DEL DIARIO DE UN ZINO-04

Lo siguiente que recordé era entrar y salir de una pesadilla en que me rodeaba el fuego, el dolor y gritos. Las manos de mi madre, apretándome el cuello y comenzar a desvanecerse, para luego sentir que me caía al vacío, mientras las ardientes llamas me envolvían como un velo, y el rostro de mi madre, bañado de lágrimas, viéndome desde arriba.

Intenté moverme, pero todo el cuerpo me dolía a horrores. El lugar olía desinfectante, heces y sangre, así que supuse que me hallaba en un hospital. Estaba boca abajo, con los brazos extendidos a los lados y cubiertos de unas vendas olorosas. Una enfermera me daba de beber de a pequeños sorbos un poco de agua azucarada, aunque me quejé de que moría de hambre y hubiera preferido que al menos me diera un trozo de pan. Ella me dijo que me quedara tranquilo, que pronto me pondría bien. Sentí que me tocaban la espalda y cada vez que intentaba moverme el dolor se me clavaba como agujas ardientes. Se sumó el olor a podredumbre y humo, y entonces escuché alguien decir algo como “no se puede hacer nada”. ¿Sobre qué no se podía hacer nada? ¿Mis alas? Recordé que el soldado me las había roto el día que nos declararon traidores. Cerré los ojos y lloré hasta desvanecerme, para despertarme oyendo la voz de Tristán y el que supuse era la médica a cargo. Con un esfuerzo, giré y estiré el cuello, intentando buscarlos. Me hallaba en una larga sala con varias hileras de camas, algunas cubiertas por una cortina blanca, otras vacías y en algunas había algunos pacientes durmiendo. En el otro extremo de la sala, distinguí la espalda de Tristán, y un poco de la bata blanca de la médica. El silencio en la sala era casi absoluto, solo interrumpido por algunos ronquidos y quejidos de los otros pacientes, por lo cual fui capaz de escuchar sus palabras sin demasiado esfuerzo.

–Debe haber otra manera…

–Lamento decirle que, dada la gravedad de su cuadro, intentar continuar con el presente tratamiento sólo le producirá una sepsis que lo matará, o, si sobrevive, dejarle gravísimas secuelas.

–Me dijo que las alas tienen sensibilidad–, su voz, que cuando visitó la casa era segura y orgullosa, estaba al borde del quiebre.

–Es difícil decir si responde a las pruebas que le hicimos, o si solo es un reflejo de dolor. Aun cuando pudiéramos salvarle las alas, quedarán tan mutiladas que no le servirán de nada. Piénselo como un adelanto en la maduración.

Tristán chasqueó la lengua.

–Usted no lo entiende porque es una nerel, jamás deben pasar por algo como esto…

–Sí, lo sé. Pero soy la médica a cargo, y no le mentiré: o amputamos las alas, o tiene un ochenta… no, un noventa por ciento de posibilidades de morir por la infección que le causaran las quemaduras. Es un milagro que haya sobrevivido al incendio y al viaje hasta aquí, y mi consejo es que deje de pensar en su orgullo como zino, y piense en su hermano, en su vida.

Un breve silencio, acompañado por un largo suspiro.

–Paul es la única familia que me queda, doctora Kas. No quiero perderlo… es…

–No necesito que me haga una confesión, sé que usted se preocupa por él. solo le pido en que confíe en mi juicio. Si amputamos las alas, sus posibilidades de recuperarse y tener una vida plena son casi seguras.

–De acuerdo. Haga lo que cree correcto. Sálvelo, por favor.

–Confíe en mí, señor.

La medica llamó a las enfermeras para que alistaran el quirófano, y poco después escuché unos pasos acercarse a donde yo descansaba. Moví la cabeza y vi a Tristán sentarse en una silla a mi lado.

–Paul…

–Ho-hola…–, gemí. Tenía la boca seca y me ardía por las quemaduras debido al aire caliente. Tristán me alcanzó un vaso de agua, y me ayudó a beber.

–Supongo que lo escuchaste…–, dijo una vez que sacié mi sed. Respondí con un gemido de asentimiento–. Y… ¿estás de acuerdo con eso…?

–No quiero morir–, fue lo primero que me vino a la boca. Era la verdad. Deseaba vivir. Miré a Tristán, quien me miraba con los ojos cargados de emoción. Sentí nuevamente ganas de llorar, pero tragué aire e hice acopio de fuerzas.

–¿No te molestará perder las alas a tan corta edad? Todavía podrías volar otros diez años…

–La doctora dijo que… no servirán de nada… si llegan a salvarse…

Tristán cerró los ojos, suspiró y volvió a mirarme.

