I

LAS CRIATURAS QUE ESPERAN EN EL ABISMO

El Orm Infernal se removía inquieto, incómodo, molesto en lo profundo del Abismo Infinito, el reino de sombras y maldad absolutos donde habitaba. Estaba hambriento, muy hambriento, tras haber sido encerrado en su prisión infernal hacía cientos de miles de años. Pero también ansioso. Las estrellas se estaban alineando de forma correcta, y sentía que su liberación estaba cerca.

—El ser, mi señor –dijo una voz sombría y gutural desde miles de años luz de distancia. Era Cronos, uno de sus vástagos oculto en el agujero negro del centro de la Galaxia. –El ser que está en Carixis, mi señor. ¿Será el Avatar?

—Si lo es... habrá que matarlo –recalcó Y’lir Komuth, desde otra distancia inimaginable. –Sólo el Avatar puede evitar que el Reino de la Oscuridad vuelva una vez más...

—Sí –dijo siseante la voz del Orm Infernal, y sus vástagos se estremecieron por la malignidad que encerraba. –Pero no aún. Todavía podemos convertirlo a la Oscuridad. Y si se vuelve un servidor de las sombras. Si seducimos su corazón para que se torne oscuro... Será un aliado poderoso.

—¿Qué pasa si no abraza las tinieblas? –preguntó Lothus.

—Entonces morirá.

El Orm Infernal se rió estruendosamente desde su prisión en el Abismo más allá de las estrellas. Su aspecto, una concepción mental de la maldad pura, con miles de ojos rojos que atravesaban los confines del cosmos, largas e incontables lenguas de blasfemias, filosos colmillos, tentáculos de un número infinito, y un largo cuerpo gusanoide. Un aspecto cuya contemplación provocaba la locura. Esta maldad demiúrgica se carcajeaba complacida esperando el día de su liberación.

Hace eones, cuando sus enemigos, los Dioses Primarios los derrocaron y los encerraron, juraron que regresarían. Las eras astrológicas eran propicias.

Y’lir Komuth, quien alguna vez se sentó en una montaña de cráneos sobre un océano de sangre, estaba atrapado en los hielos sempiternos e impenetrables del Planeta Riptaria. Su cuerpo oscuro se movió complacido, produciendo que grandes bloques de hielo ártico se desprendieran en la superficie.

Lothus, el Mago Oscuro, quien fuera abrazado por la Oscuridad hacia milenios, se relamía esperanzado en su prisión en una dimensión de caos y maldad puros.

Kezarath, Reina de la Perdición, se sonreía complacida en su trono de hueso, situado en las insondables profundidades pedregosas de la luna de Nébulus 5, donde estaba rodeada por deformes sirvientes ciegos.

Y Cronos, el único que estaba libre, soñaba el sueño oscuro, en medio de las penumbras infinitas de los abismos espaciales. Pensando en la liberación, cuando su señor, el Orm Infernal, y los hermanos oscuros; Y’lir Komuth, Kezarath, Lothus, y los demonios abismales encerrados en la dimensión de tinieblas cuya entrada estaba en Pléyades, y otra en Cáncer, y la otra en el Sistema Carixis.

Sus siervos oscuros deberán incrementar los rituales y los sacrificios de sangre... porque el nuevo Reino de las Tinieblas estaba cerca...

A no ser que ese fuera el Elegido, el que se fusionaría con el Universo y detendría las huestes oscuras. Ese que llaman el Avatar...

Rupert Corrado...

Planeta Carlagia.

Provincia del Imperio Xirgón.

Día 7, mes 13 del año 2100 D.A.

Un desolado paisaje de seca lobreguez se extendía a lo largo del Planeta Carlagia. Este mundo era una tierra desértica, donde unos cuantos peñascos que se erguían entre el arenoso suelo cual dólmenes olvidados, sobresalían entre las infinitas dunas de un océano de arena. Dos soles incandescentes brillaban refulgentes cocinando con sus rayos inclementes la azotada tierra. Los vientos –calurosos como todo lo de este planeta infértil y tortuoso— se removían siseantes en medio de las infinitas arenas.

