Capítulo 112

Pido más comida al ángel de esta casa. Agnes me sirve otra buena cantidad y continuamos hablando del torbellino que todos conocen y a veces temen.

—Una vez se enojó con nosotros por un mes. Imagínalo, un mes sin hablarnos, y cuando digo hablarnos es a todos en esta casa. Solo bajaba de su cuarto o salía de su escondite cuando tenía hambre, pero no comía lo que preparaba para todos, hacía su propia comida, lavaba su ropa y vivía como si fuera un huésped en un hotel. Arruinó toda su ropa, los sartenes acabaron en la basura y no podía encontrar por ningún lado las cosas de limpieza.

Intento no reír al imaginarlo corriendo lejos cuando una gota de aceite saltó a su mano si alguna vez quiso freír algo.

—Es bueno, no creas que porque a veces se pone difícil no vale la pena aguantarlo. Ahora es más complicado lidiar con sus abuelos. Liam todavía tiene presente los momentos en los que lo rechazaron, ese tiempo donde ni siquiera querían comer con él en la misma mesa. Creo que es ese punto en particular lo que le sigue doliendo, y no lo culpo.

Quisiera preguntarle a Agnes sobre eso, pero me parece que quien debe contármelo es Liam.

Ella vuelve a sus tareas habituales mientras que yo me ofrezco a lavar lo que ensucié y le pido prestada su cocina porque tengo ganas de cocinar algo.

Elijo preparar la tarta Mont Blanc. Hace bastante tiempo que no preparo algo dulce. Recordando la receta, comienzo a buscar los ingredientes que necesito. Con todo extendido por la gran superficie de mármol, doblo las mangas de mi ropa y busco la lista de canciones que escucho a veces mientras cocino.

Cada canción que pasa me anima más hasta que me encuentro cantando al tiempo que en un bol mezclo la crema de castañas, el azúcar y la vainilla; incorporando el queso mascarpone y los integro con la mano. Paso un rato ensimismado en la forma en que los ingredientes se mezclan. Hace bastante tiempo que no paso una tarde o un rato largo y tranquilo haciendo lo que más me gusta.

Por distraerme con la música tengo que volver a repasar la receta porque siento que estoy olvidando algo. En eso, veo a Liam abrir la nevera y vaciar una botella de agua.

—¿Puedo acabarme esto? —pregunta luego, enseñándome el bol con restos de merengue francés.

—Sí, ya he acabado de usarlo.

Él toma asiento en una esquina de la barra central de la cocina, comenzando a raspar el poco merengue que queda por ahí.

Busco las capas de merengue que voy a utilizar y la crema de castañas que ya coloqué en una manga pastelera.

La nata montada junto con la rayadura de chocolate blanco; eso es lo que casi olvido.

—¿Qué estás haciendo?

—Tarta Mont Blanc, uno de mis postres favoritos —le digo.

—Oh, es porque se parece a las montañas Mont Blanc.

—Sí.

Sigo concentrado en terminar esto hasta que al mirar hacia adelante tengo a Liam intentando decir algo.

—Mientras más pensaba sobre lo que pasó, más me enredaba así que decidí dejar de darle vueltas al asunto. También, me gusta saber que te importo —susurra, sonriendo un poco.

—Es bueno que entre ambos exista la suficiente confianza y paciencia para conversar sobre lo que nos pasa. Y también es buen plan disculparte con tu abuela.

Mi novio cierra sus ojos con fuerza. Sé que esa disculpa le costara bastante.

—Sí, lo sé.

—Ven aquí—. Me acerco a él y extiendo mis brazos.

El principito llega a mí con una tierna sonrisa en su cara, restregándose como un gato en el momento en que se apoya en mi pecho. Lo único que le falta es ronronear y cualquiera pensaría que estoy acariciando una mascota. Nos besamos unos segundos hasta que él se aleja.

—Créeme que lo intento, Mason, te lo juro, pero hay una parte de mí que no quiere ceder. —Entrelaza nuestras manos, apoyando la cabeza en mi hombro—. Muchas veces no entiendo si estoy enojado, ansioso… No puedo gestionar muy bien lo que por mi cabeza corre.

Lo obligo a mirarme al colocar ambas manos en sus mejillas.

—Ellos te quieren mucho y tal vez estén listos para arreglar las cosas contigo.

Antes de ir a ver a Darlene, el principito me ayuda con algunos detalles finales de la tarta y la dejamos cubierta por una cúpula de cristal. Juntos caminamos hacia la habitación de trabajo de su abuela. El cuarto en el que Darlene se encierra para escribir está en el segundo piso y tiene la mejor vista de toda la casa. Ella, según me cuenta el principito, utiliza el balcón principal de esa habitación en verano como lugar favorito para escribir o arma un espacio en el gran jardín con los muebles que hay allí.

Su nieto toca la puerta un par de veces hasta que Darlene nos permite entrar. Ella, al vernos, frunce el ceño y hace un rápido tecleo hasta que cierra su laptop y espera por lo que sea que pase.

Casi se me escapa un silbido al ver la cantidad de libros que hay aquí. Bien podría avergonzar a la biblioteca más grande del mundo.

—Abuela, ¿puedo hablar contigo? —Mi novio se acerca poco a poco al gran escritorio en el centro del cuarto—. Tal vez estés ocupada, pero insistiré en que hagas un tiempo para mí.

Ella se quita los lentes y lanza un suspiro desde el fondo de su pecho.

—Dime.

—Lamento haber armado un alboroto, no volverá a suceder.

Darlene no suaviza la línea tensa formada en sus labios. Se nota que ella esperaba otro tipo de explicación, pero también es evidente que Liam no tiene la intención de decir algo más que lo que ya salió de su boca.

—Estás castigado —sentencia su abuela—. Si tu comportamiento no mejora con el paso de los días, el castigo será por tiempo indefinido. Además, tomarás terapia. No sé si esos arranques se deben a tu actual condición o ya venían acumulándose y nadie fue capaz de detectarlo para corregirlo.

Liam no dice ni hace nada, solo se queda en silencio, sometido a lo que su abuela dictamina sin siquiera poner mala cara o decirle el por qué actuó de ese modo. No sería una justificación, pero de alguna forma ayudaría a que ella no lo siga viendo como un criminal cuando en realidad es la víctima.