El velo 15

—¿Está bien? —Samuel se colocó al lado de Jacqueline, quien estaba sentada en el comedor de la cocina. Nidia le pasó una taza de té para que se calmara, puesto que aún temblaba de la impresión.

—Sí, gracias. Si ustedes no hubiesen llegado a tiempo... —Lágrimas cubrieron sus ojos. Samuel se acercó, dudó un poco, pero verla tan vulnerable lo conmovió. Entonces, se atrevió. Jacqueline agrandó los ojos al sentirse cubierta por los musculosos y firmes brazos del grandulón. Lloró sobre su pecho, su calidez le inspiraba confianza y por primera vez se sintió bien la protección de un hombre; tal vez no estaba mal dejarse cuidar de vez en cuando.

Después de que todos salieron de la conmoción, frente a la puerta de madera, Samuel se debatía entre tocar o no. Quería verla, pero temía importunarla. Tocó con delicadeza y la voz apagada de Anabela le invitó a pasar. Junto a ella se encontraba Sam, quien decidió salir para darles privacidad.

—¿C-cómo te sientes? —tartamudeó con nerviosismo mientras sostenía su sombrero entre sus manos con timidez. Anabela sonrío al ver al gran hombre sonrojarse.

—Estoy bien, un poco débil por la pérdida de sangre, pero mejor. No fue nada grave.

Ella extendió su brazo para que él se acercara; este se sentó en la orilla de la cama y Anabela tomó sus manos.

—Escuché como tú y Arthur salvaron a las chicas. Es un alivio que nada malo les haya sucedido, Arthur me dijo que tiene las pruebas suficientes para encerrar a Henry, estoy muy feliz, por fin se hará justicia.

Samuel limpió las lágrimas del rostro de ella, quien se sonrojó al instante. Ambos se miraron a los ojos y por primera vez Anabela reparó en el hermoso color de los de él.

—Lamento mucho no haber estado allí para ayudarte. Me hierve la sangre ver cómo te dejaron, pero estoy muy orgulloso de lo valiente que fuiste, eres una tigresa con coraje, mujer.

Ambos rieron sin dejar de conectar sus miradas.

Un mes después...

—Dadas las circunstancias, no pudimos celebrar el cumpleaños de Arthur. —Anabela se lamentó—. Deberíamos prepararle una cena especial, él ha estado luchando para encerrar a Henry Jones, es frustrante que le den tanta vuelta al asunto cuando tenemos pruebas sobre su atentado.

—Así es la justicia en este lugar. —Sam se encogió de hombros—. Jacqueline va a visitar la hacienda mañana, dice que tiene información importante.

—Entonces la señorita Ben va a volver. —Samuel expresó con un brillo especial en los ojos. Después de aquel acontecimiento, él y Jacqueline se volvieron más cercanos. Para ese entonces, ella había durado una semana extra, hasta que tuvo que regresar a su región.

—Por cierto, como que no se ha hablado más de la boda. —Anabela comentó y Sam bajó el rostro, avergonzada. Ella y Arthur nunca hablaron de su confesión, pues él había estado viajando a la capital de Terrus donde estaban juzgando a Henry.

—Hoy Arthur regresa de la capital, deberíamos prepararle una cena sorpresa. —Anabela sugirió y todos asintieron. Nidia horneó un gran pastel, mientras que Anabela y Sam preparaban la comida favorita de Arthur. Los demás planeaban la gran fiesta, pese a que ellas les habían advertido de no hacer nada muy ruidoso ni largo, debido a que Arthur necesitaba descansar.

Raúl entró a la hacienda como loco anunciando la llegada de su jefe. Todos corrían de un lado para otro, guardando las guindalezas y adornos. Sam se apresuró a la entrada y su corazón dio un vuelco al verlo saltar de su caballo conectando su mirada con la de ella.

—Hola —la saludó con una hermosa sonrisa que le derritió el corazón, veía tanto amor en sus ojos que no se creía que fuera la realidad—. Te traje algo. —Arthur sacó unos pendientes de oro con piedrecitas blancas. Sam los tomó con los ojos brillosos, no se imaginaba usar unos aretes tan hermosos y delicados.

—Te extrañé mucho. —Ella bajó la mirada apenada y él la abrazó.

—Yo también te he extrañado. —Besó la coronilla de su cabeza y Sam lo apretó más a su cuerpo. Disfrutaba su calor y aroma, le encantaba todas esas raras sensaciones que él le provocaba.

Mientras Arthur descansaba, ellos terminaban de hacer los arreglos para la cena.

Sam se dirigió a la habitación de él, quien le abrió la puerta después de que ella había tocado.

—¿Me querías ver? —Ella preguntó con timidez.

—Sí, quiero que hablemos. —Sam se estremeció al sentirse acorralada con esa mirada intensa—. Ven. —Palmó el colchón para que Sam se sentase. Ella miró el lado de la cama con nerviosismo, ¿por qué hablarían allí y no en su estudio? Se sentó tratando de controlar sus temblores, pero no le estaba funcionando. Arthur sonrió divertido ante su reacción y la atrajo hacia él por la cintura.

—¿Q-qué haces? —Ella cuestionó temblorosa, mas él besó su frente.

—¿Te dije que te amo? —Sam empezó a toser y él estalló en carcajadas—. No te me vayas a enfermar futura novia, te quiero bien sanita, mi amor.

—¡¿Q-Qué...?! —Sam era un manojo de nervios y no podía articular palabras.