Pero en medio de este ambiente desesperado, una civilización se las arregló para sobrevivir. Los brakioneses vestían túnicas que les cubrían todo el cuerpo, incluyendo una capucha sobre la cabeza. Y un turbante que les ocultaba toda la cara salvo los dos ojos de color amarillo sin pupila. Sus manos de largos dedos delgados eran de piel callosa y muy gruesa, de color marrón. Remontaban las arenas del desierto sobre iguanas domesticadas de unos cinco metros de diámetro.

Los brakioneses eran un pueblo silencioso y curtido. Por cientos de miles de años sobrevivieron en un ambiente ingrato y adverso para la vida, donde sólo los más fuertes prolongan su existencia. Las guerras entre tribus eran sangrientas e inclementes. De un pozo de agua dependía la vida, y podían realizarse confrontaciones repletas de salvajismo, extendiéndose por generación en generación hasta remontarse a oscuros comienzos que nadie recordaba. Pero también de la clemencia y la hospitalidad dependía la supervivencia, y a su estricto sistema legal se incluían castigos como la muerte por romper su palabra, su honor o su hospitalidad con el necesitado.

Cuando se asentaban en sus campamentos en el desierto, generalmente aprovechando las esporádicas sombras de los pedregosos monolitos, erguían tiendas confeccionadas por piel y huesos de iguana. Extraían el agua de los monolitos pedregosos, de pequeños pozos en la arena, de ciertos tipos de plantas, y de la sangre de los animales y las personas muertas.

En el campamento donde una tribu de brakioneses nómadas se había asentado momentáneamente, varias docenas de hombres y mujeres se dedicaban al comercio, a la conversación y a alimentarse. Los niños jugaban despreocupadamente, y los ancianos se sentaban a realizar extensas conversaciones.

En medio de esta escena tradicional, un aeromóvil se acercó sobrevolando las arenas del desierto. El vehículo estaba tripulado por dos personas; un hombre humano y una mujer soth, cuyas especies son rara vez vistas en estas tierras inhóspitas.

El aeromóvil aterrizó sobre la arena, provocando que los aguerridos hombres brakioneses apuntaran desconfiadamente sus rifles láser, cuyo cañón metálico plateado resplandeció por efecto de la luz solar. Rupert y su acompañante descendieron del transporte. Rupert era n hombre de 33 años, de metro setenta y cinco, piel morena, cabello y ojos castaños, de rostro amigable y hoyuelos en las mejillas. En ese momento vestía una chaqueta y una camiseta fresca, así como un pantalón de colores opacos. Su acompañante, la mujer soth, era una hermosa mujer, de figura esbelta, piel muy blanca, ojos amarillos de pupila felina, orejas puntiagudas, cabello con mechones blancos y negros. Vestía totalmente de ropa negra satinada, una chaqueta, una camiseta, pantalón y botas. Se colocó unos anteojos oscuros para protegerse de los soles.

—¿Qué los trae a nuestros dominios, humano? –le preguntó el líder de los brakioneses hablando en lengua valtárico. Un anciano que caminaba con la ayuda de un bastón de madera.

—Ashalam fallashi watahud Alhamedh Kahalahi. Presentamos nuestros respetos, Gran Jeque. –Respondió Rupert en carlagiano. –Washig habal mehamed Rupert Corrado, ahud mahävi sawarí Kriggs, mohad Kahum Sawëhub Nahazätem. Soy el gobernador Rupert Corrado, y ella es la agente Kriggs, de la Afiliación Democrática de Planetas.

—Kahub... Pasen... –respondió el Jeque señalando hacia su tienda.

—¿Qué tal es mi carlagiano? –preguntó Rupert a Kriggs mientras penetraban en la tienda.