–Sí.

–Entonces… no hay mucho más… que pensar, ¿verdad?

Tristán me puso una mano sobre la cabeza, con mucha delicadeza. Su gesto fue casi paternal.

–Lo siento mucho. De verdad. Nunca quise que les pasara nada.

–No es tu culpa.

Decirle eso pareció aliviarlo. Tristán parecía al borde de las lágrimas, y no me sentía en condiciones de consolar a un desconocido, a pesar de que fuéramos hermanos. Se quedó conmigo hasta que llegó una enfermera, y me inyectó un anestésico.

*-*-*-*-*

El procedimiento alivió muchísimo el dolor que padecía en la espalda, así como comencé a sentir que las fuerzas comenzaban a regresarme, a pesar de que las quemaduras todavía estaban frescas. Las enfermeras iban y venían cada día, limpiando las yagas y las cubrían con ungüentos curativos. Tristán también ayudó, aplicando parte de su habilidad curativa, la cual todos los zinos comenzaron a desarrollar tras la caída del ojo. La doctora me hizo mirar lo que había quedado de mis alas una vez que me había recuperado de la anestesia y me sentí listo para verlas, a pesar de que Tristán le dijo que le parecía demasiado tras todo lo que había pasado.

–La pérdida de un miembro del cuerpo, aun cuando es costumbre, puede acarrear complicaciones como dolores fantasmales, depresión, ataques de ira. Es necesario que las vea, así comprende que ya no las tiene.

Cuando le dije que estaba listo, la doctora descubrió la mesa donde estaban. Eran un amasijo de carne quemada, sangre y plumas sucias, que apenas recordaban su aspecto original. Me acerqué y las toque, estaban frías y parecían una cosa extraña, a pesar de que cuando era pequeño solía pasar horas acicalándolas.

–Ya está…

–Paul, lamento mucho tu pérdida. Aunque yo sea una nerel… soy capaz de comprender el dolor que significa perder de esta manera una parte tan importante de ti mismo.

Me senté en la silla de ruedas, cansado. Los anestésicos y el efecto de la energía de Tristán me aliviaban cualquier malestar, pero no me quitaba la sensación de extrañeza y mareos.

–No se preocupe. Fui yo quien aceptó la operación.

–¿Deseas que se les dé algún trato especial? –, preguntó Tristán.

–Quémenlas–, dije. La sorpresa en el rostro de mis interlocutores fue la esperada.

–¿Estás seguro? –, preguntó la doctora Kas.

–Quémenlas–, insistí –. Si las entierran, la necesidad de visitar el lugar donde las pongan me acuciará siempre. Es preferible que las quemen y las dispersen por el viento o los campos.

–Está bien.

Ya era mediodía, así que Tristán me llevó al jardín para el almuerzo. Otros pacientes estaban descansando, y los rumores de una nueva guerra corrían por los pasillos.

–Voy a tener que regresar a Drakades… se acerca una guerra civil en Zinar, y muchos refugiados necesitaran la ayuda y protección de la orden.

Me dio un vaso de leche, y tomé con cuidado.

–¿Una guerra civil en Zinar?

–Hay una facción noble que no están de acuerdo con las acciones y políticas de la corona. Muchos acusan que el rey Scotland ha perdido la razón tras la muerte de su esposa, la reina Micaela. El gran maestre me ha pedido que regrese para que lo ayude en la atención de un grupo de personas que necesita ser rescatada de una de las provincias del este.

Una enfermera pasó a nuestro lado, llevando una bandeja vacía. Era evidente de que los temas de los que hablaba no eran de conocimiento público.

–Se cree que quieren matar al rey para poner en su lugar al príncipe heredero, o, en su defecto, un nuevo rey por medio del matrimonio con la princesa Tamara. De todas maneras, es poco probable que el rey sobreviva.

–¿Apoyas la insurrección?

Tristán se acarició el emblema que llevaba atado en un brazo.

–Cuando pasas a ser miembro de la orden, abandonas tu patria para ser un simple habitante de este mundo, que busca proteger y ayudar a los demás. Nuestra orden nació para luchar contra la esclavitud, la opresión, la discriminación y el maltrato de los más desfavorecidos. No estoy de acuerdo con ninguna guerra, ya que ellas solo las ganan los que las provocan, dejando atrás a los que no están en el poder, que solo son usados para su beneficio–, hizo una pausa, mientras yo terminaba de comer el puré de patatas que me habían servido como almuerzo–. Pero tampoco estoy de acuerdo con las decisiones que han tomado, y con obligar a la gente seguir un ideal que no existe, y castigarla por vivir como puede. Si te preguntas si lamentaré su muerte, no lo haré. Pero tampoco quiero que usen a los príncipes como títeres para sus intereses.

