XLV
Congreso de Gobernadores y Alcaldes Afiliados
Planeta Brazzky
Día 8 del Mes 13 del Año 2104 D.A.
En la lujosa recepción realizada en un caro hotel brazzky, decenas de diferentes políticos afiliados que ejercían como gobernadores y alcaldes conversaban en medio de música, bocadillos repartidos por saloneros, y algunas imágenes holográficas para amenizar el ambiente.
—Entonces, gobernadora Valag —decía Rupert evidentemente interesado en una hermosa mujer madura brazzky, de cuerpo voluptuoso apenas cubierto por un exótico traje de gala, y un largo cabello rizado que le caía hasta la espalda. Ambos sostenían copas con vino xirgón. —¿Resulta difícil administrar el Próxima 9?
—Algo, considerando que es uno de los más cotizados destinos turísticos de la Galaxia. ¿Cuándo gozaremos de su compañía en Próxima 9, gobernador Corrado? Puedo hacer que lo reciban con todos los honores —dijo acercándosele. —Puedo mostrarle mi suit personal.
—Será para mí un placer... —dijo Rupert correspondiendo el evidente acercamiento. —Pase por Carixis, gobernadora Válag, y será un honor darle todas las atenciones posibles...
—¡Ejem! —tosió Kriggs colocándose al lado de Rupert provocando un enfriamiento evidente en la actitud coqueta de Válag.
—Disculpe, Gobernador —dijo la brazzky algo decepcionada. —Debo tocar unos asuntos con el alcalde Kor de Ciudad Ekalar.
—¿Tienes que mantenerte pegada a mí todo el tiempo? —preguntó Rupert a Kriggs notablemente molesto.
—¡Soy tu guardaespaldas! —le respondió Kriggs.
—Pero no eres mi niñera ni mi chaperón. Es más, eres mi ex novia, Kriggs. ¿Por qué no te acercaste cuando el maldito gordo del gobernador Walker me estaba contando sus malos chistes?
—Si no deseas que siga siendo la jefa de seguridad de Carixis solo tienes que decirlo. Tengo otras muchas buenas ofertas de trabajo.
—¡Has lo que quieras! Eso tal vez haría menos incómoda esta situación. Te ordeno que vayas a hacer guardia a algún otro lado, a intervenir sistemas de comunicación o cualquier otra cosa que normalmente haces. Déjame solo.
—Perfecto. Pero si alguien te dispara no sueñes con que saltaré para recibir el disparo.
Después de algunas conversaciones protocolares sin importancia, Rupert fue a respirar aire fresco a la terraza. Fue entonces, que surgió de entre las sombras la sorpresiva presencia de una extraña mujer. Era una cártagik joven, pero con un aspecto avejentado por su rostro ojeroso y surcado de arrugas. Estaba despeinada y su gabacha gris de científica estaba sucia y arrugada. Rupert se alarmó, tomándola por una demente, y cuando la mujer le aferró las solapas del traje, expresó:
—¡Kriggs! ¿Dónde estás cuando te necesito?
—Tranquilícese, Gobernador, no pretendo hacerle daño. Solo puedo recurrir a alguien como usted...
—No tengo dinero...
—No es eso —dijo soltándole. —Soy una científica. Técnica en informática avanzada. Trabajé para Empresas Starman. En un proyecto secreto e ilegal —dijo mirando paranoicamente hacia los lados. ¿Ha escuchado hablar de la psico—transferencia?
—Sí. Un procedimiento que consiste en traspasar la memoria y la personalidad contenidas en una mente viva a un programa de computadora para que la mente sobreviva eternamente en forma digital. Los valtáricos lo aplicaron pero luego lo prohibieron porque las mentes enloquecían con el tiempo. Es un procedimiento prohibido en todo Estado del Concejo Galáctico.
—Así es, pero las Empresas Starman han investigado secretamente la psico—transferencia desde la dictadura de Torm cuando la compañía recibía grandes sumas de dinero del Gobierno.