—Pésimo, tu acento humano es demasiado marcado. –Le respondió su acompañante.

Adentrándose en la espaciosa tienda del Jeque, fueron en todo momento escoltados por los recelosos brakioneses armados. Se sentaron en los espaciosos almohadones.

—Mejor hablemos valtárico, Gobernador –solicitó el Jeque sentándose— evidentemente usted no domina bien la pronunciación de nuestra lengua.

—Te lo dije –le susurró Kriggs a Rupert.

—No es normal que un político afiliado de tan alto nivel se tome la molestia de venir hasta acá. –Comentó el anciano.

—No soy un político tradicional. –Respondió Rupert. –Mi acompañante, la agente Kriggs es una experimentada agente de la Inteligencia. Como usted debe saber, la Afiliación simpatiza con la causa del pueblo carlagiano, y estamos deseosos de ver este mundo libre. Es por ello, que después de arduas labores de espionaje, conseguimos esto...

Kriggs extrajo de su chaqueta un CD láser, que mostró sonriente al Jeque.

—Este disco láser contiene información estratégica de la Guardia Imperial Xirgona –aseguró Kriggs— códigos de acceso, ubicación de naves, capacidad militar, claves para arsenales...

—¿Y nos lo dará... sin pedir nada a cambio? –preguntó el Jeque.

—Sí... –respondió Rupert— los xirgones son nuestros rivales en la Galaxia. La cooperación es lógica.

—Que el Universo lo bendiga, Gobernador. Y a su mujer. Por favor disfruten de la hospitalidad de mi tribu mientras los acompañamos a su destino... –el Jeque removió su turbante de la cara, mostrando rasgos de primate, pero de una piel muy gruesa, carente de todo cabello.

Esa noche, la tribu celebró con bailes y música. Ritmos exóticos iluminados por una fogata, durante la fría noche del desierto carlagiano, bajo la luz de siete lunas. Los brakioneses eran unas 30 familias, con niños y niñas pequeñas, jóvenes, adultos y ancianos.

—No soy tu mujer... Rupert –le recriminó esa noche Kriggs al calor de la fogata.

—La carlagiana es una cultura bastante patriarcal, Kriggs –respondió Rupert, y mordió un pedazo de lagartija frita que habían cocinado los brakioneses. –Sabe bien, es algo salada, pero sabrosa. ¿Quieres Kriggs?

—Estos escorpiones fritos me gustan más... son más crujientes.

—¿Por cuánto tiempo nos quedaremos con los brakioneses, Kriggs? Por más que disfruto su hospitalidad, ellos evolucionaron aquí, nosotros no. Los brakioneses requieren beber menos agua que nosotros y soportan temperaturas mucho más altas que tu especie y la mía.

—Sólo nos quedaremos un poco más, Rupert. Debemos dejar el aeromóvil aquí para que no nos rastreen. Necesitamos que ellos nos lleven seguros hasta la ciudad de Akhadasha.

—Nuestro mundo no ha conocido la libertad en miles de años –dijo el anciano Jeque acercándose a Rupert y Kriggs. –Desde que el Imperio Valtárico gobernaba sobre cientos de planetas. Sin embargo, los designios del Universo son en si mismos perfectos.

—Las luchas internas entre tribus carlagianas debilitan la resistencia, Jeque –comentó Rupert.

—Ahab mahavi kas hatob. Abuelo, cuéntame una historia. –Dijo una niña carlagiana acercándose al Jeque.

—Duwahib, nieta mía. Te he dicho que hables en valtárico cuando haya extranjeros cerca. Es mala educación no hacerlo.

—Perdón. Cuéntame la historia de la Guerra Cósmica...

—¿De nuevo? –la niña asintió— bien. Hace miles de años, muchos, muchos eones en el pasado. Cuando el Universo era joven y el tiempo estaba naciendo. El Universo creó a los primeros seres inteligentes. Las primeras almas. Seres inmortales de poder enorme, absoluto, llamados los Primarios. Siendo los Siete Primeros, los más fuertes y sabios. Eran gobernados por Atrón, el rey de todos. Atrón gobernaba sobre todas las galaxias, planetas y dimensiones que estaban conectadas por los Portales.

