El velo 16

¡Tres años! Todo ese tiempo cubriendo su rostro, temerosa de que alguien la descubriese. Sus manos temblaban y lágrimas mojaban sus mejillas, su corazón latía con brusquedad y su respiración estaba acelerada. Se sentía tan expuesta y vulnerable, tan fea.

Arthur se acercó estupefacto y levantó su mentón; sus miradas se encontraron y ella no supo descifrar ese brillo en sus ojos cafés.

—¡Eres tan hermosa! —Limpió las lágrimas que rodaban por su piel y la abrazó—. Te amo, Sam y me duele que te hayan hecho daño.

Ella lloró sobre su hombro. Él sostuvo su rostro entre sus manos y la observó con fascinación.

—Tus labios son tan lindos... Tu nariz es perfecta, todo tu rostro es simétrico y hermoso.

—No lo es. —Ella sollozó y él acarició la gran cicatriz que empezaba desde su oreja derecha y terminaba cerca de la comisura de sus labios. Besó lo que ella tanto ocultó, pero presentía que esa no era la única razón de cubrirse y esa sospecha lo torturaba sin piedad.

—Esa cicatriz no opaca tu belleza, Sam. Eres hermosa y no deberías sentir lo contrario. ¡Qué importa esa marca!

—Sabes que el rostro representa a una mujer, sería despreciada —dijo hipando.

—¿Y crees que ocultar tu rostro te representa? Para mí eres hermosa, me gusta todo de ti. Eres la persona más excepcional que he conocido, me encantas, preciosa. Te amo.

—Yo también te amo. —Ambos se abrazaron y ella lloró sobre su pecho. Arthur cerró la puerta y se acostó a su lado, no permitió que ella cubriera su rostro, pues admirarla le fascinaba. Sam yacía con la cabeza sobre el brazo de él, y con la mano que le quedaba libre, Arthur acariciaba la larga cicatriz. Debió ser una cortada dolorosa y profunda.

—¿Quién te hizo esto? —Arthur preguntó con ojos llorosos, no entendía como una persona pudo ser capaz de dañarla de esa manera.

—No importa, ya. —Sam le evadió la mirada.

—¿Escapas de esa persona? ¿Esa es la otra razón por la que cubres tu rostro? ¿La razón por la que vivías en aquel remoto lugar?

Sam no contestó. Ocultó su rostro en el pecho de él. ¿Hasta cuándo podría omitir la verdad? ¿Qué pasará cuando él quiera formalizar su relación? Se aferró a él y lloró de la impotencia. Decidió disfrutar el momento, sabía que su felicidad no duraría mucho y cuando ya no pudiese ocultar la verdad, se marcharía. Estaba siendo egoísta y entendía que le haría daño a la única persona que la había amado, además de su padre.

Arthur la abrazaba mientras olía su castaña y larga cabellera. Temía tanto perderla, sin embargo, entendía que ella le ocultaba muchas cosas, solo esperaba que con el tiempo ella pudiera confiar en él.

Una semana después...

Jacqueline se quedó en la hacienda después de que anunciaran su rompimiento, puesto que ayudaba a Arthur con el caso de Henry Jones.

—¡Hola, Samuel! ¿Una carrera? —Jacqueline retó con una sonrisa maliciosa, estando sobre su caballo marrón.

—A usted como que le gusta perder, señorita Ben. —Él dejó salir una risita mientras se colocaba su sombrero.

—Ya te he dicho que me llames Jacqueline. —Ella hizo un mohín y él sonrió coqueto.

—Está bien, Jacqueline. —Ambos se miraron con flirteo. Samuel buscó su caballo, acto seguido, ellos emprendieron "la carrera".

De lejos Anabela los observaba marcharse mientras apretaba sus puños.

—¡No es justo! ¡Siempre me ganas! —Jacqueline se apeó del caballo haciendo berrinches, no coordinó bien donde poner el pie, por lo tanto, resbaló del animal.

—¡Te tengo! —Samuel la había atrapado y ella sonrió por lo placentero de estar en los brazos de semejante hombre. Él la bajó y ella no disimulaba su escrutinio. Lamió sus labios y lo miró con coquetearía.

«¡Este hombre sí que está bueno!», pensó. Se acercó al río y empezó a desvestirse. Samuel agrandó los ojos de la sorpresa y volteó el rostro por instinto.

—¿Por qué no me miras? Te estás perdiendo la mejor parte. —Se acercó totalmente desnuda y empezó a desabotonar la camisa de él, quien observaba las curvas de la rubia con la boca abierta y sus mejillas se sonrojaron.

—Esto no está bien, usted es una señorita de familia y yo un capataz. Sabe que debe guardarse para su esposo.

—Nadie tiene que saberlo, además tengo otros ideales y no está en mis planes casarme. Y por favor, deja de tratarme de usted, tutéame. —Ella acarició el torso desnudo de él con su dedo.

—Pero te ibas a casar con Arthur —replicó quitando la mano de ella.

—Pero no por amor, creo que esa parte ya la sabes. No creo en el amor, o por lo menos no creo que yo logre enamorarme, esas cosas no son para mí.

—Pero yo sí creo en el amor.

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo o te enamores de mí. —Ella entornó los ojos—. Solo quiero que la pasemos rico, eres el hombre más apuesto que he visto en mi vida y es un antojo que me quiero dar.

—No sé cómo sean las cosas en tu región, pero aquí las señoritas de su casa no se andan antojando de hombres... —Jacqueline lo interrumpió con un beso, que él le correspondió al instante. La levantó por la cintura y ella enredó sus piernas alrededor del angosto estómago de él. Caminó en dirección al río y, una vez estuvieron en la orilla, ella lo liberó y entró al agua.

Samuel se quitó los pantalones causando que Jacqueline agrande los ojos, al percatarse de lo bien dotado que estaba el grandulón.

—¡Vaya! Eres grande en todas partes. —Ella rio coqueta. Samuel entró al agua como depredador que va directo a su presa. La atrajo hacia él con fuerza y ella se estremeció por la rudeza. La pegó de una roca y empezó a devorar su cuerpo con su boca, era rudo y apasionado, cosa que Jacqueline estaba disfrutando. Sus embestidas eran salvajes y sus ojos pardos la examinaban con intensidad. Ella gritaba del placer, nunca había disfrutado tanto un coito como lo estaba haciendo en ese momento. Sus gemidos retumbaban en el remoto lugar y los gruñidos de él la excitaban demasiado. Su piel estaba roja y ella jalaba el cabello de Samuel al sentir que pronto culminaría.

Los gemidos de ella lo hacían embestirla con más intensidad, después de que Jacqueline experimentara su segundo orgasmo, Samuel se derramó dentro de ella.

La mirada satisfecha de la rubia le dio escalofríos, temía que ella se obsesionara como la mayoría de mujeres con las que estuvo años atrás, cuando andaba de pica flor. Siempre tenía problemas porque estas enloquecían cuando él les daba a probar, esa fue la razón por la que dejó la vida de libertinaje y sexo vacío.

De lejos, Anabela observaba a la pareja abrazada, recuperando el aliento. Lágrimas cubrieron su rostro y ella corrió sin rumbo, por alguna razón, verlos así le repugnaba y llenaba de ira.