—¿Tiene conocimiento de esto Max Starman?
—¿Cómo no? Es el presidente de la compañía.
—Si lo que usted dice... —titubeó al no recordar el nombre.
—Doctora Kall —adujo.
—Si lo que usted dice, doctora Kall, es real, no solo estamos ante un hecho delictivo grave por parte de la empresa más rica y grande de la Afiliación (y una de las más grandes de la Galaxia), sino ante graves ilícitos cometidos por un candidato a presidente de la Afiliación. ¿Hay pruebas?
—Sí, pero no las traigo conmigo... Se las daré luego. Debo irme... —dijo partiendo apresuradamente.
—¡Espere! ¡Puedo protegerla! Mi guardaespaldas es una agente especial experta en seguridad... ¡Regrese! —pero sus llamados fueron inútiles y la científica había partido.
La Zona Inexplorada
Desde la Walhalla, la tripulación podía observar el horrible evento donde la Colmena atacaba un planeta indefenso para explotarle todos sus recursos. La pantalla del puente mostraba una esfera gigantesca, del diámetro de una luna grande, toda mecánica pero repleta de orificios como asemejando a una verdadera colmena. Disparaba bombas de plasma y cañones fotónicos de alto calibre contra un planeta indefenso que intentaba contraatacar infructíferamente con armas nucleares inútiles ante el escudo de energía de la Colmena.
—Tenemos que hacer algo —sugirió Cheng. —No podemos quedarnos de brazos cruzados presenciando una masacre genocida.
—Estoy de acuerdo —dijo Sashak con rostro indignado. —Pero ¿cómo podemos contrarrestar el poderío de la Colmena?
—Bueno —dijo Zílog— al menos deberíamos distraer su atención. Comuníquenme con la estructura.
—No responde, señor —alertó Cheng.
—Disparen a la Colmena, prepárense para una batalla...
La Walhalla era un Acorazado gigantesco y una de las naves más mortíferas de la Galaxia conocida. Sin embargo, se veía pequeña al lado de la estructura colmenar que confrontaba. Sus disparos apenas parecían provocar rasguños al colosal enemigo.
—Tenemos tres bombas de antimateria, Capitán —recordó Arg.
—Prefiero guardarlas para emergencias —explicó Zílog. —Aparentemente les parecemos tan poco cosa que ni siquiera responden nuestros ataques.
—Señor —dijo Kerozt. —Hay una posibilidad pero es en extremo peligroso.
—¿Cuál?
—Nanorobots. Inyectar un torrente de nanorobots autoduplicantes que contengan virus de computadora e invadan la estructura destruyendo sus sistemas.
—Interesante. Combatir al titán con la inteligencia y no con la fuerza.
—Lo peligroso consiste en que, para hacerlo, deberíamos viajar en una cápsula hasta la cubierta de la estructura, burlar el campo de fuerza e inyectar los nanorobots.
—Destruirán la cápsula en cuanto se acerque —dijo Cheng.
—Tal vez no... —dijo Zílog. —Tal vez nos ignoren como hasta ahora. Cheng, Arg y Kerozt, vengan conmigo. El resto continúe atacando a la Colmena.
Los cuatro afiliados salieron en una nave capsular hasta aproximarse al campo de fuerza, el cual desviaron por medio de un dispositivo electromagnético especial. Tocaron la cubierta y utilizaron una especie de brazo mecánico de la nave para inyectar los nanorobots.
En el momento en que el brazo tocó la estructura, esta dispersó un choque eléctrico de alta potencia que invadió la totalidad de la nave, dejando inconscientes a sus tripulantes.
Zílog despertó de su estado de inconsciencia. Se encontraba encadenado a una extraña mancuerna mecánica que le aferraba el dorso y lo elevaba sobre un abismo de circuitos, cables, tubos y piezas metálicas. Conforme su vista dejó de nublarse y pasó su turbación mental, pudo observar que Cheng, Arg y Kerozt se encontraban en idéntica situación, no muy lejos de él.