>>Hasta que uno de los Siete Primeros, llamado Sáetor, se volvió ambicioso. Enroló a otros Primarios como él, y asesinaron a Atrón. Estos dioses malignos, del Abismo, llamados los Abismales, gobernaron el Universo durante todo un eón. Hasta que un Primario muy hermoso y sabio, llamado Bella Luz, revive a Atrón, y juntos, los Primarios comienzan una guerra cósmica que dura muchos miles de años. Dicen que civilizaciones enteras nacieron y se destruyeron durante el lapso que tomó la guerra. Derrotan a los Abismales y los aprisionan en diversos lugares insondables. Sáetor es atrapado en el Abismo Infinito más allá de las estrellas, donde se convierte en un monstruoso espíritu llamado el Orm Infernal. Y todos los Portales se cerraron. Sin embargo, los Abismales crearon al Planeta Oscuro, —el Jeque susurró en voz baja el nombre del Planeta Oscuro, como era tradicional entre muchos debido al temor que su sola mención generaba. —Un mundo repleto de tinieblas y habitado por abominables monstruosidades abortadas del infierno. El Planeta Oscuro ha intentado conquistar nuestra Galaxia muchas veces, pero siempre es derrotado.

>>La leyenda dice que los Abismales desean liberarse de nuevo, y volver a regir el Universo. Y que cuando la Alineación de las Estrellas sea propicia, serán desencadenados. Sin embargo, si somos buenos, y seguimos las leyes del Universo, Lo adoramos y Lo amamos, y amamos a los demás... los Abismales se mantendrán a raya. Ahora vete a jugar y déjame seguir conversando con el Gobernador.

—Habla muy bien valtárico para su edad –dijo Rupert— yo apenas hablaba español, mi lengua natal, a su edad.

A la mañana siguiente, Kriggs despertó muy temprano por el ajetreo afuera de su tienda. Estaba llena de arena. Despertó a Rupert que estaba a su lado. Ambos salieron y observaron la caravana empacando sobre los reptiles para irse.

Cabalgaron bajo los candentes soles por toda la mañana. Durante un tiempo no hubo ajetreo fuera de la normal. Enfrentaron a uno de los temibles escorpiones gigantes de diez metros que habitan escondidos en las arenas y en los acantilados. Otrora fue la peor amenaza para los brakioneses, pero actualmente los abatían fácilmente con sus láseres, y su especie languidecía en peligro de extinción. Tras matar al monstruo, prosiguieron su larga y lenta marcha.

—Usted es soth, ¿verdad? –le preguntó un joven carlagiano de unos 15 años a Kriggs.

—Sí.

—¿Qué se siente ser mitad máquina?

—No lo sé. ¿Qué se siente no serlo?

Un disparo láser atravesó las dunas del desierto hasta impactar el pecho del joven quinceañero que hablaba con Kriggs. El cuerpo salpicó sangre verde por doquier, impregnando a Kriggs, y cayó inerte al suelo arenoso.

Todos los brakioneses comenzaron a disparar con sus rifles láser contra la tropa de soldados xirgones que les caía encima. Uno a uno los brakioneses iban cayendo al suelo, abatidos por armas láser. Naves xirgonas –de color verde con cuatro alerones en forma de equis— sobrevolaron el árido suelo disparando cañones de fotones que despacharon a muchos brakioneses en medio de nubes de arena.

Kriggs disparó su pistola láser al tiempo que ella y Rupert se refugiaban detrás del cadáver de un reptil muerto. La batalla no tardó mucho. La mayoría de los brakioneses incluyendo al Jeque fueron asesinados. Pronto, unos soldados en uniformes rojos con cascos que cubrían sus cabezas, llegaron hasta donde la pareja afiliada y los encañonaron.

