Corrían los primeros días de un frío mes de enero del año 81 en la capital de la república. Otra tortura se avecinaba en el corazón de Juanito: una segunda despedida de su amada familia. De nuevo tenía que decirle adiós al sol de su alma, a la niña que alimentaba su espíritu y la razón principal de todas sus luchas. De nuevo le diría adiós a su esposa, a su compañera de batallas. Ya no formaban parte de sus recuerdos las discusiones recientes que se habían vuelto rutinarias en la relación. Sólo las palabras de consuelo, el abrazo solidario y los besos apasionados en noches de desborde formaban la totalidad de los pensamientos de Juanito hacia Ana María. Una maleta con tres cambios de ropa formaban todo el equipaje de Juanito, junto a una hamaca, una sábana, una toalla, un mosquitero y un par de chanclas. El viaje estaba previsto para las seis de la mañana. Esta vez no tuvo el coraje para despedirse de su hija y en la madrugada, antes de salir, sólo le estampó un beso en la frente de una Gabriela ya adolescente, dejándole con voz baja su bendición con dos lágrimas saliendo de sus ojos a quien siempre vería como la dulce niñita que corría a sus brazos apenas al verlo. De Ana María se despidió con un largo abrazo y un apretado beso en los labios, con la promesa de enviarle dinero mensualmente y de estar de vuelta en diciembre. Ana María sintió una fuerte opresión en el pecho y resequedad en la garganta, sin tener las fuerzas de decirle nada a su esposo en esta segunda despedida. Así se dirigió Juanito al terminal de pasajeros donde se encontró con Bruncho que lo estaba esperando acompañado de su compadre Timoteo, quien al despedirlo, también le dio un fuerte abrazo deseándole toda la fuerza del mundo. Juanito le encargó que estuviera pendiente de Ana María y de Gabriela y que por favor no las fuera a abandonar, que las ayudara en todo lo que pudiera, a lo que Timoteo le respondió que siempre podría contar con él. Finalmente, Bruncho y Juanito se embarcaron en la unidad de autobús que los llevaría en un largo viaje hasta el estado Bolívar a buscar lo que en Caracas no habían podido encontrar, la ansiada estabilidad económica.
El viaje parecía no terminar nunca, Juanito no conseguía acomodo en su asiento, mientras que Bruncho, acostumbrado a esas travesías, estuvo durmiendo la mayor parte del camino. Juanito, llevaba el dinero que inicialmente había reservado para la ropa que pensaban estrenar en el año que recién terminaba, no le quedó otra alternativa para poder financiarse la aventura sureña. Ana María quedó con sólo una parte, suficiente como para apenas comer con Gabriela mientras Juanito enviaba el dinero prometido, ayudándose en algo con las escasas ventas que obtenía por las tortas que preparaba y que vendía al frente de la residencia donde arrendaban la habitación en Caracas.
Finalmente, luego de más de medio día de carretera llegaron a un pequeño pueblo en plena entrada de la selva llamado Puerto Quinto, sitio donde Bruncho tenía una habitación alquilada.
Puerto Quinto era un pueblo de calles de tierra, con un clima bastante caliente y una humedad extremadamente alta. No se veía mayor movimiento comercial y estaba conformado en su mayoría por gente que eran nativos fuera de esa zona, aventureros que habían llegado atraídos por las “bondades” del oro.
–Este es el último punto medio civilizado que vas a ver por aquí, mijo –le dice Bruncho a Juanito caminando con rumbo a la casa donde arrendaba la habitación.
–Uhm, y ¿aquí es donde estás trabajando, maracucho?
–No mijo, yo trabajo es en los campamentos, bien lejos de aquí todavía, pero tengo que tener esto aquí arrendado para el fin de semana libre que le dan a uno cada quince días. Aquí te vais a quedar mientras consigues algo. Aquí también salen a veces algunas marañitas pero lo que de verdad vale la pena se consigue es en los campamentos.
Juanito, que se encontraba sudando copiosamente, apenas caminando, ya se encontraba preguntándose si habría hecho lo correcto al irse a esas tierras. Entraron en una casa rural bastante descuidada, con las paredes sucias y algo deterioradas y con techo de láminas de zinc.