—¿Dónde estamos? —preguntó Cheng.
—En el interior de la Colmena —respondió Arg. A su alrededor había una intrincada maraña de túneles y tubos todos dentro de una caótica estructura mecánica. De entre las entrañas de la estructura, y frente a ellos, aparecieron los horribles habitantes del armatoste. Parados sobre una plataforma metálica a varios metros de las mancuernas que los aferraban, llegaron tres espantosos insectos que erguidos llegaban a medir unos veinte metros de estatura. Con mandíbulas de hormiga, seis ojos en sus rostros alargados como de cucaracha, con cuatro antenas en sus cabezas, garras como de mantis religiosa, vientres de saltamontes y abdomen de escarabajo, con seis patas que tocaban el suelo.
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—¿Cómo logran comunicarse conmigo? —preguntó Arg.
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—¿Puedes comunicarte con ellos? —preguntó Zílog suponiendo que se comunicaban por medio de mensajes químicos como la mayoría de los insectos.
—Sí, pero por medios telepáticos —respondió Arg. —¿Pueden comunicarse con ellos también? —preguntó Arg refiriéndose a sus compañeros.
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—Les suplico que los hagan partícipes de esta conversación. Es importante.
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—¿Qué quieren de mí.
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—¿Por eso las destruyen?
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—¿Cuántas civilizaciones han destruido?
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—¿Y no sienten remordimiento por la destrucción de millones de civilizaciones?
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—Repito la pregunta. ¿Qué quieren de mí?
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—¡Monstruos! —gritó Zílog indignado. —¡Son unos monstruos! Aniquilan especies completas sin siquiera chistar... ¡Son una plaga del Universo! ¡Una peste!
<<¡Mamíferos!>> dijeron desdeñosos los insectos <
Arg pareció pensarlo largo rato.
—¡No me digas que lo estás pensando, Arg! —le reclamó Cheng. —Son unos monstruos de sangre fría...
—Los kinoshanos también tenemos la sangre fría —dijo Arg —ustedes mamíferos, reptiles, y demás no insectos, son seres inferiores, cargados de emociones tontas y relaciones sociales complicadas. Son un retraso evolutivo. Una degeneración. Este Universo pertenece a los insectos.
La mancuerna que sostenía a Arg se movió hasta la plataforma y lo soltó sobre ella. Las remanentes tres mancuernas se metieron por compuertas en las paredes y alejaron a los tres afiliados de la vista de Arg.
Algunos momentos después, Zílog, Cheng y Kerozt eran arrastrados por unos robots que los aferraban por el dorso de forma similar a las mancuernas de hace un rato. Los trasladaban por un extenso pasillo repleto de largos tubos de cristal llenos de líquido azulado. Dentro de los tubos yacían especímenes de cientos de especies diferentes, muertos. Cada tubo contenía un espécimen de una especie diferente. Había seres de todas formas y tamaños; antropoides muy similares a los humanos, primates parecidos a yetis de piel gris, felinos peludos, reptiles similares a lagartos, moluscos, plantas, gusanoides, anfibios, seres acuáticos, crustáceos sin ojos, con muchos ojos, con seis brazos, con largas ventilas en la cabeza, etc.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Cheng.
—Víctimas de estas mantis, evidentemente —le respondió Zílog. —Es lógico suponer que, al menos por curiosidad científica, o como un trofeo jactancioso, las mantis conservan un ejemplar de cada especie que exterminan.
—¿Dónde nos llevan? —preguntó Kerozt. —Hasta donde sé, nuestras especies aún no han sido exterminadas por estas abominaciones.
—Evidentemente —dijo Cheng con cierta resignación— nos harán experimentos. Para ellos somos poco más que una mosca en un tubo de ensayo.