Planeta Riptaria.

Territorio de la Alianza Valtárica.

Hubo una vez, hace cientos de miles de años, que el Planeta Riptaria estuvo habitado por una refinada civilización. Sin embargo, la obra de la Oscuridad extendió sus garras letales sobre el planeta, y actualmente lucía un paisaje devastado. Era un planeta muerto, sin vida. Las bajas temperaturas generaban un cielo gris, totalmente cubierto por sempiternos nubarrones, de los cuales brotaban gruesas nevadas constantemente. El suelo, siempre cubierto por nieve y hielo, era difícil de caminar. Entre los largos e inhóspitos páramos congelados, con altas montañas totalmente cubiertas por el hielo y la muerte helada, se observaba un magnánimo castillo edificado hacía muchas eras. El castillo estaba conformado por altas torres y atalayas. Con largos muros y picudos techos. Una entrada enorme y lúgubre se situaba en el centro de los gigantescos paredones ciclópeos de la atávica construcción.

Una nutrida tropa de caballeros valtáricos se encaminaba en medio de los gélidos torbellinos de fríos vientos y copos de nieve.

Los valtáricos tenían pieles azules, con orejas puntiagudas y ojos de pupilas verdes. Sus largos cabellos eran blancos. Su estatura generalmente oscilaba entre el metro 80 y más de dos metros. Un par de alas de piel similares a alerones de pterodáctilo brotaban de sus espaldas pero los mantenían replegados contra la espalda la mayor parte del tiempo. Vestían largas túnicas blancas, con amplias hombreras, capas y batas sobre las túnicas. Generalmente usaban medallones con un sol colgándoles del cuello. La tropa era de aguerridos caballeros de la Orden de Caballería Valtárica, que usaban espadas quálticas (espadas blancas y cristalinas), adornadas con runas valtáricas, reposando en las vainas de sus espaldas.

La tropa estaba conformada por hombres y mujeres, unos 30 en total, liderados por un Maese de mirada penetrante.

Llegaron a la entrada del Castillo. El plateado edificio contenía un poder particular, místico y ancestral.

—¿Cómo entraremos, Maese Lothar? –preguntó una joven caballera al líder.

—Con magia valtárica –dijo Lothar.

Lothar repitió unas encantaciones mágicas en lengua riptariana. La puerta del Castillo de Cristal se abrió autómatamente.

Caminando por entre los laberínticos pasillos del viejo edificio, ilumiandos por la luz que emitían sus espadas quálticas, quizás por el aprensivo temor que inspiraba el ambiente, aún en los corazones de valientes guerreros, los valtáricos comenzaron a hacer conversación.

—Este planeta, Riptaria, ha estado muerto por cientos de miles de años, y aún descubrimos secretos nuevos... –comentó un tosco caballero.

—En efecto, Cathras. –Fue la respuesta de Lothar. –Pero este Castillo siempre estuvo allí, sólo fue necesario que descifráramos el código de su vibración para hacerlo visible y tangible. La tecnología riptariana era muy superior. Este castillo perfectamente tendrá unos 500.000 años de antigüedad...

Llegaron a un salón gigantesco, redondo, donde el altísimo techo era sostenido por columnas cristalinas. En el centro del salón reposaba un pedestal, y sobre el cual se encontraba incrustada una esfera de tamaño mediano, dorada y brillante.

—La leyenda es cierta –dijo la joven— existe la Reliquia.

—Una Esfera Solar –dijo Lothar observándola hasta que su rostro se vio iluminado por una luz dorada. –Hace cientos de miles de años los Primarios crearon estas reliquias. Contienen el poder y la energía de estrellas enteras contenidas en un envase pequeño. Siete Esferas Solares que estuvieron bajo nuestro dominio por miles de años, hasta que el Planeta Oscuro las ambicionó. Cuando terminó la pasada Gran Guerra las esferas se dispersaron. Una quedó en nuestra posesión, otra pasó a los afiliados, otra a los xirgones y una más a las abominables garras del Planeta Oscuro. Tres están perdidas... bueno, salvo está que acabamos de encontrar.