–Aquí es Juanito. Ahí podéis colgar la hamaca. Yo voy a decirle a la señora Graciela que ya llegué para que nos prepare algo para que comamos. Ya vengo.
Bruncho salió rumbo hacia la casa de la señora Graciela de Páez, una señora de piel oscura, de unos cuarenta y siete años, de estatura sobresaliente, caracterizada por usar siempre vestidos largos con un gran delantal y un pañuelo atado a su cabeza, además era una mujer muy amable que se ganaba la vida cocinando para la gente de los campamentos cuando éstos venían a Puerto Quinto a pasar sus días libres. Bruncho era uno de sus clientes frecuentes. Por lo general, la señora Graciela atendía a sus clientes en su humilde casa, la cual la tenía acondicionada en el frente con dos mesas largas y dos más pequeñas en las que se sentaban los comensales a disfrutar de sus comidas. En esa casa vivía con su marido, el maestro Wilton Páez, maestro de obras de construcción que, al igual que Bruncho, trabajaba en los campamentos, un hombre que estaba sobre los cincuenta años de edad, un poco más bajo de estatura que su mujer, con escaso cabello, de aspecto muy sereno, siempre con una sonrisa que lo hacía muy accesible para el trato. Cuando no estaba trabajando, ayudaba a su esposa en la atención de los clientes que asistían al comedor. El matrimonio Páez se había formado cuando ya cada uno de ellos se habían separado de sus parejas iniciales, con las que cada quien engendró progenie. Entre ellos no tenían hijos comunes pero cada quien quería a los hijos del otro como propios, quienes por cierto vivían en Upata, la tierra originaria del maestro y de la señora Graciela.
Unos minutos más tarde se apareció Bruncho.
–Veníte mijo, vámonos a comer a que la señora Graciela que cargo el hambre paría y vengo muy cansado para ponerme a cocinar. Y no te preocupéis que yo invito, pero no te vayáis a acostumbrar.
Ambos salieron a hacer el recorrido de dos cuadras para llegar hasta la casa de los Páez donde les sirvieron una sopa de bagre y un plato de gallina con arroz y casabe, acompañado por un jugo de naranja.
–Señora Graciela, y deme razón del maestro Wilton, ¿cuándo le toca venirse? –inquirió Bruncho.
–Para este fin de semana le toca venirse a mi marido sr. Bruncho. Me avisa cuando se va usted para allá para que me haga el favor de llevarle un dulcito de lechoza que le preparé.
–Como no, señora Graciela. Me lo da mañana porque pasado mañana en la madrugada me voy para allá. Yo se lo dejo en la encrucijada y de ahí cualquiera que vaya para la 27 se lo lleva. Yo no se lo llevo directo porque yo estoy es en la 25.
–Está bien sr. Bruncho, yo sé que es así.
La Encrucijada era una especie de centro de distribución desde donde se dividían las rutas que conducían a los múltiples campamentos que se encontraban estructurados por áreas que se encontraban numeradas. Bruncho trabajaba en el área 25 mientras que el maestro Wilton lo hacía en el área 27.
Le tocó a Bruncho reportarse en su campamento por primera vez en el año y a Juanito no le quedó más remedio que quedarse solo en Puerto Quinto con la esperanza puesta en que su compañero le consiguiera un puesto junto a él en las minas. Los días se hacían interminables, sintiendo el peso de la soledad como una lápida de concreto sobre él. Ahora estaba viviendo una situación que superaba por mucha ventaja en cuanto a lo paupérrima a la que él había calificado como mala en su momento cuando estuvo en Churuguara. Ahora vivía en un lugar con mayores carencias que en su pueblo falconiano; se encontraba prácticamente sin dinero y sólo. Añoraba los días en su pueblo, junto a su familia, amigos y clientes de la bodega. Extrañaba el delicioso clima churuguarense, ese frío que él siempre había apreciado. Ahora tenía que sobrevivir en un calor infernal, casi insoportable. La poca gente que había conocido en aquel lugar le parecía extremadamente antipática, a excepción de la señora Graciela, quien se había portado muy bien las veces que había compartido con ella. Los recuerdos de su hija y de Ana María le inundaban la mente y echaba mucho de menos el abrazo de Eustaquia y el consejo de Peruchote. El llanto era un visitante continuo cuando se encontraba sólo en su habitación, meciendo su hamaca de lado a lado deseando que el tiempo retrocediera y todo fuera como antes. Pero, por los momentos, no podía hacer nada. A medida que los días iban pasando, el dinero iba escaseando cada vez más. Los productos comestibles en la zona poseían precios astronómicos y se estaba autolimitando las cantidades de comida que ingería tratando que el dinero que tenía le durara la mayor cantidad de tiempo posible. Caminaba por los alrededores del pueblo buscando alguna actividad laboral que pudiera ejecutar para conseguir alguna entrada económica, sin embargo, éstas eran bastante escasas y las pocas oportunidades de trabajo que aparecían eran en áreas en las cuales no estaba capacitado.
