Capítulo 113
Darlene termina la sentencia de su nieto y dirige su mirada hacia mí.
—Mason, seguirás durmiendo a su lado, pero durante el día cada uno se mantendrá ocupado en sus asuntos. En sus tiempos libres podrán conversar y pasar el tiempo, pero Liam necesita mayormente tiempo a solas para poder pensar en lo que hizo.
Mi novio sigue esperando por órdenes, ni siquiera dirige una mirada hacia mí.
—Entiendo, señora Hundson, y lo haremos.
Liam y yo salimos del cuarto de trabajo de Leonore. Él camina alejándose cada vez más de mí mientras que yo no sé siquiera si debo preguntar por qué se dejó regañar así. En nuestro cuarto, el principito se sienta en el alfeizar de la ventana y mira caer la nieve, sin expresión alguna.
—¿Qué pasó? —le pregunto, sentándome frente a él—. Empeoraste tu propia situación.
—¿Acaso ella me preguntó por qué hice lo que hice? ¿Ella se veía dispuesta a escucharme? —Liam me observa. Los ojos color laurel ahora son una piscina de lágrimas a punto de caer—. Mi abuela lo único que esperaba era una disculpa, nada más. Nunca insistió en saber por qué estaba tan enojado con Leonore. Ni siquiera me exigió al menos que le explique por qué decía que ella esparcía rumores sobre mí. ¿Eso te parece a ti que es demostrar comprensión? ¡¿Amor?!
La voz del principito sale tan rota como parece que está su corazón.
—Pasé tanto tiempo tratando de que me escuchen que ahora no creo en esa posibilidad. Ahora necesito que me demuestren la intención de escucharme porque yo ya no creo que al hablar ellos me presten atención. Hoy lo comprobé, Mason. Siguen defendiendo a personas que ni siquiera son familia, pero es lo que pasa en todos lados, ¿no?
Abrazo al principito que comienza a sollozar y a apretarse tanto como puede contra mí.
***
—¿Qué crees? ¿chaqueta rosa o lavanda?
—Lavanda —respondo—, quiero ver cómo luce ese color en ti.
—¿Todavía no modelé ese color para ti? —Una sonrisa traviesa y un leve contoneo de caderas por parte suya me hacen olvidar lo que iba hacer. —La próxima vez usaré algo más que una camisa de ese color —. Me da un suave beso en la mejilla y vuelve a mirarse en el gran espejo de su habitación.
Como Darlene lo estableció Liam ahora debe ir a la ciudad para asistir a una primera entrevista con su nuevo terapeuta.
Salimos de su cuarto quince minutos antes de las cuatro de la tarde, abrigados hasta las orejas porque comenzó a caer nieve, pero no la suficiente como para acumularse en el camino.
En estos días Liam y yo anduvimos por caminos separados debido a su castigo, pero en la noche es cuando nos tomábamos un momento para hablar de nuestro día. Anoche le comenté que Brody, gracias al terrible clima que hay por ahí, tiene más trabajo que nunca y a veces debe palear nieve por toda una tarde. También le dije a mi novio que su tío estaba en la casa de sus padres trabajando con Margot. Él no lo tomó mal, pero tampoco muy bien. Al parecer trata de no preocuparse por eso. Confía en que su padre lo resuelva sin grandes consecuencias o bien en las llamadas diarias que tiene con ellos ya le dijeron todo lo que quería saber.
Saliendo de la casa con el principito encogiéndose más en su mullido abrigo, como Emerson y Darlene jamás permitirían que dos chicos conduzcan en medio de la nieve, vamos hacia el auto que manejará Adam.
—¿Liam? —Frunzo el ceño al ver que mi novio se queda estático frente al auto listo para llevarnos.
—Hum… Yo… creo que olvidé algo…
Él retrocede lentamente, casi resbalando cuando quiso acelerar el paso.
—Dime qué es y lo traigo para ti. —Señalo el auto—. Espérame dentro.
El principito niega muchas veces con la cabeza, comenzando a temblar y a abrazarse a sí mismo con mucha fuerza.
—No, yo… yo iré un momento a…
De repente se va corriendo hacia la entrada de la casa, casi resbalando otra vez por la nieve que comienza a congelar el camino de piedra. Su rápida escapada no es la de alguien que corre por algo que olvidó, sino de una persona que le aterra lo que acaba de ver y no sabe cómo huir de eso. Creo que los síntomas están empeorando. Voy tras él, descartando mi abrigo y guantes por las escaleras de la casa. Casi pierdo su rastro, pero sé que Liam volverá a nuestro cuarto y de no ser así, podré hallarlo en su habitación de duende.
Cuando estoy frente al cuarto toco un par de veces preguntándole si está bien, pero él no contesta. Decido entrar y ver qué es lo que sucede. Dentro me encuentro con un camino de ropa descartada y un bulto enredado en sábanas y mantas sobre la cama, llorando sin consuelo.
—¿Desde cuándo empezaste a tener miedo de subir a un auto? —le pregunto, sentándome al borde de la cama—. No te pusiste así cuando llegamos a Aspen.
—¡No lo sé! —exclama él—. Un día salí a tomar aire freso, vi el auto estacionado en frente de la casa. Comencé a temblar como una hoja hasta que sentí que se me cerraba el pecho. Corrí de nuevo a la casa. Me calmé, pero cada vez que intentaba acercarme a un vehículo mi cabeza martilleaba y quería gritar.
—Voy a llamar a Emerson y Darlene —le digo—. Cuando esas cosas sucedan debes avisar, podría desencadenar algo peor.
Liam dice algo en medio del llanto que no puedo entender, pero por la forma en la que sigue temblando es mejor que busque rápidamente a sus abuelos y les avise lo que sucedió.
Emerson y Darlene dijeron que pasarían la tarde en la biblioteca así que hacia allí me dirijo. Mientras camino, me siento cansado. No sé muy bien por qué, no es como si no pudiera tolerar los repentinos síntomas de mi novio o me moleste lidiar con eso. Se supone que he vivido cosas peores, esto no debería ser nada que demande mucho de mí porque lo único que debo hacer es acompañarlo.
Tal vez es porque no he dormido bien estos días debido a la reaparición de las pesadillas de Liam, también la exigencia de las clases particulares, y en cierto modo las peleas que todavía siguen sucediendo entre mi novio y sus abuelos, pero que por suerte no son tan severas como antes.