—Con esta esfera –dijo relamiéndose ambiciosamente Cathras— la Alianza Valtárica recuperará su antigua gloria y podremos volver a conquistar la Galaxia como lo hicimos hasta hace mil años. Con dos Esferas Solares seremos invencibles...

—Tus pensamientos son egoístas y militaristas, Cathras –reprendió Lothar— esta gema sagrada, parte de la corona de Bella Luz, es para fines superiores. Nuestro pueblo ya una vez gobernó la Galaxia, y nos probamos indignos de dicha tarea. Que esta esfera nos permita llevar paz y libertad a todos los pueblos galácticos... En este preciso momento, el Planeta Oscuro, ese infierno en el Universo, esa pesadilla repleta de maldad y abominación, está creciendo en poder y peligrosidad. Puedo sentir a las hordas de soldados oscuros monstruosos incrementando en número y rabia. Puede percibir los malévolos planes que urden los señores y los generales de las Legiones Oscuras. La última guerra contra el Planeta Oscuro casi la perdimos. Sólo unidos todos los pueblos de la Galaxia podremos hacer frente a esta insondable amenaza...

Pero Cathras, imbuido de impaciencia, aferró la esfera con sus manos intentando removerla. Un relámpago de electricidad letal brotó de la piedra preciosa, generando alaridos estentóreos en Cathras, y llevándole a una muerte segura, en medio de convulsiones y humo. El cuerpo muerto y semicalcinado de Cathras sonó estruendosamente al caer al suelo.

—Hijos del Iluminado, no están aún listos para tener esta Reliquia... –dijo una voz portentosa desde el otro lado de la habitación que hablaba en perfecto valtárico. De entre las sombras apenas iluminadas por las espadas quálticas, surgen tres figuras. Como por orden de las cuales, las luces escondidas en el salón se encienden en su totalidad, iluminando completamente el lugar.

Las tres figuras eran bastante enigmáticas. En el centro estaba un hombre fornido, de larga barba gris, sin su ojo izquierdo. Lo cubría una capa con capucha. Vestía una túnica escarlata. A su derecha una mujer muy hermosa, de largos cabellos azules y lacios que le cubrían el ojo izquierdo. Su ojo derecho, de color oscuro, estaba decorado por un maquillaje púrpura. Vestía una blusa de tirantes escotada, que dejaba expuesto su vientre y sus hombros. Sobre las caderas reposaba una tela blanca que dejaba al descubierto la pierna derecha.

A la izquierda del hombre se encontraba un ser andrógino, cubierto por una túnica sacerdotal negra, pero cuyos rasgos afinados, ojos azules y cabellos rubios rizados daban un aspecto muy agraciado. Los tres tenían la piel dorada que brillaba con un resplandor especial.

—¡Primarios! –exclamó Lothar. —¿Quiénes son ustedes?

—Soy Atrón, el Padre de Todos –dijo el hombre del centro, con una voz rígida y profunda— Rey de los Dioses Primarios. Ellos son Ishtar –dijo señalando a la mujer— la Diosa Madre, la Reina de los Cielos. Y él es Bella Luz, el Maestro y Portador de la Sabiduría. Tu pueblo, Maese Lothar, no está aún preparado para obtener la gracia de los Primarios. No hemos olvidado su titánica rebelión.

—Pasó hace mucho tiempo –dijo Lothar, más para si mismo.

—Tu pueblo ambicionó demasiado, Lothar –le dijo la mujer— quiso ser como nosotros los dioses... Pero no pudieron... Ahora acepten su maldición.

—Sólo el Gran Iluminado Valthor merece culto y adoración –espetó la joven valtárica— él y sus representantes. Todos los dioses son como polvo a los pies del Gran Iluminado...