Me llevó a mi cama, y se despidió, no sin decirme que no me preocupara, que alguien vendría a ver cómo me encontraba y que no me faltara nada. Le agradecí de corazón su ayuda, y le prometí que haría lo posible para recuperarme. Pasaría al menos un año hasta que volviera a verlo, pero para ese momento ya me encontraba completamente repuesto.

-*-*-*-*-

–¿Qué te pasó en el brazo?

Estaba leyendo en el patio cuando oí su voz por primera vez. Tenía el cabello violeta, y los ojos de colores distintos. Vestía la misma túnica que los demás pacientes.

–No es asunto tuyo.

–Mmmm, que mal humor. A mí me cortaron las alas, papá me dijo que era preferible.

Era una niña de más o menos diez años, pero al ser una descendiente no era raro que se las hubieran cortado tan joven. Los de su clase despreciaban todo lo que los hiciera semejantes a los zinos, por el pasado que habían vivido.

–¿Preferible?

–Eran negras. A la gente les incomodaba.

–Ya veo.

Pretendí seguir con mi lectura, pero ella volvió a interrumpirme.

–Me llamo Rina. Rina Nacaris, ¿y vos?

Resoplé.

–Paul Douglas.

–¡Ah! Papá me dijo algo de que tenía que venir a ver a un tal Paul, ¿sos vos?

–No tengo la menor idea de qué hablas. O de quién es tu padre.

–¿Siempre hablás tan serio?

–¿Siempre eres tan poco educada?

–¡Sí! –, sonrió–. Mi papá es Julián Nacaris. Es un templario.

Eso si me interesó.

–Tal vez conoce a mi hermano, Tristán Douglas.

–Mmmm–, hizo un gesto de hacer memoria. Parecía un tanto atolondrada para ser una descendiente, los cuales suelen ser bastante menos confiados con las personas–… no me acuerdo.

No pude evitar reír ante el gesto que hizo. La verdad es que conversar con ella hizo que todo mi malestar se disipara, y las cosas parecieran mucho más sencillas.

–¡Rina!

–¡Paaaaaa!

¿Nadie le había enseñado que no debía gritarse en un hospital?

Se acercó a nosotros un descendiente de aspecto delgado y alto, con la piel muy blanca y los cabellos rubios. Su aspecto era extraño, ya que parecía carecer de masa muscular, y su voz era bastante aguda, como la de un niño. Tiempo después, me enteré de que se trataba de un castrati, seguramente hijo de alguna familia noble, quienes, al ver que su hijo había resultado un descendiente, lo expulsaron después de castrarlo y, de esa manera, evitar que tuviera hijos que pudieran hacer reclamos, o dar testimonio de que en la familia no había pureza de sangre. Por lo tanto, la niña que decía ser su hija no podía serlo, ya que la castración suele hacerse cuando todavía no se ha alcanzado la pubertad.

–¡Pá! ¡Él es Paul Duglas!

–¿Acaso no te dije que debías bajar la voz? –, le dijo el descendiente. Vestía las ropas de la orden.

–Perdón…

–¿Paul? Mi nombre es Julián Nacaris. Tu hermano me pidió que viniera a buscarte para llevarte hasta la sede central de la orden–. Rina se prendió de su cintura–. Esta es mi hija, Rina. Disculpa si te ha causado alguna molestia, creció alejada de la gente y no sabe cómo comportarse.

Rina me miraba con ojos de cachorrito degollado.

–No me ha molestado.

Rina sonrió y fue a mi lado.

–Perdona, es que no conozco a muchos chicos… siempre estoy entre adultos.

–No hay problema.

Julián hizo un ruido para atraer nuestra atención.

–¿Cómo te encuentras?

–Las heridas cicatrizaron bien, y ya no tengo fiebre. Todavía me duele un poco la espalda, y me canso pronto, pero creo que en un poco más de tiempo estaré bien.

–Eso es bueno, porque debemos partir lo más pronto posible. No se sabe dónde hay ojos indiscretos y gente que te desee mal.

Aquello me pareció ridículo, yo no era más que un simple paisano, que haba perdido todo. Cuando se lo plantee, Julián me miró con sorpresa.

–Tristán no te dijo nada, ¿verdad?

–¿Sobre qué?

Julián suspiró, pasándose una mano por los cabellos.