Dos puertas plegables se abrieron permitiendo a los robots adentrarse con los tres afiliados prisioneros dentro de un espantoso laboratorio repleto de agujas, láseres y mesas de operación. Los robots desnudaron totalmente a los tres afiliados y los colocaron atados sobre una mesa cada uno. Luego extrajeron de entre sus cuerpos mecánicos una serie de escarpelos, bisturíes, jeringas, cuchillos y similares instrumentos.
Conforme una pequeña cierra manejada por un robot al servicio siniestro de las mantis, se disponía a abrir un incisión sobre el cuerpo vivo de Zílog, este intentaba por todos los medios mantenerse fuerte y suprimir el terror que lo embargaba. Consciente de que sufriría una vivisección, respiró profundo justo cuando la cierra estaba a punto de cortar su pecho y escuchaba los gritos aterrados de Cheng a su lado.
Un estallido llamó su atención. El robot se detuvo y con él la cierra. Lo mismo pasó con los robots que estaban por abrir a Cheng y a Kerozt. Se detuvieron en medio de chispazos y de humaredas.
Arg llegó ante ellos con una pistola láser en mano con la cual había despachado los robots, luego liberó a sus amigos.
—¡Arg! —exclamó Cheng. —¿Qué pasó?
—¿Dudaron de mi lealtad? —preguntó Arg.
—Tengo entendido que los kinoshanos son incapaces de mentir —observó Zílog.
—No mentí —respondió Arg— lo que dije lo dije en serio. Sin ánimo de ofenderlos. Pero de reconocer la supremacía evolutiva de los insectos ha traicionarlos a ustedes y a la Galaxia hay mucha diferencia. Engañé a los seres y logré escapar entre la maraña de túneles mecánicos. Deben de estarme buscando.
—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Kerozt.
—Mi olfato es muy superior al de ustedes.
—Sugiero —dijo Zílog— que salgamos de este maldito lugar lo antes posible. Las mantis deben de estarnos buscando...
—Logré tener acceso a una parte del sistema central de la estructura —dijo Arg— provocando una modificación en el ambiente que les dará cierta ventaja.
—¿Qué hiciste? —preguntó Cheng.
—Alteré los sistemas ambientales para que la temperatura baje gradualmente hasta quedar bajo cero. Los brazzky y los humanos, e incluso los brakioneses a pesar de ser reptiles, son seres de sangre caliente. Pueden sobrevivir bajas temperaturas a diferencia de nosotros los insectos. Conforme el frío incremente, todos los insectos en esta estructura reduciremos nuestras facultades físicas y biológicas al mínimo, hasta que se nos provoque la muerte.
—¡Pero Arg! —exclamó Zílog— eso te afecta también a ti...
—Me estoy sacrificando por ustedes. —Respondió.
—No sé que decir, Arg —expresó Cheng— estás haciendo algo demasiado noble...
—No es nobleza. Es sencillamente lógica. Somos cuatro individuos miembros de una misma comunidad. Lo lógico es que se sacrifique uno si con ello se salvan tres. Matemática elemental.
—Bueno pues, con o sin matemática, intentaremos salir de aquí contigo vivo. —Sentenció Zílog y comenzaron la huida.
Sistema Carixis
En medio de la campaña por la presidencia de la Afiliación, Max Starman realizaba un discurso en un lujoso hotel de Ciudad Estelaria, frente a cientos de seguidores, pero especialmente ante poderosos empresarios multimillonarios que apoyaban su candidatura.
Entre los asistentes se encontraba Sálax, la fría y ambiciosa empresaria Alaxi, quien escuchaba interesada al candidato afiliado.
—Promoveré la libre empresa en toda la Afiliación —decía Starman ante sus electores, pero repentinamente, la figura esbelta y de mirada sarcástica de la hermosa sáxuer captó su atención— pero especialmente en Carixis que lo convertiré en una zona franca.
Una lluvia de aplausos invadió el salón. Starman terminó su discurso y bajó de la mesa principal a estrechar las manos de sus seguidores. Pronto hubo música en el lugar y meseros repartiendo bocadillos y licor.