—Silencio Valtris –reprendió Lothar a la joven. –Esta esfera nos pertenece...

—Es de mi corona –dijo Bella Luz con una voz suave y melodiosa, acercándose a Lothar— y se la daré a quien yo quiera. Observo en tus ojos la sabiduría mágica, Lothar. Eres un mago guardián verdad...

—Sí –respondió Lothar— mago de la Logia Guardiana de Valtaris.

—Dime, mago guardián, ¿qué es la magia?

—Magia es la sangre del cosmos. Lo que mantiene unidos los átomos, lo que hace que las estrellas se enciendan y que la vida sea.

—¡Excelente! Me siento tentado a darle la esfera...

—No, Bella Luz –dijo con voz de regaño Atrón— no aún. ¿Tienen idea del poder que encierran estas Esferas? Cuando el Universo era gobernado por malignos demonios fuimos nosotros los que usamos estas Esferas para liberarlo. Estas Esferas contienen la luz depositada en el Talismán de Azathoth durante los tiempos del Antiguo Universo. Hace miles de eones, antes del Big Bang que ustedes conocen, y que creó este Universo. Antes de que nosotros los Primarios existiéramos, durante los tiempos del Universo que precedió a éste; el Antiguo Universo, temibles deidades oscuras gobernaban. Crearon un Talismán tan poderoso que destruyó su Universo. De la destrucción del Antiguo Universo nace el nuestro. Sólo el dios loco Azathoth, que mora en el centro del caos más allá de las estrellas sobrevivió la destrucción del Antiguo Universo. Nosotros trajimos la luz del Talismán de Azathoth (resguardado en otra dimensión) y con dicha magia creamos estas poderosas armas contra la Oscuridad Abismal...

—Vendrá el día, —dijo Ishtar a Lothar— en que tu pueblo podrá redimirse por la afrenta acometida por sus ancestros rebeldes.

—Pero por hoy –dijo Bella Luz alejándose de Lothar tras guiñarle el ojo— y a pesar de las réplicas de nuestro querido Atrón (quien a veces se vuelve engreído por gobernar el Cosmos), te dejaré un consejo, Lothar. La Alineación está cerca. Las estrellas pronto serán propicias para que las cadenas que retienen a los moradores del Abismo Infinito se rompan. La clave para evitar que el Cosmos sea devorado por estos monstruos, está guardada en la tercera profecía de los Pergaminos Akashianos. Descífrala y evitarás el fin de este Universo.

—Suficiente –dijo Atrón rotundamente. –Ahora salgan de este castillo. No los dejaremos sondear sus secretos.

—No nos iremos –dijo Lothar.

—Bien, será su muerte entonces... –dijo Atrón y desapareció en medio de ases de luz. Le siguió Ishtar y por último Bella Luz con una amplia sonrisa.

De entre las recónditas entrañas del castillo surgieron los escalofriantes gruñidos de un ser monstruoso. Hasta el salón llegó una especie de criatura de cuatro metros, antropoide pero con rostro de reptil. Todo su cuerpo era una colección de púas y escamas. Rugía feroz y aterradoramente, y de un solo zarpazo asesinó a dos valtáricos.

—¿Qué es está criatura, Maese Lothar?

—Un demonio de la antigüedad –explicó Lothar con voz críptica— un ser de una especie extinta hace cientos de eones, durante el amanecer del Universo cuando la Galaxia era aún joven. Su planeta se llamaba Valushia, y su rey era llamado Seth. Su especie fue feroz y sangrienta y sumió de tinieblas el Cosmos, hasta que los akashianos los exterminaron a todos... menos a este, aparentemente.

Lothar y los demás intentaron hacer frente al monstruoso ser. Sus espadas eran capaces de disparar láseres. Sin embargo, el ser tenía una piel resistente al láser y al filo de las espadas quálticas.

Sólo tres valtáricos saldrían vivos del Castillo, uno de ellos sería Lothar.