—¿Tú me quieres? —Él la miró con ojos de cachorro, en cambio Sam se atragantó con su propia saliva.

—¿Te golpeaste la cabeza? —preguntó suspicaz y él volvió a reír.

—¿Me respondes con una pregunta? —Enarcó una ceja.

—Es que estás diciendo tonterías sin sentido, mañana tu novia regresa y me dices estas cosas. — Sam jugó con sus dedos y Arthur la abrazó.

—Jacqueline regresa para romper el compromiso. —Arthur respondió mientras acariciaba su cabello. Sam agrandó los ojos de la sorpresa.

—¿Por qué? —Se sintió tonta, pero no sabía qué decir.

—Porque tú y yo nos amamos y un matrimonio con ella no tiene ningún sentido. De todas formas, estamos formando una institución para luchar contra la corrupción de Terrus, con su influencia y la mía podemos lograr muchas cosas. —Arthur tomó las manos de Sam con delicadeza y las besó.

—Entonces... Tú y yo... —Sam balbuceó con el corazón acelerado—. Comoquiera está mal, apenas van a terminar su compromiso.

—¡Por favor! Todos saben que entre Jacqueline y yo solo había una alianza familiar para expandir nuestro poder, nada romántico. Creo que lo que sentimos tú y yo es muy obvio, todos están enterados y sé que se alegrarán por nosotros.

—¡Eres muy creído! Ni siquiera has pedido mi opinión. ¿Qué te hace pensar que aceptaré ser tu novia?

Arthur sonrió y luego mordió su labio inferior divertido, fue inevitable para Sam mirar su boca y desear degustarla.

—Entonces no quieres ser mi novia —afirmó juguetón y ella negó con nerviosismo.

—Sí, quiero... —Jugó con sus dedos y él cerró los ojos. Palpó su rostro buscando la punta del velo para levantarlo, Sam lo dirigió y su rostro quedó expuesto frente a él. Arthur se acercó y atrapó sus labios. Por fin podría besarla con libertad y sin temores. Sus alientos mezclados, los sonidos de sus bocas al moverse con deseo y anhelo, su sabor y textura, todo ello era glorioso y delicioso. Arthur arrancó el velo de su rostro y sin abrir los ojos lo acarició, recorrió con sus dedos cada centímetro como si quisiera grabar cada simetría, su mejilla se sentía rústica, siguió el recorrido de aquella línea tosca que era larga. Lágrimas mojaron sus dedos y él volvió a besarla.

El beso era violento y apasionado, su lengua en busca de la de ella, quien sentía que se asfixiaba, pues no sabía cómo seguirle el ritmo; él sonrió sobre sus labios, su inocencia y falta de experiencia le causaban mucha ternura. Recorrió su cuello con sus labios y le encantó lo suave que era su piel. Sam se estremeció cuando él tocó y masajeó su pecho, nunca nadie la había tocado allí y sentía que explotaría en cualquier momento.

—Arthur... —gimió extasiada ante aquel extraño placer. ¿Por qué se sentía tan bien? Arthur fue bajando su vestido mientras besaba la piel que descubría, no estaba viendo, pero disfrutaba degustarla. Sus pechos quedaron libres de la tela y atrapados por sus labios. Sam gritó por la sensación, aquello era nuevo para ella.

—¡Arthur! —Ambos saltaron al escuchar a Nidia del otro lado de la puerta. Sam tomó su velo y se lo puso en tiempo récord.

—¿Sí? —Arthur respondió agitado.

—Voy a poner la cena —avisó.

—Está bien. Bajo en diez minutos.

—Debo irme. —Sam se levantó con prisa al recordar la sorpresa.

—Sam... —Arthur la agarró por la muñeca—. Lamento mucho lo de hace un momento, no sé qué me pasó... Te prometo que me voy a controlar, no creas que no soy un caballero... Perdón.

Ella se acercó y acarició su negra cabellera.

—No te preocupes, entiendo y me gustó lo que hicimos...

Arthur se sonrojó y le evadió la mirada. Le encantaba lo pícara que ella era, pero se prometió que la respetaría hasta llevarla al altar, justo como era costumbre en Terrus.

La cena fue divertida y Arthur se mostraba muy feliz por el gesto. Sam y él bailaron por horas la música típica que alegraba aquel lugar y luego él se fue a acostar, pues estaba muy cansado.

La fiesta continuó sin el festejado, entonces Sam decidió imitar a Arthur. Entró a su habitación y se antojó de un rico baño.

Arthur daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, todavía no creía que entre Sam y él había empezado una relación más allá de una amistad. Salió a beber agua, la música todavía se escuchaba en toda la hacienda, miró hacia la puerta de la habitación de Sam y tuvo deseos de verla. ¿Estaría allí adentro o en la fiesta? Tocó la puerta, pero esta se encontraba medio abierta. La terminó de abrir y notó que Sam no estaba en la cama.

Entró y miró a su alrededor.

—¿Sam? Parece que aún estás en la fiesta —dijo para sí. Se volteó para salir, pero paró en seco al sentir que Sam salía del baño. Se quedó petrificado al ver su rostro descubierto. Sam casi grita de la impresión, pero no se cubrió, más bien conectó sus miradas. Mordió su labio inferior del nerviosismo y la incertidumbre.

Arthur la observaba sin decir palabras y ese silencio torturaba a Sam.

Temía que él no la aceptara. ¿Seguiría sintiendo lo mismo por ella, ahora que sabía lo que tanto había ocultado bajo el velo?