—Usted es... la Srta. Sálax, ¿verdad? —le preguntó Starman.
—Efectivamente. Me gustó su discurso. Aunque claro está, no voto.
—Hay cosas más importantes que votar. Como posibles negocios entre la Afiliación y la Corporación Alaxi una vez que sea presidente.
—Se ve muy seguro de su triunfo.
—No llegué a ser uno de los magnates más ricos de la Galaxia siendo inseguro. ¿Gusta conversar conmigo sobre negocios?
—¡Por supuesto!
Tras terminar la actividad proselitista, Starman y Sálax fueron a comer en uno de los más finos restaurantes de todo Carixis. Degustaban de caros vinos y platillos mientras conversaban durante horas.
—¡Capitalismo! —decía Starman— tan criticado y repudiado. Pero es la solución a todos los problemas. El capitalismo hace grandes a las personas y a las naciones. Nos alimenta y nos hace crecer. Es el orden natural del Universo. Las plantas crecen buscando la luz solar para alimentarse. La evolución se da a raíz de la supervivencia del más fuerte. El socialismo es antinatural y autodestructivo.
—¡Maravillosa forma de pensar! —halagó Sálax. —Pocas personas exponen tan claramente la sabiduría capitalista. ¿Está seguro que usted no tiene sangre Alaxi en sus venas?
—No que yo sepa. Pero admiro profundamente la cultura Alaxi. Ustedes han logrado el Estado perfecto. Un Estado Tecnócrata, donde los empresarios gobiernan y donde el Estado es administrado como una gran corporación. Los felicito realmente.
—Pareciera que usted desea aplicar nuestro sistema político en la Afiliación. Pero, ¿qué hay de su tan mencionada democracia?
—¡Bah! Tonterías. La democracia es un circo electoral para manipular masas. Algo que inventaron los esclavos rebeldes y los populistas de izquierda hace siglos. Bueno, esto jamás lo diré públicamente por supuesto, me costaría la elección. Pero en todo caso, trataré de aplicar la sabiduría del capitalismo en mi gobierno, por más democrático que sea. Y para hacerlo —dijo tomándole de la mano— puedo requerir de una mujer experta en el tema a mi lado... Una mujer como usted.
—Agradezco la oferta —dijo Sálax. —¿Pero como es que un hombre de su riqueza no tiene esposa o novia?
—Gracias a mi dinero he tenido a las mujeres más hermosas de la Galaxia. Todas las mujeres que pueda desear un hombre en cantidad y calidad. Con el tiempo, uno se da cuenta que la verdadera plusvalía de una pareja radica en otros elementos. Más allá de ser usted muy hermosa, usted comparte mis valores y mi forma de pensar. Nos parecemos mucho. Tal vez es algo narcisista, pero ansío estar con alguien similar a mí.
—Ha dejado muy claro eso, Sr. Starman, ¿o debo decirle Max? —dijo besándolo.
—Perfectamente claro, Sálax.
—Es un experimento interesante... un negocio con riesgos, podría decirse en nuestros términos usuales.
—¿Qué? ¿Qué es un experimento?
—Descubrir si personas como nosotros somos capaces de sentir amor...
La Colmena
Los cuatro tripulantes del Walhalla tenían que esquivar a los robots sin mente al servicio de las mantis, en los angostos pasillos de la Colmena. Dichos robots les atacaban con armas láser brotando de sus cuerpos mecánicos. Zílog logró destruir uno de los robots con un tuvo que soltó de entre la estructura, y logró removerle el arma láser para luego usarla contra los otros robots. Conforme despachaban a los autómatas, los cuatro tripulantes quedaron armados completamente, y de esta forma confrontaban a los robots más exitosamente.
Al paso del tiempo, el frío comenzaba a recrudecer hasta el punto en que el vaho era visible cuando exhalaban. Dicho frío causaba un daño severo a Arg quien estaba cada momento más lento, aturdido y aletargado.