–Que es el segundo después del gran maestre, su mano derecha. Es quien asumirá el comando cuando el maestre se retire, o fallezca. Por eso es mejor que nos vayamos. Tu hermano está en una misión delicada, y eres un punto débil dentro de la ecuación.

–¡Wow! ¿Sos famoso entonces?

–No lo creo…

–Rina, ayúdalo a guardar sus cosas, le avisaré a Miriam.

–No le va a gustar que te lleves a otro paciente.

Fue entonces que conocí a otro niño que nunca antes había visto. Era un nerel, pero usaba gafas.

–No le va a gustar nada…

A pesar de que oía su voz, sus labios no se movían. Sus ojos brillaban intensamente, y me sentí muy incómodo ante su presencia, como si fuera capaz de ver lo más recóndito de mi alma.

–¡Domingo! –, saludó Rina–. Pensé que estabas enojado conmigo.

El chico se volvió a ella y ya no fui capaz de oírlo. Parecía algo preocupado por ella.

–Es el hijo de la doctora Kas, Domingo–, me explicó Julián, mientras comenzaba a alejarse–. Es un psíquico. Es capaz de comunicarse con los demás a través del pensamiento.

–Es algo… inquietante.

Julián sonrió.

–No debes preocuparte, Domingo sabe que no debe sobrepasarse y que la mente de cada persona es un espacio sagrado. Pero, como nació sin voz, es la manera más fácil que tiene para comunicar el proyectar su pensamiento en otras personas.

Se despidió, y me dejó a solas con esos dos niños tan… peculiares. Nunca esperé que los descendientes pudieran tener capacidades distintas, que solo su apariencia era lo que los hacia diferentes a las otras personas. Domingo pareció darle ciertas ordenes a Rina, quien le dijo que le haría caso y se cuidaría. Cuando se marchó, le pregunté cuánto tiempo hacía que le habían extirpado las alas.

–Una semana.

–¿Qué? Eso es imposible–, repliqué–. La cicatrización y recuperación posterior tarda meses…

–Te digo que es así–, bufó, quitándose la camiseta. Me ruboricé, ya que se notaba que pronto comenzaría la pubertad, y sus senos ya comenzaban a notarse.

–¡¿Qué haces?!

Se dio la vuelta y me mostró las líneas de las cicatrices que le recorrían la espalda.

–Es que me sano rápido. A la doctora también le pareció muy raro, y domingo me decía que tuviera cuidado.

Le pedí permiso, y toqué las marcas. Estaban calientes y todavía algo frescas.

–¿No te duele?

–A veces, pero no demasiado.

Se vistió y me sentí conmovido. Era mucho más joven que yo, pero ya había aceptado la realidad.

–Me preguntaste que me había pasado. Me quemé cuando se incendió mi casa. Por eso tuvieron que quitarme las alas.

Rina me sonrió y me tomó de la mano, la cual era pequeña pero tibia. Un extraño calor nació dentro de mi pecho, y la guie hasta mi cama, donde me ayudó a guardar mis cosas en una mochila que Tristán me había dejado. Julián regresó al cabo de una hora, acompañado por la doctora Kas, quien era la Miriam a quien se había referido antes. Ella me dijo que no dejara de hacer los ejercicios de recuperación y que me tomara algún sedante si llegaba sentir demasiado dolor, y que no me exigiera demasiado, ya que mi recuperación todavía no estaba completa.

En la entrada del hospital dormía un enorme lobus gris, el cual meneo la cola al ver a Julián acercarse. Rina corrió a abrazarlo, y la bestia le lamió la cara con cariño. Tenía puesto un arnés de montura y el emblema de la flor en el pecho.

–¿Alguna vez montaste en un lobus?

Negué con la cabeza, paralizado del miedo. Rina se trepó sin problemas a su lomo, y me llamó a que la imitara. Con renuencia, me acerqué, y el animal movió la cabeza para olfatearme. Sentí que la sangre se me helaba, a la vez que todos los pelos del cuerpo se me erizaban, pero el lobus solo me lamió la cara.

–No te va a hacer nada. Le dije que eras un amigo.

–¿Se lo… dijiste? –. Me volví a mirar a Julián.

–Rina es capaz de hablar con animales–, explicó, acomodando la mochila en una alforja de la parte trasera. Luego, se montó en el lobus, dejando a Rina delante de él, y me rendió la mano–. Sube. Tenemos un barco que alcanzar.

Tomé su mano y me aferré de su espalda. El lobus se puso de pie, sacudió un poco la cabeza e inició la marcha.