Dos semanas después de la llegada a Puerto Quinto, llegó Bruncho de regreso de su trabajo.
–¿Qué fue mijo?, ¿cómo estáis? –le dijo Bruncho a Juanito al verlo en la casa luego de sus quince días de trabajo.
–Epa Bruncho, hermano, cuéntame cómo te fue, dame una buena noticia, yo aquí estoy más jodío que nunca, loco.
–Allá no hay vida Juanito, no piensan meter a nadie todavía me dijo el jefe.
Bruncho se quedó viendo como Juanito bajaba la cabeza en señal clara de desconsuelo, y luego de dejarlo sufrir un momento, continuó:
–Allá no hay vida –repitió, –pero en la 27 sí hay, y ya te cuadré para que entres en el lote de seis que van a ingresar esta semana. Hable con el jefe mío que es llave del de la 27 y me dijo que te van a meter. Que fueras y dijeras que ibas de parte de Chamatil, el líder del área 25.
Juanito se le quedó viendo con los ojos muy abiertos.
–Coño maracucho, o sea que ¿sí me conseguiste trabajo?, ¿la vaina es en serio?
–Verga pero claro, mijo, para que te voy a estar cayendo a embustes a vos. El lunes de la próxima semana arrancáis. Por un mes nada más, por ahora, vas a entrar como reemplazo, pero así empezamos todos.
–¡Gracias a Dios, chico! Ya yo estaba pensando en cómo carrizo iba a hacer para devolverme, Bruncho. Coño, gracias hermano, vos no sabés lo que has hecho por mí, que Dios te lo pague, Bruncho –dijo un emocionado Juanito.
–Ya sabéis, tenéis que fajarte duro para que no me vayáis a dejar mal delante del jefe, y acordate que tenéis que buscar un cuarto para vos, porque vos sabéis, de repente uno se consigue un culito por ahí y aquí puedo resolver, pero con vos aquí voy a estar jodido.
–Jejeje, pero por supuesto Bruncho, no te preocupés que en lo me caiga la primera platica yo ubico algo para mí. No faltaba más. Si con vos yo lo que estoy es muy agradecido –le dijo estrechándole la mano derecha a la vez que con la izquierda le palmeaba fuertemente el brazo.
–Mirá Juanito, ¿vos conociste al maestro Wilton?
–Sí, como no. La semana pasada él estuvo por aquí y cuando pasé donde la señora Graciela, ella me lo presentó. Se ve que es buena gente el señor.
–Bueno, me parece bien entonces. Con él es que vas a ponerte de acuerdo para que se vayan juntos, él también trabaja en el mismo campamento que te tocó a vos.
–Perfecto hermanito, yo cuadro con él, y nuevamente muy agradecido, Bruncho.