—¡Vamos Arg! —animó Zílog— ¡Tú puedes!
Arrastrándose por entre los estrechos conductos de aire, en búsqueda de alguna nave para abordar y escapar, llegaron hasta una especie de plataforma donde encontraron millones de larvas y huevesillos.
—Aquí es la guardería —comentó Zílog— donde cuidan a sus crías...
Al lugar hicieron entrada tres de los gigantescos insectos que encararon a los tripulantes.
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—Den un paso más y dispararé contra sus crías —amenazó Zílog.
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—En verdad no tienen sentimientos —dijo Zílog justo cuando un disparo inesperado atravesó la cabeza de una mantis, haciéndole caer muerta al suelo.
La autora del disparo era Sashak, quien al lado de Velkar y de un tripulante androide, habían penetrado en la Colmena. Todos enarbolaban rifles láser de muy alto calibre, que estaban especializados para matar animales grandes.
—¡Sígannos! —dijo Sashak disparándole a los otros insectos, matando uno más e hiriendo a otro mientras escapaba por un rendija seguida de inmediato por el resto.
Entre los pasadizos de la estructura, llegaron hasta una cápsula de la Walhalla enclavada en el escudo, donde penetraron para luego escapar a toda velocidad.
La cápsula fue de inmediato atacada por los potentes armamentos de la Colmena, pero fue capaz de esquivarlos, salvo por un disparo que pasó rozando la cubierta provocando severos daños. Entraron a la Walhalla que ahora sí estaba bajo ataque...
Residencia del Duque Niurg
Cuarta Luna
Planeta Xirgón
—Querido esposo —decía una de las hermosas pero sádicas esposas del duque Niurg— esta zorra malagradecida ha llamado por comunicador a un tal Lin Corrado, un muchacho afiliado que vive en la Tierra. Te ha sido infiel y merece un castigo ejemplar, por tu honor.
Yashak, la joven de 16 años, hija del torcido criminal Wushuk, ex novia de Lin Corrado y casada a la fuerza con el anciano duque, se encontraba de rodillas mientras las otras cuatro esposas (tres de ellas jóvenes y hermosas), y el propio Duque, la juzgaban sentados sobre almohadones.
—¡Azótenla! —ordenó furioso el Duque. Sus sirvientes le desnudaron la espalda y comenzaron a propinarle dolorosos azotes con un látigo de cuero en medio del llanto desesperado de la adolescente. —Te venderé como esclava a algún burdel... —sentenció el Duque.
—¡Basta! —dijo la primera esposa del Duque, una anciana fuerte y de mirada turbia. —Esta niña es inocente.
—¿Qué dices maldita anciana decrépita? —le dijo una de las esposas jóvenes.
—Todo ha sido un ardid para incriminar a esta niña, que genera profundos sentimientos de envidia entre tus tres esposas adultas. Las tres se han estado intentando de perjudicar mutuamente desde siempre, y también han intentado causarme mucho daño a mi misma. Pero esta vez dejaron su enemistad y se unieron contra la niña. Yashak fue enviada al establo como parte de una trampa de ellas tres. Si ha llamado a ese muchacho, es porque yo se lo he pedido. Tengo un negocio que hacer con Rupert Corrado, y me enteré de que Yashak fue amiga de su hijo Lin cuando vivían en Carixis. Eso es todo. —La anciana mintió para ayudar a Yashak. —Pero debo advertirte, querido, que tengo videos filmados de estas tres zorras haciendo orgías con los sirvientes en los establos.
Las tres esposas jóvenes se quedaron pasmadas del terror ante el giro de las circunstancias.
—Parece que son otras las que venderé como esclavas a algún burdel donde podrán dar rienda suelta a su vocación —sentenció el Duque. —Llévenselas —ordenó a los sirvientes con un ademán de la mano, los cuales obedecieron de inmediato.
