al Dr. Dippel.

—Buenas noches, Dr. Dippel —dijo el ordenador.

Dippel se levantó de golpe y tomó el aparato en sus manos.

—¿Es esta una máquina parlante?

—Es más compleja que eso. Puede pensar por sí sola.

—¿Cómo mi criatura?

—Sí… supongo que su criatura es la primera inteligencia artificial.

—Pero, si provienes del futuro ¿Cómo llegaste aquí?

—Porque yo, como usted, también alguna vez fui un ambicioso científico que no se preocupaba por las consecuencias de sus experimentos… que pensaba que el avance científico y el conocimiento justificaban cualquier costo… y como usted arrastré también a mis seres queridos a la perdición…