La semana siguiente Juanito se fue con el maestro Wilton en un vehículo rústico que los condujo hasta la encrucijada donde abordaron una chalana que los condujo por el río hasta las inmediaciones del campamento denominado Área-27. Entre Juanito y el maestro Wilton había surgido una casi inmediata conexión desde que se habían conocido en Puerto Quinto. Juanito no tenía ni idea de lo que tendría que hacer y el estar junto al maestro le serviría de gran ayuda, pues éste lo estaba orientando en todo sentido. Al llegar al campamento, se pusieron a la orden del jefe del lugar. A los nuevos les mostraron rápidamente el lugar y les dieron las indicaciones de las responsabilidades y derechos de cada quien. Se les mostró el almacén de las herramientas, el comedor, los horarios, se les indicó la discreción que debían tener cuando estuviesen fuera de los campamentos y se les mostró los lugares acondicionados para dormitorios. El lugar era desconsolador a los ojos de Juanito. Le parecía el sitio más insalubre en el que jamás había estado. Las condiciones de vida en ese lugar eran para él casi inhumanas. Ya el maestro le había contado de alguna que otra muerte por malaria y paludismo, además de constantes peleas entre trabajadores por distintos motivos. No era para nada alentador el panorama para Juanito, sin embargo, eso era lo que había y se tendría que adaptar. Además, la recompensa económica lo valía, o al menos eso pensaba él.
El trabajo era duro, sin mayores descansos. Le costó adaptarse al principio. Su cuerpo no estaba acostumbrado a esas recias faenas y además ya contaba con treinta y cuatro años de edad, y sentía que su físico empezaba a dar señales de fatiga por los años. Pero Juanito sabía que sus alternativas no eran muchas y se enfocaba en no pensar demasiado y en concentrarse en trabajar fuertemente. Ya para la segunda semana de trabajo se sentía un poco más adaptado a su nueva situación y se sentía con más fuerzas. Ya los dolores de los primeros días se fueron reduciendo hasta desaparecer por completo.
En una conversación con el maestro Wilton, durante un almuerzo casi al final de la primera quincena, Juanito le dice:
–Mire maestro, hay que ver que la felicidad sí es esquiva. A mí me han pasado un montón de cosas desde el día que nací y cuando parece que ya la voy a alcanzar, algo pasa y se me escapa de nuevo. Yo veo que hay gente que vive tranquila, con lujos y mucha plata y uno anda todo el tiempo de arrastra. Pero yo no pierdo la fe en que también puedo lograr esa tranquilidad, maestro.
–Querido amigo, la felicidad plena no existe, jamás la encontraremos por más que perdamos valioso tiempo en buscarla. Siempre, siempre, tendremos que sacrificar algo valioso para conseguir otras cosas un tanto valiosas. Fíjese en usted, está aquí buscando más dinero para vivir una vida “mejor”, pero ¿a cambio de qué?, ¿cuánto tiempo de calidad no está dejando de pasar al lado de sus seres más queridos?, ¿realmente vale la pena cambiar una cosa por la otra?, sólo el tiempo le responderá eso. La vida es una gran balanza que siempre se mantiene equilibrada en cada quien, así no nos queramos dar cuenta que es así. Se sufre por algunas circunstancias y se disfruta por otras. No se debe envidiar a nadie. No sabemos por lo que pasan esas personas que tienen una vida “mejor” que nosotros. Usted los puede ver con mucho dinero, joyas y vehículos costosos, pero, y le repito, ¿a cambio de qué? Fíjese, mucha de esa gente no puede salir a disfrutar de la belleza de cualquier día a un parque, por ejemplo, porque siempre tienen el temor que los pueden robar, secuestrar o hasta matar por las fortunas que ostentan. Uno no sabe cómo es la vida de esas personas a nivel emocional, si tienen familia o no, si pueden pasar el suficiente tiempo con sus seres amados o si la rutina de sus negocios se los permite. No conocemos el estrés que sufren. Usted los puede envidiar a ellos por esas riquezas materiales, sin embargo ellos también envidian a gente como usted por la tranquilidad con la que puede llevar su vida. Cuando alguien tiene mucho de algo, adolece en igual medida de otra cosa tan importante como la primera. La vida se debe vivir sin fijarse demasiado en las demás personas. Lo principal es sentirse bien, cómodo con uno mismo, intentando enfocarse en conseguir “cosas” importantes sin descuidar demasiado otras igual o más importantes.
Aquella reflexión le hizo recordar las palabras de “el Ilustrado”, en su reciente experiencia por la capital.