—Bueno, querida —dijo el Duque a la anciana— ahora tú y Yashak serán mis únicas esposas. Al menos por algún tiempo.
Planeta Brazzky
Esa noche se cerraba el Congreso de Gobernadores y Alcaldes Afiliados con un concierto de música clásica (de la Tierra) que incluía en el repertorio a Metallica, Kiss, Rammstein, Era y solistas como Elton Jon, Madonna y Shakira entre otros. El concierto estaba a cargo de la Orquesta Sinfónica Afiliada, especializada en música clásica de gran variedad de planetas.
El director de orquesta (un elegante cártagik), sonó la batuta en el podio electrónico que presentaba la partitura en forma digital, y los diversos músicos de todas las especies afiliadas (excepto los kinoshanos, quienes por ser insectos que se comunicaban por olores químicos no tenían el menor sentido musical), tocaron las diversas melodías del repertorio, comenzando con una versión acústica de “Nothing Else Mathers” de Metallica.
Entre los que disfrutaban del concierto se encontraban por supuesto, Rupert y Kriggs, sentados en primera fila.
Ya avanzada la velada, y mientras se tocaba “La Isla Bonita” de Madonna, la Dra. Kall interceptó a Rupert en su asiento. Kriggs se alarmó colocando su mano sobre la pistola láser que guardaba en su chaqueta hasta que Rupert la tranquilizó.
—Aquí tiene la evidencia... Gobernador... —dijo tímidamente y con tono desesperado entregándole un CD, justo en el momento en que una aerocicleta, manejada por dos sujetos con cascos negros que les cubrían el rostro, y uniformados de negro, sobrevoló hasta el lugar.
Los sujetos dispararon contra la Dra. Kall hiriéndola gravemente y escapando a toda velocidad. Rupert se salpicó de su sangre amarilla cártagik y la retuvo en brazos conforme caía al suelo. La herida comenzaba a cerrarse gradualmente como era natural gracias a las capacidades regenerativas cártagik. Sin embargo, el daño era demasiado grave y contundente.
—¡Dra. Kall! ¿¡Quien hizo esto!? —preguntó Rupert.
—Salve... a la... Afiliación... —dijo la científica antes de morir. Rupert tomó el CD y lo encontró carcomido por el fuego, evidentemente deliberado, de un disparo.
—Algo anda mal aquí —dijo Kriggs suspicaz. —En una convención de gobernadores y alcaldes como esta se supone que hay medidas extremas de seguridad. Estos sujetos solo pudieron burlarlas si...
—Si contaban con apoyo de alguno de los alcaldes o gobernadores —terminó de sentenciar Rupert con preocupación.
La Zona Inexplorada
La batalla entre la Colmena y la Walhalla fue tremenda, pero la peor parte parecía llevarla la Walhalla. Los portentosos armamentos de la Colmena habían provocado severos estragos dentro y fuera de la nave.
—Creo que esta es una emergencia que amerita el uso de la antimateria, señor. —Le sugirió Cheng.
—¡Disparen la bomba de antimateria! —ordenó.
La reacción en cadena provocada por la susodicha bomba tuvo un resultado casi nulo, provocándole un leve boquete en la cubierta, sin embargo, sirvió de distracción para que la Walhalla se adentrara al hiperespacio escapándose de la Colmena.
—Hemos sobrevivido el enfrentamiento contra la Colmena milagrosamente —dijo Zílog en medio de los aparatosos daños causados por el virulento enfrentamiento.
—Planean atacar a los mundos del Concejo, señor —dijo Arg. —Me lo dijeron cuando estuvimos solos. Piensan que ya es hora de atacar la Zona Civilizada.
—El Concejo Galáctico no puede ganar si tiene que enfrentarse al Planeta Oscuro y a la Colmena al mismo tiempo —sentenció Cheng. —Debemos advertirles. Pero nos tomará días encontrar una frecuencia apropiada de hiperespacio que nos permita transferir un comunicado a tiempo.